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Nicolás de Ovando

Biografía

Ovando, Nicolás de. Cáceres, c. 1451 – Sevilla, 29.V.1511. Gobernador general de las Indias y destacada figura del primer período de dominio español sobre el Nuevo Mundo.

No hay acuerdo definitivo sobre el lugar de nacimiento de Ovando. Algunos han apostado por la localidad cacereña de Brozas, mientras que otros se inclinan por la ciudad de Cáceres. Gonzalo Fernández de Oviedo, que convivió con frey Nicolás de Ovando en la Corte, y que lo conoció muy bien, hasta el punto de comprarle un lote de casas que el comendador había construido en Santo Domingo, escribe en sus Batallas y Quinquagenas que era “natural de la ciudad de Cáceres en Extremadura, e de ahí era solariego caballero hijodalgo. Y tuvo un hermano que se dijo Diego de Cáceres, alcayde de Bienquerencia, que fue especial hombre e valiente lanza”. En las cosas de heráldica, de familias y apellidos, Oviedo era un experto y no solía equivocarse. También se discute mucho sobre la fecha de nacimiento. Tradicionalmente, se venía hablando del año 1451, mientras que otros hablan del año 1460.

Perteneciente a una encumbrada familia extremeña, fue el segundo hijo varón del capitán Diego de Cáceres Ovando y de su mujer Isabel Flores, natural de la villa de Brozas. Los cinco hijos de este matrimonio antepusieron, por solera y tradición, el apellido Ovando, afincado en la capital extremeña desde mediados del siglo xiv, al de Cáceres.

Toda esta familia vivió activamente la guerra de sucesión de Castilla (1474-1479), sucedida a la muerte de Enrique IV, y desde muy pronto todos se alinearon en el partido de la reina castellana Isabel la Católica como partidarios incondicionales suyos. En suma, la primera formación de Nicolás de Ovando siguió una doble preocupación: la lealtad sin fisuras a los Reyes Católicos, y, por otra parte, el fortalecimiento de los valores religiosos, y de integridad y responsabilidad morales que guiaron su vida.

Ingresó muy joven en la Orden de Caballería de Alcántara para dedicarse al servicio de la Iglesia y de la Monarquía y en 1478 era ya comendador de Lares, una de las más importantes encomiendas de esa Orden Militar, cargo que ocuparía hasta el año 1503, en que fue ascendido a comendador mayor de la Orden de Alcántara.

El año de 1487, sufrió la muerte de su padre, pero en lo personal supuso un hito importante en su vida: fue una de las diez personalidades, “gentiles hombres, experimentados y virtuosos y de buena sangre”, escogidas por su relevancia en las cuestiones militares, en los asuntos públicos, en las letras y en las artes, así como por su religiosidad, y designadas por los Reyes Católicos para acompañar al príncipe don Juan, primogénito de los Reyes y heredero de sus Reinos, en una especie de ensayo de Corte, con sede en la villa de Almazán, creada por los Reyes con mucha ilusión con el objetivo de reunir a los hijos de los nobles más importantes de Castilla para ser educados junto al príncipe. El recuerdo de la guerra civil pasada les animó a buscar la unión entre la Corona y la nobleza. La muerte de este joven príncipe, el 4 de octubre de 1497, deshizo aquel proyecto en que participó activamente frey Nicolás de Ovando.

No se le conoce una participación activa en la Guerra de Granada, aunque ello debe estar justificado por su dedicación cortesana. Nicolás de Ovando tampoco dejó de participar en la dirección de la Orden de Alcántara, cuyo maestrazgo pasó definitivamente, en 1494, a depender de la Corona de Castilla. Como fiel colaborador de los Reyes, de cuyo favor disfrutó de forma permanente, fue nombrado dos veces visitador de la Orden, cargo importante en la nueva estructuración de la Orden bajo el mandato ya de la Corona. Una de sus primeras actuaciones fue la reconstrucción de la propia ciudad de Alcántara, que había quedado destrozada tras la guerra de sucesión castellana. Se debió preocupar también de los pueblos y gentes pertenecientes a la Orden, de cuestiones jurisdiccionales, de lo religioso y de manera especial del Convento de San Benito, tan vinculado a los caballeros de Alcántara y donde Ovando querrá enterrarse.

