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Gaspar de Quiroga y Vela

Biografía

Quiroga y Vela, Gaspar de. Madrigal de las Altas Torres (Ávila), 13.I.1512 – Madrid, 20.XI.1594. Canonista, obispo de cuenca, arzobispo de Toledo, cardenal, inquisidor general, gobernador del Consejo de Italia.

Pertenecía a una familia gallega afincada en Madrigal de las Altas Torres en los primeros decenios del siglo xv, cuando se convirtió en una de las sedes de la Corte itinerante de los Trastámaras, en cuyo servicio se distinguieron los miembros de la misma. Paje de Juana la Loca en Tordesillas, ingresó como colegial de San Salvador de Oviedo en Salamanca y, posteriormente, en el Colegio de Santa Cruz, donde obtuvo la licenciatura en Cánones en 1537. Tras ocupar la Cátedra de Vísperas y actuar como oidor en la Chancillería de Valladolid, se puso bajo la protección de Juan Pardo de Tavera, muy relacionado con Madrigal de las Altas Torres y con la familia Quiroga, vinculada al “partido fernandino”. Nominado vicario general del arzobispado de Toledo en Alcalá de Henares en 1540, entabló una estrecha colaboración con la Compañía de Jesús que mantuvo a lo largo de su vida. Realizó los ejercicios espirituales establecidos por Ignacio de Loyola, a quien conoció durante su primer viaje a Roma, donde tuvo que acudir requerido por el Pontífice a causa de su actuación en un conflicto jurisdiccional que le enfrentó con la Universidad alcalaína.

La muerte de Tavera en 1545 dejó a Quiroga desprotegido ante la ofensiva desplegada por Fernando de Valdés contra los apadrinados por el cardenal, por lo que, nombrado canónigo de la Catedral de Toledo durante la sede vacante, se aprestó a colaborar con el nuevo prelado, Juan Martínez Silício, en las reformas que éste acometió en el arzobispado como medio para evitar su relegamiento. En este sentido, si bien Quiroga prestó su apoyo al arzobispo en diversas actividades, destacadamente en la implantación de los estatutos de limpieza de sangre en la iglesia toledana, la divergencia en materia religiosa existente entre ambos enturbió el buen entendimiento y propició la aparición de situaciones problemáticas que, encuadradas en las conflictivas relaciones que el arzobispo mantuvo con el Cabildo catedralicio, se pusieron de manifiesto coincidiendo con los ataques lanzados por Martínez Silício contra la Compañía de Jesús. Por otra parte, su cercanía a dicha Orden suponía un factor de conexión con la nueva facción cortesana que se comenzaba a formar en torno al príncipe Felipe encabezada por Ruy Gómez de Silva, que, a partir de 1554, pugnó con Fernando de Valdés por ocupar los principales puestos en la administración de la Monarquía.

A pesar de su incipiente relación con el “partido ebolista”, Quiroga fue alejado de la Corte del mismo modo que había sucedido con el resto de los protegidos de Tavera. Su turno llegó cuando, en 1554, fue nombrado oidor en el Tribunal de la Sacra Rota de Roma. Si bien la primera designación del príncipe Felipe había recaído en Diego de Simancas, cliente de Valdés, éste había rechazado la provisión valorando las posibilidades de medro que tenía en la Corte. El nombramiento de Gaspar también favorecía las intenciones del arzobispo de Toledo, puesto que así contaba en Roma con un perfecto conocedor de la cuestión referida a la implantación de los Estatutos de limpieza de sangre en dicha Catedral, cuya sanción definitiva debía obtener de Pablo IV. Además, en enero de 1555, el Cabildo catedralicio le designó como su procurador ante la Santa Sede. Este destino, dada la edad de Quiroga, podía constituir su final político. Sin embargo, en contra de lo que cabía esperar, su marcha de Roma supuso el inicio de su ascenso en la administración de la Monarquía. Para ello, contó nuevamente con el apoyo que le procuró la Compañía de Jesús, que, además de facilitarle el establecimiento de unas buenas relaciones con Pablo IV, de quien obtenía la ratificación del citado Estatuto, su mediación y protección potenciaron su plena integración en el “partido ebolista”.

Como consecuencia de la misma, en 1559, recibió el encargo de realizar una visita al Reino de Nápoles, actividad que desarrolló hasta 1564. Esta actuación se inscribía en la intención de dicha facción cortesana de poner bajo su control los asuntos relacionados con los territorios italianos. Asimismo, el visitador intervino también en cuestiones referidas a la reforma de los obispados napolitanos.

