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Pedro de la Gasca

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Biografía

Gasca, Pedro de la. Navarregadilla (Ávila), VIII.1493 – Sigüenza (Guadalajara), 10.XI.1567. Clérigo, magistrado y político, pacificador del Perú, obispo de Palencia y de Sigüenza.

Fue uno de los varios hijos nacidos del matrimonio de Juan Jiménez de Ávila y María Gasca. No es desconocida la figura de Pedro de la Gasca entre los estudiosos del pasado hispano-americano, y especialmente de las décadas más tempranas de la colonización ibérica en el Nuevo Mundo, pues su labor en el sofocamiento de la rebelión de Gonzalo Pizarro ha llamado la atención de numerosos historiadores desde el siglo XVI. Hasta hace pocos años, sin embargo, se había omitido en general la tarea de explicar las circunstancias biográficas del personaje y de encuadrar su labor dentro del régimen administrativo de la España imperial. Parece ser que el clérigo y magistrado Gasca representaba un modelo de los funcionarios castellanos que administraron los negocios públicos en la etapa inicial de la gran Monarquía hispana, por lo cual hay que explicitar los factores culturales, sociales y personales que moldearon su intervención en la arena política. Y es que la obra del famoso “pacificador” tiene lugar en ámbitos tan diversos como el mundo universitario de Alcalá de Henares y Salamanca, la itinerante Corte de Castilla, el reino de Valencia, el séquito de consejeros de Carlos V en el Imperio Romano-Germánico, el territorio virreinal del Perú y las sedes episcopales de Palencia y Sigüenza.

Los orígenes familiares de Gasca, nacido en el poblado abulense de Navarregadilla hacia agosto de 1493, corresponden a una estirpe hidalga con firme sustento económico. El ascenso del personaje se vio favorecido por la cantidad de bienes raíces que poseía su familia en diversos lugares de la sierra de Gredos, así como por las importantes relaciones de algunos de sus parientes, en especial su tío, el licenciado del Barco, quien era allegado del cardenal Jiménez de Cisneros. En 1513, a la muerte de su padre, le tocó asumir la conducción del patrimonio familiar.

Pero la inclinación vocacional del joven Pedro era por el camino de los estudios. En 1519 le encontramos como colegial en San Ildefonso de Alcalá de Henares, lugar donde hizo la carrera de Teología y llegó a identificarse con la línea reformadora del clero que impulsaba el arzobispo de Toledo (Cisneros), alentador del humanismo erasmiano en la Península Ibérica. Una vez licenciado en Teología por la Universidad de Alcalá, en 1521, participó con mucho relieve a favor de la causa realista en el movimiento de las Comunidades de Castilla.

Para su desempeño en el ámbito político, resultaron decisivos los estudios de jurisprudencia que efectuó a continuación en la Universidad de Salamanca, foco principal del mundo académico castellano. Durante su permanencia de varios años en dicho lugar, Gasca estableció contacto directo con fray Francisco de Vitoria y otros pensadores distinguidos de la escuela jurídico-teológica salmantina, de inclinación neotomista. Esta circunstancia le permitió captar las esencias del derecho de gentes, normador de las relaciones internacionales entre pueblos civilizados (incluyendo a los aborígenes del continente americano), y asimilar el propósito de instaurar un mundo de “razón y justicia”, obedeciendo a la voluntad divina.

Asimismo, recogió la moderna noción de que el Estado significa la entidad en que se funden los sujetos de la república, aquella en la cual se concentra la soberanía popular (cfr. Hampe Martínez, 1986). Tras haber sido electo al rectorado de la Universidad de Salamanca, en 1528, se convirtió en miembro del poderoso colegio mayor de San Bartolomé y asumió una plaza de canónigo en la catedral salmantina. El cardenal Tavera, nuevo arzobispo de Toledo, le llamó para ejercer las funciones de vicario eclesiástico en Alcalá de Henares (1537-1540), y en demostración de lo satisfecho que estaba con sus cualidades personales, le dio enseguida un puesto de magistrado en el Supremo Consejo de la Inquisición.

