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Garci Laso de la Vega

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Biografía

Laso de la Vega, Garci. Garcilaso de la Vega. Toledo, c. 1501 – Niza (Francia), 13-14.X.1536. Poeta y maestre de campo en el Ejército imperial.

Cierta tradición data la fecha de nacimiento del poeta en 1503, tal como recogen el doctor Luis Briceño de Córdoba en el prólogo a su edición de 1626 de Obras de Garcilaso, Manuel José Quintana en su selección del Tesoro del Parnaso Español o Manuel Altolaguirre en su poética vida de Garcilaso de la Vega.

En la Vida que Fernando de Herrera coloca al frente de sus Anotaciones a la poesía de Garcilaso precisa que el poeta fue llevado hasta Niza, donde murió de treinta y cuatro años en 1536. Distintamente, María del Carmen Vaquero, en su libro Garcilaso: Aportes para una nueva biografía (1999), propone la fecha de 1499 para el nacimiento del poeta. Entre esos extremos queda el año 1501 propuesto por Hayward Keniston, conjeturando con un sintagma del Convivio dantesco, que es una fecha aceptada por Elías L. Rivers como muy probable y que parece responder a una realidad.

Al igual que con la fecha de su nacimiento, muchos otros datos están fijados, deducidos o propuestos en relación con la propia producción del poeta, que fueron perfectamente analizados por Rafael Lapesa en la “Conclusión” de su Garcilaso: Estudios completos (1985).

Esta relación entre vida y obra permite estudiar la poesía garcilasiana dentro de un orden narrativo de secuencias análogo al seguido con el Canzoniere de Petrarca y en lo que éste, más allá de una cronología objetiva, quería responder a esa imago vitae que señalara Tácito por boca de Séneca en el libro XV de sus Anales. En esa página, junto a otras llamadas clásicas, se expresaba que aquel hombre que desaparecía pretendía que en el recuerdo o memoria permaneciera la imago vitae que se había procurado. Conviene recordar esta página clásica que se animará en el Renacimiento, combatiendo al olvido con la palabra poética, y que tenía ya el ejemplo del iniciador Canzoniere de Petrarca. Posiblemente, junto a la edición aldina de Venecia, julio de 1501, Andrea Navaggero se la recordaba a Boscán en el junio granadino de 1526. El Cancionero de Petrarca es una historia poética que testimonia con orden narrativo la trayectoria amorosa del poeta y con una verdad que ya defendiera Pietro Bembo. Era, como en sus epistolarios, la imagen que deseaba dejar el poeta toscano. Muy atinadamente, Antonio Armisen señala en sus Estudios sobre la lengua poética de Boscán “que los lectores más cultos debieron comprender pronto que el libro II [de las Poesías de Boscán] era un canzoniere a la manera de Petrarca”.

También ese lector culto podía deducir algo análogo de “Algunas poesías” de Garcilaso que acompañaban a las poesías de su gran amigo Boscán en la edición de Amorós. Garcilaso sabe como humanista que el hombre vive en y desde el lenguaje, mediante el cual puede liberarse del acto cotidiano y caduco o bien inmortalizarlo.

A través del lenguaje, de su palabra, Petrarca construye en su Canzoniere lo que Leopardi definió como la “storia del’amore del Petrarca” por donde avanza la dedicación a una amada única, Laura, in vita e in morte, sin que importe la accidentalidad de otras mujeres que una erudición podría aportar.

En este orden de núcleo poético, parece oportuno detenerse brevemente en la octava II de la égloga III de Garcilaso. En ella, el poeta afirma: “Mas con la lengua muerta y fría en la boca / pienso mover la voz a ti debida”.

Esto es, dejada la vida, el lenguaje podrá seguir proclamando el amor debido a la amada. Es el valor de la palabra poética ya señalado. Pero el primer endecasílabo que recuerda, a través de Petrarca, al Virgilio de las Geórgicas (IV, 525-526), remite inmediatamente a un mito, al mito de Orfeo, con cuyo sonido, el poeta toledano “hará parar las aguas del olvido”. El mito de Orfeo ha caminado ya por la poesía garcilasiana anterior y refuerza el valor inmortalizador de la palabra poética que ya envidiaba Alejandro Magno con Aquiles por haber tenido un Homero que lo metiera en escritura.

