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Luis Carrero Blanco

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Biografía

Carrero Blanco, Luis. Duque de Carrero Blanco (I). Santoña (Cantabria), 4.III.1904 – Madrid, 20.XII.1973. Político, almirante, primer presidente de Gobierno de Franco.

Luis Carrero Blanco nació en el seno de una familia de clase media, monárquica y católica. Era el mayor de cinco hermanos. Su madre, Ángeles Blanco, murió en 1910, cuando Luis Carrero tenía siete años. Su pa­dre, Camilo Carrero Gutiérrez, volvió a contraer ma­trimonio con Pilar del Carré, con quien tuvo dos hi­jos más. Como su abuelo y su padre, eligió la carrera militar, pero mientras los primeros la desarrollaron en el Ejército de Tierra, tanto Luis Carrero como sus hermanos prefirieron la Marina. En enero de 1918 ingresó en la Escuela Naval de Infantería. Para anti­cipar la entrada, su padre rectificó su partida de naci­miento, adelantando la fecha un año, lo que explica que a veces aparezca 1903 en lugar de 1904. Entre 1920 y 1921 realizó su primer viaje a Sudamérica en el crucero Reina Regente. Después estuvo destinado en los cruceros Carlos V y Alfonso XIII, que cumplieron misiones de distinto tipo en la costa marroquí. Tras realizar en 1924 un curso en la Escuela de Submari­nos, fue destinado como comandante al guardacostas Arcila, que participó en el desembarco de Alcazarse­guer en abril de 1925, donde tuvo su primer contacto con Francisco Franco, y en el desembarco de Alhuce­mas. En septiembre de 1926 ascendió a teniente de navío y fue destinado al cañonero Cánovas del Casti­llo. En mayo de 1927 fue nombrado segundo coman­dante del submarino B-2.

En 1929 contrajo matrimonio con Carmen Pichot. En 1930 nació su primer hijo, fue nombrado coman­dante del submarino B-5 e inició su actividad docente en la Escuela de Submarinos. Durante la República obtuvo diferentes ascensos. En septiembre de 1931 fue destinado a la Escuela de Guerra Naval y realizó prácticas en diversas instituciones navales extranjeras. Desde noviembre de 1932 hasta noviembre de 1933 permaneció en la Escuela Naval de París, donde tuvo su segundo contacto con Franco, entonces coman­dante militar de Baleares, que había solicitado aseso­ramiento al teniente coronel Barroso, agregado militar de la Embajada española en París, para la preparación de un plan de defensa de las costas, quien le remitió a Carrero por sus conocimientos. A finales de 1933 fue nombrado secretario de la Escuela de Guerra Naval y a comienzos de 1935 ascendió a capitán de corbeta.

Aunque nunca ocultó que era monárquico, no par­ticipó en el golpe militar de 1936. Sin embargo, la Guerra Civil, que se desencadenó tras éste, marcó su vida, pues su hermano José fue fusilado en Almería, donde estaba de guarnición, su padre murió de un ataque al corazón el día que fueron a detenerle y su hermano Camilo sufrió durante el conflicto un ac­cidente de aviación que le provocó graves secuelas. Ante la posibilidad de ser también detenido, Luis Carrero decidió esconderse, primero en la Embajada mexicana y luego en la francesa, desde la que consi­guió salir hacia Francia, dejando a su mujer en Ma­drid con tres hijos y embarazada del cuarto.

En julio de 1937 consiguió regresar a través de San Sebastián a la zona sublevada, y fue destinado a Ma­llorca, donde finalmente consiguió reunirse con su familia. Durante la Guerra Civil, su primer destino estuvo en el buque Huesca, que tenía como misión bloquear los posibles suministros de Rusia a la zona republicana. Después pasó a comandar el submarino General Sanjurjo y en octubre de 1938 embarcó en el crucero Canarias como jefe de Estado Mayor de la División de Cruceros, desempeñando hasta el final del conflicto un destino superior a su graduación. En 1940 fue nombrado capitán de fragata; en 1945 ca­pitán de navío; en 1957, contraalmirante; en 1963, vicealmirante, y en 1966, almirante.

