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Luis González Brabo y López de Arjona

Biografía

González Brabo López de Arjona, Luis. Ibrahim Clarete. Cádiz, 8.VII.1811 – Biarritz (Francia), 1.IX.1871. Político y periodista, presidente del Consejo de Ministros.

Hijo de Manuel González Brabo, que había sido subsecretario de la Secretaría del Despacho de Hacienda, y de María Antonia López de Arjona, hidalga granadina, Luis González Brabo nació en el turbulento Cádiz de la Guerra de la Independencia, al haberse trasladado su familia a esa ciudad andaluza tras la llegada de los invasores franceses. Allí residió hasta que en 1824 toda la familia se trasladó a Madrid. Ya desde estos años, siendo apenas un adolescente, comenzó a demostrar su adhesión a las ideas liberales más radicales. Para alejarle de malas compañías, su padre decidió enviarle a estudiar Jurisprudencia a la Universidad de Alcalá de Henares. A pesar de culminar sus estudios, jamás llegó a ejercer la profesión de abogado puesto que prefirió centrar sus esfuerzos en el ámbito político y periodístico.

En efecto, desde mediados de la década de 1830, comenzó a publicar diversos artículos en El Español, caracterizados por su mordacidad y dureza, estilo que se alejaba bastante de la línea editorial de este periódico, por lo que en 1839 decidió fundar su propio periódico, El Guirigay, publicación satírica donde publicaba sus hirientes comentarios, no todos verdaderos. Nada ni nadie se libraba de las famosas “cencerradas” de Ibrahim Clarete, seudónimo bajo el cual emprendió una campaña infamante contra los moderados, centrando sus ataques en la Reina Regente, a la que llegaría a llamar “ilustre prostituta”, lo que motivó el cierre de su periódico el 7 de julio de ese mismo año. Muy adicto en un principio a la causa de Espartero, participó como capitán del 8.º batallón de la milicia nacional en el pronunciamiento de septiembre de 1840, que supuso el cambio de regencia. Este cambio en las riendas del poder le permitió sentarse en el Congreso como diputado por la provincia de Jaén en la legislatura 1841. Sin embargo, una vez sentado en su escaño, intrigó continuamente en contra de los progresistas, especialmente en contra de Espartero. Si audaz e incisiva era su pluma, su lengua no se quedaba atrás, como demostró en numerosas ocasiones en el Congreso. Una de sus más destacadas intervenciones como orador fue su condena contra el levantamiento moderado encabezado por los generales De la Concha y Diego de León, aunque su discrepancia con lo que formalmente supuso dicha acción, no le impidió escribir la defensa de los mismos, a pesar de que ésta fuera pronunciada por Roncali, implorando su perdón, aunque no logró obtenerlo.

En 1843 participó en la coalición formada por moderados y progresistas que tenía por objetivo derrocar a Espartero, siendo un hombre muy cercano a los promotores del alzamiento en contra del regente, especialmente a Joaquín María López. Por ello, no es de extrañar que el Gobierno provisional le nombrase para distinguidos cargos, como el de vocal de la recién creada Comisión de Códigos (19 de agosto de 1843), asignándole a la sección reunida de procedimientos. Nuevamente diputado por Jaén en la legislatura de 1843 (tercera), formó un grupo parlamentario conocido como la “Joven España”, que sirvió a los moderados para arrinconar paulatinamente a los progresistas y expulsarles de los círculos de poder. De esta forma, cuando Olózaga fue acusado de obligar a la Reina a firmar el decreto de disolución de las Cortes, González Brabo le atacó duramente y, como notario mayor del reino que era, al haber asumido interinamente el Ministerio de Gracia y Justicia, el 1 de diciembre de 1843, leyó la famosa acta de acusación contra el mismo, sustituyéndole al frente de la presidencia del Consejo de Ministros, a la vez que asumía el Ministerio de Estado. El corto gobierno de González Brabo, que finalizó el 3 de mayo de 1843, fue un gobierno transitorio, encargado de tomar las más drásticas e impopulares decisiones como, por ejemplo, la disolución de la Milicia Nacional, la persecución y encarcelamiento de todo tipo de progresistas por el mero hecho de serlo, incluyendo a sus propios compañeros de la Comisión de Códigos Pascual Madoz y Manuel Cortina, la implantación de la censura en la prensa... Incluso, llegó a solicitar el regreso de la Reina madre, a la que tan duramente había criticado y a cuya caída tanto había contribuido. Sus tiránicas medidas le obligaron a presentar su dimisión, pero el objetivo se había cumplido. Narváez llegaba al poder tras haber hecho desaparecer del plano político a los progresistas pero sin llegar a manchar sus manos con su sangre. Todo se lo debía a un González Brabo no del todo consciente de que había sido utilizado para hacer el trabajo sucio. Sin embargo, Narváez sabía lo poderosa que podía ser la pluma de González Brabo y de su talento para la intriga política. Quería tenerle contento pero lejos, por lo que en la primavera de 1844 decidió enviarle a Lisboa como ministro plenipotenciario, a pesar de su nueva elección como diputado por Jaén (legislaturas 1844-1845 y 1846-1847), otorgándole a la vez la Gran Cruz de Carlos III por sus valiosos servicios (13 de diciembre de 1844).