El mito aparece, naturalmente, en la poesía petrarquesca y María Hernández se ha detenido en “La fusión mítica de Petrarca en Apolo” en su libro El texto en el texto (Málaga, 2001). Investigadores como Mircea Eliade se han preocupado de las relaciones del mito con la realidad y en la consideración del mito como lenguaje. En la égloga III, Garcilaso acude, sucesivamente, a tres conocidos mitos que son recitados por tres ninfas a las que Keniston identificó como las hijas del virrey de Nápoles. Es decir, estos tres mitos, que caminan hacia un cuarto mito distinto y más personal, expresan, por un lado, la realidad de representar a las tres hijas del virrey —de creer a Keniston—, y por otro lado, avanzando con el ánimo del poeta, remiten a tres ficciones sancionadas por una literatura que son los mitos de Orfeo y Eurídice, Apolo y Dafne, y Venus y Adonis. Como lenguaje, en su relación con la realidad, ofrecen, pues, el juego de ser trasunto de un individuo que puede jugar con la dualidad armonizada de realidad / ficción y con análogo valor de verdad en cuanto que el lenguaje va aquí más allá de tener una mera funcionalidad práctica al poseer él mismo un contenido propio. La atracción por el mito es lógica. Si el mito o personaje mítico llega a una actualidad en tanto que algo que ha sorteado el afán depredador del tiempo, es natural que el poeta, en su levantar la palabra contra el olvido, busque la fusión mítica sin despersonalizarse por ello. Fusionándose con Orfeo, en su labor de “parar las aguas del olvido”, Garcilaso está revalorizando su perseguir la inmortalidad (“celebrando tíira”) de la amada.

Pero he aquí que la cuarta ninfa sorprende con un mito distinto, no obstante la realidad, según Keniston, de ser también hija de Pedro de Toledo. Se dice que ésta “no tomó a destajo / de los pasados casos la memoria”. Es una precisión que claramente conecta con el soneto XI, “Hermosas ninfas que en el río metidas”, donde el poeta le pide a las ninfas: “Dejad un rato la labor, alzando / vuestras rubias cabezas a mirarme”.

En cierta medida, al negar el pasado mítico de los casos anteriores, se va a desmitificar a favor de un nuevo mito creado por el poeta en tanto que imitatio vitae.

En el curso de mitificar y desmitificar que ofrece el correr histórico, parece ser que fue el poeta latino G. Ennio, tan vinculado a los Escipiones y al subjetivismo helenístico, quien provocó con su racionalismo una difusión occidental del everismo con su traducción en prosa, Euhemerus, que recogía la doctrina del griego Euhémeros o Evémero. Éste explicaba que los dioses mitológicos eran meros seres humanos exaltados a mitos (mitificación) por sus coetáneos para dejar constancia con ello de sus virtudes, hazañas o carácter, inmortalizándolos de algún modo. El everismo corrió alguna fortuna con la literatura románica y en Lusiadas, por ejemplo (IX, 91-92), Camõens recuerda que Mercurio, Febo o Marte “divinos os fizeram sendo humanos”. En la égloga I garcilasiana, la amada ya ha sido mitificada, “divina Elisa”, para poder pedirle que lleve al poeta a la mítica tercera esfera o cielo de Venus. Con estos antecedentes, Garcilaso crea su propio mito de una ninfa que estaba “entre las hierbas degollada”, la cual mitificada puede proclamar que es Elisa, por cuya muerte “se aflige Nemoroso”, en transformación mítica del real lamento de Garcilaso por la muerte de parto de Isabel Freire. El Tajo, el patrio río de Garcilaso, lleva su lamento hasta el mar de Lusitania, donde nació Isabel.

Es posible que el valor de compendio vital, con la creación de una lengua poética que pudiera heredarse, se advierte más claramente si se lee la poesía garcilasiana dentro de una sucesión en la que avanzan mitos, antecedentes clásicos, lenguaje y tensión según marca la realidad de una vida que deseaba expresarse, como superior realidad, en una imago vitae en la que se lea su verdad. Pero, sin olvido de esa realidad buscada, se relata la historia que, distintamente a la poética, llevará a Garcilaso a la muerte.

