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Narciso de Heredia y Begines de los Ríos

Biografía

Heredia Begines de los Ríos, Narciso. Marqués de Heredia (I). Gines (Sevilla), 11.IX.1775 – Madrid, 8.IX.1843. Diplomático y estadista.

Hijo primogénito de la familia numerosa de Narciso Heredia Spínola y María de las Mercedes Begines de los Ríos Bejarano. Enlazaba por la línea materna con una acrisolada familia noble de Sevilla y por la paterna con la rama del ilustre linaje del apellido de los Heredia, a la que, originariamente asentada en la villa de Chinchón (Madrid), se le adscribió el título de conde de Heredia-Spínola. Esta condición hidalga, y también la falta de fortuna, se tradujo en una vinculación al Ejército (su abuelo fue teniente coronel y su padre capitán), que se quebró con él y sus hermanos.

En el caso de Narciso Heredia, tras realizar los primeros estudios en Almería, estuvo becado en Granada, primero, en el Colegio de San Bartolomé y Santiago (1788) y, después, ya como jurista, en el Colegio de Santa Cruz de la Fe y Santa Catalina Mártir (1794). En ambos y en las aulas de la Universidad cursó simultáneamente los estudios de Filosofía y las carreras de Leyes y Sagrados Cánones.

Los de Filosofía fueron los primeros que concluyó, alcanzando en octubre de 1792 el rango de catedrático y ejerciendo como tal a lo largo de los seis años siguientes. A la par continuó el aprendizaje, graduándose en septiembre de 1794, como doctor en ambos Derechos por la Universidad Pontificia de Orihuela (Alicante) y logrando en diciembre de 1797 en la de Granada la cátedra de Sagrados Cánones.

Desilusionado por no haber conseguido la canonjía doctoral de la iglesia catedral de Almería, a cuya oposición se había presentado, a mediados de 1798 decidió trasladarse a Madrid. Aquí, con las recomendaciones de las principales corporaciones granadinas e influencias familiares, casi de inmediato fue integrado en la Secretaría de Estado. Así, en octubre se le agregó a la comisión literaria que, adscrita a la Real Academia de la Historia, debía investigar un antiguo códice de Las Partidas depositado en los Archivos Generales de Portugal, sitos en Lisboa. A esta labor se dedicó principalmente durante los casi tres años de estancia en la capital lusitana, pero también a perfeccionar idiomas y adquirir los conocimientos básicos de la carrera diplomática.

Contando con este bagaje y con la protección de Manuel Godoy, fue promovido, primero, en octubre de 1801 al cargo de secretario de la legación española en Estados Unidos y, después, en enero de 1803, al puesto de oficial de la Secretaría de Estado, asumiendo el negociado relativo a esa embajada. A este importante despegue en la carrera pública, se sumó en julio el matrimonio con María Soledad Cerviño Pontejos, hija del teniente del Ejército Domingo Cerviño Trevijano, y nieta de los marqueses de Pontejos.

Enlace que, además de dos hijas, le proporcionó un considerable patrimonio y ascender en prestigio social, cuya expresión sería su incorporación en abril de 1808 como caballero supernumerario en la Real y Distinguida Orden de Carlos III. La Guerra de la Independencia y los cambios políticos que le acompañaron complicaron sobremanera la vida de Narciso Heredia. Así, después de seguir a la Junta Central a Sevilla, en diciembre de 1809 renunció al empleo en la Secretaría de Estado, hasta tanto no se restableciera el honor familiar, puesto en entredicho por las acusaciones, a su juicio infundadas, de afrancesamiento de su suegro. Apartado momentáneamente del cargo por aquella junta y retirado con los suyos en la hacienda de Pizarra (Málaga), en febrero de 1810 una orden conminatoria de la Corte josefina para que ocupara una plaza en el Ministerio de Negocios Extranjeros, que no aceptó y le supuso el confinamiento y la confiscación de sus bienes, sirvió para extender el rumor de su colaboracionismo. Bulo muy difícil de disipar, dado el afrancesamiento cierto de alguno de sus hermanos, y que él lo enrareció aún más porque, en el tiempo de dominio del liberalismo, en sus solicitudes de reincorporación al servicio en Cádiz se declaraba como un “patriota realista moderado”.

De ahí el ostracismo en que se le mantuvo, tras la retirada de los franceses de la provincia de Málaga en septiembre de 1812.