Una vez terminada la guerra, comenzó su actividad política, de la mano de Pedro Gamero del Castillo, un joven falangista, colaborador de Serrano Suñer, con quien había entablado amistad durante su estan­cia en el buque Canarias. Inmediatamente después de la constitución del Consejo Nacional, fue nombrado consejero y, a mediados de noviembre de 1940, re­dactó su primer informe para Franco sobre la Gue­rra Mundial, en el que sin ocultar su simpatía por el Eje propuso, en sintonía con la mayoría de la cúpula militar, posponer la entrada de España. Unos meses después, en mayo de 1941, tras la primera crisis del régimen, provocada por los enfrentamientos entre militares y falangistas, Carrero Blanco, con treinta y seis años, fue nombrado jefe de Estado Mayor y sub­secretario de la Presidencia, comenzando desde en­tonces una estrecha colaboración con Franco que du­raría hasta su muerte, pues el cargo de subsecretario implicaba una vía directa y asidua de contacto con el jefe del Estado, con quien desde entonces despachó con frecuencia, al menos dos veces por semana, lo que le convirtió en una especie de secretario político de Franco, con funciones pluriministeriales. En esta etapa elaboró multitud de informes para el jefe del Estado, que inspiraron importantes decisiones políti­cas, entre las que destacan la no entrada en la Guerra Mundial, la promulgación de las Leyes Fundamen­tales y la normalización de las relaciones con la Casa Real en el exilio.

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el régi­men franquista atravesó sus momentos más difíciles y Carrero Blanco se convirtió en uno de los máximos colaboradores de Franco, con quien compartía su ideología, su extremada religiosidad y su firme convicción de que España debía convertirse en el baluarte del catolicismo. En esta etapa, Carrero se encargó de una de las cuestiones más delicadas: la gestión de la entrevista entre Franco y don Juan de Borbón, que en el Manifiesto de Lausanne había reclamado la restau­ración de la Monarquía en su persona, al considerar que la permanencia de Franco, tras el desenlace de la Guerra Mundial, era una anomalía que estaba expo­niendo al país a graves peligros. Su alternativa era la restauración de una monarquía liberal y moderada. Carrero apoyaba la vuelta de la monarquía, basada en los principios del levantamiento militar dentro, por tanto, de los planteamientos del franquismo.

En la crisis ministerial de 1945 desempeñó un papel relevante, sobre todo en el nombramiento del nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Ar­tajo, católico de prestigio, perteneciente a la Asocia­ción Católica Nacional de Propagandistas, pues con­siguió convencer a Franco de que sería un elemento fundamental en su estrategia de supervivencia. Ca­rrero, como Franco, era consciente de que había que aguantar y superar la coyuntura adversa tras el triunfo de las democracias, pero para ello era necesario dar una imagen más moderada y presentable del régimen, con el objetivo de conseguir el reconocimiento exte­rior. Su propuesta consistió en una disminución del peso de la Falange en los resortes del poder y en la promulgación de un conjunto de nuevas Leyes Fun­damentales, encaminadas a institucionalizar el régi­men, que no fueron directamente elaboradas por Ca­rrero, pero en cuyo contenido influyeron de manera destacada sus planteamientos, pues de hecho fue en el período 1945-1947 en el que Carrero elaboró más informes para Franco. La consigna en la mayoría de ellos era la de “orden, unidad y aguantar”, que resume su actitud contra la presión interior y exterior.

En estos difíciles años, Carrero también realizó una importante labor de propaganda en España en de­fensa del régimen, a través de sus artículos en diarios del Movimiento como Arriba y Pueblo, pero sobre todo a través de los numerosísimos guiones radiofóni­cos que escribió para Radio Nacional y que años des­pués fueron publicados con el seudónimo Juan de la Cosa por una editorial valenciana. En ellos se aprecia su profundo catolicismo, su rechazo a cualquier inter­vención extranjera y sobre todo su anticomunismo.

