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Pedro de Alvarado

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Biografía

Alvarado, Pedro de. Badajoz, 1485 – Guadalajara (México), 4.VII.1541. Conquistador de Guatemala.

Sus padres, Gómez de Alvarado y Messía, comendador de Lobón (Badajoz), y Leonor de Contreras, de estirpe noble aunque de escasa hacienda, dejaron abundante prole, compuesta de seis hermanos y tres hermanas. Todos los hermanos emigraron a las Indias recién descubiertas, en donde corrieron diversa suerte y fortuna. En 1510, Pedro de Alvarado, “siendo un pobre soldado, aunque de noble sangre, con una espada y una capa pasó a estas partes a buscar la vida”, según lo describe su compañero de armas Bernal Díaz del Castillo. Llegó a La Española en compañía de cuatro de sus hermanos y tuvieron como primer hogar la casa de un hermano de su padre, Diego de Alvarado y Messía, un pacífico poblador que había llegado a la isla en 1499, amasando una mediana hacienda, y que en ese tiempo desempeñaba el cargo de regidor del ayuntamiento.

Pedro de Alvarado, de espíritu inquieto, buen soldado y con ambiciones, en 1511 se enrola en la expedición que el gobernador Diego de Velázquez organizó para la conquista de Cuba, en la que destacó por sus acciones y méritos, y en 1513 ascendió a capitán. En Cuba obtuvo su primer botín, que consistió principalmente en una encomienda de indios que le proporcionaron tributos y servicios personales. El 25 de enero de 1518 partió de la isla una expedición al mando de Juan de Grijalva en dirección del casi desconocido continente, que recorrió las costas de Yucatán, Cozumel y gran parte del golfo de México. Alvarado estuvo al frente de una nave y se distinguió en sus enfrentamientos con los indígenas por su valentía, temeridad y riesgo, características que siempre le acompañaron en su azarosa vida de conquistador. El primer gran fruto de la expedición fue el descubrimiento del fabuloso imperio de los aztecas, cuyos emisarios contactaron por primera vez con los españoles. Un esplendoroso futuro se abría a las ambiciones de los conquistadores. Además, rescataron una buena cantidad de oro de los indios, de la que en parte se benefició Alvarado.

Las halagüeñas noticias de que eran portadores los navegantes animaron al gobernador Diego de Velázquez a organizar una nutrida expedición para adentrarse en el continente a la conquista y posesión de los reinos y tierras desconocidas, compuesta por once buques, cerca de setecientos hombres entre soldados, escopeteros, jinetes y marineros, diez cañones, quince caballos, doscientos indios y algunos negros de servicio. El 18 de noviembre de 1518 zarpó la flota al mando de Hernán Cortés. En ella participó Alvarado como socio, pues, como dice en una de sus cartas, “yo vine con caballos y armas y otras cosas y vine por capitán de otra nao y gente a mi costa”. A partir de ese momento, Alvarado se convertirá en uno de los hombres de confianza y principal capitán de Cortés.

Una vez arribaron a tierra, fundó Cortés la Villa Rica de la Veracruz, la dotó del correspondiente cabildo y, por su importancia portuaria, la asentó como principal soporte de sus futuras conquistas. Allí, el conquistador se percató de la magnitud y gran riqueza del imperio azteca, maduró sus planes para su conquista y dominio y tomó la decisión de independizarse del gobierno de Diego de Velázquez. Pergeñó lo que iba a ser una constante en su actividad conquistadora: combinar pactos y guerras con los señoríos indígenas, según viniera al caso, y, sobre todo, pactar con los reinos indígenas enemigos de los aztecas y hacerlos sus amigos y aliados. El primer éxito fue el convenio con los tlaxcaltecas, enemigos acérrimos de los aztecas por ser las víctimas habituales de los sangrientos sacrificios humanos que los mexicas ofrecían a sus dioses. Alvarado aprendió esta táctica de Cortés, aunque nunca la llevó a cabo con la debida ecuanimidad. Después de superar no pocos obstáculos, la expedición de Cortés, formada por cuatrocientos españoles y varios miles de indios auxiliares tlaxcaltecas, logró entrar el 8 de noviembre de 1518 en el corazón del imperio azteca, la gran ciudad de Tenochtitlán, que dejó atónitos a los conquistadores, residencia del emperador Montezuma, cuyo palacio atesoraba grandes riquezas de oro. Cortés se percató inmediatamente de que los aztecas le eran más bien hostiles y el 14 del mismo mes, para asegurar la defensa de su hueste, apresó a Montezuma en su palacio. En mayo de 1520, Cortés tuvo que abandonar precipitadamente la ciudad, pues le habían llegado noticias de que Velázquez había enviado una expedición a la Veracruz con la finalidad de castigar su desobediencia.