Retomada la senda del absolutismo con el fin de la guerra y el regreso de Fernando VII, muy pronto fue restablecido su honor, al ser declarado en noviembre de 1814 “comprendido entre la primera clase destinada a los buenos vasallos”. Por contra, el retorno al empleo público tuvo que esperar hasta mayo de 1817, en que fue nombrado comisario regio para la negociación y arreglo de los límites de la América española septentrional. La labor aquí desarrollada fue básica para la articulación del tratado de Washington de 22 de febrero de 1819, por el que España cedía a los Estados Unidos las Floridas y renunciaba a la Luisiana, a cambio de consolidar la línea fronteriza y de liquidar las diferencias económicas.

Al calor de ese cometido, fue promovido a consejero del Supremo de Guerra en marzo de 1818 y designado miembro de dos juntas reservadas instituidas en enero y marzo de 1819 para informar de las diferentes tentativas de sublevación de los liberales.

En ambas Narciso Heredia abogaba por seguir el camino del realismo ilustrado y moderado. Esta postura, contraria al ultrarrealismo entonces dominante y su discrepancia con ciertas concesiones territoriales a particulares, que estaban paralizando la ratificación del anterior tratado, fueron las razones que estuvieron detrás de su destierro a Almería en junio del año en curso.

El restablecimiento de la Constitución gaditana en marzo de 1820 puso fin a su confinamiento, en abril le reintegró al puesto de consejero togado del nuevo Tribunal especial de Guerra y Marina, y en octubre le reconoció su labor en las negociaciones con Estados Unidos, concediéndole la Gran Cruz de la Orden Americana de Isabel la Católica. Además, una vez que las Cortes acordaron anular las concesiones precedentes y ratificar el antedicho tratado, en abril de 1821 se le nombró presidente de la Junta consultiva, encargada de describir los límites de los territorios españoles en Norteamérica y proponer los medios para el desarrollo de Texas. En otro orden de cosas, viudo Narciso Heredia desde 1816, en marzo de 1823 contrajo su segundo matrimonio con la hija de los marqueses de Torrecilla, María Dolores Salabert Torres, condesa de Ofalia. Este enlace, además de mejorar su situación económica, le aportó el título de conde de Ofalia que, al fallecimiento en 1831 de la condesa, continuó usándolo por mandato real, dado que con el mismo era conocido en las cancillerías europeas.

Aunque entonces se abstuviera, el ya conde de Ofalia era contrario al régimen liberal gaditano, pero igualmente se distanciaba del ultrarrealismo y de la represión implacable que acompañó a la segunda restauración del absolutismo. Y así se lo hizo saber al Monarca en una exposición que le elevó en noviembre de 1823, en la que, para afirmar el principio monárquico, planteaba necesario establecer “un gobierno vigoroso y enérgico, pero paternal e ilustrado”. Como a esta opción realista moderada tuvo que inclinarse Fernando VII por la presión de las Cortes europeas, en el ejecutivo, que con tal talante instituyó el 2 de diciembre de 1823 liderado por el marqués de Casa Irujo, entró el conde de Ofalia, primero, como secretario de Gracia y Justicia y, después, al fallecimiento de aquél, sustituyéndole el 18 de enero de 1824 en la presidencia a la vez que en la Secretaría de Estado.

Dos cuestiones estuvieron detrás de la exigua duración del gabinete del conde de Ofalia: la policía y la amnistía. La primera, creada como una institución orgánicamente autónoma para el mantenimiento principalmente del orden público y político, generó la cerrada oposición de los sectores militares y religiosos excluidos de la misma y, sobre todo, del ultrarrealismo.

La segunda, la amnistía, motivó idéntico desencuentro entre la mayor amplitud propuesta por el conde de Ofalia, en línea con la exigencia francesa para el mantenimiento de sus tropas en España, y la total restricción auspiciada por el absolutismo reaccionario (con Francisco Tadeo Calomarde a la cabeza, que había sustituido al conde en la cartera de Gracia y Justicia). El dominio de esta opción acabó significando para el conde de Ofalia no sólo la exoneración del cargo el 11 de julio de 1824 y un nuevo destierro a Almería, sino también una campaña en su contra, que estuvo detrás del atropello que sufrió en septiembre en el pueblo almeriense de Gádor.