En la capital portuguesa permaneció hasta 1847. El 5 de abril de ese año fue nombrado consejero real ordinario, aunque este trabajo, excesivamente burocrático, no satisfizo demasiado al inquieto González Brabo, que el 22 de junio siguiente presentó su dimisión. Tras pasar una temporada en Francia en 1848, regresó a sus actividades periodísticas, colaborando con El Faro (Madrid, 1847-1852), pero viéndose marginado de las altas esferas políticas. En enero de 1850 tuvo lugar su famoso duelo con Antonio de los Ríos Rosas, como consecuencia de un enfrentamiento dialéctico en el debate de la Ley de Presupuestos. La puntería de Ríos Rosas estuvo cerca de costarle la vida a González Brabo, aunque una vez repuesto, sorprendentemente ambos se convirtieron en grandes amigos. Nuevamente elegido diputado por la circunscripción de Úbeda, provincia de Jaén, en las legislaturas de 1851-1852 y de 1853, pero cansado de su marginación política, en la primavera de 1851 solicitó su nombramiento como embajador ante el rey de las Dos Sicilias, lo que obtuvo del ministro de Estado, Beltrán de Lis, aunque al ser éste sustituido por Miraflores, conocido enemigo de González Brabo, prefirió presentar su dimisión antes de que su nombramiento fuese anulado. Nuevamente volcado en su faceta periodística, también en esta época participó activamente en ciertas corporaciones destacadas, como el Ateneo de Madrid, del que fue socio toda su vida, impartiendo la cátedra de Historia, Origen y Progresos de los Gobiernos Representativos en 1852 y a finales de 1853 fundó, junto a Cánovas del Castillo, el diario nocturno El Murciélago.

Al comenzar la Revolución de 1854 temió por su vida, pero lamentablemente no disponía de demasiado dinero para partir al exilio, por lo que solicitó a su amigo Joaquín Francisco Pacheco, recientemente designado ministro de Estado, que se le nombrase ministro plenipotenciario en Viena, lo que a pesar de la oposición de Espartero logró Pacheco gracias a la intermediación de O’Donnell el 23 de agosto de 1854. Cuando a finales de noviembre, Pacheco fue sustituido por Claudio Antón de Luzuriaga, el cual había sido ministro de Gracia y Justicia con Olózaga, González Bravo presentó su dimisión y partió hacia Biarritz, donde permaneció hasta el final del bienio progresista. En el otoño de 1856, con Narváez a la cabeza del Consejo de Ministros, solicitó y obtuvo su nombramiento como embajador en Londres (11 de septiembre de 1856), experiencia que le entusiasmó al entrar en contacto con la más pura doctrina liberal. Regresó al año siguiente, siendo nombrado Medalla n.º 27 de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (29 de septiembre de 1857). Desde ese momento, participó activamente en la vida parlamentaria como diputado por la circunscripción de Úbeda (legislatura de 1857); de Valdemoro (Madrid) (legislaturas de 1858-1860 y 1864-1865); de Almagro (Ciudad Real) (legislatura de 1863-1864); y de Cádiz (legislatura de 1867), consolidando en estos años su fama como orador audaz que hasta sus enemigos le reconocían. Tanto es así que a nadie le sorprendió cuando el 1 de marzo de 1863 fue recibido en la Real Academia Española, ocupando el sillón correspondiente a la letra C.

