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Francesc Cambó i Batlle

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Biografía

Cambó i Batlle, Francesc. Verges (Gerona), 2.IV.1876 – Buenos Aires (Argentina), 30.IV.1947. Político y economista.

El que habría de ser el más famoso líder del catalanismo político del siglo XX vino al mundo en el seno de una familia de honda prosapia carlista, en la que, justamente, su progenitor constituía la excepción escandalosa al erigirse en exaltado seguidor del estadista malagueño A. Cánovas del Castillo, en cuya veneración procuró educar al que pronto habría de ser el hereu de su linaje. Establecido su progenitor a poco de nacer el tercero de sus vástagos en Besalú, allí estudió Francesc las primeras letras hasta su marcha a Figueras para cursar los tres primeros años del bachillerato en un colegio agregado al Instituto de Enseñanza Media, rectorado, como era normal en la época, por un sacerdote. Avecindado luego en Gerona en compañía de su hermano Modesto —futuro sacerdote pronto fallecido— para completar la segunda enseñanza y prepararse por imposición paterna para la carrera de Farmacia, logrará, no obstante, torcer la voluntad del autor de sus días, matriculándose —1891— en la Universidad de Barcelona en sus dos facultades humanísticas, licenciándose en Filosofía y Letras en 1895 y en Derecho en 1897. Antes de hacerlo, empero, se sintió ya vivamente atraído por la res politica de orientación catalanista a raíz de escuchar un discurso del abogado vigatense Narcís Verdaguer i Callís, uno de los propulsores del Centre Català, en cuyo Centro Escolar Catalanista se integrará Cambó en 1894, convirtiéndose de inmediato en uno de sus elementos más dinámicos y proselitistas. Incorporado a poco al bufete de Narcís Verdaguer como su pasante más distinguido y predilecto, compatibilizará sus tareas en él con una trepidante actividad política y periodística, esta última en el famoso semanario —luego diario— La Veu de Catalunya, del que será asiduo y ardido columnista.

Militante en la facción más radical del Centre Nacional Català en los años del Desastre, fue uno de los principales organizadores de la ruidosa protesta —las famosas jornadas de las xiulades o silbas— contra la visita, en abril de 1900, a la Ciudad Condal del ministro Dato a consecuencia del célebre episodio del tancament de caixes —negativa a pagar las contribuciones “a Madrid” del lado de los comerciantes y burguesía económica del Principado.

Una vez constituida la Lliga Regionalista en abril de 1901 mediante la fusión de la Unió Regionalista y el Centre Nacional Català, uno de sus prohombres, Prat de la Riba, lo avaló como el mejor candidato para las elecciones municipales barcelonesas celebradas en noviembre de dicho año con gran éxito para la candidatura catalanista. Concejal inicialmente de Ferias y Festejos, no tardó en certificar sus grandes condiciones para la gestión de los asuntos públicos mediante una actividad descollante por la energía, las dotes organizadoras y el estudio concienzudo de problemas y materias. Si en 1902 implementó con general aplauso las fiestas populares, al año siguiente mejoró sustancialmente el alumbrado de la capital de Cataluña a través de la generalización del mechero Aner del sistema patentado en Austria-Hungría por el doctor Stracher, al tiempo que redactaba el reglamento de los funcionarios del ayuntamiento, vigente durante largo tiempo. Convertido en estrella ascendente de la clase política del Principado, su discurso reivindicativo ante el Rey en la primera visita del joven Alfonso XIII a Barcelona —7 de abril de 1904— acabó por consagrarlo como figura indiscutible de la vida pública catalana. Fracasada su opción al Congreso de los Diputados en los sufragios generales de septiembre de 1905, en el decisivo año de 1906 su nombre y cotización en la bolsa política del país alcanzarán finalmente eco y audiencia nacionales al tenerlo el movimiento de la Solidaridad Catalana como uno de sus primeros caudillos, debiéndose en buena parte a su labor la gigantesca manifestación cívica barcelonesa del 20 de mayo de 1906, la más importante de las registradas hasta entonces en la historia española —unos trescientos mil participantes—. Tras sufrir un grave atentado —19 de abril de 1907— en la barriada de Hostanfranchs por parte de elementos desconocidos, pero de muy presunta autoría lerrouxista, pese a la tajante afirmación en contrario del “Emperador del Paralelo”, su elección como diputado por Barcelona en las primeras Cortes del bienio maurista consagraba, apenas cumplidos los treinta años, una carrera política que ya se descubría esplendente.