Nacido y criado en Toledo y en Batres, Garcilaso era hijo segundo de Sancha de Guzmán, señora del castillo de Batres, y de Garci Lasso, comendador mayor de León, que fue embajador de los Reyes Católicos ante el papa Alejandro VI. En 1512, murió el padre del poeta y su madre le insistió en la educación humanista que tanto le ayudó en su etapa italiana.

Junto al Latín, Garcilaso aprendió Música, Esgrima, Equitación y la forma de amar, tal como se predicaba para el perfecto cortesano. En este ejercicio, el poeta creció hacia la “mucha estimación entre las damas y galanes” con que lo evocaba Fernando de Herrera, y de este primer tiempo surgió la estrecha relación entre Guiomar Carrillo y el poeta, que documenta María del Carmen Vaquero. La misma Guiomar testifica: “Sepan cuantos esa carta vieren [...] que entre mi y el dicho Garcilaso hubo amistad y cópula carnal mucho tiempo, de la cual cópula carnal yo me empreñé del dicho señor Garcilaso y parí a don Lorenzo Suárez de Figueroa, hijo del señor Garcilaso y mío siendo asimismo el señor Garcilaso hombre mancebo y suelto, sin ser desposado ni casado al dicho tiempo y sazón [...]”. Parece ser que hacia 1521 y en Toledo tuvo lugar el nacimiento de Lorenzo, a quien Garcilaso citó en su testamento firmado en Barcelona, en julio de 1529, pidiendo que “don Lorenzo, mi hijo, sea sustentado en alguna buena universidad y aprenda ciencias de humanidad [...] y después, si tuviera inclinación a ser clérigo, estudie cánones, y si no, dese a las leyes, y siempre sea sustentado [...]”. Guiomar, pues, aparece como una de las damas del área amorosa del poeta a la que, en ámbito distinto, podría unirse una tal Elvira, a la que el poeta reconoció delicadamente en su testamento citando: “Yo creo que soy en cargo a una moza de su honestidad. Llámese Elvira; pienso que es natural de la Torre u del Almendral, lugares de Extremadura [...]”. A ellas podría sumarse una hipotética y desconocida napolitana, supuestamente presente en la última etapa poética, o Beatriz de Sa, en alambicada relación con el poeta.

En 1520, sustituyendo a su hermano mayor Pedro Laso de la Vega, Garcilaso asistió a las Cortes reunidas en Santiago, para oponerse a las nuevas contribuciones que el Rey deseaba cobrar a los municipios. Poco después, Pedro acaudilló la rebelión en Toledo de los comuneros contra Carlos V, mientras que Garcilaso, fiel al Rey, fue nombrado “contino” de la Corte. En agosto de 1521, en la batalla de Olías, cerca de Toledo, Garcilaso recibió su primera herida de guerra.

A partir de aquí, la vida del poeta transcurrió claramente ligada a la trayectoria del Emperador, de quien recibió, en 1523, el hábito de la Orden Militar de Santiago y en Pamplona, el 11 de noviembre, fue armado caballero por Pedro de Toledo. Plenamente integrado en la Corte, el Emperador aconsejó y bendijo la boda de Garcilaso con Elena de Zúñiga, dama noble y rica de la Corte, con la que tuvo tres hijos: Garcilaso, Íñigo de Zúñiga y Pedro de Guzmán.

Previamente, en 1522, Garcilaso participó a las órdenes de Juan de Ribera en el cerco de Toledo, acompañó al Emperador a Palencia y Valladolid, y en la Corte conoció a Juan Boscán y a Pedro de Toledo, tío del que sería futuro y famoso duque de Alba. Con Boscán, el poeta toledano inició la extraordinaria renovación de la poesía castellana, y con Pedro de Toledo, afincado en Nápoles en calidad de virrey, vivió notables jornadas. Y con ambos, en el invierno de 1522, formó parte de la malograda expedición española a la isla de Rodas para liberarla del poder turco.

En 1523, participó en Navarra en la lucha contra Francia y el 15 de diciembre combatió en el sitio de Salvatierra.