 Tras la caída de Cristóbal Colón, seguido del gobierno poco afortunado de Francisco de Bobadilla, los Reyes decidieron nombrar a un hombre de toda su confianza, además de experimentado y resolutivo, como gobernador de las Indias. El 3 de septiembre de 1501 nombraban a frey Nicolás de Ovando gobernador y justicia de las “Islas y Tierra firme” de las Indias.

Ejercería el gobierno “por todo el tiempo que nuestra merced fuere”. Llevaba sueldo de 366.000 maravedís y concentraba en su persona poderes de justicia, gobierno, militar y hacendístico. Pocos días después, el 16 de septiembre, Ovando recibía unas Instrucciones para hacer frente a la nueva etapa de gobierno. La intención de la Corona era poblar “agora nuevamente” y a la manera de Castilla, más al gusto de los Colón.

Una de las primeras preocupaciones de la Corona era mantener el orden y la autoridad real en la colonia. De ahí que la experiencia ovandina y su manera resolutiva de afrontar los hechos le convirtieron en instrumento adecuado de cara tanto a la población indígena como a los revoltosos españoles. Otra de las inquietudes de la Corona era el establecimiento y el arraigo de la Iglesia en las nuevas tierras con vistas a una mayor evangelización y transmisión de la fe.

Respecto al nativo, los Reyes insistieron en el buen trato, que no sufriera abusos y que se le equiparase en derechos y obligaciones al español, incluso pudiendo concertar matrimonios mixtos. Igualmente, se establecía la obligación indígena de pagar tributo a la Corona como cualquier súbdito y vecino del Reino.

De cara a los españoles, se anulaban las franquicias dadas por Bobadilla y la explotación minera debía hacerse bajo fuertes controles para evitar el fraude. Desde el punto de vista colonizador, se ordenó levantar asientos cristianos con reparto de solares y de tierras con vistas a arraigar.

A principios de 1502, capitaneó una flota de treinta navíos “entre chicos y grandes” y no menos de dos mil quinientos tripulantes. Era la mayor armada que hasta esos momentos atravesaba el Atlántico. Dada su envergadura y el gran costo de la misma, se retrasó un poco y hubo ciertas dificultades para financiar los últimos gastos. El 13 de febrero de 1502, la poderosa armada dejaba Cádiz. Entre los tripulantes, no faltaron muchos nombres llamados a destacar años después en otros descubrimientos y conquistas, como los Francisco Pizarro, Juan Ponce de León o Bartolomé de Las Casas, entre otros. La flota arribó el 15 de abril de ese año al puerto de Santo Domingo, en la isla de La Española.

Durante los meses siguientes murieron más de mil personas, por causas diversas, tales como la falta de adaptación al trópico, la poca previsión en materia alimenticia, la fiebre por extraer oro a toda costa o la escasez de alimentos procedentes de Castilla. En los primeros días de julio de 1509, un huracán destruyó Santo Domingo y también la casi totalidad de la flota que había conducido Ovando, el cual tuvo bastante culpa en esa pérdida. Los historiadores se enfrentan a una decisión incomprensible y criticable de frey Nicolás, ya que autorizó que saliera la flota hacia España cuando el almirante Cristóbal Colón, de camino para su cuarto viaje, le avisó de que se avecinaba una gran tormenta y le aconsejó que no dejara partir a la flota. Se hundió casi toda ella, con un importante cargamento de oro perteneciente a la Corona y a muchos particulares. Los Reyes lamentaron mucho esta desafortunada decisión.

Tras el huracán, la vieja ciudad de Santo Domingo que había levantado Bartolomé Colón en la orilla izquierda del río Ozama quedó destruida, lo que permitió a Ovando, ese mismo año de 1502, refundar la nueva ciudad en lugar distinto y mejor: la orilla derecha del río Ozama, donde actualmente se encuentra. También se inauguró un nuevo proyecto urbanístico, definiendo una ciudad trazada a “regla y cordel” como mandaban los cánones renacentistas de trazado en damero. Este modelo urbano de la capital de las Indias marcará pautas y será tenido en cuenta posteriormente al fundarse otras ciudades americanas.