En efecto, su primera y expectante intervención en la Cámara Baja —25-26 de octubre de 1907— a propósito del magno proyecto del político balear de la reforma de fond à comble de la Administración local —eje vertebrador y pieza clave de su programa de gobierno en la mencionada legislatura— lo elevó, espectacularmente, al estrellato de la política nacional.

Su crucial participación en el debate —al modificar gran parte de su contenido ensanchando la autonomía de los entes locales, conforme al mejor conservadurismo del que se ofrecía como intérprete autorizado en la línea áurea de la principal corriente del pensamiento político moderno del Principado— se convirtió en un formidable duelo mano a mano con un Maura íntimamente satisfecho de haber encontrado en Cambó un definidor impecable de la denominada ya “cuestión catalana” —la más importante en la vida pública nacional a lo largo del primer tercio del siglo XX, según el cualificado juicio del conde de Romanones— y a un descollante opositor del que no renunciaba a sumarlo un día a sus filas como su sucesor y heredero. En un plano de la actividad política entonces de capital trascendencia, el impacto y resonancia del aire innovador y promisorio traído a la oratoria parlamentaria durante sus resonantes discursos en las Cortes por la figura quizás hoy más reivindicada por la historiografía de la Restauración, se descubrieron como un auténtico revulsivo de los viejos cánones y pautas castelarinos. A propósito de la primera estadía parlamentaria de su admirado coterráneo y respetado jefe y patrón, la pluma de Josep Pla, uno de los mejores prosistas hispanos novecentistas describiría, con humor y justeza inconfundibles, el secreto de su retórica —pues, al fin y a la postre, también lo era— política: “En els seus escrits, en la seva oratòria, les paraules tenen la significació de la tradició de la cultura, la terminologia el sentit acceptat, les idees el significat escolar. És aquesta claredat, em sembla, que explica per un cantó l’efecte enorme que féu a Madrid, de l’altre la incomprensió que sempre més o menys el rodejà [...] ës en l’oratòria que es veu l’entrellat lògic del mètode de Cambó. Aquesta oratòria no conté digitacions sobre un lèxic vast, no conté ondulacions ni modulacions verbals, no es refia de la sonoritat ni del colorisme, ni del pintoresç, ni de la novetat. L’oratòria, per a Cambó, no és més que un mitjá, un instrument, vinclat com el ferro fos a les necessitats de raonar dùna manera perfecta i justa. Per això els discursos de Cambó produeixen un enlluernament a través no pas de les paraules i dels sentits, sinó de la composiciò i de la intelligència. Enlluernament per les mateixes causes que un raonement dialèctic acabat. En aquest sentit l’oratòria de Cambó no té res de meridional. En aquestes latitutds l’oratòria no és més, generalment, que un procediment per a dissimular el fet de no tenir res a dir” (J. Pla, Francesc Cambó. Materials per a una història. Obras Completas, Barcelona, Destino, 1973, II, págs. 349-50).

Los primeros años de la estancia en un Madrid del que será en adelante asiduo huésped hasta el estallido de la Guerra Civil —salvo el paréntesis de la Dictadura— fueron también los de su definitiva instalación profesional en Barcelona. En una de sus zonas más céntricas establecerá de manera autónoma su bufete de abogado, acreditado sin tardanza como uno de los más prestigiosos de España e incluso, con el paso del tiempo, de Europa. El político ampurdanés creía —acertadamente— que, sin independencia económica, no cabía encontrar verdadera libertad de acción e iniciativa en la vida pública. Y de ésta será ya, a la altura de los años diez, uno de los dirigentes indiscutibles de su partido, la Lliga Regionalista, y una de las más firmes esperanzas de estadista de la España de la época. Así, cuando menos, lo pensaba, amén de sus constantemente acrecidos admiradores, un gobernante de la talla de Canalejas. Pues, efectivamente, más que en el binomio Maura-Cambó como pareja esencial del intento de regeneración del agostado canovismo, los especialistas actuales del período hacen descansar dicha clave en el dúo Canalejas- Cambó, más abierto y sensible a las exigencias de un liberalismo enfrentado con el imparable ascenso de la socialdemocracia. Más unido temperamental y culturalmente a Canalejas que a un Maura siempre respetado y admirado, el prohombre de la Lliga colaboró de modo muy estrecho con aquél en su objetivo de dotar a Cataluña de un régimen autonómico frente a la oposición cerrada de un amplio e influyente sector de su propio partido —el dirigido por Segismundo Moret—, alzado en guardián de las esencias jacobinas y centralistas del constitucionalismo doceañista...