Ya en 1526, en febrero, se celebró en Illescas la boda entre Leonor de Austria, hermana del Emperador, y Francisco I de Francia, prisionero en España desde la célebre batalla de Pavía. A la boda asistieron el nuncio Baltasar Castiglione, cuyo importante Cortigiano tradujo años después Boscán por recomendación de Garcilaso, y Andrea Navaggero, bajo cuyo impulso iniciaron Boscán y el poeta toledano la gran renovación de la lírica castellana. En el junio granadino de 1526, el Emperador prolongó en la ciudad de la Alhambra su reciente boda en Sevilla con Isabel de Portugal.

Pero también en Granada, por boca del nuncio Castiglione, Carlos V recibió la afrenta de la liga clementina y le dictó al embajador francés que transmitiera a su Rey que lo tenía “por lâche et méchant” (“bellaco y ruin”), dado que no se comportaba conforme a las palabras que “entre él y mi pasaron sobre la cruz de la villa de Illescas cuando él me dio su fe y yo le di la libertad [...]”. Garcilaso conoció en Granada a Isabel Freire, dama portuguesa de la Emperatriz, a la que hizo “cuidado” de su poesía y eje narrativo de su cancionero. Conoció a Isabel y conoció la forma en la que expresarse a través de las orientaciones italianas a que le animó Andrea Navaggero, según testimonió Juan Boscán en su famosa declaración a la duquesa de Soma, que prologó el libro II de sus Obras. Pocos años después, Isabel Freire contrajo matrimonio con Antonio de Fonseca, al que apellidaban “el Gordo”, y del que Luis Zapata aseguraba en su Miscelánea “que en su vida hizo copla”, aludiendo a que jamás podría dar testimonio poético de la existencia de Isabel. Garcilaso sintió esta boda como una traición (“¿Por quién tan sin respeto me trocaste?”) que recordaría en su lírica.

El tiempo hace mudanza y en marzo de 1529 Carlos V salió de Toledo con su Corte para emprender viaje a Italia, con la idea de ser coronado como Emperador por Clemente VII, el Papa que había encendido la Liga contra Carlos. Garcilaso estaba en Barcelona junto a su Emperador a finales de abril y allí conversó con Boscán renovando diálogos granadinos sobre las coplas hechas al itálico modo. En su ánimo vivía la dura “traición” de Isabel Freire, por cuya causa creyó perdida la voz a ella debida, y pensaba en la incierta llegada de la muerte, por lo que redactó un testamento en el que dictaminó: “Entiérrenme en San Pedro Mártir, en la capilla de mis agüelos, y si muriese pasado la mar dexenme donde me enterraron. No combiden a nadie para mis honras, ni aya sermón en ellas”. El 27 de julio, Garcilaso embarcó para Italia y llegó a Génova, con la armada imperial, el 12 de agosto de 1529.

Era la primera estancia de Garcilaso en una Italia renacentista que, con el dictado de Bembo, tenía a Petrarca como modelo de poesía y a Boccaccio de prosa. En 1530, tras este primer contacto directo con la lengua y cultura italianas, Garcilaso regresó a España y después se le ordenó, como persona de confianza, que acudiera a Francia para llevar las felicitaciones de la emperatriz Isabel a su cuñada Leonor, finalmente casada con Francisco I. De paso observó las fortificaciones galas de la frontera y analizó la situación política.

En agosto de 1531, de regreso a España, Garcilaso asistió como testigo a la boda de un sobrino suyo, hijo de Pedro Laso, y una jovencísima dama, Isabel de la Cueva, heredera del duque de Alburquerque. Era una boda que se cumplía desoyendo el firme parecer de la Emperatriz. El episodio dio lugar a un interesante epistolario en el que intervinieron María Manuela, guarda de las damas de la Emperatriz, el linaje del duque de Alburquerque, el conde de Miranda, Mencía de Bazán, Carlos V y la propia Emperatriz, que enérgicamente mandó perseguir a Garcilaso por desacato y encarcelarlo “con la menos publicación que se pueda”.

El resultado, que tuvo íntima y rebelde proyección en su poesía, fue que, estando en Ratisbona, Garcilaso fue condenado a permanecer desterrado en una isla del Danubio, no obstante la intercesión de Pedro de Toledo y el duque de Alba a favor del poeta.

