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Al-Muzaffar

Biografía

Al-Muẓaffar: Abū Marwān ‘Abd al-Malik b. Muḥammad (Almanzor) b. ‘Abd Allāh b. Abī ‘Āmir al-Ma‘āfirī, Sayf al-Dawla, al-Muẓaffar bi-llāh. Córdoba, 364 H./975 C. – Frente al monasterio de Armilat a 15 kms. al norte de Alcolea, 16 de îafar de 399 H./20.X.1008 C. Chambelán (ḥā’ib) del califa cordobés Hišām II y gobernante y señor absoluto de al-Andalus entre los años 1002 y 1008.

Nació plausiblemente en el barrio de la Ruîāfa de Córdoba, en la suntuosa residencia que su padre Almanzor se había hecho construir allí dos o tres años antes, cuando, elevado a la magistratura de la Šurṭa (policía) media, se convirtió en uno de los primeros dignatarios del Estado. Su madre se llamaba al-Ḏalfā’ (la de la nariz pequeña y bonita), lo que indica su origen servil, su condición de esclava. ‘Abd al-Malik jamás dejó de sentir debilidad por su madre. Ibn ‘Iḍārī dice: “Fue el mejor de los hombres en testimoniar piedad filial a su padre, el más firme de ellos en sus promesas y el más unido a su familia y a sus clientes. Era para su madre de la misma manera. No equiparó a nadie con ella durante el tiempo de su poderío, ni cambió su estado, ni modificó su condición”. Su madre siempre le fue de gran ayuda, pues ésta no sólo protegió a su hijo en vida, librándolo del complot más importante urdido contra él, sino que también a la muerte de su hijo cuidó de su nieto Muḥammad b. ‘Abd al-Malik, que llegaría a ser señor de Jaén en 412/1021-22 y donde se mantendría un tiempo, muriendo en 419/1028-29.

‘Abd al-Malik, más conocido por su tardío título honorífico de al-Muẓaffar, pasó sus primeros tres años de vida en la mansión de su padre en la Ruîāfa. Cuando estaba a punto de cumplir los cuatro años, su progenitor —que se había hecho construir una suntuosa munya (Almunia) a la que había dado su propio nombre, llamándola al-‘Amiriyya— lo llevó a vivir allí a fines de 367/978 junto con el resto de la familia. En seguida mandó construir en terrenos cercanos una ciudad palatina al este de Córdoba, la llamada al-Madīna al-Zāhira (la ciudad resplandeciente) a la que, una vez acabada, se trasladó con todos sus familiares y gran número de clientes en 370/981, y en la que ‘Abd al-Malik creció y vivió el resto de su vida, salvo en los cortos periodos de ausencia por motivos políticos y militares; pues su padre dotó a sus hijos, así como a los principales dignatarios de su séquito, de espaciosas mansiones. Con todo, cuando ‘Abd al-Malik fue dueño del poder se construyó para él una nueva residencia, un alcázar fortificado extramuros de la ciudad palatina, a la cual daría el nombre de al-Ḥā’ibiyya, denominación extraída de su título de ḥā’ib, la duración de este alcázar fue de unos seis años a lo máximo.

La estrella de ‘Abd al-Malik se elevó en 379/989, cuando su hermano consanguíneo ‘Abd al-Allāh, seis años mayor, participó en una conjura contra su padre Almanzor, en compañía de ‘Abd al-Raḥmān b. Muṭarrif, jefe de la Marca Superior, cuya capital era Zaragoza, y de ‘Abd Allāh b. ‘Abd al-‘Azīz, conocido en romance como Piedra Seca, gobernador de Toledo, que prometieron al joven de 22 años que le ayudarían a derribar a su padre y a ocupar su puesto. Descubierta la conjura, el joven ‘Abd al-Allāh, aunque se refugiara en Castilla, a la postre fue entregado a Almanzor, quien mandó ejecutarlo y enviar su cabeza al califa Hišām II a Madīnat al-Zahrā’, junto al parte de las victorias obtenidas allende el Duero en el año 380/990. A partir de ese momento ‘Abd al-Malik se vuelve de más en más importante. Pero ya antes, avezado en alguna campaña militar, había sido enviado por su padre en 388/998 al otro lado del Estrecho con un ejército para reforzar al general en jefe destacado en la región, el fatà kabir, el gran oficial esclavón Wāḍiḥ, encargado de pacificar el país, a fin de controlar el territorio, y a la vez vigilar entre otros intereses el comercio, mantener el flujo de oro desde el Sudán y tener en mano la recluta de mercenarios para mantener ejércitos combativos, en su política de legitimación por medio de la guerra santa, contra los cristianos del norte peninsular.

