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Rafael Merry del Val y Zulueta

Biografía

Merry del Val y Zulueta, Rafael. Londres (Reino Unido), 10.X.1865 – Roma (Italia), 26.II.1930. Eclesiástico, teólogo, cardenal secretario de Estado de Pío X.

Hijo de Rafael Merry del Val, secretario de la embajada española en Londres, y de Sofía Josefina de Zulueta.

Su padre era descendiente de irlandeses, que, procedentes de Waterford, se establecieron como comerciantes en Sevilla en el siglo xviii, en la segunda oleada migratoria de esa nacionalidad hacia España, a consecuencia de las severas leyes penales impuestas a los católicos en 1695 por el Parlamento protestante irlandés. Después de su destino en Londres, el padre del cardenal ocupó sucesivamente los puestos de embajador de España en Bruselas, Viena y ante la Santa Sede. El apellido gaélico original de la familia era O’Hollichans, que, como hicieron muchos otros irlandeses, fue simplificado en este caso en Merry. Por parte de madre, era nieto en línea directa del liberal gaditano de origen vasco Pedro José de Zulueta, que con su hermano Clemente emigró a Inglaterra tras el fracaso del Trienio Liberal y establecieron casa de comercio en Londres y Liverpool. Ambas familias prosperaron en sus respectivos países de adopción e incluso fueron ennoblecidas en ellos. Por ejemplo, Sir Philip Francis de Zulueta, hijo de un primo hermano del cardenal, es un destacado miembro de la elite financiera de Londres, y Alfonso Merry del Val, hermano del cardenal, fue embajador de España en Londres de 1913 a 1931, y patriarca de una numerosa y distinguida familia.

Rafael hizo sus primeros estudios en Bayliss House, una escuela interna para niños cerca de Slough (1874- 1876), y de allí pasó a los colegios jesuitas de Namur y Bruselas (1876-83), mientras su padre era embajador en Bélgica. A los dieciocho años decidió dedicarse al sacerdocio y para hacer la carrera eclesiástica escogió el Colegio Ushaw, cerca de Durham (1883- 1885), donde antes que él habían estudiado dos futuros cardenales, españoles de nacimiento: el sevillano Nicolás Wiseman, primer arzobispo de Westminster, y el gaditano Fernando de la Puente, arzobispo de Burgos. En Ushaw adquirió una formación ascética, muy acorde con su carácter personal, que conservó toda su vida, así como una afición al tenis que siguió practicando con constancia. El deporte era para él otra forma de ascetismo y le servía para controlar un carácter naturalmente vivo e impulsivo.

De Ushaw pasó a Roma, donde pretendía completar sus estudios teológicos en el Colegio Escocés. La elección de este colegio sobre el Colegio Inglés —no existía todavía el Español— se debió al hecho de que su abuela materna era escocesa, de una familia con importantes intereses navieros. Lo llevó a Roma su padre y León XIII, al conocer la presencia del diplomático en la ciudad, lo recibió en audiencia junto con su hijo. Aquella entrevista cambió radicalmente el rumbo de su vida porque el Papa convenció al padre para que el hijo ingresara aquella misma tarde en la distinguida Academia Pontificia Romana dei Nobili Ecclesiastici (1885-1891), donde se formaban y se forman los que van a estar al servicio del Cuerpo Diplomático de la Santa Sede. De esta manera se rompían sus deseos de trabajar como simple sacerdote en alguna humilde parroquia inglesa. A pesar de su nacionalidad española, no consta que pensara en España como lugar donde desempeñar el ministerio sagrado y, de hecho, cuando llegó el momento de la ordenación en Roma lo hizo como sacerdote de la archidiócesis de Westminster. Años más tarde, al morir en 1903 el cardenal Vaugham, arzobispo de aquella diócesis, fue uno de los tres candidatos considerados para sucederlo.

Esta decisión del Papa de hacerlo alumno de la más distinguida institución eclesiástica de Roma fue la primera de muchas distinciones que iba a recibir durante su vida. Su entrada en la Academia fue una excepción de las normas establecidas que exigían que los alumnos fueran hijos de familias distinguidas y además ya ordenados de sacerdote. Merry del Val, aunque cumplía suficientemente la primera condición, era todavía un simple seminarista que no recibió la ordenación hasta su tercer año en la Academia. Fueron varias las razones que llevaron al Papa a dedicarlo al servicio diplomático. Además de su distinción personal, su conocimiento de varias naciones como hijo de diplomático y sus buenas conexiones familiares, Merry del Val se expresaba con fluidez en varios idiomas: español, inglés, italiano, francés y alemán, además del latín eclesiástico.

