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Germana de Foix

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Biografía

Germana de Foix. ¿Mazeres (Francia)?, c. 1488 – Liria (Valencia), 15.X.1536. Reina de Aragón.

Segunda esposa de Fernando el Católico, había nacido probablemente en Mazeres, donde su madre residía, en torno a 1488 y su infancia transcurrió en la órbita de la Monarquía francesa, pese a su pertenencia a la Casa Real de Navarra. Era hija de Juan de Foix, conde de Étampes y vizconde de Narbona, y de María de Orleans, hermana de Luis XII de Francia. Su abuela paterna, la reina Leonor de Navarra, era la hermana mayor del Rey Católico, por lo que doña Germana era sobrina nieta de su futuro marido.

Su padre, Juan de Foix, había sido servidor de Carlos VIII de Francia, primero como gobernador de Milán y, luego, del Delfinado. Por estas razones, había recibido del monarca francés, en 1478, el condado de Etampes y —a la muerte en 1483 de su sobrino el rey de Navarra Francisco Febo— comenzó a titularse rey de Navarra y conde de Foix, pretensiones que transmitió a su único hijo varón, el duque de Nemours, valeroso rival del Gran Capitán en las campañas de Italia.

Debía de tener doña Germana cerca de dieciocho años cuando su tío materno, Luis XII de Francia, la acordó en matrimonio con Fernando el Católico, que había cumplido ya los cincuenta y cuatro. Las razones para esta boda se basaban en la necesidad que tenía don Fernando de mejorar sus relaciones con Francia, ahora que sus desavenencias con su yerno, Felipe el Hermoso, ponían en peligro la continuidad de su política en Italia. De no hacerlo, las incipientes relaciones entre Luis XII y el odiado yerno podían dar al traste con su laboriosa política de los pasados años.

Don Fernando, con la finalidad de atraerse al monarca francés, había enviado a la negociación a fray Juan de Enguera, provincial del Císter en Aragón, quien había alcanzado un primer acuerdo el 28 de julio de 1505, ratificado por el Rey el 26 de agosto siguiente. En su virtud, Luis XII cedía a su sobrina el título de rey de Jerusalén y sus derechos a la mitad del reino de Nápoles, que revertirían a Francia en caso de no haber descendencia. El Rey Católico, además de una gruesa compensación económica por los gastos de la Corona francesa en Nápoles —1.000.000 de ducados pagaderos en diez años— se comprometía a que la descendencia del matrimonio heredaría la Corona de Aragón con sus posesiones italianas.

Las bodas se contrajeron por poderes en Blois, el 19 de octubre de 1506, siendo representado el rey aragonés por el conde de Cifuentes, alférez mayor de Castilla. La nueva Reina entró en España por Fuenterrabía, a donde fue a recibirla Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza —hijo natural de su marido— y luego se dirigió hacia Valladolid, pues su esposo se hallaba en Salamanca. El encuentro, el 18 de marzo, tuvo lugar en Dueñas, donde se consumó el matrimonio, celebrándose a continuación grandes festejos en Valladolid. Pero la llegada a España del yerno austríaco y su desembarco en La Coruña, apenas un mes más tarde, el 28 de abril siguiente, provocó el viaje del nuevo matrimonio hacia sus tierras aragonesas, tras el breve encuentro de ambos Reyes y su concordia de Villafáfila. Don Fernando y doña Germana se habían embarcado en Barcelona el 4 de septiembre rumbo a las posesiones italianas, cuando la muerte de Felipe el Hermoso, el 25 de septiembre, convirtió otra vez a don Fernando, como padre de su enajenada hija, en soberano de facto de la Corona castellana. Los Reyes tardaron todavía en regresar, pues hasta el 21 de julio siguiente no desembarcarían en Valencia. Allí se quedó unos días doña Germana, como gobernadora, aunque luego se reuniría con su marido en Burgos, acompañándole el año siguiente, 1508, en su viaje por Andalucía.

El 3 de mayo de 1509, nació en Valladolid el único hijo de este matrimonio, el infante Juan de Aragón, príncipe de Gerona, que falleció unas horas más tarde.