De este modo, a partir de 1540, se incorporaba al ámbito de la Corte real, lo cual implicaba atender negocios relativos a la Monarquía hispánica en su conjunto. Gasca experimentó la rivalidad de facciones que pugnaban por hacer prevalecer sus intereses en la Corte, situación fomentada por las reiteradas ausencias del emperador Carlos V. Entonces, al mudar sus simpatías al partido del consejero Francisco de los Cobos, se produjo un cambio en la esfera de su labor pública, pasando del terreno religioso al político (con expresa dispensación otorgada por el Papa).

La acción política de Gasca se inicia efectivamente en 1542, al asumir el cargo de visitador general de los oficiales del reino de Valencia. Así quedó situado frente a unos caracteres culturales e institucionales distintos del mundo castellano, y aunque su competencia no era en realidad ejecutiva, sino ante todo fiscalizadora, demostró hallarse capacitado para desempeñar una responsabilidad política de mayor envergadura. Hurgando en la vida interior del personaje, hay que tener en cuenta la decisiva significación de aquella mudanza al Levante valenciano, porque representaba un cambio de ambiente geográfico con respecto al que estaba habituado en la meseta castellana. Su permanencia cerca del Mediterráneo le dio a conocer el mar —pues “hasta hoy nunca entré en la mar ni aun la vi sino después que a esta ciudad vine”, según escribe— y las características de gente ligada a actividades como la navegación, la pesca, la industria astillera, etc. Todo ello le hacía sentir a Gasca que estaba “en tierra extranjera”, sentimiento que evidencia la pluralidad de naciones que componían el Imperio hispánico.

Debido al óptimo efecto de su trabajo en Valencia, Pedro de la Gasca fue seleccionado en 1545 para llevar a cabo la misión pacificadora del Perú, territorio disturbado por las ásperas reclamaciones de Gonzalo Pizarro y los demás encomenderos contra las Nuevas Leyes, que el virrey Blasco Núñez Vela se había empeñado en aplicar con rigidez. Antes de partir hacia el nuevo continente, se le otorgaron amplios poderes y el título de presidente de la Audiencia de Lima (16 de febrero de 1546), lo cual suponía la obligación de manejar directamente todos los negocios públicos del virreinato peruano. Dicen las crónicas que “no pidió ni capitanes, ni soldados, ni armas, ni jerarquía ostentosa, ni salario [...] sino un poder general tan pleno y absoluto como el que poseía el Emperador”.

Al maduro jurista de más de cincuenta años le tocaba, pues, poner en obra los conocimientos adquiridos durante su larga preparación previa. Fue recibido en el istmo de Panamá con poco respeto, motejándole algunas personas la pequeñez de su cuerpo y la fealdad de su rostro. Allí, sin embargo, logró hacerse con la armada pizarrista que conducía el general Pedro Alonso de Hinojosa, secundado más tarde por Lorenzo de Aldana. Al llegar a las costas del Perú, en junio de 1547, anunció Gasca la revocación de las Nuevas Leyes, que habían originado el descontento al disponer la abolición de las encomiendas; otorgó su perdón a los rebeldes que acatasen su autoridad, y les permitió conservar sus empleos y rentas.

Aunque Gonzalo Pizarro y su sanguinario maese de campo, Francisco de Carvajal, se creyeron fuertes después de vencer al jefe realista Diego Centeno en el campo de Huarina (26 de octubre de 1547), Gasca logró reunir un ejército bastante numeroso y persiguió a sus enemigos a través de la cordillera andina. En la reseña de los batallones que se hizo en el valle de Jauja se contaron setecientos arcabuceros, quinientos piqueros, cuatrocientos jinetes y trece compañías de peones, puestos todos bajo el comando del general Hinojosa. Tan sólidamente organizada estaba la hueste, que la noticia de la derrota de Centeno en el encuentro de Huarina no afectó en nada el optimismo de esos súbditos leales reunidos en la cuenca del Mantaro.