La vida en la Academia era bastante espartana en la comida y en las instalaciones, de manera que la mayor parte de los alumnos salían a comer fuera de la residencia. El estilo de vida era más bien mundano y muy diferente de la severamente disciplinada y ascética de un seminario de aquellos años. Merry del Val no condescendió con las costumbres de la casa, sino que siguió el mismo régimen ascético de su Colegio de Ushaw. Pero, cuando años más tarde fue nombrado presidente de la Academia, tomó las oportunas medidas para que ofreciera mejor comida y más disciplina, de manera que no hubiera que salir a la calle con tanta frecuencia y se mantuviera un espíritu de austeridad.

En 1887, cuando aún no era sacerdote, fue enviado por el Papa como miembro de una delegación que representaría a la Santa Sede en las bodas de oro de la reina Victoria y de la que él fue el portavoz porque era el único de los componentes que hablaba inglés y que estaba familiarizado con las costumbres y la etiqueta inglesas. A pesar del antipapismo tradicional de los anglicanos, desde los tiempos del cardenal Consalvi, secretario de Estado de Pío VII al comienzo del siglo xix, los papas habían tenido mucho interés en establecer buenas relaciones con Inglaterra, que empezaba a mostrarse como la potencia imperial y hegemónica en aquel siglo. A su regreso a Roma se encontró con que el Papa había recompensado sus buenos servicios en Londres con su nombramiento de prelado doméstico y el título de monsignor, aunque seguía sin estar ordenado. Durante su estancia en la Academia tuvo tiempo para doctorarse en Filosofía, en Teología y en Historia de la Iglesia, por lo que pudo completar su formación académica al más alto nivel.

El 30 de diciembre de 1888, a la edad de veintitrés años, recibió la ordenación sacerdotal. Encontró oportunidad de ejercer parcialmente el ministerio en el barrio romano del Trastevere, en aquellos años uno de los más pobres de la ciudad, al que atendían pastoralmente los estudiantes de la Academia. Merry del Val aprovechó su tiempo libre para atender con cariño a los jóvenes del barrio, necesitados de todo: educación civil y religiosa, alimentación adecuada, cuidados médicos, formación profesional, diversiones sanas. Para ello fundó la Asociación del Sagrado Corazón, que fue como un hogar alternativo para aquellos jóvenes. Incluso consiguió ayuda para construir un pequeño teatro para sus muchachos, donde podían divertirse y ejercer sus habilidades cómicas. Por otro lado, muchas familias pobres del barrio vieron resueltos sus problemas de alojamiento de manera discreta y escondida al serles ofrecida la oportunidad de alquilar “casas de renta baja”, porque la diferencia con la renta real la pagaba el futuro cardenal de su propio bolsillo.

Una vez terminada su formación en la Academia pasó directamente al servicio de la Secretaría de Estado.

Sus primeros años estuvieron dedicados a familiarizarse con el trabajo ordinario de la Secretaría, pero pronto recibió de León XIII encargos importantes.

En 1896 fue nombrado secretario de la comisión que iba a estudiar la validez de las órdenes anglicanas, que decidió negativamente sobre la cuestión en la encíclica Apostolicae Curae, que se cree fue redactada por él. Al año siguiente, fue enviado a Canadá como delegado apostólico para resolver unas cuestiones relacionadas con las escuelas católicas. Su fulgurante promoción quedó confirmada cuando en 1900 se le nombró presidente de la Academia y sólo un mes más tarde, a los treinta y cuatro años, con su elevación al episcopado, con el título de Nicea, diócesis in partibus infidelium. Lo consagró el cardenal Rampolla, secretario de Estado del León XIII y su superior inmediato.

En 1903 fue nombrado secretario del Colegio Cardenalicio, encargado de la organización del cónclave que, tras la muerte de León XIII, eligió como sucesor al cardenal Sarto. El elegido dudaba en aceptar el nombramiento y se dice que mientras reflexionaba en la capilla se le acercó el secretario Merry del Val y le dijo unas palabras que resultaron decisivas: “Ánimo, el Señor lo ayudará”. Él mismo llevó a los cardenales el anuncio de la aceptación de Pío X. El nuevo Papa lo nombró secretario de Estado y un mes después, en su primer consistorio, fue elevado a la dignidad cardenalicia con el título de Santa Práxedes cuando sólo tenía treinta y ocho años de edad. No se recordaba en el Vaticano ninguna promoción tan rápida ni ningún secretario de Estado tan joven. Pío X explicó con las siguientes palabras las razones del nombramiento: “Lo he escogido porque es un políglota, nacido en Inglaterra, educado en Bélgica, ciudadano de España, residente en Italia, hijo de diplomático y él mismo un diplomático, conocedor de la situación de los principales países del mundo. Es además un hombre muy modesto, un santo”. En este puesto permaneció durante los once años del pontificado de Pío X (1903- 1914), del que fue estrecho colaborador y consejero hasta el punto de que muchas de las decisiones del Pontífice fueron atribuidas a su influencia. Pero ni la púrpura cardenalicia ni la importancia de su cargo — el segundo después del Papa— cambiaron su natural modestia y sencillez.