‘Abd al-Malik se distinguió en los combates por su pericia y valor —Ibn ‘Iḍārī en el Bayan advierte que “combinaba el exceso de modestia con la extremada valentía”— hasta tal punto que en la batalla más decisiva, rota un ala del ejército andalusí, dirigió personalmente la carga restableciendo no sólo la situación, sino alcanzando la victoria contra el ejército zanāta de Zīrī b ‘Aṭiya. ‘Abd al-Malik entró triunfante en Fez en sawwal de 388/octubre de 998.

Esta victoria tuvo gran resonancia en Córdoba, donde Almanzor para celebrarla manumitió y dotó a mil quinientos esclavos suyos, y ordenó el reparto de limosnas a todos los menesterosos de sus dominios. Instalado en Fez como un auténtico virrey, ‘Abd al-Malik nombró jefes de distrito hasta Si’ilmāsa, puerta del desierto y depósito del tráfico comercial transahariano, amén de someter a los habitantes de esas tierras a impuesto. En Fez hizo algunas obras edilicias, así como mejoras en la mezquita aljama de al-Qarawiyyīn. Unos meses más tarde fue llamado a Córdoba por su padre, llegando el 28 de rabī‘ II de 388/18.IV.999; mientras Wāḍiḥ, el gran fatà, volvía al norte de África para reemplazarlo.

Almanzor dueño único y absoluto del poder, renunciaría al título de ḥā’ib, chambelán, dándoselo a su hijo —si bien el dictador se atribuyó otros títulos verdaderamente soberanos: Sayyid, señor, y Malik Karīm, noble rey— ‘Abd al-Malik entretanto se había hecho imprescindible para las empresas guerreras de su padre. En la expedición llamada de Cervera (gazwat Sarbīra) en el verano del año 390/1000, frente al ejército mandado por el conde de Castilla, Sancho García, por primera vez Almanzor estuvo cerca de la derrota al bascular los cristianos el ala derecha del ejército musulmán, la situación se restableció gracias a un destacamento mandado por ‘Abd al-Malik y ‘Abd al-Raḥmān (Sanchuelo), el otro hijo de Almanzor. Parece que en las últimas expediciones de Almanzor, éste iba acompañado de sus dos hijos.

Así, cuando el dictador muera en Medinaceli el 2 de ramadán de 392/noche del 10 al 11 de agosto de 1002, ‘Abd al-Malik se hallará a la cabecera del lecho de su padre, quien antes de morir tuvo tiempo de aconsejar a su hijo la manera de mantener el poder en manos de su familia; pues, a más de haberle allanado el camino, le dejaba una hacienda próspera, así como los graneros y depósitos de armas bien provistos. Le advierte que debe vigilar a los recaudadores de impuestos y no malgastar los recursos del Estado. En vista de que la jāssa o aristocracia principesca y de servicio ha sido aniquilada, es importante que mantenga y conserve las prerrogativas externas del califa Hišām II, manteniéndolo aislado y entretenido lejos de los asuntos de Gobierno. Eso sí, debe cuidarse de la camarilla que le rodea, a fin de que no lo utilicen para sus fines o intrigas, pues “todo el mal vendrá de aquel que consiga ganárselo y pretenda alzarse en su nombre”. Finalmente ha de tratar con benevolencia a su hermano consanguíneo ‘Abd al-Raḥmān (Sanchuelo), más joven y peor dotado que él, y servirse de los clientes amiríes, miembros todos de su familia extensa, para los puestos de confianza tanto en la capital como en las fronteras.

