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Abu Yusuf Ya'qub b. Abd Al-Haqq

Biografía

Abū Yūsuf Ya’qūb b. ‘Abd al-Ḥaqq. Al-Manṣūr bi-llāh. ?, 607 H./25.6.1210-14.4.1211 C. o 609 H./3.6.1212-22.5.1213 C. – Algeciras (Cádiz), 22 de muḥarram de 685 H./20.3.1286 C. Emir de la dinastía benimerín de Fez. Primer sultán mariní en al-Ándalus.

Su papel resulta fundamental en la gestación del emirato gobernado por la dinastía, pues fue quien protagonizó buena parte de su expansión territorial, derrocando definitivamente a los almohades, sus principales enemigos, apoderándose de su capital, Marrakech. Asimismo, su gobierno resulta de una especial relevancia para la historia de España, ya que fue el primer emir benimerín que intervino en la Península, obteniendo importantes éxitos en el ŷihād frente a los cristianos y logrando crear un dominio territorial propio basado en el control de determinadas poblaciones y fortalezas del Sur peninsular.

Su acceso al poder se produjo de una forma irregular, rompiendo la línea de descendencia hereditaria. En raŷab de 656/4 de julio-2 de agosto de 1258 murió el soberano Abū Yaḥyà, conquistador de Fez, sucediéndole su hijo primogénito ‘Umar. Sin embargo, una parte de los jeques benimerines no lo aceptó y proclamó en Tāzā a Abū Yūsuf Ya’qūb, hermano de Abū Yaḥyà y tío paterno del legítimo heredero, ÿUmar, quien acabó siendo expulsado de Fez por su tío y relegado a Mequínez, donde sobrevivió sólo un año y medio, muriendo asesinado por unos parientes el primero de muḥarram de 658/18 de diciembre de 1259.

Se inicia entonces el gobierno de Abū Yūsuf Ya’qūb, que se extiende durante casi treinta años y que está marcado por el desarrollo de una importante y casi continua actividad bélica, tanto para sofocar discordias internas de la propia dinastía benimerín como contra los almohades y los Zayyāníes de Tremecén, así como en el ŷihād frente a los cristianos en la península Ibérica. El resultado final cabe calificarlo de exitoso, dado que consiguió la consolidación política de la dinastía y la conformación territorial del emirato benimerín como la principal potencia del Magreb islámico durante la Baja Edad Media.

La primera dificultad a la que hubo de hacer frente el nuevo emir benimerín fue la sublevación de su sobrino Ya’qūb b. ‘Abd Allāh, hijo de su hermano ‘Abd Allāh, que se opuso a la usurpación de su tío. Instalado en la zona de la Tāmasnā, logró apoderarse de la ciudad costera de Salé, junto a Rabat, de donde expulsó al gobernador almohade, solicitando al rey Alfonso X el envío de contingentes militares para poder combatir a su tío o a los almohades. Esta petición de auxilio coincidía de pleno con el proyecto del rey castellano de llevar la cruzada al otro lado del Estrecho y fue aprovechada. Fingiendo aceptar la petición cursada, Alfonso X reunió una escuadra de treinta y siete naves encabezada por el almirante de Castilla, Juan García de Villamayor. Partiendo de la bahía de Cádiz, la escuadra alcanzó Salé y, penetrando a través de la desembocadura del río Bū Regreg, por donde la ciudad carecía de defensas, se apoderó de ella. Dos días más tarde tuvo noticia del episodio el sultán benimerín, que estaba entonces en Tāzā, dirigiéndose de inmediato hacia Salé para liberarla. Ante la presencia del contingente musulmán y sabiéndose incapaces de mantener la posesión de la plaza, los cristianos optan por abandonar Salé, prendiendo fuego a la ciudad y llevando consigo un cuantioso botín. De esta forma, el emir benimerín pudo recuperarla sin lucha.

Tras esta primera empresa, el gran objetivo del emir benimerín era derrocar a los almohades y apoderarse de su capital, Marrakech, lo cual logró tras varios años de lucha y gracias, en buena medida, a la situación de gran descomposición interna del sistema almohade. Ya en el verano de 659/1261 la victoria de Umm al-Riŷlayn sobre las fuerzas del califa al-Murtaḏā fue el preludio del progresivo avance de los benimerines. A finales del año siguiente, 660/1262, Abū Yūsuf Ya’qub se dirigió directamente contra Marrakech y, tras dos meses de lucha, en cuyo transcurso murió el hijo del emir, se llegó a un acuerdo entre ambas partes, en virtud del cual los asaltantes se retiraron a cambio del compromiso del pago de un tributo anual por parte del califa al-Murtaḏā.