Finalizado este cometido, retornó a la Corte, donde se puso a las órdenes del nuevo patrón cortesano, Diego de Espinosa. Nombrado consejero de Castilla y de Inquisición en 1565, participó en el proceso de confesionalización de la Monarquía, aunque no se integró en el círculo clientelar de Espinosa, con quien mantenía diferencias en torno a sus directrices políticas respecto a la Santa Sede. Así, intervino en el epílogo del proceso hispano contra el arzobispo de Toledo fray Bartolomé de Carranza, se halló presente en las sesiones de la “Junta Magna” de 1568, y fue comisionado para realizar una visita al Consejo de Cruzada, que inició en 1566. El resultado de la misma, además de las Ordenanzas promulgadas en 1573, fue el relegamiento del confesor real fray Bernardo de Fresneda del cargo de comisario general y su sustitución por un cliente de Espinosa, Francisco de Soto Salazar. Sin embargo, la vinculación de Quiroga al “partido ebolista” se volvía a poner de manifiesto cuando, en 1567, pasó a ostentar la gobernación del Consejo de Italia, en cuyo ejercicio permaneció hasta 1571. En este período, tuvo que hacer frente a las pugnas jurisdiccionales existentes con la Santa Sede en dichos territorios, así como a la visita efectuada a dicho Consejo que, orquestada por Espinosa y el duque de Alba, tenía como último objetivo mermar la influencia “ebolista” en este organismo. No obstante, tuvo mayor importancia que esta actividad le permitió entablar los primeros contactos con el secretario Antonio Pérez.

Igualmente, acompañó al Rey en su viaje a Andalucía, orientado a solucionar las complicaciones derivadas de la revuelta de los moriscos granadinos. En el transcurso del mismo, apoyaba la actuación del legado papal para conseguir la integración de la Monarquía hispana en la Santa Liga. Asimismo, durante estos años, también tuvo una trayectoria ascendente en los oficios eclesiásticos, puesto que, en 1571, fue nombrado obispo de Cuenca. Con la finalidad de implantar las medidas reformistas y matizar la labor realizada por su antecesor en la mitra fray Bernardo de Fresneda, celebraba sínodo diocesano en 1574.

La muerte de Diego de Espinosa abría un nuevo período en la pugna faccional cortesana, en el que Quiroga se destacaba como un integrante del “partido papista”. Nombrado inquisidor general en 1573, pasó a formar parte del Consejo de Estado. Su vinculación al secretario real Antonio Pérez le procuró su provisión en la mitra de Toledo en 1577, así como su nombramiento como cardenal de Santa Balbina.

La acumulación de tan importantes cargos y dignidades convirtieron a Quiroga en un gran patrón cortesano.

En cuanto a su actividad como consejero de Estado, recibía el encargo de Felipe II de asumir la superintendencia de la junta para la resolución de los negocios de Flandes. Del mismo modo, intervenía en la definición de la política de la Monarquía respecto a las relaciones con Inglaterra. En este sentido, Quiroga se mostraba partidario de entregar la gobernación de los Países Bajos a Juan de Austria, candidato propuesto por Antonio Pérez, mientras que se comenzaba a vincular la ostentación de este cargo con el proyecto de intervención en Inglaterra alentado por la Santa Sede. Los turbios manejos políticos del secretario real le permitieron incrementar notablemente su influjo sobre diversos asuntos, si bien su proceder irregular, puesto de manifiesto tras el asesinato del secretario Escobedo y la muerte de Juan de Austria, condicionaron su caída política, y por ende, la de Gaspar de Quiroga.

La renovación de la institución inquisitorial permitía al inquisidor general promocionar a varios de sus protegidos y procurar el control de la misma. Sin embargo, respecto a esta cuestión, mantuvo un prolongado pulso con el secretario Mateo Vázquez por el dominio del Consejo de Inquisición. Su actuación como inquisidor general supuso la culminación de las reformas estructurales y económicas iniciadas por sus predecesores. Igualmente, continuaba con la actividad confesionalista, que se concretaba en diversas actuaciones.

Entre éstas, cabe destacar el procesamiento de fray Luis de León. A pesar de su cercanía a la corriente teológica “mística” y de su amistad personal, se vio forzado a intervenir para atajar el surgimiento de planteamientos críticos surgidos desde el humanismo reformista. En este sentido, cabe señalar que, el Catálogo de Libros Prohibidos publicado en 1583 se inició por mandato del cardenal Espinosa, no viendo la luz hasta que los miembros del “partido castellanista” pasaron a ejercer su dominio en los asuntos inquisitoriales.