Estas recomendaciones, como nos transmite Ibn Ḥayyān, también se las hizo a sus clientes esclavones, exhortándolos a que se mantuvieran alerta y obedecieran a ‘Abd al-Malik, “vuestro hermano y señor, y no os dejéis seducir por el resplandor de los Omeyas, ni por las promesas de aquellos de sus miembros que sólo pretenden dividiros… Nadie después de muerto yo tendrá tanto celo por vosotros como mi hijo. La clave de vuestra fuerza es que os mantengáis juntos como un solo hombre”.

Tomando al pie de la letra los consejos de su padre ‘Abd al-Malik se apresuró a volver a Córdoba, dejando a su hermano menor al cargo de las exequias de su progenitor. Aun cuando en el palacio califal intrigaban esclavos palatinos y clientes marwāníes, e incluso llegaron a soliviantar a la plebe urbana, sus esperanzas fueron vanas. Hišām II, que tenía un temperamento apacible, le entregó un decreto en el que le confería las mismas prerrogativas que a su padre, rogándole que evitase el derramamiento de sangre. Da la impresión de que ‘Abd al-Malik siempre agradeció al Califa su buena disposición para que él recibiera la herencia paterna sin dificultades. Por eso lo tratará con mayores miramientos que Almanzor, llegando incluso a invitarlo a ciertas fiestas en su palacio al-Zahira. El decreto de investidura fue leído públicamente desde el almimbar de la mezquita aljama cordobesa. En cuanto a los fatà-s palatinos que habían tomado posiciones contra el nuevo gobernante, fueron desterrados a Ceuta.

Acto seguido se expidieron cartas a las provincias de al-Andalus y allende el Estrecho, dando cuenta del fallecimiento de su padre y de su nombramiento para regir en su lugar los destinos del imperio, un imperio completamente pacificado y sólidamente organizado que gozaba de una prosperidad económica sin precedentes. Autores de diversas épocas se hacen eco de esta situación en términos parecidos: Los siete años del régimen de ‘Abd al-Malik fueron para al-Andalus un período de paz y de bonanza, una verdadera edad de oro, si se compara con los sucesos que sobrevendrían a su muerte, que trajeron, a más de una cruenta guerra civil, la ruina del califato. Los cronistas están de acuerdo en comparar el corto periodo de su mandato con la primera semana de bodas (sābi‘ al-‘arūs) de unos recién casados. En términos generales se dio una verdadera luna de miel entre el hā’ib y su pueblo. Al-Maqqarī resume el período de la siguiente forma: “Cuando murió Almanzor se alzó con el poder tras él su hijo ‘Abd al-Malik al-Muẓaffar Abū Marwān. Siguió el proceder de su padre en la política y en las incursiones. Los días de su reinado fueron fiestas. [El reinado] duró siete años y se le dio el nombre de al-Sābi‘ por alusión a sabi‘ al-‘arūs” (cuando a los siete días de casados los esposos dan una fiesta a sus familiares y amigos). Sabemos efectivamente que desde su advenimiento ‘Abd al-Malik se concilió las voluntades de las gentes, reduciendo un sexto los impuestos (‘ibāya) de todo el país y rebajando los atrasos de los tributos impagados.

Así mismo se consagró a seguir la conducta que su padre le había indicado en sus últimas recomendaciones: justificar la necesidad de su régimen y conservar su popularidad, mediante la paz interior y el hostigamiento continuo al enemigo cristiano más allá de las fronteras. Así cada año de la jefatura de ‘Abd al-Malik está marcado por una expedición de verano (îā’ifa) o de invierno (Šātiya). Enseguida, en 393/1003, dirigió una expedición hacia Cataluña, devastó las cercanías de Barcelona y tomó 35 castillos (85 según Ibn ‘Iḍārī), así como 5570 cautivos, estableciendo en algunas fortalezas guarniciones musulmanas, donde cada hombre recibía dos dinares al mes y una tierra de labor. Éste es un ejemplo de las contadas veces que se intentó repoblar la tierra con musulmanes allende las fronteras de al-Andalus, desde la fundación del emirato independiente.