Cerrada abruptamente tal colaboración por el asesinato de Canalejas en noviembre de 1912, se abrió un nuevo y denso capítulo en la trayectoria política de Cambó. Durante ella, no obstante los cada vez más rudos embates de sus numerosos enemigos, consolidará su liderazgo de la Lliga —exclusivo y único tras la muerte de Enric Prat de la Riba en 1917—, así como su popularidad nacional, a través, sobre todo, de la impartición de ciclos de conferencias por todos los rincones de la Península, esparciendo, cara a la “España grande”, la semilla de un diálogo fructífero entre las diversas corrientes autonomistas que comenzaban a recorrer la geografía española contra los desafueros e infirmidades del viejo Estado liberal, de espaldas e impotente ya para recoger las demandas de la opinión pública más responsable e ilustrada. Pese a la neutralidad española en la Gran Guerra, ésta confirmará con patencia la exactitud de su diagnóstico, catapultándolo de nuevo al primer plano de la escena política nacional. Abanderado por todo el territorio peninsular de la campaña oposicionista lanzada por el empresariado catalán contra el programa hacendístico del ministro zamorano Santiago Alba, antiguo e incondicional seguidor y lugarteniente de Moret, en orden a gravar con peralte los fantásticos beneficios logrados por la patronal del Principado en el transcurso de la contienda mundial, Cambó concitó una singular crítica de los círculos más intransigentes del partido liberal. (En tal surco, sobrepasando el ámbito de la famosa controversia y apuntando tal vez a la médula del significado del nacionalismo catalán, un representante caracterizado de la corriente centralista, Niceto Alcalá-Zamora, llegó a plantear en 1919 el dilema básico de dicho pensamiento al acusar en un discurso parlamentario al caudillo de la Lliga de pretender ser “el Bolívar de Cataluña y el Bismarck de España [...]”).

Después del gran envite que supuso para tal posición la famosa —y frustrada— Asamblea de Parlamentarios del verano de 1917 —auspiciada a tambor batiente por la Lliga— y, para todo el establishment, la huelga general obrera de agosto del mismo año, el sentido nacional que, más allá de altibajos y desmarques muy ocasionales y comprensibles, guió la acción política de Cambó se reveló con nitidez al formar gustosamente parte del Gobierno Nacional que, presidido por Maura, se constituyó, a instancias de Alfonso XIII, en marzo de 1918, a manera de última tabla de salvación de un sistema corroído ya por incurable crisis. Su actividad a la cabeza del importante Ministerio de Fomento se descubrió tan innovadora y fecunda como cabía esperar de su inteligencia y formación.

Pocas áreas del extenso dominio temático de tal cartera quedaron sin recibir el impulso renovador o el aliento creativo de una personalidad habitada por una energía ciclópea y en posesión entonces de todas sus envidiables capacidades de organización y gestión.

En el debe de tan positivo balance ministerial acaso cuente, sin embargo, el escaso esfuerzo que desplegara para conciliar voluntades y atemperar su irreductible antipatía con otro de los grandes divos del gabinete, Santiago Alba, al frente de Instrucción Pública y ya claro rival de su colega para ocupar en el inmediato futuro el liderazgo del país.