La más destacada de todas las medidas tomadas por Pío X fue la condenación del Modernismo, como se llamaba el movimiento protagonizado por un grupo de teólogos que reinterpretaban los datos de las Sagradas Escrituras y los dogmas de la Iglesia en consonancia con los últimos descubrimientos científicos, la evolución histórica y las aportaciones de la filología comparada. El Modernismo fue explícitamente condenado por el decreto Lamentabili del Santo Oficio y la encíclica Pascendi, ambos de 1907. Como confirmación de la condena, en un Motu Proprio de 1914, ya al final de aquel pontificado, se reafirmó el valor perenne de la teología medieval de Santo Tomás de Aquino. Estos documentos daban carta de naturaleza al integrismo, es decir el conservadurismo teológico que defendía la interpretación literal de la revelación bíblica y la irreformabilidad de los dogmas, de manera que la pretendida reinterpretación era considerada como una herejía oculta. Al propio tiempo, con la condenación del Modernismo, el Vaticano cerraba filas ante el anticlericalismo y el laicismo que desde Francia se transmitía al resto de los países católicos de Europa.

Pero el pontificado de Pío X no se limitó a estas condenas teológicas, sino que también tuvo su lado amable en el acercamiento de los laicos al sacramento de la eucaristía, animando a la comunión frecuente y anticipando la edad en que los niños pueden recibir la primera comunión. En ambos aspectos, seriedad o rigor doctrinal por un lado y una práctica religiosa más cerca del amor que del temor de Dios, se puede comprobar la influencia del secretario de Estado.

Pocos meses antes de su muerte, Pío X nombró al cardenal Merry del Val arcipreste de la basílica de San Pedro, un importante cargo ceremonial que en aquellos años llevaba consigo el ser el oficiante en las principales celebraciones litúrgicas del grandioso templo.

Las ceremonias vaticanas presididas por Merry del Val destacaron tanto por su solemnidad como por su religiosidad.

Al morir el Papa en agosto de 1914 se puede decir que acabó también la vida pública del cardenal, a una edad también temprana, cuando sólo tenía cuarenta y nueve años. El nuevo papa, Benedicto XV, había sido sustituto de la Secretaría de Estado bajo Merry del Val, donde ambos habían tenido ocasión de comprobar sus diferentes temperamentos y puntos de vista. Benedicto XV eligió como secretario de Estado al cardenal Gasparri, que favorecía una política vaticana muy distinta a la seguida por Merry del Val. Pasó a un segundo plano la confrontación abierta con los teólogos modernistas y las relaciones internacionales se convirtieron en la tarea principal de la Secretaría de Estado al coincidir el nuevo pontificado con el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Con respecto a la aceptación de los cambios propuestos por los modernistas en la formulación del dogma hubo que esperar al pontificado de Pío XII para que la Comisión Bíblica empezara a responder positivamente a las cuestiones que le planteaban los escrituristas. En el concilio Vaticano II, buena parte de las proposiciones condenadas en la encíclica Pascendi se convirtieron en doctrina corriente de la Iglesia.

Merry del Val fue nombrado por Benedicto XV prefecto de la Congregación del Santo Oficio, la encargada de velar por la integridad de la fe, cargo que conservó hasta el fin de su vida, porque el sucesor, Pío XI, lo mantuvo en él. Aunque siguió defendiendo sus ideas conservadoras, no fue sin embargo Merry del Val un gran Inquisidor que se dedicara a perseguir a los teólogos innovadores más allá de la entonces usual inclusión de los libros prohibidos en el Índice. En el cónclave que eligió a este último Papa en 1922, Merry del Val fue uno de los candidatos cuyo nombre circuló en las primeras votaciones.

A pesar de su larga residencia en Roma, el hecho de no ser italiano era entonces un obstáculo insalvable.

En los últimos quince años de su vida, además de cumplir con sus cargos en el Santo Oficio y en la basílica de San Pedro, pudo dedicarse con más intensidad a trabajar con los muchachos de su amado Trastevere.

Incluso se fue a vivir allí, en la calle a la que el ayuntamiento de Roma le dio su nombre después de su muerte. En el Trastevere desaparecían el boato de la púrpura y la solemnidad de las ceremonias de la basílica vaticana. Durante la Primera Guerra Mundial se preocupó particularmente de mantener contacto epistolar con sus antiguos muchachos que estaban en el frente de batalla, de ayudarlos y de servir de enlace con sus familias. Siguió trabajando con las nuevas generaciones con el afecto paternal de siempre y prestando su generosa ayuda a las familias pobres del barrio.