En agosto de 1532 el poeta toledano se hallaba de nuevo en Italia, especialmente en la Corte napolitana del virrey Pedro de Toledo. Fue su gran etapa de convivencia renacentista entregada a la laus vitae que había predicado Giovanni Pontano y por donde asomaron episodios como el intento de rapto de la bellísima Giulia Gonzaga por parte del terrible Barbarroja y por donde fueron extendiéndose las predicaciones religiosas de Juan de Valdés. Una Nápoles en la que el poeta encontró la amistad de Bernardo Tasso, Luigi Tansillo, G. C. Caracciolo o Mario Galeota, el perdido enamorado de Violante Sanseverino, la llamada “flor de Gnido”.

Entre 1532 y 1536, con su centro en Nápoles, Garcilaso habitó intensamente el humanismo y la poesía renacentistas. En 1534 apareció la carta-prólogo de Garcilaso que acompañaba a la traducción del Cortegiano de Castiglione. Visitó en Aviñón la tumba de Laura, la amada de Petrarca, descubierta como gran acontecimiento un año antes, en cuyo sepulcro mandó labrar Francisco I su composición “En petit lieu compris vous pouvez voir [...]”. Como un contraste vital conoció la muerte de Isabel Freire y participó activamente en la guerra. De ambos sucesos dejó testimonio en su poesía. Desoyendo las recomendaciones del cardenal Juan de Tavera, el buen parecer de Francisco de los Cobos y los temores de la Emperatriz, Carlos V decidió ir contra Túnez y no contra Argel. Es una página que casi pide los ecos del mundo caballeresco. El 14 de junio de 1535, la flota imperial, tras bordear la costa tunecina, inició sus operaciones de desembarco en las ruinas de la antigua Cartago. Primero se tomó La Goleta, después Túnez. Garcilaso fue herido en la boca y en el brazo derecho. Todo iba quedando fijado en su poesía: sonetos XXXV, XXXII y la elegía II, escrita en Trápani, en la que llama a Carlos V “César africano” con el recuerdo petrarquesco de Escipión el Africano y la titulación de “Carolus africanus” dada por los italianos. También compuso la elegía escrita por la muerte de Bernardino de Toledo, hermano menor del duque de Alba. Después Garcilaso participó de la gloriosa recepción napolitana a las tropas imperiales el 22 de julio y el posterior regreso de la flota a Trápani, en cuyo aire siciliano murió Bernardino.

Poéticamente, en las elegías citadas se lamentaba Garcilaso de la guerra: “¿Qué se saca de aquesta? ¿Alguna gloria? ¿Algunos premios o agradecimientos?”.

El ambiente académico napolitano iba reconociendo y ensalzando el valor humanista y lírico del poeta. Escribió odas en lengua latina. La II de ellas dedicada a Antonio Telesio, con referencias a la Accademia Pontaniana en la que había participado, y la III dedicada a Juan Ginés de Sepúlveda, en cuyos versos hay un elogio de recuerdo horaciano al César africano Carlos V. Como expresión de este humanismo garcilasiano está el hecho de que fray Girolamo Seripando le remitiera algunas composiciones del poeta toledano al dittatore Pietro Bembo, quien desde Venecia le escribió a Honorato Facistel, señalándole que Garcilaso era “gentile huomo e anche un bello e gentil poeta” que merecía singular “commendatione et laude”.

El Emperador, que en lengua castellana había gritado en Roma ante el papa Pablo “¡quiero paz!” por tres veces, se encontraba protagonizando otra guerra, la misma guerra contra Francisco I. El escenario era Provenza. El prudente plan de ataque de Antonio de Leiva contra los franceses fue descartado ante el más precipitado y ambicioso de Andrea Doria. Carlos V nombró a Garcilaso maestre de campo y como tal acudió en ese 1536 a la invasión de Provenza, a una guerra que al final no decidió nada. El 19 de septiembre de 1536, las tropas imperiales avistaron en Le Muy, cerca de Frejus, una “fuerte torre, que era alta y redonda”.

Lo describió minuciosamente García Cerezeda en el diario escrito junto al Emperador que se llamó Tratado de las campañas del emperador Carlos V (1521-1545). En la torre había catorce personas; doce hombres y dos muchachos, que se declararon defensores franceses ante el intento de escalar de los españoles.