Tras este primer enfrentamiento tuvo lugar la defección del sayyid Abū-l-‘Alà Idrīs, conocido como Abū Dabbūs (“el de la maza”), que había dirigido la defensa de Marrakech frente al asedio de los benimerines. En el año 633/1264 salió de la capital almohade y ofreció sus servicios al emir Abū Yūsuf Ya’qūb, pactando con él acabar con al-Murtaḏā y luego repartirse los dominios almohades. Para ello reclutó un gran contingente con los descontentos del gobierno almohade, gracias al cual logró apoderarse de Marrakech en 665/1266. El califa almohade consiguió huir de su capital, pero fue capturado y ejecutado el 22 de ṣafar de dicho año/22.11.1266. El emir Abū Yūsuf Ya’qub envió entonces una embajada para felicitar a Abū Dabbūs y exigirle el cumplimiento de lo pactado, pero, al verse convertido en dueño de Marrakech, optó por proclamarse califa, siendo el último de los soberanos almohades, reinando poco menos de tres años.

Se inicia entonces la lucha de Abū Yūsuf Ya’qūb contra Abū Dabbūs, última fase del enfrentamiento entre benimerines y almohades, en la cual el califa buscó la ayuda de Yagmurāsan, el emir de zayyāníes de Tremecén (Argelia), con quien se enfrentó el emir benimerín en 666/1267 en Wādī Talāg, cerca del Muluya, obteniendo una importante victoria en la cual murió ÿUmar, hijo y heredero de Yagmurāsan, quien hubo de retirarse a su capital. Seguidamente, Abū Yūsuf Ya’qūb se dirigió hacia Marrakech para acabar con Abū Dabbūs, el cual salió a combatir contra los benimerines, siendo derrotado y muerto el 2 de muḥarram de 668/1 de septiembre de 1269. Su cabeza se envió al emir, que mandó enviarla a la capital, Fez, donde fue paseada por los zocos y colgada en una de sus puertas. Una semana más tarde, el 9 de muḥarram (8 de septiembre) el emir benimerín hizo su entrada en Marrakech, concediendo el amán o perdón de rendición a todos los funcionarios de la administración almohade que acataron su obediencia. De esta forma quedaba sellado el fin del califato almohade y los benimerines pasaban desde ese momento a convertirse en la dinastía dominante en el territorio magrebí. Algunos jeques almohades rechazaron la amnistía del emir, refugiándose en Tinmel, donde proclamaron a un hijo de Abū Dabbūs, llamado Isḥāq, donde lograron permanecer durante seis años, hasta 674/1275, siendo finalmente apresados y ejecutados en Marrakech.

Eliminada la dinastía almohade y consolidada su posición en el Magreb, el siguiente objetivo del emir Abū Yūsuf Yaÿqūb fue la reactivación del ŷihād y la recuperación de los territorios de al-Andalus que los almohades habían perdido desde la decisiva derrota de 1212 frente a los cristianos, tanto en el Algarve portugués como en el Levante y Andalucía.

La primera irrupción del emir benimerín en la Península se produjo en el año 1275, si bien tiempo antes había tenido ya lugar una intervención previa en circunstancias concretas. En 1264 estalló en Murcia y la comarca del Guadalete, zonas de poblamiento musulmán pero bajo dominio militar cristiano, una revuelta alentada por el emir de Granada Muḥammad I b. al-Aḥmar, fundador de la dinastía nazarí. Fue en este contexto donde se produjo esa primera intervención de benimerines, si bien con unas connotaciones distintas a las que tuvieron lugar posteriormente. En efecto, se trata, en este caso, de un contingente encabezado por Abū ÿAbd Allāh Muḥammad b. Idrīs, rebelde contra el emir Abū Yūsuf Yaÿqūb, a quien éste obligó a trasladarse a la Península para participar en el ŷihād. Según las fuentes, la llegada de este primer contingente de benimerines se produjo entre 1262 y 1264 y su volumen oscila entre los tres mil y los trescientos, cifra esta que podemos considerar más verosímil. Este contingente fue recibido en Tarifa y posteriormente se estableció en Málaga, donde permaneció hasta el inicio de la revuelta en Jerez, en cuyo asalto y defensa tuvieron una participación destacada.