Quedó Alvarado con ochenta españoles y sus auxiliares tlaxcatecas en la capital para custodiar al emperador, y el 16 de mayo se consumó la tragedia, que iba a acompañar ya siempre al nombre de Alvarado. En ese día celebraban los aztecas la gran fiesta de Toxcatl en honor del temible dios Uitchilipochtli, a quien sacrificaban anualmente miles de víctimas humanas. Sorpresivamente Alvarado ordena a sus hombres irrumpir en la ceremonia y matar a los nobles asistentes. Este acto sangriento ha quedado registrado como la “Matanza de Tlatelolco”. De ella, se cuentan al menos con tres narraciones que coinciden en el hecho pero no en las causas. Del examen de los textos se deduce que varios fueron los motivos que indujeron a Alvarado a tomar tan drástica decisión. El creciente miedo de Alvarado y de los españoles, rodeados de poderosos enemigos, a ser muertos y sacrificados; el deseo de los tlaxcaltecas de vengarse de los odiados aztecas; el peligro, a los ojos de Alvarado, de que la fiesta diera origen a un ataque de los mexicas; la imprudencia y la prisa de Alvarado por buscar una solución violenta, acorde a su carácter: “Voto a Dios que hemos dado en estos bellacos —dijo Alvarado—. Pues que ellos nos querían dar, comencemos nosotros los primeros [...] de ruin a ruin el que primero acomete vence”.

La matanza dio origen a una gran sublevación de los aztecas. Durante treinta días estuvieron angustiosamente cercados los españoles con el prisionero Montezuma. Enterado de lo sucedido en Tlatelolco, y puestas las cosas en orden y a su favor en Veracruz, Cortés acudió precipitadamente a Tenochtitlán a donde llegó el 24 de junio de 1520. Reprendió a Alvarado su comportamiento, pues su intención era la conquista pacífica del imperio indígena. Intentó Cortés a través de Montezuma apaciguar los ánimos, pero el resultado fue la muerte del emperador de una pedrada. Viendo Cortés que todo estaba perdido y que el cerco se estrechaba, el 30 de junio decidió romperlo y huir de la ciudad. El resultado fue desastroso para la hueste de Cortés, pues en esa famosa Noche Triste murieron entre seiscientos y ochocientos españoles. Alvarado se distinguió por su valor y cuentan algunos relatos que, con su lanza, saltó de una parte a otra de un foso, de cuyo salto —el llamado Salto de Alvarado— quedaron espantados los indios y también los españoles, pues era grandísimo y otros no lo pudieron hacer, aunque Bernal Díaz del Castillo, presente en la refriega, le resta importancia. Cortés reorganizó su ejercitó, al cabo de unos meses se acerca de nuevo a la capital y después de un largo y sangriento cerco, el 13 de agosto de 1521, entra triunfante en la ciudad. El imperio azteca se desmorona. A partir de ese momento, Cortés envía a sus capitanes a la conquista y pacificación de otros reinos y señoríos. Alvarado dirigió varias expediciones, destacando en la conquista de la Misteca y la zona costera de Tehuantepec. Rescató mucho oro y su fama iba creciendo. En México, Alvarado, que era de buena y graciosa presencia y de pelo rubio, accidente este último que llamó mucho la atención de los indígenas, recibió el nombre de Tonatiu, el hijo del sol, y así fue llamado habitualmente por los indios.

