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María Luisa de Borbón-Orleans y Estuardo

Biografía

María Luisa de Borbón-Orleans y Estuardo. París (Francia), 27.III.1662 – Madrid, 12.II.1689. Reina de España.

María Luisa de Borbón-Orleans y Estuardo fue la primogénita de Felipe de Borbón (París, 1640), duque de Orleans, hermano del rey Luis XIV de Francia, y de Enriqueta Ana Estuardo (Exeter, 1644), hermana del rey inglés Carlos II e hija, a su vez, del decapitado Carlos I y de Enriqueta María de Francia. Nació en el Palais Royal de París, la residencia preferida de sus padres, aunque su infancia se desarrolló en el palacio de Saint Cloud, lugar de verano de la familia, bajo la atenta mirada de la condesa de Saint Chaumont, su aya, cargo en el que estuvo hasta unos meses después de nacer, en 1669, Ana María de Valois, segunda hija de Felipe de Orleans y de Enriqueta Ana Estuardo, en que fue despedida por el propio Luis XIV al estar envuelta en una intriga palatina. Su sucesora, desde ese momento, fue Luisa Francisca de Chavigny, mariscala de Clérembault, responsable de su educación y formación cortesana, ya que la enseñó a mantener variadas conversaciones de salón, montar bien a caballo, tañer aceptablemente el clavicordio, cantar y entonar correctamente, y bailar con soltura, aunque quien moduló su carácter y contribuyó a que dominase sus frecuentes accesos de cólera, fue Luisa Isabel de Rouxel, conocida como madame de Grancey, hija del conde y mariscal de Grancey.

El fallecimiento de su madre, acaecido en 1670, meses después de haber dado a luz a mademoiselle de Valois, y las sospechas de que había sido envenenada —si bien no se realizó ningún tipo de investigación oficial—, le causó una honda impresión, aunque también contribuyó a reforzar sus lazos afectivos con su hermana, a los que, después de algunos titubeos, se añadieron los de la segunda esposa de su padre, Isabel Carlota, princesa del Palatinado, y los del hijo de este nuevo matrimonio, Felipe de Orleans, nacido en 1674, y futuro regente de Francia durante la minoría de edad de Luis XV a la muerte de Luis XIV en 1714.

Según los contemporáneos que conocieron a María Luisa, era de “gallarda presencia, de estatura proporcionada, semblante apacible y halagüeño; el cabello era poblado de color castaño oscuro; las cejas arqueadas y los ojos negros, vivos grandes y majestuosos; la frente espaciosa y blanca; los labios encendidos y algo belfos; la nariz afilada y bien hecha; el arte airoso y perfecto [...]”. Si su belleza no pasaba inadvertida, tampoco lo hacía su carácter bullicioso ni su trato agradable y llano, más próximo al de un hombre que al de una mujer, al decir de muchos, ni su destreza con el arcabuz ni su gusto por la poesía, la música, el baile y las comedias. Preparada por sus institutrices, María Luisa fue presentada oficialmente en la Corte a finales de la Cuaresma de 1679, momento que coincidió con la inmediata llegada del marqués de los Balbases a París para la concertación del matrimonio, una vez descartada la candidatura de la archiduquesa María Antonia, prima del Rey —era hija de su hermana, la fallecida emperatriz Margarita, y del emperador Leopoldo—, que había sido avalada tiempo atrás por la Regente, Mariana de Austria. El descarte de este enlace con la archiduquesa María Antonia vino dado por su corta edad, la oposición de gran parte de los consejeros —encabezados por el conde de Peñaranda, destacado antigermanófilo— y unas circunstancias políticas que aconsejaban, en cambio, el matrimonio de Carlos II con una princesa de Francia, enlace que favorecería, además, la firma de la Paz de Nimega en condiciones más ventajosas para España.

Las negociaciones de matrimonio las llevaron a cabo el embajador español, marqués de los Balbases, ante Luis XIV, y el francés, marqués de Villars, ante Carlos II. María Luisa, quien siempre pensó que se casaría con su primo carnal, el Delfín Luis, rechazó en los primeros momentos, incluso con ruegos y sollozos, la proposición de matrimonio que le presentaba su tío el Rey Sol. Los tratos entre Madrid y París dieron su fruto el 2 de julio de 1679, día que se concedió oficialmente la mano de la princesa al rey de España.

La noticia llegó a la Corte española el 13 de ese mismo mes y fue celebrada en la calles con luminarias y fiestas de máscaras, además del tradicional agradecimiento del Rey ante la Virgen de Atocha.

El matrimonio, realizado por poderes el 31 de agosto de 1679 en la capilla del palacio de Fontainebleau, donde el príncipe de Contí, Luis Armando de Borbón, representó a Carlos II, fue consagrado definitivamente el 18 de noviembre de ese año en la localidad burgalesa de Quintanapalla por Antonio de Benavides, patriarca de las Indias y capellán mayor del Rey. Desde la frontera pirenaica, donde fue entregada al marqués de Aytona por el príncipe de Harcourt y despedida la comitiva que la había acompañado por Francia, el viaje de la Reina hasta Madrid transcurrió en medio de costosas celebraciones organizadas por las autoridades municipales. En la Villa y Corte, el recibimiento fue igualmente caluroso y los festejos frecuentes, no faltando los castillos de fuegos, las corridas de toros, las comedias y otros actos notables, como el auto de fe de 1680.