Las devastaciones causadas por estas incursiones y el temor que causaron entre los pobladores cristianos provocaron efectos muy negativos en el proceso de repoblación de los territorios de Andalucía, que entró en una situación de crisis en torno a 1270. La inseguridad y la consiguiente carestía de precios hizo que disminuyera el atractivo que hasta entonces había ejercido este territorio y comenzó a invertirse la tendencia hasta entonces predominante, de manera que la región no sólo comenzó a dejar de ganar pobladores sino que comenzó a perderlos.

Tras esta primera participación en los asuntos peninsulares, que podemos calificar de indirecta, se produce el inicio del intervencionismo directo del emir benimerín en la Península. Durante dos décadas se van a enfrentar los tres poderes con presencia en el territorio, castellanos, nazaríes y benimerines, siendo uno de los objetivos clave el dominio de los puertos del Estrecho, que se inicia hacia 1271-1272, proceso conocido en la historiografía como “la batalla del Estrecho”. Las intervenciones del emir Abū Yūsuf fueron uno de los elementos esenciales en la situación política peninsular del último cuarto del siglo XIII, introduciendo un elemento nuevo en la relación entre castellanos y nazaríes y convirtiéndose en un elemento determinante en la evolución de los acontecimientos. Existe una amplia información sobre el desarrollo de estas campañas, tanto a través de las fuentes árabes como de las castellanas, lo que ha permitido su estudio pormenorizado.

En 1273, el emir nazarí se encontraba en un callejón sin salida, con el reino fragmentado debido a la defección de los arraeces Banū Ašqīlūla, sin el apoyo de los nobles castellanos, ya reintegrados a la obediencia de Alfonso X, y padeciendo duras exacciones de rentas como consecuencia de su situación tributaria respecto a Castilla. Ante esta situación, los nazaríes no dudaron en usar la baza del recurso a los benimerines como amenaza potencial para reforzar sus posiciones, mientras que, por su parte, Alfonso X demostró una considerable ceguera política al minusvalorar la posibilidad de una intervención masiva y directa del emir de los benimerines en la Península. En realidad, era más que una amenaza ya que las fuentes árabes apuntan que, antes de morir, el emir nazarí Muḥammad I había recomendado a su hijo y sucesor, Muḥammad II, que se pusiera bajo la protección de los benimerines, quienes ya en 1272 habían intervenido por segunda vez. Asimismo, sus aliados musulmanes no compartían la visión del rey castellano, de tal forma que en 1273 el arráez de Málaga ofreció su sumisión al emir benimerín, ejerciéndose a partir de entonces su gobierno de la ciudad en términos de subordinación a su soberanía, protegiéndose, de esta forma, de un hipotético desamparo por parte de Alfonso X.

En el otoño de 1274 se produjo la llamada de auxilio del emir nazarí al benimerín, que fue bien acogida por Abū Yūsuf Ya’qūb, si bien no de forma desinteresada, ya que exigió a cambio la entrega de ciertas plazas que habrían de servirle de cabeza de puente para su intervención, entre ellas Tarifa y Ronda o Algeciras. En tales circunstancias se produjo la primera de las cuatro intervenciones de Abū Yūsuf Ya’qūb en al-Andalus, siendo el verano de 1275. La venida del emir se saldó con dos exitosas campañas. En el transcurso de la primera, los benimerines se extendieron “como una nube de langostas”, según la elocuente expresión del cronista Ibn Abī Zar’, saqueando y devastando amplios territorios de las provincias de Cádiz, Sevilla, Córdoba y Jaén y logrando derrotar a las fuerzas cristianas que salieron a su encuentro comandadas por don Nuño de Lara, quien resultó muerto en el enfrentamiento acaecido en Écija el 15 de rabīÿ I de 674/8.IX.1275. Tras la victoriosa campaña, el emir se retiró a Algeciras con un cuantioso botín. Al poco tiempo, el emir inició la segunda campaña, durante la cual se dirigió contra Sevilla, saqueando las comarcas circundantes, y asimismo en Jerez, tras lo cual volvió a Algeciras, donde entró en noviembre del citado año, permaneciendo en ella hasta principios del siguiente, momento en el que regresó a Fez.