Entre 1502 y 1504, Ovando, con ese sentido eminentemente poblador, terminó de levantar el mapa de villas y ciudades de la isla, con sus propios ayuntamientos, completando así lo hecho por Cristóbal Colón. Facilitaron esta tarea las guerras del Higüey (1502-1503), primero, y posteriormente la pacificación de Jaragua (1503-1504). Estas dos guerras o pacificaciones, como solían llamarlas, definen bastante bien al personaje Ovando.

Desde muy pronto, antes de 1508, construyó nueve pares de casas en la acera Oeste de la calle de la Fortaleza o de Las Damas, las cuales donaría en su testamento a la Orden Militar de Alcántara. Posteriores a 1508 fueron otras seis casas que edificó en la acera Este de la misma calle y que donó a la Cofradía de la Concepción de Nuestra Señora y del Hospital de San Nicolás de la villa de Santo Domingo. Debieron de estar ya acabadas en septiembre de 1509.

El cacicazgo de Higuey, rico en labranzas de pan cazabe que servía para abastecer a la capital de la isla, estaba situado en la zona este o península más oriental de la isla La Española. Entre 1502 y 1503, Higuey soportó dos guerras, que dejaron muchos esclavos. El primer alzamiento indígena se remonta a principios de abril de 1502, casi al mismo tiempo que arribaba a La Española el nuevo gobernador de las Indias Nicolás de Ovando. El conflicto surgió por causa de ciertos abusos cometidos por algunos cristianos en la isla Saona, en tiempos de Bobadilla, al matar al cacique de la citada isla y provocar, acto seguido, un levantamiento indígena con la muerte de varios cristianos.

 Una vez declarada la guerra, Ovando nombró a Juan de Esquivel capitán general de la tropa española, el cual atacó a la principal instigadora, la anciana cacica Higuanamá, a la que mandó ahorcar. Resuelto esto, firmó un primer concierto de paz con el cacique Cotubano o Cotubanamá bajo la condición de que éste hiciera “una gran labranza de su pan para el rey”, y cumpliendo esto, quedarían en sus tierras y no serían molestados. Igualmente, Cotubanamá propuso un pacto de amistad a los españoles, siguiendo la costumbre indígena llamada “guaitiao”, que significaba intercambiar su nombre con el de Juan de Esquivel, en símbolo de amistad. Los españoles establecieron allí una guarnición de nueve hombres al frente de Martín de Villamán, los cuales pronto cometieron abusos provocando un nuevo levantamiento indígena con la consiguiente muerte de los españoles.

Informado el gobernador Ovando de la matanza, su reacción no se hizo esperar y proclamó a finales del año 1503 nueva guerra en el Higuey. Esta vez los combates fueron más duros. De nuevo puso al mando de la tropa a Juan de Esquivel y muchos acudieron bajo la promesa de obtener abundantes esclavos como beneficio. Tras numerosos combates y después de realizar hazañas notables por parte de ambos grupos, la resistencia indígena empezó a quebrarse y Cotubanamá tuvo que refugiarse en la isla de la Saona junto a sus familiares y algunos seguidores. Allá fue seguido por Esquivel y unos cincuenta hombres. Una vez descubierto y finalmente hecho prisionero por Juan de Esquivel, Cotubanamá fue enviado en una carabela a Santo Domingo, donde el gobernador Ovando lo mandó ahorcar en 1504. Con la muerte del cacique Cotubanamá quedó pacificado el cacicazgo del Higuey y Ovando fundó los poblados de Santa Cruz de Hicayagua y Sanvaleón de Higuey, nombrando a Esquivel teniente de gobernador de estas villas.