Su consigna de aguantar y resistir la presión exte­rior terminó dando sus frutos, pues en la nueva etapa que se abrió con la guerra fría y la política de bloques, el régimen salió fortalecido. Desde la primavera de 1947, los Estados Unidos comenzaron a cambiar su estrategia de oposición y aislamiento hacia España. En el nuevo contexto, Carrero convenció a Franco de la necesidad de promulgar una ley que dejara preparada la sucesión. Redactó en sus líneas generales la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, la más trascendente de este período. En marzo de 1947, Carrero mantuvo una entrevista con don Juan de Borbón en la que le explicó que la monarquía que se instaurara después del franquismo sería “católica, anticomunista, antili­beral y rabiosamente libre de toda influencia extran­jera en orden a su política”. La propuesta no fue acep­tada por Juan de Borbón, pero la Ley de Sucesión se publicó con estas características y fue ratificada por los españoles en referéndum. Al día siguiente, el 7 de abril, el pretendiente al trono publicó el Manifiesto de Estoril, en el que denunciaba la ilegalidad de la Ley. A partir de ese momento, Carrero Blanco, igual que Franco, consideró que don Juan de Borbón se había autoexcluido como posible sucesor. Pero la ruptura con la Casa Real en el exilio no fue definitiva; al año siguiente se produjo la entrevista en el yate Azor entre Franco y don Juan de Borbón, que supuso el cambio de las relaciones entre el régimen y la monarquía y en la que se decidió que el príncipe Juan Carlos realizaría sus estudios en España, bajo la directa supervisión de Franco y de Carrero, que desde entonces se convirtió en uno de los más directos defensores del príncipe y promotor de su nombramiento como sucesor a la Je­fatura del Estado.

A finales de la década de los cuarenta se inició una etapa más favorable y de mayor tranquilidad externa e interna para el régimen. La presión internacional cesó, pues Franco ya no ofrecía peligro para las de­mocracias y había hecho explícito su deseo de unirse a una alianza contra el comunismo, lo que supuso el primer paso para su integración en el bloque occiden­tal. En el interior, la oposición también perdió fuerza: la guerrilla maqui, activa en la posguerra, había sido aniquilada, los exiliados estaban cada vez más aislados y alejados de la realidad del país, los monárquicos ter­minaron aceptando la Ley de Sucesión que, aunque lejana, les garantizaba la vuelta de la monarquía y la sociedad deseaba fundamentalmente paz y tranquili­dad, después de las penalidades que había padecido.

La década de los cincuenta supuso el fin del aisla­miento. Los Estados Unidos fueron los primeros en buscar un acercamiento, promovido, en gran medida, por Carrero Blanco. Sus contactos con militares nor­teamericanos comenzaron desde el final de la Segunda Guerra Mundial y abrieron el camino a negociaciones que terminaron en la firma de acuerdos. A finales de 1950, Naciones Unidas revocó sus resoluciones con­tra España, varios estados reanudaron sus relaciones diplomáticas y en enero de 1951 se produjo el in­greso español en el primer organismo internacional: la Unión Postal, que continuaron con otros en años posteriores, hasta la entrada definitiva en Naciones Unidas. En esta nueva coyuntura, más propicia, se pensó en la conveniencia de un cambio de gobierno. En su formación, la influencia de Carrero fue deci­siva; presentó a Franco un conjunto de propuestas de posibles ministros y una nueva orientación, en la que el peso político pasó a los católicos. Carrero, en este nuevo gabinete, fue nombrado ministro subsecretario, lo que le permitió sentarse en el Consejo de Mi­nistros, aunque sus competencias siguieron siendo si­milares a las que ya venía desempeñando desde hacía años. Las dos actuaciones más importantes del nuevo gobierno fueron la firma del Concordato con el Vati­cano y la firma del Pacto de Madrid con los Estados Unidos.

En esta última cuestión la labor de Carrero fue des­tacada. Estaba convencido de que los Estados Unidos eran la potencia más fuerte de Occidente, por lo que un acuerdo con ellos era decisivo. El régimen buscaba en la firma de los acuerdos reconocimiento interna­cional, ayuda económica (ya que España había que­dado excluida del Plan Marshall) y ayuda defensiva. La negociación fue delicada y Carrero, como prueba la correspondencia, le dedicó mucho tiempo. Final­mente se firmaron en 1953, constituyendo desde en­tonces una pieza fundamental de la política interior y exterior de la España de Franco, pues permitieron su integración en el mundo. Fueron unos acuerdos cuya renovación a partir de entonces, estipulada cada cinco años, quedó en manos del ministro subsecretario, es decir, Carrero Blanco, y no del ministro de Asuntos Exteriores, por deseo expreso del jefe del Estado. Ca­rrero siempre consideró que los acuerdos con los Es­tados Unidos eran un instrumento de importancia decisiva para la política española; nunca cuestionó los pactos, lo que le llevó a duros enfrentamientos con quienes en los sucesivos gobiernos se mostraron dispuestos a aumentar la tensión entre ambos paí­ses para conseguir acuerdos más ventajosos. Sin em­bargo, Carrero siempre prefirió renunciar a mayores beneficios y ventajas, que ponerlos en peligro. Nunca entendió la postura del ministro de asuntos exterio­res Fernando María Castiella, con quien mantuvo un enfrentamiento prolongado y durísimo hasta conse­guir su salida del gobierno en la crisis de 1969, coin­cidiendo con el caso MATESA.

