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Juan Santos Atahualpa

Biografía

Santos Atahualpa, Juan. Cuzco (Perú), c. 1710 – Perú, c. 1756. Líder mesiánico de la rebelión indígena anticolonial del Gran Pajonal, Selva Central del Perú.

Los datos biográficos de este personaje nunca se han podido precisar documentalmente, pues tanto su vida anterior a 1742 como su muerte están rodeadas de un halo de misterio y misticismo mesiánico. Los datos históricos fidedignos que de él se conocen son los acaecidos durante su rebelión en la Amazonía peruana entre los años 1742 y 1752, a partir de las informaciones proporcionadas por los evangelizadores franciscanos que vivieron en la zona del Gran Pajonal, actualmente en el departamento de Ucayali, durante la época de su alzamiento.

Juan Santos Atahualpa nació probablemente en Cuzco, como él mismo proclamó según algunos testimonios de la época, aunque la fecha de su nacimiento también ha de ser deducida. Así, sí se sabe que en 1742, cuando estalló su rebelión, “él tendrá poco más de treinta años” (Archivo General de Indias, Audiencia de Lima, leg. 541, Carta de Fray Manuel del Santo a Fray José Gil Muñoz, Pichana, 2 de junio de 1742), hay que suponer que vio la luz alrededor del año 1710. El mismo fray Manuel del Santo señala en su ya mencionada carta que Juan Santos afirmaba haber dejado “tres hermanos en el Cuzco, uno mayor que él y los otros dos menores”, declarando ser descendiente directo del Inca Atahualpa.

Son estas las únicas referencias indirectas que existen acerca de su familia.

Dado su presunto origen noble y su nacimiento en Cuzco, le correspondería haber estudiado allí en el Colegio San Francisco de Borja, de la Compañía de Jesús. Los rumores de la época así lo indican: “el indio levantado cuando se levantó dicen que estaba en el colegio de los indios que está al cuidado de la Compañía” (Biblioteca Nacional del Perú, Manuscritos, t. 250, fols. 309 a 322, Diario apócrifo de Benito Troncoso, Gobernador de las Montañas, 1743). Aunque esta información no dispone del necesario contraste, la relación y el respeto que Juan Santos mantuvo por los sacerdotes de esta orden aparece constantemente en los testimonios que se conservan sobre la vida de este personaje.

Los viajes que Juan Santos Atahualpa habría emprendido antes de 1742 también son mencionados a menudo en algunos escasos documentos de la época. Así, en un memorial dirigido a la Corona Española por los oficiales reales José Patricio de Arbeiza y Elizondo y Manuel de Barrenechea se advierte “que por el año de mil setecientos veintinueve a mil setecientos treinta, vino el referido indio corriendo todo la Sierra, desde el Cuzco hasta Cajamarca, previniendo a todos los Caciques y Gobernadores de los indios, que era el legítimo descendiente de los Incas, y que quería restaurar su Reino del poder de los españoles [...]” (Archivo General de Indias, Audiencia de Lima, leg. 541). Este documento, fechado el 14 de marzo de 1744 da fe de las más tempranas acciones que Juan Santos llevara a acabo en la preparación de su rebelión, pero como la mayoría de los hechos relacionados con su vida previos a 1742, la veracidad de este viaje no ha sido demostrada.

Lo mismo sucede con el segundo de los viajes que se le atribuyen. Se dice que en su itinerario estuvieron España y Angola, lugares que visitó en compañía de un sacerdote de la Compañía de Jesús, sin poder especificar con certeza si su desplazamiento lo realizó en calidad de sirviente o como discípulo predilecto del jesuita referido. El caso es que este viaje habría determinado algunos de los elementos fundamentales que configuran el discurso “revolucionario-mesiánico” de Juan Santos, sobre todo en lo que respecta a su supuesta alianza con los ingleses, a la distribución de las castas en sus diferentes reinos, a la ordenación de indios como sacerdotes, etc.

En el año de 1742, Juan Santos Atahualpa llega al Gran Pajonal, al este de Tarma, una zona de la selva central del entonces virreinato del Perú que había sido pacientemente colonizada a lo largo de un siglo por misioneros franciscanos. Pero como es habitual en el recorrido biográfico de este personaje, existen también diferentes explicaciones sobre la aparición de Juan Santos en esta zona. Por un lado, se considera como la culminación de su actividad rebelde, que habría comenzado años antes con sus viajes por la sierra del Perú. Sin embargo, existió también la versión de que Juan Santos necesitaba ocultarse de la ley por haber cometido un crimen: “[...] dijo venía fugitivo de la Ciudad del Cuzco, por haber muerto a su amo que fue un religioso de la Compañía de Jesús, y que considerando que en ninguna otra parte que no fuese en aquellas montañas estaría seguro [...], se había retirado a ellas” (Biblioteca Nacional de Lima, Manuscritos, t. A.5, Información jurada de testigos, Trama 8 de octubre de 1745).