En el año 394/1004 tal era el prestigio de ‘Abd al-Malik, que fue solicitado para ejercer de árbitro en una querella entre el conde de Castilla, Sancho García, su aliado en la anterior aceifa contra Cataluña, y Mendo González, el tutor gallego del pequeño rey leonés Alfonso V, que contaba diez años, y ambos magnates querían para sí la regencia del reino. El juez de los mozárabes de Córdoba Asbag b. ‘Abd Allāh b. Nabīl, enviado por el ḥā’ib amirí, se pronunció a favor del gallego. Esto desató las iras del castellano, que, según el historiador Ibn Ḥayyān, tuvo que sufrir una aceifa musulmana por su territorio, viéndose obligado a ir a Córdoba y comprometerse a servir de nuevo en las futuras expediciones guerreras de ‘Abd al-Malik.

En el verano de 395/1005 ‘Abd al-Malik se dirigió en aceifa contra el Reino de León y contra sus rivales los Banū Gómez de Carrión, corriendo las llanuras de Zamora, muy devastada por las expediciones de Almanzor, capturando alrededor de 2000 prisioneros y tomando cuantioso botín.

En el otoño de 396/1006 se repitió la campaña, pero hacia el noreste. Aunque la expedición se llamó de Pamplona, en realidad se dirigió a Zaragoza, Huesca y Barbastro, para penetrar desde esa ciudad en territorio enemigo. Comenzó por devastar la llanura habitada de Binueste, y desde allí hacia San Juan de Matidero en Sobrarbe. La expedición se malogró por el frío y las recias lluvias. De vuelta a Córdoba, según Ibn ‘Iḍārī, el vulgo comentaba con desprecio esta expedición, “porque no les habían sido traídos jóvenes cautivos con los que renovar sus deleites, según la costumbre de los tiempos de su padre… La codicia de un tratante de esclavos le hacía decir: Murió el importador de esclavos, aludiendo a Almanzor”. ‘Abd al-Malik para combatir esos malévolos rumores, hizo insertar en el mensaje de la victoria un párrafo en el que explicaba la razón de su malograda expedición.

Para colmo de males ese mismo año fue descubierto por su madre Ḏalfā’ un complot contra él (Ibn ‘Iḍārī data los hechos dos años más tarde, si bien parece más fiable la fecha más temprana). Ya antes ‘Abd al-Malik se había desembarazado del fatā kabīr, el gran oficial Tarafa, que llegó a ser nombrado jalīfa (título que sólo llevaron esclavones amiríes que desempeñaron un papel político de primer orden como, por ejemplo, Wāḍiḥ, Jayrān, Zuhayr, Mu’āhid) y ḥāyib durante una grave enfermedad del propio ‘Abd al-Malik. Acusado de corrupción y de conspiración, fue deportado a Baleares y, meses después, eliminado en un calabozo. En esa conspiración se vio complicado el poeta al-Ŷazīrī, otrora prefecto de policía y jefe de la cancillería, dicho personaje fue asesinado en la cárcel.

Pero fue la conjura descubierta por Ḏalfā’ la que cambió del todo a ‘Abd al-Malik. Éste había confiado la dirección administrativa del Estado al visir ‘Īsā b. Sa‘īd, a cuyo hijo el ḥā’ib le dio incluso la mano de una de sus hermanas. ‘Isa en el culmen del poder concibió el proyecto de derribar a ‘Abd al-Malik y a Hišām II, y colocar en el trono a uno de los conjurados, Hišām b. ‘Abd al-Yabbār, nieto de ‘Abd al-Raḥmān III; detrás, la vieja aristocracia cordobesa, fuera del juego político, apoyaba la conjuración. ‘Īsā b. Sa‘īd fue invitado a al-Madīna al-Zāhira y sin más asesinado. Días más tarde el pretendiente al Trono fue llevado a una cámara expresamente construida para él “y no se le vio más”. Estos hechos sucedían a comienzos de diciembre del año 1006.