El 6 de diciembre de 1523 es la fecha clave en la vida de Alvarado. Ese día, por orden de Cortés, sale de México, camino de Centroamérica, acompañado de una hueste, integrada por unos trescientos soldados, entre ellos ciento veinte escopeteros y ballesteros, ciento treinta y cinco de a caballo, cuatro tiros y mucha pólvora y unos mil indios auxiliares tlaxclatecas, cholutecas y mexicanos, para la conquista y el dominio de nuevas y desconocidas tierras. Cuando Pedro de Alvarado penetró en la región, se encontró con una serie de reinos y señoríos, que poseían unas estructuras sociales, políticas y económicas razonablemente desarrolladas, entre los que descollaban los reinos de los quichés, cakchiqueles, zutuhiles, mames y pipiles, los cuales ofrecieron resistencia al conquistador y tuvieron que ser sometidos separadamente. Los fines perseguidos por Cortés eran conquistar las regiones del istmo, frenar la expansión de otros conquistadores procedentes de Nicaragua y buscar el ansiado paso entre ambos océanos, cometido que, según confiesa Cortés, “es la cosa que yo en este mundo más deseo topar, por el gran servicio que de ello” el emperador recibiría. Alvarado dirige su hueste a la costa sur de México, conquista la región costera de Soconusco y, en los primeros meses de 1524, somete por la fuerza el poderoso reino de los quichés, mata en una batalla al noble guerrero indígena Tecún-Uman, su jefe, se alía con los cakchiqueles, enemigos declarados de los anteriores y con su ayuda conquista a los zutuhiles y acaba con la resistencia de los quichés. Luego, penetra por las regiones del oriente de Guatemala, sostiene algunas escaramuzas con los xincas y otras tribus que le ofrecen resistencia y el 6 de junio irrumpe en el actual El Salvador y acaba, no sin duros enfrentamientos, con el reino de los pipiles. Cuenta Alvarado: “a mí me dieron un flechazo que me pasaron la pierna, de la cual herida quedé lisiado, que me quedó una pierna más corta que la otra cuatro dedos”. Regresa a Guatemala y, el 25 de julio de 1524, funda la ciudad de Santiago de los Caballeros en Iximché, capital del reino de los cakchiqueles, la cual sufriría en unos años varios traslados hasta quedar definitivamente instalada en el valle de Panchoy en 1543, y pronto acabaría convirtiéndose en la cabeza y principal ciudad de la Gobernación de Guatemala.

Pero, a pesar de las fulgurantes campañas de Alvarado en 1524, no todo el territorio estaba conquistado y menos pacificado, pues había señoríos todavía no sometidos, y no tardarían sus amigos los cakchiqueles en iniciar una sangrienta y larga sublevación por las extorsiones a los que les sometían. De hecho, la tierra descubierta no acabó de estar dominada hasta el año 1530 y, a partir de 1526, serían sus capitanes, entre los que destacó su hermano Jorge de Alvarado, los que llevaron a cabo las expediciones de conquista.

Alvarado, con la aureola del conquistador valeroso, aunque cargando sobre sus espaldas acusaciones y juicios por su desconsiderado trato a los indígenas y los resentimientos de su hueste, que veía que se quedaba con la mayor parte del oro rescatado, miles de esclavos indios, fruto natural de las guerras, y los mejores repartimientos de indios de servicio, decide regresar a España. En septiembre de 1526 llega a México y en marzo de 1527 arriba a España en un navío fletado por él mismo. Fructífera fue esta estancia para Alvarado, pues quedó libre de los cargos que se le imputaban, trabó amistad con el influyente Francisco de los Cobos, secretario del emperador, recibió el ansiado título de Adelantado y el codiciado hábito de Santiago, casó con la noble Francisca de las Cuevas, sobrina del duque de Alburquerque, y consiguió su mejor triunfo, ser nombrado gobernador de la naciente Gobernación de Guatemala y, de esa manera, independizarse de la jurisdicción de Cortés.