Prácticamente sin batalla se derrotó a Pizarro en el valle de Jaquijahuana, cerca de Cuzco, el 9 de abril de 1548, porque los parciales del rebelde abandonaron su campo para pasarse al lado del “pacificador”. Procedió éste enseguida a la ejecución de Pizarro, Carvajal y sus seguidores más contumaces y dictó las providencias que juzgó necesarias para aquietar las pasiones. Conseguida la victoria, La Gasca demostró una mentalidad netamente señorial al emprender la distribución de premios entre quienes habían coadyuvado a su triunfo. El reparto de Guaynarima, publicado el 17 de agosto de 1548, constituía un instrumento destinado a establecer una aristocracia de encomenderos, reducidos en número y económicamente poderosos, alrededor de los cuales debería girar la sociedad colonial.

La proporción de aquel reparto (de 1.300.000 pesos), y las omisiones cometidas en él, dejaron descontentos a muchos soldados, sobre todo a aquellos que se habían mantenido fieles a la bandera del Rey. De modo genérico, la tarea administrativa del presidente Gasca estuvo orientada a imponer en el Perú el dominio de los criterios políticos de la metrópoli. Con este objetivo, aplicó la tasación de tributos para controlar las rentas de los encomenderos, asentó definitivamente la Audiencia y a los corregidores como instancias del ministerio judicial, y organizó una estricta recaudación de los ingresos fiscales. Por otra parte, en virtud de su preocupación por dispensar buen tratamiento a los indios, se reveló como un fiel intérprete de las leyes proteccionistas expedidas a instancias de fray Bartolomé de Las Casas (Escobedo Mansilla, 1979: 33-34).

Al promover la conservación de la fuerza de trabajo nativa, empero, Gasca defendía no sólo principios humanitarios, sino también los intereses materiales de la Corona. Junto con la derrota del levantamiento de Gonzalo Pizarro, su logro más importante en la misión perulera (1546-1550) fue la recolección de un enorme caudal de oro y plata para las arcas del Estado, merced sobre todo a la explotación del rico yacimiento de Potosí. Su remesa de casi 2.000.000 de escudos fue acogida con extraordinaria satisfacción en España, valiéndole la concesión de dignidades preeminentes.

Gasca permaneció en la metrópoli ligado a la gobernación de las provincias indianas. Más de una vez fue convocado a expresar su dictamen acerca de materias como la discutida perpetuidad de las encomiendas, la estructuración del sistema judiciario o el usufructo de las riquezas mineras. En ello hay que considerar, por cierto, las virtudes que entrañaba la propia personalidad del clérigo de Navarregadilla: un hombre de gran talento diplomático, un castellano “fino”, capaz de atraerse la colaboración de diversos grupos humanos y de negociar con los elementos más conflictivos. Era también un administrador prudente, apegado a las leyes y a los razonamientos bien meditados.

El 6 de abril de 1551 se expidieron las bulas que instituían a Gasca como obispo de Palencia; pero antes de tomar posesión de su sede, recibió la consagración episcopal en Barcelona y se dirigió por el Mediterráneo al encuentro del Emperador. En julio de 1551 llegó ante la persona de Carlos V, que tenía su Corte instalada en Augsburgo. Como súbdito, Pedro expuso con minuciosidad el uso que había dado a los poderes e instrucciones firmadas por el Monarca para su administración en el Nuevo Mundo, señalando los medios que empleó a fin de reducir el levantamiento de los colonos peruleros, sentar un orden pacífico en la tierra conquistada por Pizarro y recaudar con eficacia los dineros pertenecientes a la Hacienda Real. Agradecido por su ejemplar comportamiento, el Monarca le pidió que permaneciera a su lado, integrando el selecto conjunto de asesores que el gobernante tenía a mano para resolver los problemas más delicados de su vasto Imperio.