Sea cual fuera su principal motivación, el caso es que a fines de mayo de 1742 se presentó en el Gran Pajonal “[...] un Indio que, denominándose Inca, intenta coronarse Rey, diciendo restauraría su antiguo Imperio, librando a los naturales de la dominación de los españoles [...]” (Archivo General de Indias, Audiencia de Lima, Legajo 983, Carta del Virrey Marqués de Villagarcía al Rey de España, Lima, 9 de noviembre de 1742). Esta proclama inicia su enigmática rebelión, que se prolongará hasta 1752.

Su proclama llamando al alzamiento está dirigida exclusivamente a los indígenas, dado que su declarado primordial objetivo fue expulsar del Perú a los españoles, “cuyo tiempo ha terminado”, así como a los negros, porque éstos “tienen su reino en África, en el Congo y en Angola donde él mismo ha estado [...]” (Izaguirre, 1922-1929, II: 117). No obstante, hubo negros entre sus huestes, e incluso alguno, como el esclavo Antonio Gatica, tuvo una relación muy cercana a Santos Atahualpa.

La rebelión fue organizada entre indios de la selva, siendo los campas, amueshas, piros, simirinches, shipibos, etc., los primeros en acudir rápida y masivamente a su llamamiento, que consiguió una recluta importante de efectivos incluso de lugares tan distantes como el río Ucayali o el Urubamba. Sin embargo, el rebelde esperaba también contar con el apoyo de los indios de la sierra peruana, de acuerdo con las noticias que nos han dejado los misioneros franciscanos de Ocopa, quienes afirman que llegó a sus oídos “[...] que luego que acabe de juntar esta gente, sube con ella a Quimirí, en donde llamará a los serranos sus vasallos, para que le acompañen en la empresa” (Izaguirre, 1922-1929, II: 116), circunstancia que efectivamente sucedió poco tiempo después, aunque con un éxito de adhesiones menos numerosa.

La respuesta entusiasta dada por los indígenas de la zona, a pesar de ser Juan Santos un forastero en el Gran Pajonal, se explica por el descontento que existía entre los indios, azotados por las epidemias que ellos asociaban con la presencia de los españoles, como por los malos tratos practicados por algunos de sus doctrineros, que les impusieron un nuevo estilo de vida en esa misiones. Así, afirmaba el virrey Manso de Velasco en su relación de Gobierno que “diversas veces se rebelaron los indios en algunas particulares reducciones contra sus doctrineros, que acabaron con gloriosa muerte en tan santo destino, pero nunca fue tan universal la conmoción como la acaecida con el motivo de la ofensa aprehendida de un cacique castigado con indiscreción [...]” (Moreno, 1983: 252). Por estas razones, no resulta difícil comprender como los indios de esta área acudían con premura a los llamados de Juan Santos, no dudando en abandonar su tierra solar, espoleados por expulsar de ellas a los sacerdotes y esclavos negros, amén de tener que repeler a las milicias virreinales enviadas para sofocar su levantisca actitud.

Si bien Juan Santos buscaba reinstaurar su reino, como bautizado había asumido la religión cristiana como la verdadera, por lo que su discurso no resulta en ningún momento anticristiano ni anticlerical, aunque señale y persiga a algunos curas por transgresores de las santas normas que debían regir sus vidas. De un lado, sostiene bien que los indios deben ser ordenados sacerdotes, como supuestamente comprobó que ocurría con algunos negros de África durante su citado viaje, pues allí, “aunque no sean blancos como los españoles, bien pueden ser padres y sacerdotes [...]” (Izaguirre, 1922-1929, II: 117).

Por otro, y en consecuencia, se mostró favorable a que los sacerdotes españoles regresasen a la metrópoli, aunque hiciese la salvedad, concretada en una explícita concesión a la Compañía de Jesús, para que los miembros de esta Orden, a los que tuvo un respeto especial, pudieran permanecer al frente de sus misiones. En este sentido, fue categórico al afirmar “que remitiría a los frailes a España en navíos, en los cuales vendría licencia de Roma para que se ordenasen sus hijos los incas. Que no había de haber más clérigos que los indios y los padres de la Compañía, porque éstos eran muy provechosos para la república” (Izaguirre, 1922-1929, II: 112).

Asimismo, mantuvo una actitud conciliadora, sobre todo al principio, buscando el diálogo con los sacerdotes y tratando benévolamente a los prisioneros, fuera cual fuera su casta. Sin embargo, la negativa de las autoridades virreinales a dialogar con los rebeldes, varió muy pronto este talante. Tanto el marqués de Villagarcía (1736-1745) como José Antonio Manso de Velasco, conde de Superunda (1745-1761), privilegiaron la vía militar para sofocar la rebelión, fracasando ambos en el intento. Las milicias regresaban diezmadas por las dificultades del clima y las penalidades derivadas de un territorio abrupto, sin que se produjesen ni combates ni siquiera enfrentamientos menores con las fuerzas rebeldes, que practicaban una verdadera guerra de guerrillas, con abundantes escaramuzas.