El segundo conflicto que abordó en la isla Ovando fue la pacificación del cacicazgo de Jaraguá (1503- 1504), situado en la zona Oeste de la isla y gobernado por la cacica Anacaona. Esta guerra se aprovechó, además, para meter en cintura a bastantes españoles que se habían refugiado en Jaraguá y que vivían allí desparramados por las aldeas aborígenes, llevando una vida regalada, emparentando con los caciques a través de sus hijas y rodeados de mancebas o criadas taínas. Ovando obligó a esos españoles “cerreros y mal domados” que de sus mujeres escogiesen a una y con ella, y sólo con ella, se casaran. Muchos sintieron esto como un verdadero castigo.

Otra decisión, igualmente incomprensible y muy criticable para todos, fue el comportamiento ovandino relacionado con la cacica de Jaraguá, Anacaona.

En un acto inexplicable, reunió hasta a ochenta caciques de la zona en un bohío y cuando estaban todos reunidos mandó prenderlo fuego. Poco después, la cacica Anacaona fue ahorcada en la plaza pública.

A partir de febrero de 1504 en que fue pacificada Jaraguá, Ovando mandó fundar en la zona Oeste de la isla cinco villas: Santa María de la Vera Paz, un homenaje a la paz alcanzada en la región, Yaquimo, Salvatierra de la Sabana, en el extremo Sur más occidental de la isla, Azua y San Juan de la Maguana. De estas cinco villas, el comendador Ovando nombró teniente suyo al principal capitán de estas guerras, Diego Velázquez de Cuéllar.

El 20 de diciembre de 1503, la reina Isabel la Católica, tras consultar a teólogos, letrados y juristas, firmó una Real Provisión legalizando los repartimientos de indios. Se autorizaba el trabajo forzoso de los indios en favor de los cristianos “pagándoles el jornal que por vos fuere tasado, lo cual hagan e cumplan como personas libres, como lo son, e no como siervos” y con la obligación de evangelizarlos. El cacique serviría de nexo entre el español y el taíno. La facultad de repartir indios proporcionaba un gran poder al gobernador, como pronto se demostró.

Entre 1503 y 1505, el comendador mayor hizo dos repartimientos generales de indios en la isla de La Española. Los beneficiados aprovecharon esta mano de obra no sólo para sacar oro de las minas, sino también para trabajos agrícolas y para servicio doméstico. Durante su gobernación, la población indígena disminuyó notablemente no sólo por el trabajo y por los abusos, sino por la suma de muchas causas.

Ovando se encargó también de explotar la riqueza aurífera de la isla. Las minas del Cibao y las de San Cristóbal, cerca del Jaina, alcanzaron gran producción en tiempos de Ovando, estableciendo cuatro fundiciones (dos en Concepción de la Vega y otras dos en Buenaventura) para fundir al año entre 200- 250.000 castellanos de oro entre las cuatro.

Otra reacción incomprensible del comendador se produjo entre 1503 y 1504 y tiene que ver con el salvamento de la flota colombina del cuarto viaje. A comienzos del verano de 1503, Diego Méndez protagonizó la hazaña de atravesar en canoa la distancia entre la isla de Jamaica y La Española con el fin de informar a Ovando de la situación desesperada en que se encontraban los supervivientes del cuarto viaje colombino. El gobernador tardó unos siete meses en permitir que aquéllos fueran auxiliados.

Llegó a decirse que al fin se decidió cuando desde el púlpito algunos religiosos empezaron a afearle su conducta.

Al final de su gobernación, tuvo que soportar otro hecho escandaloso: el desfalco hecho a la Hacienda Real por el tesorero de la isla La Española Cristóbal de Santa Clara. El hecho es sintomático de una etapa como la de Ovando: el tesorero era un joven muy protegido por el comendador, dado al lujo y a la buena vida, que abusó de la confianza del comendador gastando de lo suyo y de lo ajeno. Por otra parte, explica también esta situación la forma de gobernar casi absoluta de frey Nicolás. Nadie se atrevía a replicarle, aunque sospechas no faltaban.