La artillería abrió un pequeño portillo y por él penetraron Jerónimo de Urrea y el maese de campo Garcilaso. Cuando éste y el capitán Maldonado ascendían, “los que en la torre estaban dejan caer una gran gruesa piedra y da en la escala y la rompe y fue muy mal descalabrado el maese de campo en la cabeza, de lo cual murió a los pocos días”. El 13 o 14 de octubre Garcilaso murió en Niza.

En la égloga “Nemoroso” de Sá de Miranda, el pastor Salicio cierra la composición acotando: “En la muerte del buen pastor Nemoroso, Laso de la Vega”.

Salicio y Nemoroso son los dos nombres pastoriles en los que se proyectó Garcilaso en su poesía. La égloga III es la última composición del poeta, dedicada a la esposa de Pedro de Toledo, virrey de Nápoles, y en la que afirma que su palabra “hará parar las aguas del olvido”. Sá de Miranda lamentaba en su égloga por boca de Salicio que el daño era de España “si enriquecen tus huesos tierra extraña”. Efectivamente, cuando escribió el poeta portugués su égloga, el cuerpo de Garcilaso permanecía en Niza, como si quisiera cumplirse la petición testamentaria del poeta “si muriese pasado la mar”. Pasado el año, Elena de Zúñiga reclamó el cadáver de su marido y éste descansa, como también pedía el testamento, en San Pedro Mártir, “en la capilla de mis agüelos”.

 

Obras de ~: Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso repartidas en quatro libros, Barcelona, Carles Amorós, 1543; Las obras de Boscán y algunas de Garcilasso de la Vega repartidas en quatro libros. A de más qve ay mvchas añadidas uan aquí mejor corregidas, más complidas y en mejor orden que hasta agora han sido impresas, Venecia, Gabriel Giolito y hermanos, 1553; Obras del excelente poeta Garci Lasso de la Vega. Con Anotaciones y enmiendas del Licenciado Francisco Sánchez, Salamanca, Pedro Lasso, 1574; Obras de Garci Lasso de la Vega con anotaciones de Fernando de Herrera, Sevilla, Alonso de la Barrera, 1580; Obras del excelente poeta Garcilasso de la Vega. Con anotaciones y enmiendas del Maestro Francisco Sánchez, Madrid, Juan de la Cuesta, 1612; T. Tamaio de Vargas,Garcilasso de la Vega. Natural de Toledo. Príncipe de los poetas castellanos, Madrid, Luis Sánchez, 1622 (Obras, págs. 16-116); Obras de Garci Lasso de la Vega. Príncipe de los poetas castellanos, ed. de L. Briceño de Córdova, Lisboa, Pedro Crasbeeck, 1626; Obras de Garcilaso de la Vega, ilustrada con notas, ed. de J. N. de Azara, Madrid, en la Imprenta Real de la Gaceta, 1765; Obras de Garcilaso de la Vega, Madrid, Sancha, 1796; Las obras de Garcilaso de la Vega: según el texto publicado en Sevilla por Hernando de Herrera, con las notas del Brocense y prólogo y notas del Sr. Azara, publicados en 1765, Madrid, Librería de Sánchez, 1860 (10.ª ed.); Obras, ed. y notas de T. Navarro Tomás, Madrid, La Lectura, 1911; Poesías varias, ed. arreglada por J. Fitzmaurice-Kelly, London, Oxford University, 1918; [Garcilaso] Works, A critical text with bibliography, ed. de H. Keniston, New York, Cornell publications printing Co. (Ithaca), 1925; Poesías. Homenajes de Rafael Alberti, Buenos Aires, Pleamar, 1946; Garcilaso de la Vega y sus comentaristas. Obras completas del poeta, ed. de A. Gallego Morell, Madrid, Gredos, 1972; Obras completas con comentario, ed. crít. de E. L. Rivers, Madrid, Castalia, 1974; La poesía de Garcilaso. Análisis filológicos y texto crítico, ed. de M.ª Rosso Gallo, Madrid, Real Academia Española, 1990; Obras, ed., pról. y notas de B. Morros, Barcelona, Crítica, 1995; Poesía castellana completa, ed. de A. Prieto, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999.

 

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Antonio Prieto