Acostumbrada a la flexible etiqueta francesa, los primeros años que vivió en la Corte no fueron fáciles para María Luisa, que tuvo que aprender a comportarse según las normas establecidas por Felipe IV, recordadas con frecuencia por la camarera mayor, sin poderse valer de otros amigos y confidentes que el personal de su séquito francés, por otro lado muy reducido, en el que se encontraba su ama de cría, Nicolasa Duperroy, cuatro o cinco camaristas —habían sido designadas directamente por la reina María Teresa de Francia—, su confesor, el padre jesuita Airault, dos doctores —uno de ellos era el doctor Talbot, que había sido médico personal de su madre—, un cirujano, un barbero, un cocinero de boca, un mozo de caballos habituado a cuidar los caballos irlandeses de la Reina, y un maestro de lenguas de origen irlandés, con quien aprendió el español. Pero las reprobaciones que en la Corte se hacía a sus servidores, a quienes achacaban el comportamiento incorrecto de María Luisa, y el retraso en el pago de sus haberes a causa del desarreglo económico que sufría en esos momentos la Casa Real, obligaron a muchos a regresar a París, permaneciendo tan sólo dos camaristas, el confesor, el caballerizo, un cocinero y un farmacéutico, el señor Vedier.

En el terreno político, María Luisa representaba para Luis XIV una pieza fundamental en su estrategia para debilitar a España, como queda reflejado en una carta escrita a su embajador en Madrid: “Insinúe a la Reina, recabando de ella el más riguroso secreto, que nada me agradará tanto como que emplee todo su crédito en impedir la designación de un Primer Ministro a quien se suponga capaz de administrar los negocios de esa Monarquía mejor de lo que están al presente”. Y así lo entendieron sus embajadores en Madrid, desde el marqués de Villars hasta Andrés Bertoulat de la Pétitière, conde de La Vauguyon, quienes procuraron por todos los medios a su alcance que la joven Reina estuviera estrechamente unida a la Reina madre, para así granjearse más todavía el afecto y la voluntad de Carlos II, reforzando por este medio otras estrategias dirigidas a atraerse al confesor del Rey y a algún personaje influyente que fuese dócil a las tesis del Rey Sol. Sin embargo, la Reina, a diferencia de su madre, Enriqueta Estuardo, que mantuvo una estrecha amistad con Luis XIV y que actuó como confidente de su hermano Carlos II, encargándose personalmente de las negociaciones que condujeron al tratado secreto anglo-holandés de Dover (1670), se mantuvo bastante apartada de las intrigas políticas, y nunca se avino a ser cómplice de un delito de alta traición, aunque sí logró convencer al Monarca, más por su interés personal que por consideraciones políticas, de que no se estableciera en Madrid un miembro de la familia imperial e impedir, de este modo, la sucesión austríaca. Con todo, al final de su vida, en 1689, y si hemos de creer a Rébènac, embajador francés que sustituyó a Feuquière, María Luisa había convencido a Carlos II para que España no participase en la Guerra de los Nueve Años e incluso para que entablara negociaciones con el fin de intercambiar los Países Bajos por la Cataluña francesa, pero el aislamiento de Francia animó al Consejo de Estado a declarar la guerra a Francia y desquitarse de las pérdidas sufridas en anteriores confrontaciones.

Durante los últimos años de su reinado, María Luisa acusó la frustración de no ser madre y cierta precariedad en su tren de vida originada por las dificultades financieras de la Monarquía desde 1686.

Además, empezaba a sentir que había perdido gran parte de su popularidad, reflejada en algunas coplillas satíricas, bien por la falta de heredero, bien porque los Grandes la veían como una barrera para acceder al Rey, cuando no por la política agresiva de Luis XIV hacia España. La muerte, sin embargo, le ahorraría nuevas penalidades, pues de resultas de un tropezón del caballo cuando paseaba el 9 de febrero de 1689, como era su costumbre, por los jardines del Buen Retiro, y que la arrojó por encima de su cabeza, causándole un golpe en el pecho y el estómago, el 12 de ese mismo mes fallecía a las ocho y media de la mañana, siendo enterrada en el monasterio de El Escorial después de que se le hiciera la autopsia para acallar los rumores, desencadenados por Francia, de que había sido envenenada, celebrándose las exequias oficiales, con el boato habitual en estos casos, en el monasterio de la Encarnación.

 

Bibl.: I. de Vera Tassis y Villarroel, Noticias historiales de la enfermedad, muerte y exequias de la esclarecida reina de las Españas Doña María Luisa de Borbón Stuart y Austria [...], Madrid, por Francisco Sanz, 1690; G. Maura y Gamazo, duque de Maura, María Luisa de Orleans, Reina de España: Leyenda e historia, Madrid, Saturnino Calleja, [1942]; Vida y reinado de Carlos II, Madrid, Espasa Calpe, 1942 (ed. pról. de P. Gimferrer, apéndice de J. J. Luna, Madrid, Aguilar, 1990); E. Cornaro, “Relazione di Spagna di Federico Cornaro, ambasciatore a Carlo II dall’ano 1678 al 1681”, en Relazioni degli ambasciatori Veneti al Senato, t. X, Spagna (1635-1738), Bottega de Erasmo, Torino, 1979.

 

Juan Antonio Sánchez Belén