Del mismo modo, Quiroga tenía que encauzar las implicaciones que de este proceso inquisitorial se derivaban para Benito Arias Montano, quien, finalmente, lograba sortear esta amenaza. Igualmente, el inquisidor general intervenía para erradicar el resurgimiento de grupos de alumbrados en Extremadura y Andalucía que ponían en peligro la consecución de la reforma de la Orden del Carmen a causa de las acusaciones que se hicieron recaer sobre su principal hacedora, Teresa de Jesús. Además de contar con la simpatía del inquisidor general, la culminación de la reforma de las Órdenes religiosas constituía un aspecto fundamental de la confesionalización de la Monarquía, y un proyecto directamente auspiciado por el Rey. Por ello, Quiroga también se ocupaba en cuestiones que estaban pendientes para finalizar la reforma de los franciscanos y asegurar la coexistencia entre la diversidad de ramas. Si bien no intervenía directamente, el inquisidor general se mantuvo atento a lo que acontecía en la reforma de la Orden de la Merced, mientras que la Suprema procedía a revisar los estatutos y constituciones de la Cartuja. Asimismo, se procedía a intensificar el control sobre la minoría morisca. Se extremaban las medidas de vigilancia en los tribunales cuyos distritos presentaban una mayor presencia de miembros de dicha minoría dados los escasos frutos cosechados por la labor evangelizadora.

Para lograr este objetivo, Quiroga procedía a una completa renovación de los inquisidores que prestaban sus servicios en los mismos y colocaba en estos cargos a hombres de su absoluta confianza.

La detención de Antonio Pérez y de la princesa de Éboli vino a poner fin a la influencia política de los componentes de la facción “papista”. La fidelidad que demostró Quiroga a ambos tuvo como resultado la pérdida de influjo político, a pesar de su designación como miembro de la junta para tratar la cuestión de Portugal, y su posterior relegamiento en el arzobispado de Toledo. Durante su estancia en la sede arzobispal, convocó sínodo diocesano en 1580, cuya principal finalidad, según establecía el prelado, era ocuparse de cuestiones referidas al culto divino y a la reformación de costumbres. Dos años después, celebraba concilio provincial. Felipe II enviaba como representante real al marqués de Velada, quien se ocupó en controlar el desarrollo de las sesiones. Vinculadas a la reunión conciliar, se realizaron diversas actuaciones conducentes a la reforma del calendario juliano, así como infructuosas gestiones orientadas a la fundación de un seminario en Toledo. Asimismo, las buenas relaciones de Quiroga con el Cabildo catedralicio se cimentaron en la provisión de diversas prebendas y dignidades de la iglesia toledana de algunos de sus protegidos. Igualmente, estrechaba sus lazos con la Compañía de Jesús y favorecía la expansión de la Orden con la fundación de dos colegios en dicho arzobispado. No obstante, como fruto de su postergamiento, no intervino en las determinaciones adoptadas durante estos años sobre la población morisca a pesar de seguir ocupando el cargo de inquisidor general.

Si bien realizó algunos intentos de acercamiento a Mateo Vázquez con la intención de lograr su rehabilitación política, ésta se produjo a través de su vinculación a don Diego de Cabrera y Bobadilla, III conde de Chinchón. Los cambios en el sistema de gobierno que comenzaron a evidenciarse tras el retorno de Felipe II de Portugal tenían como resultado la conversión del conde de Chinchón en uno de los nuevos patrones cortesanos, mientras que, como consecuencia de los mismos, comenzó a declinar la influencia de los miembros de la facción “castellanista”. De este modo, Quiroga fue nombrado por segunda vez gobernador del Consejo de Italia (1586-1594), aunque su significación política no fue comparable a la que había disfrutado en épocas anteriores. Políticamente, se transformaba en un mero comparsa dentro de un orden en el que ya no tenía cabida, aunque no por ello dejaba de prestar importantes servicios a la Corona. Reintegrado en el Consejo de Estado, mostraba su opinión favorable a efectuar un ataque contra Inglaterra, a cuya organización prestó su apoyo económico. Como inquisidor general, reunía en su posada la Junta para abordar el problema morisco en 1587, convocatoria que se repetía en 1591. Asimismo, seguía al frente del Santo Oficio cuando se instruía el proceso inquisitorial contra su amigo Antonio Pérez tras su huída a Aragón. A pesar de que solicitaba al rey licencia para poder retirarse en 1591, Quiroga hubo de plegarse a los designios regios, lo que, por otra parte, vino a poner de manifiesto su menguado influjo en los asuntos inquisitoriales. Igualmente trató de desvincularse de la proyectada visita a la Compañía de Jesús, con la que continuó manteniendo una excelente relación hasta el final de sus días.

Falleció en Madrid el 20 de noviembre de 1594.

Fue enterrado junto a sus padres en el Convento de religiosos agustinos sito en su localidad natal. Sus funerales coincidieron con el desenlace de los sucesos protagonizados por el “pastelero de Madrigal”.

 

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Henar Pizarro Llorente