A raíz de la firma del Concordado y de los pactos con los Estados Unidos, la situación del país comenzó a mejorar paulatinamente. Se acabó con el raciona­miento de los años cuarenta y el nivel de vida se elevó, pero los disturbios estudiantiles de 1956 y los estran­gulamientos económicos que se seguían padeciendo (déficit exterior, obstáculos a la importación, cambio artificial de la peseta e inflación) provocaron una cri­sis política, que desembocó en la formación de un nuevo gobierno en 1957. Como en ocasiones ante­riores, en su configuración fue decisiva la colabora­ción de Carrero, cuya influencia aumentaba cada día más. Supuso el ascenso de los tecnócratas, vincula­dos al Opus Dei, especialmente a los ministerios eco­nómicos. Los nuevos ministros no sólo cambiaron la orientación política y económica, promoviendo una reforma de la Administración y una liberalización y apertura al exterior, sino que introdujeron también un nuevo estilo de gobernar, más directo y cercano a la sociedad.

Desde 1956, Carrero Blanco había iniciado una es­trecha colaboración con Laureano López Rodó, cate­drático de Derecho Administrativo, que aunque no fue nombrado ministro en el nuevo gobierno pasó a formar parte de la alta Administración a su lado, al convertirse en el secretario general técnico de la Pre­sidencia. Su primer encargo fue la elaboración de un informe sobre la reforma administrativa que se pre­tendía llevar a cabo. Su propuesta, aceptada inme­diatamente, fue la creación de una Secretaría Técnica de la Presidencia de Gobierno, de la que el propio López Rodó se hizo cargo. Desde entonces, comenzó una colaboración entre López Rodó y Carrero que duró diecisiete años, convirtiéndose en su hombre de máxima confianza, a quien encargó poco después la Comisaría del Plan de Desarrollo, que debería pro­mover la modernización económica del país a través de los Planes de Desarrollo.

A lo largo de los años sesenta, Franco fue delegando progresivamente su confianza y gran parte de las de­cisiones en Carrero Blanco, cuya lealtad al jefe del Estado era incuestionable y con quien compartía el proyecto de continuidad integral del régimen. Apo­yándose en los tecnócratas y sobre todo en su amigo López Rodó, Carrero puso en práctica su estrategia continuista. Su proyecto político consistía en un go­bierno fuerte, la conclusión del proceso institucional, el desarrollo económico, la reforma administrativa y la monarquía sólidamente asentada en los principios del franquismo.

El 21 de septiembre de 1967, Franco le nombró vi­cepresidente del Gobierno, en sustitución del general Muñoz Grandes. El jefe del Estado le comunicó su decisión mientras ambos viajaban en coche a la cele­bración de un acto oficial, tras un consejo de minis­tros que se había celebrado en San Sebastián. Era una decisión esperada, pues Carrero llevaba lealmente al lado del general desde 1941, siendo el único político que había salido indemne de todas las crisis. Su prin­cipal preocupación desde entonces fue conseguir que Franco, cuya decadencia física era patente, nombrara un sucesor en la Jefatura del Estado, que instaurara de nuevo la monarquía, dentro de los principios del Mo­vimiento Nacional, poniéndose a la cabeza de la que ya empezó a denominarse Operación Príncipe. Envió una nota a Franco, en la que una vez descartadas las otras alternativas: don Juan, don Alfonso de Borbon-Dampierre y don Carlos Hugo (línea carlista), expli­caba que don Juan Carlos era el único miembro de la dinastía con cualidades y formación para sucederle. Don Juan Carlos de Borbón, que ya había cumplido los treinta años exigidos por la Ley de Sucesión, se había formado en España durante veinte años, había constituido una familia y tenía descendencia mascu­lina: era el candidato del vicepresidente. Tras muchas conversaciones, negociaciones y una minuciosa ope­ración, en la que Carrero intervino decididamente, en julio de 1969, don Juan Carlos fue nombrado sucesor de Franco.