El fin —septiembre de 1918—, inquietante y desesperanzado, del Gobierno de Concentración fue, conforme resulta harto sabido, simultáneo con el de la Primera Guerra Mundial, evento cargado también de consecuencias para la existencia privada y pública del político catalán. La quiebra de la principal compañía eléctrica alemana —la DUEG del grupo internacional AEG— Ratheneau —Sofina— a la conclusión del magno conflicto permitirá a Cambó —en una operación de filigrana económica y política sumamente discutida y, a veces, condenada sin paliativos como antipatriótica y nefasta para el sistema bancario nacional— hacerse con gran parte de las acciones y de la vicepresidencia de la Chade —hasta que, fallecido en 1925 el II marqués de Comillas, su presidente decorativo y coyuntural, ocupara su cargo— y transformarse con ello en uno de los grandes financieros del Viejo Continente, al propio tiempo que acumulaba una cuantiosa fortuna personal. El plausible uso de ésta en una obra de mecenazgo cultural que, a través en particular de la Fundación Bernat Metge, figura por derecho propio y multitud de títulos en vanguardia de las labores de tal índole en la España del siglo XX, no le impidió, sin embargo, auscultar con agudeza y meticulosidad los latidos de la convulsa sociedad del momento, atravesada por una crisis generalizada tras los años boyantes y despreocupados de la Gran Guerra, crisis que encontrará su máxima expresión en el interminable conflicto marroquí. Justamente, su punto culminante, el desastre de Annual —25 de julio de 1921— será la causa de la segunda y última experiencia gobernante del político ampurdanés, rector y piloto de la cartera de Hacienda en el Gabinete formado por Maura el 13 de agosto siguiente como lejano remedo del de marzo de 1918, ya que, ciertamente, sus logros estuvieron muy distantes de poder comparársele. Tal vez su actividad más sobresaliente, junto con la de frenar el avance de las cábilas de Abd el Krim y encauzar la reconquista del territorio perdido por las tropas españolas, fue la desarrollada por el responsable de las finanzas nacionales.

Bien que una porción sustancial del programa de Cambó —ordenación ferroviaria, acrecentamiento de los ingresos e innovadores Presupuestos generales del Estado— no pudiera llegar a buen puerto por la brevedad del gabinete —terminado igualmente de manera parecida a la del citado de 1918—, antes de su término, a comienzos de 1922, conseguiría con todo la aprobación por las Cortes —18 de febrero 1922— del famoso Arancel conocido por su nombre —“Arancel Cambó”— y, más técnica y apropiadamente, Ley General de Ordenación Bancaria. De corte, por supuesto, hiperproteccionista, estuvo en sus líneas generales vigente hasta cuarenta años más tarde.

Renunciando al gobierno del país ofrecido en el citado año de 1922 por Alfonso XIII a trueque de una metanoia en sus convicciones catalanistas, no por ello logró el jefe de la Lliga reducir la oposición que su presencia en el postrer de los gabinetes mauristas despertara en la juventud y en parte de la Lliga, desembocada en la formación del partido Acciò Catalana.

Hastiado y cansado, Cambó abandonó momentáneamente la actividad política y en el mismo 1922 abandonó España.

Sabido es cómo la implantación de la primera dictadura militar de la España del novecientos situó a los nacionalismos periféricos frente a una coyuntura tan adversa como, a veces, crítica por las escisiones que, parcialmente, los cuartearon. La dura travesía del desierto que entonces debieron afrontar tanto la Lliga como su jefe le impelieron a una larga reflexión que, en el caso del último, se vertería a través de una publicística de alto bordo en torno a la naturaleza del régimen abrogado por Primo de Rivera y sometido coetáneamente en toda Europa a la arrolladora expansión de las dictaduras. Siempre en la proa de la navegación política de España de comienzos del siglo XX, el prohombre gerundense fue el político hispano que más pronto caló en la naturaleza del fascismo y, por ende, en algunas de las causas más hondas de la crisis parlamentaria que abonó el terreno a la eclosión dictatorial de los “felices veinte”. En una serie de diecinueve artículos aparecidos en La Veu en la primavera de 1924 y recogidos sin tardanza, como en él era indeficiente costumbre, en un libro rápidamente traducido al castellano y a otras lenguas de cultura, el estadista catalán describió con precisión la anatomía de la crisis del sistema representativo tal y como había estado vigente en gran parte de Europa durante cerca de un siglo: En torno del fascismo italiano. Meditaciones y comentarios sobre problemas de política contemporánea, Barcelona, 1925. Estimado con frecuencia como un libro asaz coyuntural y sin demasiada ambición, su morosa lectura prueba, sin embargo, que se trata de un escrito que sobrepasa con creces su marco inicial, para ofrecerse como una obra de gran aliento y reflexión político-cultural que aspiraba a reflejar el estado de ánimo de las gentes de la etapa inicial del período de entreguerras, y apuntar, asimismo, algunas soluciones a sus perplejidades y problemas. La espectacular subida del fascismo al poder venía a ser, en cierta medida, un aguijón para meditar con realismo y sin concesiones sobre una Europa que por primera vez veía abrirse un proceso de deslegitimación de sus minorías rectoras y del mundo político alumbrado por ellas con el triunfo de la burguesía en el siglo precedente.