En el verano de 1277 tuvo lugar la segunda venida del emir a al-Andalus, en este caso por iniciativa propia, sin que hubiese sido solicitada su presencia por los andalusíes, contando desde el principio con la colaboración de los dos arráeces Banū Ašqīlūla. En esta ocasión, el emir se dirigió contra Sevilla, donde estaba Alfonso VI, derrotando las fuerzas cristianas y devastando seguidamente la rica comarca agrícola del Aljarafe. También tomó las fortalezas sevillanas de Cantillana, Guillena y Alcolea. Tras la victoriosa campaña regresó a Algeciras en agosto cargado de botín. A esta primera expedición siguieron otras dos, dirigidas contra Jerez y la comarca de Sevilla y contra Córdoba, respectivamente. Al año siguiente, el emir regresó a Fez, no sin antes haber recibido el dominio de Málaga de manos de Ibn Ašqīlūla.

En 1279, el emir Abū Yūsuf tuvo intención de pasar nuevamente el Estrecho al saber que Alfonso X intentaba apoderarse de Algeciras, pero se lo impidió una revuelta interna encabezada por Masÿūd b. Kanūn. Mientras él intentaba sofocar este foco de rebeldía, envió a su hijo y heredero Abū Ya’qūb a socorrer Algeciras, asistido por una pequeña flota que envió Muḥammad II de Granada. La victoria fue de nuevo para los musulmanes, el día 12 de rabīÿ I de 678/12 de julio de 1279 según el cronista Ibn Abī Zar’, siendo liberada Algeciras del cerco cristiano.

En este punto, el emir benimerín hubo de hacer frente a la alianza formada por el nazarí Muḥammad II y el zayyāní Yagmurāsan de Tremecén, siendo éste derrotado por segunda vez frente a las fuerzas de Abū Yūsuf en su propio territorio.

El estallido de la guerra civil en Castilla en la primavera de 1282 dio al emir de los benimerines la oportunidad de ganar posiciones en la Península. En efecto, la tercera venida de Abū Yūsuf a la Península estuvo de nuevo precedida de una petición de auxilio, pero esta vez no de los musulmanes, sino del mismísimo Alfonso X, cuya situación era dramática debido a la rebelión de su hijo Sancho. Al igual que habían hecho tradicionalmente los reyes cristianos, el emir se aprovechó de las discordias internas entre los cristianos para sacar provecho. Se puso de lado de Alfonso X, pues, de hecho, ya eran aliados desde 1279, mientras que los partidarios de don Sancho buscaron el apoyo del emir nazarí. En el verano de 1282 llegó a Algeciras, donde se le presentó Alfonso X, cuya situación era tan desesperada que, según narra Ibn Abī Zarÿ, dio en prenda su corona al emir a cambio de la entrega de cien mil dinares con los que financiar la guerra contra su hijo rebelde. El emir marchó entonces en campaña junto al soberano cristiano, atacando los territorios de Córdoba, Toledo y Madrid y regresando luego a Algeciras. Al año siguiente, 1283, salió en campaña de nuevo, atacando la zona de Toledo y asediando la ciudad de Talavera, tras lo cual volvió a Algeciras y pasó a Marruecos.

A la muerte de Alfonso X en 1284, Abū Yūsuf Ya’qūb envió a sus embajadores al nuevo soberano para averiguar sus planes, que consistían en continuar las hostilidades contra los benimerines, lo cual provocó otra intervención del emir, entre la primavera y el verano de 1285, asediando Jerez y saqueando el valle del Guadalete y las comarcas próximas a Sevilla, aunque sin consecuencias territoriales más relevantes.

Este año de 1284 fue el de la cuarta y última venida a al-Andalus de Abū Yūsuf, el cual ya no regresó vivo a Marruecos, pues encontró la muerte en la Península. Llegó a Algeciras en abril de aquel año y desarrolló una intensa actividad de algaras y devastaciones en toda la zona de Jerez, valle del Guadalete y Sevilla durante los meses de mayo, junio y julio. La fortaleza demostrada por el emir benimerín obligó a Sancho IV a solicitar una tregua y, de esta forma, en octubre de 1285 se llegó a la firma de un acuerdo entre benimerines y castellanos, cuyos términos describen los cronistas de cada bando en términos muy distintos, si bien, dada la posición de fuerza del emir, con toda probabilidad suponía, por parte de Sancho IV, la aceptación del compromiso de mantener la paz con los andalusíes y de abstenerse de intervenir en las querellas internas de los musulmanes, así como la obligación de suprimir los impuestos a los comerciantes musulmanes en Castilla.