Poco después se produjo un escándalo que llevó a una crisis y a un nuevo cambio de gobierno: el asunto MATESA, un caso de corrupción, en el que se vie­ron implicados algunos ministros, principalmente los económicos, y cuya mayor novedad fue su aireamiento por la prensa, controlada por Solís y Fraga. El principal beneficiario de la crisis fue Luis Carrero, pues tras ella salieron los ministros económicos liga­dos al Opus Dei, pero también los tres ministros más molestos y con los que menos sintonizaba el vicepre­sidente: Solís, Fraga y Castiella, a quien culpaba del deterioro de las relaciones con el Vaticano y sobre todo con Estados Unidos y con el que discrepaba so­bre la forma de afrontar el tema de la descoloniza­ción, pues mientras Carrero era partidario de dilatar lo más posible la emancipación de los territorios que todavía permanecían bajo la soberanía española como Guinea Ecuatorial, Sidi Ifni y el Sáhara, el ministro de Asuntos Exteriores, urgido por Naciones Unidas y al considerar que como contrapartida se restauraría la soberanía de Gibraltar a España, era partidario de acelerar el proceso descolonizador. El choque entre Castiella y Carrero Blanco representaba el enfrentamiento entre los inmovilistas, es decir, los que no de­seaban realizar cambios, y los aperturistas, dispuestos a una cierta apertura.

A finales de la década de los sesenta, la influencia de Carrero sobre Franco era incuestionable. Desde entonces y debido a que la salud del general comen­zaba a resquebrajarse, Carrero empezó a tener cada vez más atribuciones: recibía con asiduidad a los mi­nistros y mantenía con ellos reuniones sectoriales para tratar asuntos específicos y una vez a la semana, ge­neralmente los jueves, despachaba directamente con Franco y otro día con don Juan Carlos en la Zarzuela. Desde la crisis de 1969, Carrero Blanco, aunque no­minalmente vicepresidente, se convirtió de hecho en el jefe del Gobierno. Su principal preocupación fue la restauración de la autoridad del Gobierno sobre las instituciones del Estado. Esto era lo que significaban “la unidad de poder y la coordinación de funciones”, que según la declaración oficial inspirarían la política del nuevo gabinete.

Un gobierno que debió hacer frente a una situa­ción problemática en el país, pues desde mediados de la década de los sesenta se incrementaron los dis­turbios y la actuación de la oposición, sobre todo en las universidades y en las fábricas; se deterioraron las relaciones con la Iglesia y, sobre todo, se exacerba­ron los problemas derivados del nacionalismo vasco, tras la aparición del grupo terrorista ETA. A fines de marzo de 1970 se celebró el juicio de Burgos, contra terroristas, que terminó con cinco condenas a muerte que finalmente fueron conmutadas por cadena per­petua, pero que enfrentó a los dirigentes políticos del país con una enorme oposición interior y sobre todo exterior. No obstante para Carrero, igual que para Franco, lo más doloroso de la contestación social fue la retirada de apoyo y la oposición de la Iglesia, que hasta entonces había sido uno de los pilares funda­mentales del régimen. Sin embargo, Carrero Blanco, aunque nunca llegó a entender la transformación que se había producido, siguió respetando y en muchas ocasiones defendiendo, hasta el final de sus días, a la jerarquía eclesiástica.

Para hacer frente a la oposición cada vez mayor y controlar sus actuaciones, a comienzos de 1972 deci­dió integrar la unidad de información, dirigida por el coronel San Martín y que se había creado unos años antes, en la presidencia del Gobierno, con el objeto de que tuviera más medios. Así nació en marzo el Ser­vicio Central de Documentación, que prestó desde entonces al régimen y en concreto a Carrero Blanco una ayuda significativa desde el punto de vista infor­mativo y consiguió neutralizar algunas actuaciones de la oposición, pero que sin embargo, fue incapaz de prevenir un año después el atentado que acabó con la vida del almirante.