Posteriormente, en 1558, sirvió como albacea testamentario de las reinas Leonor de Francia y María de Hungría, ambas hermanas de Carlos V, y donó todos sus bienes a favor de su hermano Diego para instituir un mayorazgo. El 11 de agosto de 1561 accedió a la sede episcopal de Sigüenza, una de las más importantes en el reino de Castilla. Aunque el personaje estuvo asociado originalmente con una corriente reformadora dentro de la Iglesia, ligada a la austeridad y disciplina conventuales, en el curso de su vida llegó a adquirir gran ambición por los honores y los bienes suntuarios. Beneficiado con la dignidad de obispo, reunió una apreciable fortuna, gracias a la cual estatuyó una obra pía en Valladolid e hizo múltiples donaciones a favor de sus hermanos y demás familiares. También se preocupó de colocar en ventajosos empleos a esta parentela, de tal manera que un clan poderoso —el de los Gasca— quedó formado para perpetuar la memoria del ilustre político quinientista.

En 1567, a los setenta y cuatro años de edad, nimbado por la buena fama de estadista y prelado, falleció Pedro de la Gasca en el castillo de Sigüenza. Sus restos fueron sepultados en el altar mayor de la iglesia de la Magdalena de Valladolid, donde había fundado una rica capellanía.

En cuanto a Gasca en la tradición historiográfica, según ha escrito el catedrático y académico español Juan Pérez de Tudela y Bueso (1989), ningún observador puede negar el peso extraordinario que para las sociedades de la América hispana tuvo la fase instauradora de gobernaciones y virreinatos, que alcanza hasta la octava década del siglo XVI. Y nadie ignora las dificultades —especialmente graves por lo que se refiere a la interpretación— que lleva consigo el historiar unos días que fueron tan fecundos en crear condiciones para el futuro, como dramáticamente agitados. Así, pues, en las trágicas “alteraciones” del Perú de las guerras civiles hace crisis, y destapa toda su carga de ingredientes y de virulencias, el proceso (iniciado ya en 1492) que fue constituyendo el orbe conflictivo del conquistador.

En este ambiente, añade Pérez de Tudela, los partidismos enconados y el apasionamiento de las versiones desfiguradoras hicieron que la contextura misma de Pedro de la Gasca quedase en la penumbra, por lo que respecta a sus bases formativas y su experiencia. De este modo permanecieron en el centro del drama las sinuosidades misteriosas del Gasca legendario, vale decir, un bonete encubridor de la inteligencia más sutil, pero también más engañosa. Ello había originado en buena medida la equívoca impresión de que el protagonista hubiera salido virtualmente de la insignificancia para ser instalado por el emperador Carlos V en un escaño desproporcionado, al confiarle la misión acaso más delicada y grave que en esa hora apremiaba a la Monarquía ibérica.

Apenas después de su resonante victoria en el campo de Jaquijahuana, la actuación del pacificador del Perú empezó a ocupar las páginas de los cronistas indianos. Obedeciendo un encargo del propio Pedro, entonces obispo de Sigüenza, Juan Cristóbal Calvete de Estrella redactó un libro (1567) dedicado especialmente a historiar el curso vital de Gasca, colocando particular énfasis sobre su misión en el Nuevo Mundo; una obra de tono apologético, hecha para deleitar —con minuciosos relatos de viajes y de situaciones bélicas— el gusto de los lectores del Renacimiento, así como la vanidad del biografiado. El texto de Calvete de Estrella, que no iba a circular impreso hasta finales del siglo XIX, se apoyó en un repertorio de documentos tocantes a la labor gasquiana que fueron utilizados también por otros escritores de la gesta colonizadora de América, como el palentino Diego Fernández (1571).