De vuelta a su gobernación, recala en Veracruz, donde murió su esposa, pasó unos meses en México, enfrentado a la Audiencia que le quería procesar, y en 1530 entró en Guatemala. Venía acompañado de un ilustre y sensato clérigo, el licenciado Francisco de Marroquín, con el que siempre mantuvo una sincera amistad, correspondida por los muchos y prudentes consejos que le prodigó no pocas veces contrarios a los deseos de Alvarado. Marroquín fue nombrado el 18 de diciembre de 1534 primer obispo de Guatemala, cargo que desempeñó dignamente. Se encontró el Adelantado la gobernación en gran desorden, pues los españoles estaban enfrentados por los esclavos y repartimientos de los indios. Gracias a la colaboración del cabildo de Santiago de los Caballeros logró poner algo de orden y dispuso que se emitieran las primeras normas de buen gobierno.

Para Alvarado, la Gobernación de Guatemala era poco. Hombre ambicioso de poder y de grandes empresas, capitula en 1532 con el emperador una expedición de conquista de islas y tierras no descubiertas en el Mar del Sur, que no fue bien recibida en Guatemala.

Gastó la enorme cantidad de cien mil pesos oro en montar una poderosa armada de doce naves, bien pertrechadas de armas, con 450 españoles y muchos indios de servicio, que dejó despoblada de españoles una buena parte de Guatemala y a costa de grandes sacrificios de los indígenas. La expedición acabó en un estrepitoso fracaso. El 23 de enero de 1534 se hace a la mar, y después de treinta y tres días de dura navegación, desembarca en la costa de Ecuador, en tierra ya descubierta por Pizarro. No fue ajeno a la voluntad de Alvarado el llegar a la región del Perú, pues estaba bien enterado de las riquezas que allí se albergaban, desobedeciendo los términos de la capitulación. Después de seis meses de una penosísima ascensión a los Andes, que diezmó la expedición por el intenso frío, hambres y penalidades que soportaron, se encontraron con el conquistador Diego de Almagro que les impidió el paso. Alvarado tuvo que aceptar las duras condiciones que le impuso Almagro, malvendió su flota, la mayoría de los expedicionarios se quedaron en Perú y con el resto tuvo que tornar a Guatemala, a donde llegó en abril de 1534. Permaneció esta vez el Adelantado por algún tiempo en su Gobernación y, en 1535, a petición de las autoridades de las Hibueras (Honduras), que no podían pacificar a los indios rebeldes de la región, acude a su llamada. Vence a los indígenas y el 26 de junio de 1536, el gobernador Cerezeda le cede el gobierno del territorio. A partir de ese momento, Honduras ya entra a formar parte de la Gobernación de Guatemala.

A su regreso a Guatemala se encuentra ante un serio juicio de residencia y un juez enviado por la Audiencia de México, Alonso de Maldonado, que asume el gobierno y deja a Alvarado inmerso en un proceso judicial. Ante el mal cariz que iban tomando sus asuntos, Alvarado, faltando a la prohibición que le impedía abandonar Guatemala, en julio de 1536 decide volver a España y, desde Puerto Caballos, escribe al cabildo de Santiago: “residiré en la Corte todo el tiempo que mis negocios lo exijan y porque no voy muy rico de dinero espero negociar con Su Majestad solamente con los buenos servicios que le he hecho”. Permaneció en España hasta 1539 y de nuevo la fortuna le sonríe: logra la suspensión, que no la anulación, del juicio de residencia, recupera la Gobernación de Guatemala, contrae matrimonio con Beatriz de la Cueva, hermana de la esposa fallecida, y logra nada menos que capitular con el Emperador una gran expedición para el descubrimiento y conquista de las codiciadas islas de la Especiería y de las Molucas en el Mar del Sur, capitulación que había sido deseada por otros grandes conquistadores.