A este respecto, refería Manso de Velasco en su relación de Gobierno: “Estas expediciones de excesivo costo y poco efecto son de gravamen para las provincias [...], son unos enemigos que tienen por defensa su temor; nunca muestran la cara, y el más brioso aliento lo burlan con la fuga; pelea a su favor la naturaleza con el abrigo que les ofrece en montañas impenetrables, que les hace accesible la costumbre en que se crían, y con facilidad se ocultan y mudan de habitación, pasando a nado los ríos más caudalosos; y el perseguirlos es más caza o acecho de fieras que conquista de hombres [...]” (Moreno, 1983: 254). Por esta razón, la estrategia final de este virrey será la de resguardar mediante fuertes los territorios bajo control virreinal, situándolos en la frontera de los liberados por la rebelión.

Es claro que Santos Atahualpa no logró su objetivo de imponerse como Inca y menos de recuperar el Imperio que reclamaba como suyo. Sin embargo, la Historia le atribuye el mérito de haber logrado unificar a las tribus amazónicas y darles una libertad y una marginalidad que mantuvieron incluso durante el siglo XIX.

Su muerte, acaecida probablemente alrededor de 1756, aparece también rodeada de misterio, generando un verdadero mito sobre su figura. Se conocen distintas versiones que relatan su asesinato por un traidor, salido de su círculo de seguidores, mientras que otros testimonios, que se inscriben nuevamente en el discurso mítico, señalan que desapareció en una nube de humo “como cuando se dispara una escopeta” (Izaguirre, 1922-19219, II: 184). Lo cierto es que hacia 1756 la documentación deja de hablar de sus correrías, diluyéndose su figura.

 

Bibl.: B. Izaguirre, Historia de las misiones franciscanas y narración de los progresos de la geografía en el oriente del Perú, t. II, Lima, Tipografía de la Penitenciería, 1922-1929; M. de Mendiburu, Diccionario Histórico Biográfico del Perú, t. II, Lima, Enrique Palacios, 1932, págs. 93-97; F. A. Loayza, Juan Santos, el invencible, Lima, Los pequeños grandes libros de la historia americana, 1942; R. Vargas Ugarte, Historia General del Perú: Virreinato, t. IV, Lima, Milla Batres, 1971; J. Lehnertz, “Juan Santos: Primitive Rebel on the Campa frontier (1742-1752)”, en Actas y memorias del XXXIX Congreso Internacional de Americanistas, vol. IV, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1972, págs. 111-125; M. Castro Arenas, La rebelión de Juan Santos, Lima, Milla Batres, 1973; S. Varese, La sal de los cerros, Lima, Retablo de Papel, 1973; S. Orellana Varellano, “La rebelión de Juan Santos o Juan el Rebelde”, en Anales Científicos de la Universidad del Centro del Perú, (Huancayo), 3 (1974), págs. 513-551; A. Moreno Cebrián, Relación y Documentos de Gobierno del Virrey José A. Manso de Velasco, Conde de Superunda (1745-1761), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1983; J. Rowe, “El Movimiento Nacional Inca del siglo XVIII”, en A. Flores Galindo (ed.), Sociedad colonial y sublevaciones populares: Túpac Amaru II: 1780, Lima, Retablo de Papel, 1976, págs. 10-66; A. Tauro del Pino, Enciclopedia ilustrada del Perú, t. V, Lima, PEISA, 1987, pág. 1930; J. Amich (Ofm ), Historia de las Misiones del Convento de Santa Rosa de Ocopa, Iquitos, CEIA, 1988; S. O’Phelan Godoy, Un Siglo de Rebeliones anticoloniales: Perú y Bolivia, 1700-1783, Cuzco, Centro de Estudios Rurales Andinos Bartolomé de las Casas, 1988; A. Zarzar, Apo Cápac Huayna, Jesús Sacramentado. Mito, utopía y milenarismo en el pensamiento de Juan Santos Atahualpa, Lima, Ediciones CAAAP, 1989; B. S. Mateos Fernández-Maquieira, “Juan Santos Atahualpa: Un movimiento milenarista en la selva”, en Amazonía Peruana XI (Lima, CAAAP), 22 (1992), págs. 47-60; P. J. Reagan (SJ), “En torno a la entrevista de los Jesuitas con Juan Santos Atahualpa”, en Amazonía Peruana XI (Lima, CAAAP), 22 (1992), págs. 61-92; J. A. del Busto, Historia General del Perú, vol. V, Lima, Editorial Brasa, 1994; L. Millones, Nuestra Historia: Perú Colonial. De Pizarro a Túpac Amaru II, Lima, Fondo Editorial de COFIDE, 1995.

 

Alfredo Moreno Cebrián