Tendencia semejante, en cuanto al elogio incondicional del personaje, se percibe en algunas monografías publicadas en fechas más recientes. Podemos citar un artículo de Carlos Ramírez de Arellano (1870), que sintetiza la intervención del licenciado Gasca en el terreno político; una conferencia de Rafael Salillas (1892), publicada con ocasión del cuarto centenario del descubrimiento colombino; y un opúsculo de Nicolás Acero y Abad (1895), autor que expresa haber mantenido vinculación con los descendientes del “pacificador”. Más interesante es la aportación que ofrece el historiador regional Nicolás de la Fuente Arrimadas (1925-26), estudioso de los caracteres naturales y humanos de la comarca del Barco de Ávila. Algunos de sus juicios respecto a Gasca se encuentran trasladados en el ensayo biográfico de Amable García Sánchez (1965), última producción que puede inscribirse dentro de tal corriente apologética.

Desde 1920 han aparecido nuevas interpretaciones en torno a la obra política de Gasca en América, surgidas de un manejo cuidadoso de las evidencias documentales y de una actitud crítica frente a las opiniones tradicionales. En primer lugar, hay que mencionar el trabajo de Luisa Cuesta Gutiérrez, erudita bibliógrafa, quien dedicó su tesis doctoral y un opúsculo subsecuente (1928) a examinar la labor del estadista en tierras indianas, ilustrando su estudio con la transcripción de valiosos manuscritos de los archivos de Madrid, Sevilla, Simancas y Valladolid.

Debido a su agudeza en el enjuiciamiento y a su independencia respecto de cualquier estimación preconcebida, son importantes las observaciones que ha manifestado Juan Pérez de Tudela y Bueso (1963) acerca de las guerras civiles del Perú y la actuación del celebrado “pacificador”. Saliendo al paso de las imágenes corrientemente divulgadas, Pérez de Tudela ha remarcado el crudo pragmatismo del presidente de la Audiencia limeña, su ambición por disfrutar honores en la metrópoli y su mentalidad netamente señorial, aunque reconoce su honradez, su talento diplomático y su preocupación por el bienestar de la masa indígena.

Tal capacidad de sugestión corresponde asimismo al análisis que el ilustre hispanista Marcel Bataillon (1967) consagrara al movimiento dirigido por Gonzalo Pizarro, donde enfoca principalmente los elementos que favorecieron el triunfo del estandarte monárquico. Por otra parte, en su estudio introductorio a la Descripción del Perú compuesta por el clérigo barqueño, Josep M. Barnadas (1976; ed. ampliada en 1998) aporta sustanciales ideas acerca del genio de Gasca como dirigente político, advirtiendo al mismo tiempo la necesidad de que se elabore una biografía cabal de este personaje. Y, aunque no atañe de manera directa a la obra gasquiana, merece la pena citar el libro de Guillermo Lohmann Villena (1977), orientado a examinar el sustento jurídico y moral que los rebeldes peruleros brindaron a su levantamiento contra las Nuevas Leyes.

Se sabe que existió un conjunto de papeles referentes a la misión del sacerdote castellano en Indias que se difundieron en copias manuscritas poco tiempo después del retorno de Gasca a la Península. Un grupo importante de esos pliegos, que estaban en poder del ilustrado marino Fernández de Navarrete y del conde de Ezpeleta, fueron dados a publicidad en los tomos 49 y 50 de la Colección de documentos inéditos para la historia de España (1866-1867); se trata básicamente de cartas, tanto las cursadas por el emisario cortesano al Consejo de Indias y a Gonzalo Pizarro, como las enviadas a Gasca u otros destinatarios. A modo de complemento, las Cartas de Indias, editadas en la capital española por el Ministerio de Fomento (1877), reúnen una serie más pequeña de testimonios relacionados con la misión pacificadora del Perú, cuyos originales se conservan en el Archivo Histórico Nacional.