Su muerte fue rápida e inesperada. El 24 de febrero de 1930 fue el último día en que se retiró a su casa con la acostumbrada compañía de los jóvenes del barrio.

Aquella misma noche cayó enfermo: era apendicitis y además una apendicitis séptica que no permitía la intervención quirúrgica. Murió dos días más tarde en el hospital, rodeado de ellos. A su entierro vinieron de todas partes de Italia todos aquellos que habían estado en relación con él a través de los años, ya de distintas edades. Fueron ellos los que se encargaron de preparar todos los detalles del entierro. Fue sepultado en la cripta de los Papas, bajo el altar mayor de la basílica vaticana, junto a la tumba de Pío X, el único cardenal entre todos los soberanos pontífices. Su mausoleo, bendecido por el cardenal Pacelli en 1931, fue un regalo del gobierno español como un homenaje póstumo a su memoria.

Se inició pronto la causa de su beatificación que llegó al reconocimiento público de sus virtudes, con lo que se convirtió oficialmente en siervo de Dios.

Pero ahí se quedó el proceso simplemente porque nadie lo hizo avanzar. Pío X, de quien fue su más estrecho colaborador, sí consiguió la canonización.

Rafael Merry del Val tuvo un importante protagonismo en un período muy crítico de la historia de la Iglesia en los primeros años del siglo xx, inmediatamente antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial. La Iglesia se veía asediada por el laicismo generalizado de los estados, el anticlericalismo de muchos ciudadanos, y, sobre todo, por los problemas dogmáticos referidos más arriba. Todos estos elementos juntos eran demasiados para que una autoridad fuerte, acostumbrada durante siglos a “defender la integridad del sagrado depósito de la fe” pudiera tomar otra decisión diferente de la de seguir defendiéndola.

Merry del Val había sido educado, como Giuseppe Sarto, en una fe firme y sin fisuras, muy segura de sí misma y muy alejada de la sabiduría del mundo. En este sentido no fue más que un eclesiástico de su tiempo. Le gustó hacer el bien y lo hizo en abundancia, de la manera que se solía hacer en aquellos tiempos, ayudando a los que lo pasaban mal sin llegar a proponer una reforma social de carácter más radical. En los ambientes católicos tradicionales de España, la figura de Merry del Val ha sido siempre considerada con cariño y veneración como paradigma del eclesiástico ideal, firme en la fe y generoso en la caridad. Como prueba de ello, una plegaria favorita en muchos seminarios durante gran parte del siglo xx fue la Letanía de la Humildad, compuesta por él, en la que pedía con insistencia no considerarse superior a nadie.

 

Obras de ~: Memorias del Papa Pío X, pról. de A. García y García, Madrid, Sociedad Atenas [1946]; Pensamientos ascéticos del siervo de Dios, trad. del francés, Madrid, Ediciones Paulinas, [1959] (2.ª ed.).

 

Bibl.: J. Pérez-Caballero y Ferrer, La Secretaría de Estado de Su Santidad y el Cardenal Merry del Val, Madrid, 1903; O. R. Figueroa, Una gloria de la Iglesia: el cardenal Merry de Val, Puebla, (México), La Enseñanza, 1937; V. Dalpiaz, Cardinal Merry del Val, London, 1937; P. Dal-Gal, El Cardenal Rafael Herry del Val, Secretario de Estado de San Pio X, Papa, trad. esp. de M.ª T. Serrano, Madrid, Editorial Sapientia, 1954; P. Cenci, Il Cardinali Raffaele Merry del Val, Roma, Tipografía Poliglotta Vaticana, 1955; I. Flores de Lemus, El fulgor de una púrpura: el cardenal Merry del Val, Madrid, El Perpetuo Socorro, 1956; M. C. Buehrle, Raphael Cardinal Merry del Val, London, Sands and Co., 1957; M. B. Quinn, Cardinal Merry del Val, Westminster, Newman Press, 1958; Fr. C. de Viñazo (OFMCap.), Senda luminosa: Vida del Cardenal Merri del Val, Zalla, Ediciones Paulinas, 1959; J. M.ª Javierre, Merry del Val, Barcelona, Juan Flors, 1963; F. J. Weber, Diaries of Cardinal Merry del Val, London, 1964; L. Bedeschi, La Curia Romana durante la crisi modernista, Parma, Guanda, 1968; D. A. Bellenger y S. Fletcher, Princes of the Church, Stroud, Sutton Publishing, 2001.

 

Antonio Garnica Silva