El conde de Ofalia abandonó el confinamiento cuando se necesitó de sus dotes diplomáticas y de su buena imagen en Europa para encarrilar las enrarecidas relaciones con Gran Bretaña y Francia como consecuencia del apoyo español a la opción absolutista en Portugal. Pues bien, afianzó esa reputación porque como embajador, primero, en Londres desde diciembre de 1826 y, después, en París desde agosto de 1828, no sólo logró limar las desavenencias, sino afrontar con desahogo circunstancias complicadas, como el cambio de régimen acaecido en Francia con la revolución de julio de 1830 y la elevación al trono de Luis Felipe de Orleans. Esta acertada labor tuvo su recompensa, de una parte, con las distintas condecoraciones que se le otorgaron, como la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, la Gran Cruz de la Orden de Cristo Portuguesa, la de gran oficial de la Legión de Honor Francesa o la del Gran Cordón de la orden de Francia; y, de otra parte, sumándose al título del conde de Heredia-Spínola heredado en 1832 tras el fallecimiento de su padre, con la concesión el 12 de julio de 1833, con motivo del juramento de Isabel, del de marqués de Heredia con los honores de Grande de España.

Es verdad que, además de sus labores diplomáticas, desde esas embajadas colaboró con la policía en el control de los emigrados españoles liberales, pero ello en modo alguno puso en cuestión su fidelidad al realismo templado, es decir, al remozamiento de la Monarquía absoluta mediante las reformas administrativas.

De ahí que, cuando a la Monarquía fernandina, tras los sucesos de La Granja, no le quedara más remedio que seguir esa vía del despotismo ilustrado, cuyo buque insignia sería el Ministerio de Fomento, se pensara en el conde de Ofalia para dirigirlo. Así al frente del mismo desde el 28 de diciembre de 1832 en el Gobierno presidido por Francisco Cea Bermúdez, su labor fundamental se centró en la asunción para el Ministerio a su cargo de las funciones de orden público. Algo que, mediante la desmilitarización y restauración de la normativa policial de 1824, se concretó en la instauración en las provincias de los subdelegados principales de policía. También bajo su mandato, entre otras cosas, se establecieron los boletines oficiales provinciales y se celebraron elecciones municipales con la tímida reforma contenida en el decreto de 3 de febrero de 1833.

La muerte de Fernando VII supuso la salida del conde de Ofalia del ejecutivo, ya que, designado el 2 de octubre del último año secretario del Consejo de Gobierno —institución asesora de la Reina gobernadora y del Consejo de Ministros establecida conforme a lo recogido en el testamento del Monarca—, este cargo se declaró incompatible con el ministerial.

El 21 de octubre era reemplazado en la cartera de Fomento por Francisco Javier de Burgos. Parecía estar en lo cierto este patricio granadino cuando en sus Anales destacaba el resentimiento que al conde de Ofalia le causó esa remoción porque, cuando menos, participó en la actuación del Consejo de Gobierno, primero, obstruccionista a las disposiciones administrativas nucleares de aquél y, después, contraria al mantenimiento del absolutismo ilustrado y en favor del aperturismo político, que finalmente recogió en abril de 1834 el Estatuto Real.

En la nueva etapa entonces abierta, el conde de Ofalia, por ocupar el anterior cargo, fue nombrado en junio prócer vitalicio, es decir, miembro de la Cámara Alta instituida por ese texto político. Como miembro de este Estamento destaca su labor en las comisiones de Hacienda y Estado, y su participación como vocal en la junta establecida en febrero de 1835 para extender el proyecto de ley que prefijara las reglas y trámites que habrían de observarse en los casos que esa Cámara Alta ejerciera atribuciones judiciales. Además, en agosto de este año volvió a ser nombrado embajador en París, pero por motivos de salud y por la inseguridad reinante, no llegó a tomar posesión.

El tiempo del Estatuto Real terminó con el triunfo del movimiento revolucionario progresista que, consumado en La Granja en agosto de 1836, trajo consigo la restauración transitoria del Código político gaditano.

Suprimido con ella el Consejo de Gobierno, el conde de Ofalia pasó a la condición de consejero de gobierno jubilado. En esta situación parece que se quiso mantener, ya que, promulgada la Constitución de 1837, en las primeras elecciones legislativas que se celebraron en octubre, rechazó la candidatura de senador propuesta por los electores del partido moderado de Almería. Con todo, triunfante en estos comicios esta opción conservadora, se pensó en él para liderar el ejecutivo, como la persona más idónea porsu experiencia y dotes diplomáticas para intentar conseguir la intervención francesa en la lucha contra los carlistas. Acabó aceptando, iniciándose el 16 de diciembre el segundo Gabinete presidido por el conde de Ofalia.