Adicionalmente, una tercera recopilación documental importante es la que ha publicado Juan Pérez de Tudela y Bueso bajo el título Documentos relativos a don Pedro de la Gasca y a Gonzalo Pizarro, en dos volúmenes (1964), con una diversidad de papeles generados en la época del alzamiento pizarrista, incluyendo muchas cartas suscritas por el presidente de la Audiencia limeña que hasta entonces se mantenían inéditas. Dichos manuscritos proceden de la colección Henry E. Huntington, de San Marino, California (Huntington, 1925). Asimismo, se encuentran muchas noticias interesantes en el Corpus documental de Carlos V, que ha editado Manuel Fernández Álvarez (1973-1981). Dentro de la correspondencia sostenida por los máximos jerarcas del Imperio se evidencia la preocupación que había por conocer el desenvolvimiento de la tarea política de Gasca en el reino de Valencia y, sobre todo, en el Nuevo Mundo.

Un texto nacido de la pluma del propio actor, su Descripción del Perú (1553), se ha incorporado hace sólo una veintena de años al elenco de testimonios impresos y editados críticamente. Es una somera descripción de las cosas más notables del país, recogida en latín, por el secretario del entonces obispo de Palencia.

En cuanto a las contribuciones sobre aspectos específicos de la vida y obra de Pedro de la Gasca, cabe mencionar sus informes dirigidos a la Casa de la Contratación de Sevilla, que exhumó el historiador argentino Roberto Levillier (1921); su testamento, que fue dado a conocer por Luisa Cuesta Gutiérrez (1953); y un curioso resumen de la tasa general de las encomiendas del Perú, aplicada por vez primera en virtud de un mandato gasquiano, que publicó María Rostworowski de Díez Canseco (1983-1984). No hay que olvidar, por cierto, una comunicación expuesta al XXXVIII Congreso Internacional de Americanistas por el investigador Carlos Cevallos Bohórquez (1968), que relaciona una serie de archivos en diferentes ciudades españolas donde pueden hallarse rastros documentales de la obra política de Gasca.

Por último, se añade a este repertorio bibliográfico la tesis doctoral del autor de esta biografía, sustentada en 1986 ante la Universidad Complutense de Madrid y publicada luego en dos ocasiones (Hampe Martínez, 1989 y 1990), donde se ofrece un estudio integral de la tarea política realizada por Gasca en los dominios del emperador Carlos V. Basada en documentación de primera mano extraída de los archivos de Madrid, Sevilla, Valencia, Simancas, Valladolid, Salamanca y otros lugares, esta obra examina particularmente la actuación de Pedro como visitador general del reino de Valencia y como pacificador de las revueltas civiles del Perú. Es un hecho que la obra peruanista del licenciado Gasca contribuyó a forjar las estructuras políticas, económicas y sociales que habrían de perdurar a lo largo de todo el virreinato.

En el parecer de la crítica especializada, dicho libro cumple con presentar la figura del protagonista como el modelo del “cortesano-diplomático-clérigo- inquisidor” de aquellos tiempos. La obra ha sido calificada además como texto inspirador y valioso, producto de “un acucioso investigador y excelente recopilador” (reseña de Lydia Fossa Falco, en Revista Andina [Cuzco], n.º 15, julio de 1990, págs. 290- 292).

 