En esta situación conflictiva resultaba necesario el nombramiento de un presidente de Gobierno, que difícilmente podría ser otro que Carrero, aunque ha­bía miembros del gabinete que proponían otras op­ciones, como Fraga, Alejandro Rodríguez de Val­cárcel o Carlos Arias Navarro al que apoyaron Solís, Castiella, Silva y el propio Fraga cuando vio que él no tenía posibilidades. Finalmente en junio de 1973, Franco decidió separar la Jefatura del Estado de la Presidencia de Gobierno y nombrar para este último cargo a Carrero Blanco, previo estudio de una terna presentada por el Consejo del Reino en la que apa­recían también los nombres de Raimundo Fernán­dez Cuesta y Manuel Fraga. El 14 de junio, Carrero Blanco celebró su primer consejo de Gobierno. Nom­bró vicepresidente y ministro general del Movimiento a Torcuato Fernández Miranda. El nombramiento de un presidente, distinto del propio Franco, fue uno de los últimos pasos importantes del régimen, pues, por primera vez, el dictador cedía las riendas del po­der ejecutivo, que junto a la Jefatura del Estado había mantenido durante más de treinta años en sus propias manos. Pero Carrero Blanco sólo pudo ejercer como presidente unos pocos meses.

Inmediatamente después de su nombramiento, la organización terrorista ETA comenzó a preparar el atentado que acabó con su carrera política y con su vida. Ya un año antes, Carrero había recibido un in­forme del general Iniesta, director de la Guardia Civil, en el que aparecía como objetivo de la banda su se­cuestro o el de algún miembro de su familia. Pero los terroristas, tras juzgar inviable el secuestro, conside­raron la posibilidad del atentado, teniendo en cuenta que el sistema de seguridad de las personalidades políticas en aquellos momentos dejaba mucho que de­sear. No sólo resultaba sencillo matar a Carrero, por sus sistemáticos hábitos de vida, sino porque para el cargo que ostentaba, era uno de los políticos menos protegidos.

En noviembre, el terrorista de ETA José Ignacio Abaitúa Gomeza, alquiló un semisótano en el nú­mero 104 de la calle de Claudio Coello, situado en el tramo por donde el presidente pasaba a diario tras oír misa para volver a desayunar a su domicilio. Du­rante algo más de un mes, un comando de etarras ubicado en el piso, que se hicieron pasar por escul­tores, perforaron el muro de la fachada y excavaron un pasadizo de unos seis metros por debajo del pavi­mento, donde colocaron una carga explosiva de gran potencia. A mediados de diciembre, la operación para el asesinato estaba preparada. El 20 de diciembre de 1973, como cualquier día, Luis Carrero fue a oír misa a la iglesia de San Francisco de Borja, su parroquia habitual, a pocos metros de su domicilio particular. A las nueve y media abandonó el templo de regreso a su casa, montó en el coche oficial con su conductor y su escolta y fue seguido por otro coche de protección, en el que viajaban, además del conductor, dos policías. Al pasar el coche por el lugar señalado, los terroristas hicieron estallar una potente carga explosiva. El au­tomóvil voló por los aires y cayó en una terraza de la iglesia de la que acababa de salir el presidente. Murie­ron los tres ocupantes. El presidente Carrero Blanco, el inspector José Antonio Bueno Fernández y el con­ductor del vehículo José Luis Pérez Mojena. Luis Ca­rrero fue trasladado al hospital Francisco Franco (hoy Gregorio Marañón), en el que ingresó cadáver. La capilla ardiente se instaló en la Presidencia del Go­bierno.

Pasados los primeros momentos de confusión, se confirmó que se trataba de un atentado terrorista. Así lo transmitió por la tarde el presidente en funciones, Torcuato Fernández Miranda a los españoles en un comunicado difundido por Televisión Española. Los días 21, 22 y 23 fueron declarados de luto nacional. Luis Carrero Blanco fue enterrado en el cementerio de El Pardo, en la “parcelita”, como él solía denomi­narla, que había comprado con este fin. El funeral, oficiado por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, se celebró al día siguiente en la basílica de San Fran­cisco el Grande con la presencia del jefe del Estado, de los príncipes de España, del Gobierno en pleno y de representantes diplomáticos. El Consejo de Minis­tros otorgó al fallecido el título de duque de Carrero Blanco y el grado de capitán general de la Armada.

Los terroristas huyeron sin dificultad a Francia, donde dieron una rueda de prensa para explicar lo sucedido. En el sumario por las muertes del aten­tado fueron encausadas una treintena de personas, de las que sólo siete fueron detenidas; un sumario que nunca llegó a juicio, porque antes se promulgó una amnistía que puso a los inculpados en libertad.