La caída de la Dictadura en los inicios de 1930 implicó el retorno del líder del catalanismo conservador a la actualidad política más candente. Desde el primer instante entró en los planes restauradores de un soberano que lo estimaba en alto grado, aunque conocía sobradamente que no era correspondido en la misma medida. En la grisalla de la obsoleta clase política de la monarquía moribunda, la personalidad de Cambó refulgía con singular vigor, depositando en él gran parte del establishment alfonsino las últimas esperanzas de su presentido naufragio. Empero, cuando llegó el momento decisivo de dar el paso hacia el poder, la aparición de un cáncer de laringe frustró la cita largamente soñada. Pese a que albergaba muy escasa confianza en que la monarquía superase la crucial prueba a que se veía sometida, tras negar, por la enfermedad diagnosticada pero oculta aún a la opinión pública, su inclusión como principal elemento y guía político del gabinete Berenguer, como el Rey y el mismo general deseaban a toda costa, le asistió con sus reducidas fuerzas pero incontestable ascendiente. Sólo cuando aquél estuvo por entero desgastado, instó vivamente al Monarca a una “solución de izquierdas” con la apelación a su antiguo adversario Santiago Alba como último cartucho de un régimen en ineluctable liquidación.

Fracasada también dicha tentativa por la resuelta negativa del político castellano, la formación, mediado marzo de 1931, del partido Centro Constitucional por Cambó y otros notables alfonsinos fue su último y estéril servicio a un sistema desahuciado por la Historia. La Segunda República advino en Barcelona al grito coreado por las masas de “¡Visca en Macià i mori en Cambó!”.

Al tiempo que su cáncer se agravaba antes de ser relativamente detenido por los cuidados de un especialista londinense, el político ampurdanés se exiliaba voluntariamente durante año y medio, temeroso de la deriva revolucionaria que, en su opinión, no tardaría en adoptar el nuevo régimen. Satisfecho, no obstante, con la proclamación del Estatuto de Nuria —10 de septiembre de 1932— y repuesto un tanto de su grave dolencia, el insistente reclamo de sus partidarios para su vuelta a la actividad pública se escenificó con el regreso al Parlamento en la segunda de las legislaturas del período republicano abierto con la victoria de las fuerzas conservadoras. Aunque mermado en sus facultades, allí volvió a reverdecer, cara a la nueva generación de diputados traída con el cambio de régimen, parte de sus laureles oratorios e intervino con autoridad en los debates así como en los escarceos y maniobras de las esferas conservadoras a fin de detener el avance de un socialismo visto por él, en su versión hispana, exclusivamente bajo su faz revolucionaria. Con pasajero olvido del ideario centrista de una Lliga Regionalista transformada en Lliga Catalana a partir de febrero de 1933, adoptará una posición muy beligerante cara al “avance de la anticivilización”, con actos tales como su incondicional apoyo al célebre recurso contra la Llei de Contractes de Conreu aprobada en el Parlamento catalán.

Aun así, rechazará con énfasis la atribución al conjunto del pueblo y sociedad del Principado por parte del Gobierno y la opinión del resto del país la responsabilidad de los sucesos de octubre de 1934, obra tan sólo en su sentir de la Generalitat y la Esquerra Republicana. Llevado del ardor telúrico y con el trémolo de sus grandes discursos de antaño, volverá a exaltar —13 de diciembre de 1934—, en los últimos destellos de su elocuencia política, la identidad plurisecular y casi eviterna del solar natal: “Pasará este Parlamento, desaparecerán todos los partidos que están aquí representados, caerán regímenes y el hecho vivo de Cataluña subsistirá”.

Convertido en Casandra, desde finales del otoño de 1935, de la marcha de la República hacia el abismo maximalista, el triunfo del Frente Popular fue celebrado en la ciudad con el grito de ¡Mori en Cambó! Privado de su acta de diputado por oscuras y complejas maniobras de las que no estuvieron exentos de responsabilidad sus mismos seguidores, a principios de julio de 1936, al tanto muy seguramente —contra su propia declaración— de los preparativos del golpe de Estado militar, abandonó España, a la que no volvería sino muy fugaz y episódicamente a mediados de 1940 camino de Portugal, punto de partida hacia el Nuevo Continente, en un viaje —emprendido el 1 de julio— que no tendría retorno.