Narváez volvió a recurrir a él en los últimos años del reinado de Isabel II, nombrándole ministro de Gobernación y encargándole de forma interina los ministerios de Marina y Estado durante algunos días cuando formó gobierno el 16 de septiembre de 1864. Precisamente en este mandato tuvieron lugar los trágicos sucesos que se conocieron como la noche de San Daniel, acaecidos el 10 de abril de 1865, siendo González Brabo el responsable de la brutal represión de una manifestación estudiantil opuesta a las medidas que el Gobierno había tomado contra Emilio Castelar por haber publicado el famoso artículo titulado “El rasgo” y contra el mismo rector de la Universidad Central, Juan Manuel Montalbán, que había sido depuesto por negarse a cesar al anterior en su cátedra. Este suceso contribuyó a la caída de este Gabinete, siendo sustituido por otro encabezado por O’Donnell, que al año siguiente dimitió, tras el enfrentamiento entre Isabel II y el conde de Lucena por considerar la Reina que la sublevación de sargentos de San Gil, acaecida el 22 de junio de 1866, no se había reprimido con la dureza necesaria. Narváez volvió a encabezar el Gobierno el 10 de julio de 1866, eligiendo otra vez como ministro de Gobernación a González Brabo, el cual asumió la presidencia del Consejo de Ministros a la muerte de Narváez el 23 de abril de 1868. González Brabo adoptó unas medidas excesivamente duras que lograron que se ganara la enemistad de todos y cada uno de los sectores de la sociedad, incluidos los militares, lo que precipitó no sólo su caída, sino también la de la Reina. Esta vez, muertos O’Donnell y Narváez, no existía una alternativa que permitiese reconducir la situación, por lo que en septiembre de 1868 estalló la llamada Revolución Gloriosa.

Al partir hacia el exilio, decidió instalarse en Biarritz y así seguir de cerca los acontecimientos que se sucedían en su país. Paulatinamente, fue radicalizando su postura como reacción al cambio político que se estaba experimentando en España. Él, que se sentía profundamente patriota, quería una España liberal, no democrática, y pensó que ese proyecto era más realizable desde las filas del conservadurismo más radical, por lo que a principios de enero de 1871 se declaró carlista. A lo largo de ese año, la salud de González Brabo se fue debilitando, falleciendo en Biarritz el 1 de septiembre de 1871, en una situación bastante precaria. Ciertamente, a pesar de que había dedicado toda su vida a la política, jamás se había lucrado con ella, por lo que no pudo dejar nada a sus dos hijas, habidas del matrimonio con una hermana del actor Julián Romea. Así murió el “hombre de las apostasías”, como le denominaría el periodista Juan Martínez Villergas.

Obras de ~: Intrigas para morir: drama original en cuatro actos en prosa, Madrid, Imprenta de José María Repollés, 1838; Discursos leídos ante la Real Academia Española, en la recepción pública de Don ~ el día 1 de Marzo de 1863. Contestación de D. Cándido Nocedal, Madrid, Imprenta y Estereotipia de M. Rivadeneyra, 1863.

 

Fuentes y bibl.: Archivo del Congreso de los Diputados, Serie documentación electoral, 20 n.º 33; 21 n.º 40; 22 n.º 3; 23 n.os 44 y 39; 24 n.os 1 y 44; 26 n.º 5; 31 n.º 7; 34 n.º 4; 40 n. os 8, 24 y 29; 42, n.º 12; 47 n.º 2; 50 n.º 4; 51 n. os 10 y 15; 52 n.º 13; 57 n.º 11; y 58 n.º 7; Archivo del Consejo de Estado, exp. n.º 15, leg. 37; Archivo de la Comisión General de Codificación, Sección 7.ª II, 1, 4; Archivo Histórico Nacional, Estado, Carlos III, leg. 6290, doc. 67 (1844) y leg. 7375, doc. 85 (1844).

Ateneo de Madrid, Listas de socios del Ateneo científico, literario y artístico de 1837, de 1838, de 1841, de 1844, de 1847, de 1848, de 1849, de 1852 y de 1861 (www.ateneodemadrid.net); J. M.ª Antequera, La Codificación Moderna en España, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación, 1886, pág. 56; L. M.ª Cabello y Lapiedra, González Brabo (El político audaz), Madrid, Imprenta Francisco Beltrán, 1934; L. de Taxonera, González Bravo y su tiempo (1811-1871): un político español del siglo xix, Barcelona, Editorial Juventud, 1941; E. Esperabé de Arteaga, Diccionario enciclopédico ilustrado y crítico de los hombres de España, pról. del Conde de Romanones, Madrid, Ibarra, 1956; M. Artola (dir.), Enciclopedia de Historia de España. Tomo IV. Diccionario biográfico, Madrid, Alianza Editorial, 1991, págs. 375-376; J. M. Cuenca Toribio y S. Miranda García, El poder y sus hombres. ¿Por quiénes hemos sido gobernados los españoles? (1705-1998), Madrid, Actas, 1998; J. R. Urquijo Goitia, Gobiernos y ministros españoles: 1808-2000, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2001; J. R. de Cuadra Herrera, Aproximación a los diputados por Jaén: 1810 a 2000, Málaga, Servicio de Publicaciones de la Fundación Unicaja, 2002; J. Paniagua y J. A. Piqueras (dirs.), Diccionario biográfico de políticos valencianos, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, Fundación Instituto Historia Social, Centro Francisco Tomás y Valiente, 2003.

 

Blanca Sáenz de Santamaría y Gómez-Mampaso