Tras la paz con Sancho IV, la vida del emir Abū Yūsuf no se prolongó demasiado, pues ya desde tiempo antes había venido dando síntomas de enfermedad. Según el cronista Ibn Abī Zar’, sus dolencias se agravaron a finales de enero de 1286, muriendo finalmente en el alcázar de su ciudad nueva de Algeciras el 22 de muḥarram de 685/20.III.1286). Su cadáver fue trasladado a Rabat y enterrado en la mezquita de žālla.

Junto a su intensa y, en general, exitosa actividad bélica, cabe también destacar otras facetas de la actuación del emir Abū Yūsuf, entre las que destaca su actuación urbanística, que se dejó notar en especial en las ciudades de Fez y Mequínez, cuyas fisonomías se alteraron profundamente, marcando el inicio de la fase de apogeo de ambos núcleos. Asimismo, debe destacarse su labor urbanística a partir de 1279 en Algeciras, convertida en la sede del poder benimerín en al-Andalus.

Tras casi treinta años como soberano, cabe considerar a Abū Yūsuf Ya’qūb como el verdadero creador de la potencia política de los benimerines. En el ámbito exterior, su desaparición significó la consolidación de la paz firmada con el rey Sancho IV, ya que su sucesor, Abū Ya’qūb, inició una nueva política exterior, caracterizada por el abandono de los problemas de al-Andalus, centrando su atención en los asuntos magrebíes.

 

Bibl.: A. Ballesteros, “La toma de Salé en tiempos de Alfonso X el Sabio”, en Al-Andalus, 8 (1943), págs. 89-128; A. Huici Miranda, “La toma de Salé por la escuadra de Alfonso X”, en Hesperis, 39 (1952), págs. 41-74; Las grandes batallas de la Reconquista durante las invasiones africanas (Almorávides, Almohades y Benimerines), Madrid, Instituto de Estudios Africanos, 1956; Historia política del Imperio almohade, Tetuán, Editora Marroquí, 1957, 2 vols., II, págs. 553-573; A. Ballesteros, Alfonso X el Sabio, Barcelona, Salvat, 1963, págs. 362-417; H. Bresolette, “Naissance et évolution d’une ville marocaine: Fès-Jdîd”, en Hespéris-Tamuda, 4 (1963), págs. 227-229; Ch.-A. Julien, Histoire de l’Afrique du Nord, París, Payot, 1978, 2 vols., II, págs. 166-174; F. García Fitz, “Los acontecimientos político-militares de la Frontera en el último cuarto del siglo XIII”, en Revista de Historia Militar, 64 (1988), págs. 9-71; “La defensa del bajo Guadalquivir ante las invasiones benimerines del siglo XIII”, en M. García-Arenal y M.ª J. Viguera (eds.), Relaciones de la península Ibérica con el Magreb (siglos XIII-XVI), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Instituto de Filología, 1988, págs. 51-61; M.ª J. Viguera, “La intervención de los benimerines en al-Andalus”, en M. García-Arenal y M.ª J. Viguera (eds.), Relaciones de la península Ibérica con el Magreb (siglos XIII-XVI), Madrid, CSIC, Instituto de Filología, 1988, págs. 237-247, M. A. Manzano Rodríguez, La intervención de los benimerines en la península Ibérica, Madrid, CSIC, 1992, págs. 15-122; F. García Fitz, “Alfonso X, el reino de Granada y los Banū AŠqīlūla. Estrategias políticas de disolución durante la segunda mitad del siglo XIII”, en Anuario de Estudios Medievales, 27 (1997), págs. 215-237; Relaciones políticas y guerra. La experiencia castellano-leonesa frente al Islam (siglos XI-XIII), Sevilla, Universidad, 1998, págs. 218-253; A. Torremocha Silva y Otros, Al-Binya, la ciudad palatina meriní de Algeciras, Algeciras, Fundación Municipal de Cultura José Luis Cano, 1999.

 

Alejandro García Sanjuán

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