Sujeta aún a frecuentes polémicas historiográficas, la decisiva intervención del político catalán en la Guerra Civil a favor del bando franquista resulta, sin embargo, inconcusa. Sus orientaciones, inmensa fortuna y amplio staff de sus cualificados colaboradores se pusieron decididamente al servicio de Salamanca y Burgos, en una vasta operación de espionaje y propaganda de impecable eficacia, erigida en modélica en manuales y tratados de teoría de la información y sociología política. Así el famoso Sifne —Servicio de Información de la frontera del Norte de España— corrió todo él a cargo de Cambó —unas diez mil libras esterlinas, medio millón de pesetas de la época—, que prestó igualmente para su éxito directrices y hombres. De igual modo, los supérstites de la plana mayor de La Veu y del buró diplomático e intelectual del líder de la Lliga, a la manera de Joan Estelrich, Octavi Saltor o Xavier Ribó, se esforzaron en contrapesar con su buen oficio y mejor pluma la campaña antifranquista llevada a cabo por los sectores progresistas del catolicismo europeo y norteamericano, no dudando en aquistarse la voluntad de muchos escritores y periodistas mediante generosos regalos e ilimitadas subvenciones. El mismo Cambó, tras redactar un documento de adhesión a Franco suscrito en octubre de 1936 por destacadas personalidades catalanas —ciento veintiocho firmantes— del mundo de la economía, la política y la cultura, escribió cuatro resonantes títulos en la prensa extranjera —inglesa, francesa y argentina— en pro del régimen del 18 de julio. Y desde octubre de 1937 a mayo de 1939 la revista quincenal Occident, dirigida por Joan Estelrich y financiada por su patrón, se convirtió, a gran distancia, en el principal medio de propaganda de la España “nacional” en los medios dirigentes europeos. Entre otros muchos, Paul Claudel, Maurice Legendre, R. Brasillach, Henri Massis, Leon Daudet, Ramón Pérez de Ayala, Menéndez Pidal, Manuel de Falla, Manuel Machado, Ortega y Gasset o Gregorio Marañón figuraron entre sus articulistas. Llegó a ser tal su identificación con el programa contrarrevolucionario de la España de Burgos que pretendió auspiciar una masiva difusión del pensamiento menendezpelayano ya que —escribía en junio de 1937, en carta remitida a su antiguo compañero parlamentario Jesús Pabón— “es preciso que las nuevas generaciones conozcan todas las glorias de la tradición española que nadie ha conocido y sentido y expuesto tan perfectamente como Menéndez Pelayo”.

Avecindado en Argentina a partir de 1941, la decepción frente a la política desplegada por el franquismo en Cataluña no atenuó su anhelo de regreso a España una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Prevista como una visita de exploración y contacto de cara a un ulterior y definitivo retorno, la vuelta a la patria, señalada para comedio de abril de 1947, no pudo consumarse por el inesperado y fatal curso de una dolencia derivada de una vacuna que, finalmente, le provocó la muerte.

La rica personalidad del más famoso hombre público catalán contemporáneo en manera alguna se agota con sus facetas de político y empresario sin que pueda eludirse cuando menos la referencia a su dimensión de escritor, mecenas cultural e infatigable coleccionista de obras de arte, gran parte de las cuales se legaron a las pinacotecas de Madrid y Barcelona.

Hermético de carácter y en extremo celoso de su intimidad, su vena intimista se revelará a las veces en sus escritos memoriográficos, explanados por lo común en prosa ceñida y vibrante.

 

Obras de ~: En torno del fascismo italiano. Meditaciones y comentarios sobre problemas de política contemporánea, Barcelona, Alpha, 1925; Visiones de Oriente, Barcelona, 1926; Por la concordia, Madrid, Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, 1927; Las dictaduras, Madrid, Espasa Calpe, 1929; Discursos parlamentarios, Barcelona, Biblioteca de la Lliga Catalana, 1935; Memòries (1876-1936), Barcelona, Ediciones Alpha, 1981; Meditacions. Dietari (1936-1946), Barcelona, Alpha, 1982, 2 vols.

 

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José Manuel Cuenca Toribio