A partir de entonces ‘Abd al-Malik tomó las riendas del Estado y se dedicó con ímpetu a legitimar su posición mediante la guerra santa. Efectivamente, en 397/1007 condujo una aceifa hacia Castilla en septiembre. Atacó la ciudad de Clunia y derrotó a los castellanos, volviendo a Córdoba con un gran botín de esta expedición, conocida con el nombre de gazat al-Naîr (la incursión de la victoria). A su vuelta a Córdoba solicitó y obtuvo del Califa el laqab o título honorífico de al-Muẓaffar (el Triunfador) —hasta entonces se había contentado con el de Sayf al-Dawla (espada de la dinastía)— así como la kunya o sobrenombre honorífico de Abū Marwān, elevando a su hijo Muḥammad al doble visirato, por encima de los demás visires y dándole la kunya de Abū ‘Āmir.

Aunque no poseyera la cultura de su padre, ‘Abd al-Malik también mantuvo un círculo de poetas y literatos oficiales a los que pagaba pensiones. Con motivo precisamente de la imposición del nombre honorífico de al-Muẓaffar bi-llāh (el Triunfador merced a Dios) y de la kunya de Abū Marwān, se han conservado una serie de versos de distintos poetas conmemorando este hecho. Hay un poeta que especialmente resume la atmósfera de esos fastos refiriéndose al ḥā’ib y recogidos en el Bayān: “Tiempos nuevos y acciones nuevas/Una vida que es esplendorosa y una prosperidad que se acrecienta/Lluvia abundante cae y vivir es grato/El poderío persiste y vuelve la fiesta/La suerte llama a ‘Abd al-Malik/como el sol de la mañana que la fortuna favorece”.

Lejos estaban poetas y cortesanos de sospechar que estaban viviendo el fin de una época, la llamada Expedición de la Enfermedad (gazat al-‘illa) sin embargo pareció a algunos premonitoria. En efecto, en el transcurso del invierno de 398/1007-1008 se dirigió a la fortaleza de San Martín (quizá San Martín de Rubiales, a la orilla derecha del Duero entre Roa y Peñafiel) que fue tomada y pasada a cuchillo su guarnición arteramente, y repartidos después niños y mujeres entre los vencedores. Al-Muẓaffar, enfermo ya, trató de reponerse en Córdoba, ordenando preparar una expedición de invierno. Con dolores salió de la capital a mediados de îafar de 399/martes 19 de octubre de 1008, pero tuvo que ordenar un alto, y al día siguiente moría de una angina de pecho. Frente al Monasterio de San Zoilo Armilatense el 20 de octubre de 1008, cuando contaba treinta y tres años. Expiró frente al lugar que los cronistas musulmanes denominaban Dayr Armilāt, que se hallaba a unos escasos 15 kilómetros de Alcolea, en la linde de los términos de Córdoba, Adamuz y Ovejo, y que ha dado su nombre a un riachuelo que pasaba cerca del lugar, el Guadalmellato. Era en las inmediaciones de ese monasterio donde se solía hacer la primera parada de etapa o jornada al salir de Córdoba camino de Toledo. El mismo lugar donde sería asesinado Sanchuelo, el hermano de Al-Muẓaffar, apenas cuatro meses después.