En materia de descubrimiento y colonización, llevó a cabo varias acciones: Primero, comprobar que Cuba era isla y no alguna península de la Tierra Firme. Eligió a Sebastián de Ocampo para circunnavegar la isla. La expedición, compuesta por dos carabelas, debió de salir de La Española entre el 15 de abril y el 10 de julio de 1509 y culminó bien entrado el año 1509, contra lo que dice Las Casas. Algún autor ha sostenido que pudo llevarla a cabo a principios de 1507. Segundo, en 1508, encargó al piloto Andrés de Morales la exploración de la isla La Española y el dibujo de un mapa completo de la misma donde se recogiera toda la información posible. Parece que este mapa lo conoció y utilizó Pedro Mártir de Anglería. Y tercero, en el mismo año de 1508, encargó a Juan Ponce de León, pacificador del Higuey, el cacicazgo de La Española más cercano a la isla de San Juan, explorar y pacificar la isla de Borinquén. Decidió pronto, se lo comunicó al Rey y, sin esperar respuesta, formalizó con Ponce de León la primera capitulación el 15 de junio de 1508. El 12 de agosto arribaba en la región sur de Borinqué, en tierras del cacique Agüeybana.

En abril de 1509, Ponce de León regresó a la isla La Española donde firmó el 1 de mayo de nuevo con Ovando una segunda capitulación, en la cual fue nombrado capitán general de la isla de San Juan.

El año de 1508 significó el relevo, primero, sobre el papel, y al año siguiente, de hecho. El 8 de agosto de 1508, Diego Colón fue nombrado gobernador de las Indias y Tierra Firme, sustituyendo a Ovando. Todos reconocen que fue decisivo el apoyo del duque de Alba en favor de sus sobrinos, el segundo almirante y María de Toledo, para que el Rey nombrara a Diego.

También influyó para el cambio el enfrentamiento que se había producido entre Ovando y el grupo del obispo Rodríguez de Fonseca y de Conchillos.

El 9 de julio de 1509, llegaba a Santo Domingo el nuevo gobernador Diego Colón. Al día siguiente de llegar, con ausencia de Ovando, que andaba por tierras de Santiago, a unos 200 kilómetros de la capital, pueblo y Cabildo se reunieron en la iglesia y Diego tomaba las varas de la justicia con el ritual acostumbrado.

A un cambio de gobierno solía seguir el correspondiente juicio de residencia al gobernador saliente y a sus oficiales. Ovando lo sufrió y desesperó. El 17 de septiembre de 1509, el comendador mayor regresaba al fin de las Indias. La flota la componían dos naves. En una regresaba Hernando Colón, nombrado por el almirante capitán general de la flota. En el otro navío venía Ovando como subordinado. Esta decisión colombina no gustó a nadie, pues Hernando Colón tenía sólo veinte años.

Hernando Colón y el comendador mayor partieron juntos y en la isla de San Juan se separaron. Ovando llegó a Lisboa el 5 de noviembre, desde donde escribía al Rey, y Hernando entraba en Andalucía quizás unos días después.

Los años que van de 1509 a 1511, en que murió Ovando, son oscuros y se sabe muy poco de ellos. La mayor parte de ese tiempo la debió pasar en la villa de Brozas, sede de la encomienda mayor de la Orden de Alcantara que ostentaba frey Nicolás. No obstante, en febrero de 1511 fue llamado por el Rey Católico para que le acompañara a una campaña contra Orán, en el Norte de África, y fundar en Bujía un convento de la Orden. La expedición no se llevó a cabo, pero sí un capítulo general de la Orden de Alcántara en la ciudad de Sevilla a primeros de mayo. El día 29 del mismo mes el comendador Ovando moría en la ciudad hispalense. Su cuerpo fue trasladado al Convento de San Benito de Alcántara, como había previsto y ordenado frey Nicolás desde años antes, y cuyo sepulcro marmóreo se terminó unos decenios después.

Dispuso en su testamento la fundación de una capellanía con la obligación de los frailes de decir cada semana una misa de Requiem y al final un responso ante la sepultura del comendador mayor.

 

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Luis Arranz Márquez