La muerte de Carrero Blanco fue un duro golpe para Franco, ya anciano y con una salud muy que­brantada. Carrero había sido su colaborar más leal y valioso desde 1941, una pieza clave en la construc­ción del franquismo, en la designación de sus gobier­nos, en la elaboración de sus leyes y en la evolución de sus instituciones. Fueron muchos los que pensaron que la muerte de Carrero suponía el fin del régimen de Franco y, de hecho, hay historiadores que adelan­tan el inicio de la Transición a esa fecha.

Además de su carrera política, a la que dedicó la mayor parte de su vida, Luis Carrero Blanco publicó varios libros sobre temas navales, con un componente técnico e histórico, entre los que destacan España y el mar (1942), La victoria del Cristo de Lepanto (1948), que obtuvo el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera, España ante el mundo. Pro­ceso de un aislamiento (1950) y Las modernas torres de Babel (1956) sobre el peligro soviético. Sus aficiones principales fueron la pintura y la lectura, sobre todo la Historia, las biografías y las novelas policíacas. To­dos los ministros, que colaboraron con él, le recuer­dan dibujando durante los consejos de ministros en el cuaderno que siempre tenía delante.

Fue un político discreto, que prefirió mantenerse siempre en un segundo plano, incluso en su etapa de presidente del Gobierno. Tussell lo definió en su bio­grafía como “la eminencia gris del régimen” y José María Pemán dijo que había logrado ser “el político menos fotografiado del mundo”. Pasaba la mayor parte de las horas en su despacho de Castellana, 3, en compañía de su fiel secretario, Luis Acevedo, mi­litar como él y con el político que fue su máximo co­laborador: Laureano López Rodó, a quien nombró, primero, comisario del Plan (dependiente de la Pre­sidencia) y después, ministro de Asuntos Exteriores. Hasta el final de su vida mantuvo un profundo espí­ritu católico. Fue una persona de misa casi diaria, que llevaba una activa vida religiosa. Carrero mantuvo una estrecha relación con la parroquia de la Com­pañía jesuita de San Francisco de Borja de la madri­leña calle de Serrano, por casualidades de la vida, la misma en la que terminó estrellándose el coche en el que viajaba el día de su atentado. No tuvo una vida ostentosa, a pesar de sus cargos. Las casas en que vi­vió (en las calles de Montesa primero y Hermanos Bécquer, después) fueron alquiladas. Su única propie­dad era un apartamento en Campoamor y el terreno que compró en el Pardo para sepultura de la familia, al que siempre se refería como la “parcelita”. Además de estas propiedades, tras su asesinato la única heren­cia que dejó a sus familiares fueron algunos muebles y unos cuadros.

 

Obras de ~: España y el mar, Valencia, 1942; La victoria del Cristo de Lepanto, 1948; La gran baza soviética, Valencia, 1949; Las doctrinas del Komsomol, Valencia, 1950; España ante el mundo, Proceso de un aislamiento, Madrid, 1952; Gibraltar, Valencia, 1952; Las modernas torres de Babel, 1956 Comenta­rios de un español. Las tribulaciones de don Prudencio. Diploma­cia subterránea, Madrid, 1973; Discursos y escritos, 1943-1973. Madrid, 1974.

 

Bibl: J. Aguirre, Operación Ogro. Cómo y por qué matamos a Carrero Blanco, Bilbao, Ediciones Hordago, 1978; J. P. Fusi, Franco. Autoritarismo y poder personal, Madrid, El País, 1985; S. G. Payne, El régimen de Franco, Madrid, Alianza Editorial, 1987; L. López Rodó, Memorias, Barcelona, Plaza y Janés, 1990-1992; J. Tusell, Carrero: la eminencia gris del régimen de Franco, Madrid, Temas de Hoy, 1993; P. Preston, Franco, Caudillo de España, Madrid, Grijalbo Mondadori, 1994; R. Carr, La época de Franco (1939-1975), vol. I, en J. M. Jo­ver Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, t. XLI, Madrid, Espasa Calpe, 1996; E. Moradiellos, La Es­paña de Franco (1939-1975), Madrid, Síntesis, 2000.

 

Pilar Toboso Sánchez