El rey Fernando manifestó siempre una gran consideración a su nueva esposa, con gestos de ternura y respeto y cuentan los cronistas coetáneos los grandes deseos que el Monarca mantuvo hasta el final de alcanzar con ella la ansiada sucesión masculina, pese a que ello habría puesto en peligro la unidad de los reinos.

Algunos autores han atribuido a estos deseos el que los remedios suministrados al Rey, en forma de yerbas, para favorecer su paternidad, fueron los que ocasionaron su muerte. Nada serio hay, sin embargo, sobre estas noticias, pues no era el apetito sexual lo que le faltaba al Rey Católico, de quien cuenta Pedro Mártir de Anglería: “Nuestro Rey, si no se despoja de los apetitos dará pronto su alma al creador y su cuerpo a la tierra; está ya en los sesenta y tres años de su vida y no consiente que su mujer se separe de él y no le basta con ella, al menos en el deseo”.

El 28 de enero de 1513 el Rey había concedido a su esposa el vizcondado de Castellbó, antigua posesión de la casa de Foix, con los valles de Argua, Valherrera y Andorra, y la villa de Castellón de Farfaina.

La reina Germana, a la que no se ha atribuido una especial atracción por las labores de gobierno ni influencia en las decisiones políticas de su marido, fue, sin embargo, una eficaz colaboradora de su esposo, a quien representó en las Cortes Generales de 1512 y en las de Aragón de 1515, que estaba presidiendo cuando le llegó la noticia de la última enfermedad del Rey Católico. Germana tuvo tiempo de llegar a asistir a la muerte de Fernando, ocurrida en Madrigalejo, cerca de Trujillo, el 23 de enero de 1516. En su testamento, otorgado por el difunto el día anterior a su muerte, dejaba a su viuda —“nuestra muy cara y muy amada mujer [...] en la qual [...] habemos hallado mucha virtud e tenemos muchisimo amor”— la ciudad de Siracusa en Sicilia, las villas de Tárrega, Sabadell y Villagrasa, en el principado de Cataluña, con todas sus rentas y derechos, más otros 5.000 ducados de oro sobre las rentas de la Basilicata en el reino de Nápoles, de forma vitalicia. Asimismo, encomendaba a su nieto, el futuro Carlos V, que la honrara y protegiera.

Al llegar a España don Carlos, el nuevo Monarca, acudió doña Germana a rendirle pleitesía. El encuentro se produjo el 16 de noviembre, en Valladolid, ya que la Reina viuda se hallaba alojada en el monasterio de Abrojo, muy cerca de esta ciudad, y cuenta Sandoval que don Carlos “si ella entraba y el Rey estaba sentado, se levantaba de su asiento y se descubría y la hablaba rodilla en tierra”. Aunque matiza a continuación que “no duró esta cortesía mucho tiempo, porque el Rey luego cobró autoridad y ella miró poco por la suya”.

Lo que sí hizo Carlos V fue concederle, por privilegio de 19 de junio de 1517, las villas de Olmedo y Madrigal de las Altas Torres, en sustitución de parte de los 25.178 ducados sobre las rentas del reino de Nápoles, otorgados por su marido. El 15 de marzo de 1518 le añadiría, con la misma finalidad, las de la ciudad de Arévalo.

La Reina era por entonces una mujer de unos veintinueve años, y, según Sandoval, “era poco hermosa, algo coja, amiga mucho de holgarse y andar en banquetes, huertas, jardines y fiestas”. También informa de que “introdujo esta señora en Castilla soberbias comidas siendo los castellanos y aun sus reyes, muy moderados en esto”.