Bibl.: C. Ramírez de Arellano, “El licenciado Pedro de la Gasca”, en Revista de España, 15 (1870), págs. 252-265; R. Salillas, El pacificador del Perú, Madrid, Ateneo de Madrid, 1892; N. Acero y Abad, El presidente La Gasca, Valladolid, Imprenta y Librería Hijos de Rodríguez, 1895; R. Levillier (ed.), Gobernantes del Perú; cartas y papeles (siglo xvi), Madrid, 1921-1926, 14 vols.; Henry E. Huntington Library and Art Gallery, From Panama to Peru. The conquest of Peru by the Pizarros, the rebellion of Gonzalo Pizarro and the pacification by La Gasca, London, Maggs Bros., 1925; L. Cuesta Gutiérrez, La obra de don Pedro de la Gasca en América (contribución al estudio de la política colonizadora de España en América durante el siglo xvi), Santiago de Compostela, Tipografía de “El Eco Franciscano”, 1928; L. Cuesta Gutiérrez, “Testamento de don Pedro Gasca, pacificador del Perú, y la apertura del mismo”, en Revista de Indias, 13 (1953), págs. 119-122; D. Fernández (el Palentino), “Historia del Perú [1571]”, en Crónicas del Perú, ed. y estud. prelim. de Juan Pérez de Tudela y Bueso, Madrid, Atlas, 1963, I, págs. 1-384, y II, págs. 1-87; J. Pérez de Tudela y Bueso, “Observaciones generales sobre las guerras civiles del Perú”, en Crónicas del Perú, t. I, Madrid, Atlas, 1963, págs. 7-76; J. Pérez de Tudela y Bueso (ed.), Documentos relativos a don Pedro de la Gasca y a Gonzalo Pizarro, Madrid, Real Academia de la Historia, 1964, 2 vols.; J. C. Calvete de Estrella, Rebelión de Pizarro en el Perú y vida de don Pedro Gasca [1567], en Crónicas del Perú, t. IV, ed. y estud. prelim. de Juan Pérez de Tudela y Bueso, Madrid, Atlas, 1964-1965, págs. 227-409, y t. V, págs. 1-147 A. García Sánchez, Don Pedro de la Gasca; estudio biográfico, Salamanca, Imprenta Núñez, 1965 (separata de “Béjar en Madrid”); C. Cevallos Bohórquez, “Ruta bibliográfica para el estudio del pacificador del Perú, don Pedro de la Gasca, en los archivos de España”, en Verhandlungen des XXXVIII. Internationalen Amerikanistenkongresses, t. IIII, München, Klaus Renner, 1971, págs. 477-480; M. Fernández Álvarez (ed.), Corpus documental de Carlos V, Salamanca, Universidad, 1973-1981, 5 vols.; P. de la Gasca, Descripción del Perú [1553], ed. de Josep M. Barnadas, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, Instituto de Investigaciones Históricas, 1976; G. Lohmann Villena, Las ideas jurídico-políticas en la rebelión de Gonzalo Pizarro. La tramoya doctrinal del levantamiento contra las Leyes Nuevas en el Perú, Valladolid, Universidad, Seminario Americanista, 1977; R. Escobedo Mansilla, El tributo indígena en el Perú (siglos xvi y xvii), Pamplona, Universidad de Navarra, Oficina de Educación Iberoamericana, 1979; M.ª Rostworowski de Díez Canseco, “La tasa ordenada por el licenciado Pedro de la Gasca (1549)”, en Revista Histórica (Lima), 34 (1983-1984), págs. 53-102; T. Hampe Martínez, “Don Pedro de la Gasca y la proyección del mundo universitario salmantino en el siglo xvi”, en Mélanges de la Casa de Velázquez (París), 22 (1986), págs. 171-195; T. Hampe Martínez, “Don Pedro de la Gasca, visitador general en el reino de Valencia (1542-1545)”, en Estudis (Valencia), 13 (1988), págs. 75-97; Don Pedro de la Gasca (1493-1567). Su obra política en España y América, pról. de J. Pérez de Tudela y Bueso, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 1989 [Ed. abreviada, Palencia, Diputación Provincial de Palencia, Departamento de Cultura, 1990]; M. Bataillon, “Los colonos del Perú contra Carlos V: análisis del movimiento pizarrista (1544-1548)” [1967], en La Colonia; ensayos peruanistas, Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1995, págs. 79-96; P. de la Gasca, Descripción del Perú (1551/1553): texto original español y versión latina coetánea, estudio, edición y notas de Josep M. Barnadas, Cuzco, Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas, 1998 (= Archivos de historia andina, 28).

 

Teodoro Hampe Martínez