A consecuencia de la rapidísima muerte del ḥā’ib, algunos cronistas insisten en que ‘Abd al-Malik fue envenenado por su hermano Sanchuelo, valiéndose de un cuchillo emponzoñado por una cara de la hoja, partió una manzana y la mitad envenenada se la dio a su hermano mientras él comía la otra. Hasta una fuente cristiana tan lacónica —pero siempre tan vertida hacia las cosas moras— como los Anales Toledanos II, salidos parece de la mano de un mudéjar, recogen: “Comió Sanchol media manzana, e dio la otra media a su hermano Abdelmalik, e murió con ella”.

Esto no parece descabellado, ya que la madre de ‘Abd al-Malik, Ḏalfā’, ayudó con sus dineros al seguido derrocamiento de Sanchuelo, y el nuevo califa Muhammad al-Mahdī no hizo nada contra ella ni contra su nieto, más bien lo contrario, según el Bayān: “Protegió Muhammad entretanto a Ḏalfā’, y al hijo de su hijo y sus bienes, y le permitió instalarse en su casa en la parte norte de la ciudad. Se trasladó a ella con lo que le quedaba y allí permaneció rodeada de sus bienes en libertad para disponer de sus propiedades. Había tomado medidas para sacar los dineros y tesoros y darlos en depósito antes de los acontecimientos; tras eso los recogió el hijo de su hijo Muḥammad b. ‘Abd al-Malik, después de que ella muriera”. Las fuentes difieren acerca de la suerte que corrió el hijo de Al-Muẓaffar, unas dicen que se aposentó en Jaén, donde murió como señor de la ciudad en 419/1028-29; otra versión, que parece más admitida, mantiene que se refugió con el eunuco amirí Jayrān, régulo de la taifa almeriense, quien lo nombró ḥā’ib dándole a su vez el gobierno de la ciudad de Murcia, luego las cosas se deterioraron entre ellos y Jayrān lo echo de la ciudad. Muḥammad se refugió en Orihuela intentando resistir, pero tuvo que abandonar la ciudad y dejar sus bienes personales que eran muchos —los salvados antaño por su abuela Ḏalfā´— Se vio obligado a pedir auxilio al señor de Denia, Mu’āhid, otro esclavón amirí, que lo amparó durante un tiempo, terminando por llevárselo a Córdoba en 417/1026. Finalmente desde allí se fue al Algarve, donde murió de viruelas en 421/1030.

Con la desaparición de Al-Muẓaffar se inicia la guerra civil que traería la caída del califato cordobés y la desagregación de al-Andalus en los llamados reinos de taifas.

 