Dos años después de este encuentro, el 17 de junio de 1519, en Barcelona, don Carlos la casaría con un personaje de su séquito, el margrave Juan de Brandeburgo-Ansbach, cinco años más joven que ella, y perteneciente a una rama menor y no muy favorecida de los Hohenzollern alemanes. Él era primo hermano del príncipe elector, con lo que el futuro César ganaba su voto para la Corona imperial, como sugiere Pedro Mexía. Don Carlos, en 1523, nombró a doña Germana lugarteniente general del reino de Valencia, y a su marido capitán general, teniendo que sofocar como tales, al poco tiempo, la rebelión de las germanías de Valencia. El margrave, que resultó un pésimo marido —de comportamiento violento y costumbres disolutas—, murió el 5 de julio de 1525, sin haberle dado tampoco sucesión. Viuda otra vez, casó doña Germana en Sevilla, en terceras nupcias, en agosto de 1526, con Fernando de Aragón, duque de Calabria, heredero que había sido del reino de Nápoles, y a quien el Emperador invistió por entonces de virrey de Valencia. Sobre este matrimonio dejó escrito Dantisco, el embajador polaco: “Este buen príncipe que cuenta entre sus antepasados con más de ochenta reyes de la casa de Aragón, forzado por la penuria, ha venido a caer con esta corpulenta vieja y a dar en un escollo tan famoso por sus naufragios”. Pues, en efecto, la Reina, muy aficionada a los placeres de la mesa, llegó a ser excesivamente gorda. Conocida es la historieta con la que el bufón Francesillo de Zúñiga hacía las delicias de la Corte, narrando la imaginaria historia de la noche en que, por un temblor de tierra, la Reina se había caído de la cama y, de resultas, había roto dos entresuelos y matado varios criados que dormían debajo.

Los duques, instalados desde entonces en la capital de su virreinato, mantuvieron allí una auténtica Corte de enorme actividad cultural y artística, plenamente renacentista. En ella se caracterizaron por su mecenazgo sobre la música y la literatura —entre sus protegidos destacan el poeta Juan Fernández de Heredia, Luis Milá o Baltasar de Romaní— y por su afición coleccionista, especialmente de los códices grecolatinos, hoy conservados en la Biblioteca de la Universidad de Valencia.

Doña Germana, que había testado en Liria el 8 de septiembre de 1536, falleció allí el 15 de octubre siguiente.

Algunos autores, siguiendo sin duda al padre Anselme en su gran obra sobre la Monarquía francesa, retrasan erróneamente la fecha de su muerte hasta el 18 de octubre de 1538. Fue sepultada en el monasterio de San Miguel de los Reyes, que ella misma había fundado, extramuros de Valencia, en la huerta del Turia.

Su marido, el duque don Fernando, la sobreviviría catorce años, pues murió en Valencia, tras veinticuatro años de virreinato, el 26 de octubre de 1550, y también sin sucesión de una segunda esposa, Mencía de Mendoza, marquesa de Cenete.

Conviene subrayar, por otra parte, que es completamente infundada la reciente teoría de que la reina Germana dejara descendencia ilegítima.

 

Fuentes y bibl.: P. Anselme, Histoire Généalogique et Chronologique de la Maison Royale de France, des Pairs et des Grands Officiers de la Couronne et de la Maison du Roy, vol. III, Paris, 1726-1733, pág. 377; J. M. Doussinague, Fernando el Católico y Germana de Foix, Madrid, Espasa Calpe, 1944; P. Mexía, Historia del Emperador Carlos V, ed. de J. de Mata Carriazo, Madrid, Espasa Calpe, 1945, pág. 107; P. de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. de Carlos Seco Serrano, vol. I, Madrid, Atlas, 1955-1956, pág. 374; F. Zúñiga, Crónica burlesca del Emperador Carlos V, ed., introd. y notas de J. A. Sánchez Paso, Salamanca, Ediciones de la Universidad, 1989; J. M. Carriazo y Arroquia, La boda del Emperador, Sevilla, Ayuntamiento, Patronato del Real Alcázar, 1997, págs. 118-119; J. Salazar y Acha, “Sobre una posible hija de Carlos V y de Germana de Foix”, en Boletín de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, 28 (1998), págs. 14- 16; M. Fernández Álvarez, Carlos V, el César y el hombre, Madrid, Espasa Calpe, 1999, págs. 97-99; A. Kohler, Carlos V, Madrid, Marcial Pons Historia, 2000, pág. 25.

 

Jaime de Salazar y Acha