Este Gobierno, en el que el conde de Ofalia, además, del 20 al 27 de mayo de 1838 reemplazó interinamente al general Manuel Latre en el Ministerio de la Guerra, no logró la anhelada ayuda militar y financiera de Francia, que tampoco consiguieron los que le sucedieron, y no tuvo la unidad y autoridad suficiente para aglutinar a las distintas tendencias del partido moderado. Pero sí esbozó las bases fundamentales del programa de gobierno de esta fuerza política, en aspectos tan importantes como los relativos al control centralizado de los ayuntamientos, a la utilización de los fueros vascos como instrumento de pacificación, al desarrollo de los gastos de culto y clero compensatorios de la desamortización, a la restricción de las libertades colectivas y afirmación de la seguridad interior y el orden público... En estas medidas y proyectos que, alentados por los progresistas, generaron un notable malestar en la opinión pública, en las derrotas militares de las tropas cristinas y en el anterior fracaso diplomático se encuentran las razones de la caída el 6 de septiembre de 1838 del Gabinete del conde de Ofalia y sustitución por el del duque de Frías.

Abandonó el poder ejecutivo, pero siguió participando en el legislativo en calidad de senador por Lugo. Esta representación, lograda por el conde de Ofalia en la elección celebrada en junio de 1838, la revalidó, tras pasar una larga temporada de descanso en París, en los comicios de marzo de 1840. Además, dos meses después se le confirió la presidencia de la Junta Consultiva de Gobernación de Ultramar.

El éxito de la revolución progresista del verano de ese año le obligó a abandonar ambos cargos y puso fin a su actividad pública, más aún cuando se le imputó la pertenencia a la conservadora Sociedad Jovellanista, que tuvo que desmentir. Con todo, a pesar del distanciamiento ideológico con el liberalismo dominante, aún se contó con él para que informara en asuntos relacionados con esa Junta, como ocurrió con el expediente relativo a la sublevación de varios esclavos en la goleta española Amistad.

Finalmente, el 8 de septiembre de 1843 moría en Madrid el conde de Ofalia, dejando un patrimonio que, entre propiedades rústicas (ubicadas fundamentalmente en Almería, Granada y Málaga), efectos comerciales y deuda pública, superaba los 4.000.000 de reales. Dado que sus hijas, Narcisa y Josefa (casadas, respectivamente, con Miguel Arizcun, marqués de Iturbieta y conde de Tilly, y con Narciso Heredia Peralta), habían fallecido con anterioridad, esta herencia con los correspondientes títulos de conde de Heredia- Spínola y marqués de Heredia pasaron a sus dos únicos nietos, María de las Angustias Arizcun Heredia y Narciso Heredia Heredia.

 

Obras de ~: “Idea de la filosofía y de los filósofos”, en N. Heredia Begines (dir.), Examen público que han de tener los bachilleres, Málaga, Imprenta de los Herederos de D. Martínez Aguilar, 1796; Confesión general del conde de Ofalia con un capuchino esclaustrado. Dedicada y dirigida por un granadino al pueblo español, Bruxelles, Louis Hauman y Comp. Libreros, 1839; Escritos del Conde de Ofalia, publicados por su nieto el marqués de Heredia, Bilbao, Imprenta La Propaganda, 1894.

 

Fuentes y bibl.: Archivo del Senado, exps. personales, HIS-0218-02.

J. Gener, España y el ministerio Ofalia, Madrid, Imprenta de D. Miguel de Burgos, 1838; F. Álvarez, “Don Narciso Heredia y Begines de los Ríos. Marqués de Heredia. Conde de Ofalia”, en N. P. Díaz y F. Cárdenas (eds.), Galería de Españoles célebres contemporáneos o biografías y retratos de todos los personajes distinguidos, t. III, Madrid, Boix Editor, 1843; Los Ministros en España desde 1800 a 1869. Historia contemporánea por Uno que siendo español no cobra del presupuesto, vol. III, Madrid, J. Castro y Cía., 1869-1870, págs. 771-776; A. y A. García Carraffa, Diccionario heráldico y genealógico de apellidos españoles y americanos, vol. XLIII, Salamanca, Imprenta Comercial Salmantina, 1932, págs. 39-77; J. Pérez Núñez, “El conde de Ofalia (1775-1843), prototipo de realista moderado”, en Cuadernos de Investigación Histórica, 18 (2001), págs. 149-170.

 

Javier Pérez Núñez