Bibl.: “Anales Toledanos II, ed. H. Flórez, España Sagrada, XXIII (1757) págs. 401-409; al-Maqqari, Nafḥ al-tīb, ed. bajo el título de Analectes sur l’Histoire et la Littérature des Arabs d’Espagne, t. I, ed. R. Dozy, G. Dugat, L. Krehl, W. Wright, Leide, 1855, págs. 276-277; Ibn al-ATĪr, Al-Kāmil fī-l-ta’rīj, t. IX, ed. C. J. Tornberg, Leide, Brill, 1863, pág. 176 (trad. de E. Fagnan, Annales du Maghreb et de l’Espagne, Argel, A. Jourdán, 1898, págs. 348-385); Ibn JaldŪn, Kitāb al-‘Ibar, Būlāq, 1867, vol. IV, pág. 148; R. Dozy, Supplément aux dictionnaires arabes, Leide, Brill, 1881, t. I, págs. 626-627; al-DabbĪ, Bugyat al-multamis, ed. F. Codera y J. Ribera (Bibliotheca-Arabico-Hispana III), Madrid, 1884, n.º 852, pág. 307; A. Prieto Vives, Los Reyes de Taifas, Madrid, E. Maestre, 1926, págs. 39-40; R. Castejón, “Córdoba califal”, en Boletín de la Real Academia de Ciencias y Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, VIII (1929) págs. 255-339; R Blachère, “Un pionnier de la culture arabe oriental en Espagne au Xème siècle. Sa‘id de Bagdad”, Hespéris, X (1930) págs. 15-36; Ibn ‘IḎĀrĪ, al-Bayān al-Mugrib fī [ijtiîār] ajbār mulūk al-Andalus wa l-Magrib, con título y subtítulo en francés que reza: Al-Bayān al-Mugrib. Tome troisième. Histoire de l’Espagne Musulmane au XIème siècle. Texte Arabe publié par la première fois d’après un manuscrit de Fès, ed. E. Lévi-Provençal, Paris, Paul Geuthner, 1930, págs. 3-37 (trad. crít. [con centenares de correcciones, merced a la Ḏajīra de Ibn Bassām y a las “Observations sur le texte du tome III du Bayān de Ibn ‘Iḍārī”, establecidas por E. Lévi-Provençal, en Mélanges Gaudefroy de Mombynes, El Cairo, 1935-1945, págs. 241-258] por F. Maíllo Salgado, La Caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas [al-Bayān al-Mugrib], Salamanca, Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca, 1993, págs. 11-43,118 y 142); M. M. Antuña, “El canciller de Córdoba Almodafar y sus expediciones contra los cristianos”, en Religión y Cultura, XIII (1931), págs. 181-190; XIV (1931), págs. 321-330; R Blachère, “La vie et l’oeuvre du poète-épistolièr andalou Ibn Darrag al-Kastalli”, en Hespéris, XVI (1933), págs. 91-121; F. Hernández Jiménez, “Estudios de geografía histórica IV. Mumqasar y MadanīŠ=Monmagastre y Meyá”, en Al-Andalus, IV (1941), págs. 339-355; E. García Gómez, “Entrada de Ibn Hazm en el mundo oficial”, en Al-Andalus, XVIII (1953), págs. 437-438; Ibn al-JatĪb, Kitāb A‘māl al-a‘lām, ed. E. Lévi-Provençal bajo el título Histoire de l’Espagne Musulmane (Kitāb A‘māl al-A‘lām), Beirut, Dār al-Makchouf, 1956, págs. 83-89 (trad. de W. Hoenerbach, Islamische Geschischte Spanien. Übersetzung der A‘māl al-A‘lām und Ergänzender Texte, Zürich-Stuttgart, Artemis Verlags, 1970, págs. 189-197); al-ḤumaydĪ, Yaḍwat al-muqtabis fī ḍikr walāt al-Andalus, ed. M. B. Tawit al-Tan’i, El Cairo, al-Dār al-Miîiriyya, 1966, n.º 509, pág. 240; E. Lévi-Provençal, España Musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de J. C.), t. IV de la Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, 3.ª ed. Madrid, Espasa-Calpe, 1967, págs. 423-447; F. de la Granja, “El testamento de Almanzor”, Miscelánea J. M.ª Lacarra, Zaragoza, Universidad, 1968, págs. 30-32; J. M. Continente, “Abū Marwān al-Ŷazīrī, poeta ‘amirí”, en Al-Andalus, XXXIV (1969), págs. 123-141; E. Lévi-Provençal, “Al-Muzaffar”, en Encyclopédie de l’Islam, t. II, Leide-Paris, Brill-Maisonneuve, 1975, págs. 817-818; Ibn BassĀm, Kitāb al-Ḏajīra fi maḥāssin ahl al-Ŷazīra, ed. I. ‘Abbās, Beirut, Dār al-Taqāfa, 1979, (reimpr. Libia-Túnez, 1981), págs. 78-84; M. J. Rubiera Mata, La Taifa de Denia, Alicante, Diputación, 1985, págs. 77-81; F. Maíllo Salgado, “Del mudejarismo de los Anales Toledanos Segundos”, en Studia Hispanica. Historia Medieval, VII (1989) págs. 209-213; Anónimo, Kitāb Mafājir al-Barbar, ed. M. Ya‘là, Tres textos árabes sobre los beréberes en el Occidente Islámico, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1996, págs. 169-180; L. Bariani, Almanzor, San Sebastián, Nerea, 2002, págs. 235-249.

 

Felipe Maíllo Salgado

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