El incansable Alvarado llega a Guatemala en septiembre de 1539 y, en un año, desarrollando una frenética actividad, monta una considerable armada de doce navíos con setecientos hombres de a pie y a caballo, abundantes pertrechos y armas, varios clérigos y cientos de indios de servicio. De nuevo, los indígenas sufrieron grandes penalidades, pues hubo que transportar, desde el lejano puerto de la Veracruz, en el Atlántico, hasta el salvadoreño de Acajutla, en el Pacífico, atravesando el continente, anclajes, armas, artillería y otros instrumentos de hierro. Gastó Alvarado la fabulosa cifra de doscientos mil pesos oro y quedó fuertemente endeudado: “he gastado todo cuanto tengo por salir con esta armada”, confiesa. En agosto de 1540 partió la armada de Acajutla y subiendo hacia el Norte arribó al puerto de la Purificación de Jalisco.

Al llegar a la Nueva España pacta con el virrey Antonio de Mendoza sufragar los gastos de la expedición a medias. De Guatemala se estaban recibiendo informes y cartas, algunas de ellas del obispo Marroquín, que hacía necesaria la presencia del Adelantado en su gobernación, por lo que el virrey le persuade de que vuelva a Guatemala. Pero antes, es requerido por el gobernador de Nueva Galicia, Cristóbal de Oñate, a que le ayude al sometimiento de los indios sublevados en Nochistlán. Acude Alvarado con cien hombres y, haciendo caso omiso a las prudentes advertencias de Oñate de que procediera con prudencia, pues los indios eran muy belicosos y estaban bien defendidos en su peñol, el 24 de junio de 1541 se presenta ante la fortaleza. Al no poder asaltar el peñón ordena la retirada. En el repliegue de la hueste, uno de sus soldados apura su caballo, que cae rodando y atropella en su caída al Adelantado dejándolo mortalmente herido. Trasladado a Guadalajara muere el 4 de julio de 1541 a los cincuenta y seis años. Su dramática agonía, arrepentimiento y muerte ha sido narrada por varios cronistas.

Dejó Alvarado al morir seis hijos naturales, de los que apenas adquirió alguna notoriedad su hija Leonor, fruto de la unión con la princesa de Tlaxcala, Xicotenga, que casó con el español Francisco de la Cueva. Murió pobre y fuertemente endeudado. Su esposa, Beatriz de la Cueva, pereció trágicamente en la terrible inundación que el 10 de septiembre de 1541 arrasó Santiago de los Caballeros. Fue Alvarado hombre muy ambicioso de poder y honra. Acumuló muchas riquezas que gastó. Durante los quince años que fungió como gobernador de Guatemala, solamente siete residió en ella. Su gobierno, en general, no fue satisfactorio, pues su mente estaba en otras empresas y era mejor conquistador que gobernante. En su haber queda la fundación de muchas ciudades que subsisten hasta la fecha, la pacificación de una tierra dividida en continua guerra entre reinos y señoríos indígenas, la erección de la diócesis de Guatemala, la ayuda a la evangelización de los nativos, llevada a efecto por dominicos, franciscanos y mercedarios, la creación de un nuevo modelo de estado, semejante a los existentes en Europa, en las regiones centroamericanas, que cristalizará pocos años después en el Reino, Capitanía General y Audiencia de Guatemala, germen de las actuales repúblicas de Centroamérica.

De las actuaciones de Alvarado han sido emitidos juicios contrarios y, en general, muy desfavorables. Ante los acusadores que condenaban sus excesos se defiende en una de sus cartas: “y así convino que se hiciera por el bien de la tierra y de los conquistadores, porque si se hubiera hecho de otra manera, bien pudiera ser que nos hubieran matado con su modo de proceder y traiciones, cuyo resultado hubiera sido que Su Majestad no tuviera los reinos y vasallos que le hemos conseguido. Los españoles y los indios auxiliares que les acompañan suelen hacer malos tratamientos a los naturales, porque vienen muy cansados y fatigados y tienen que buscar la comida donde la encuentran, pues ni hay posadas y tabernas donde pueden encontrarla, ni su Majestad les provee en esos momentos de lo necesario. Los señores naturales de estas tierras me hicieron muchos engaños y burlas y yo tenía que castigarlos, que no se querían dar de paz. Aunque algunas cosas inconvenientes hubiéramos hecho, se debían de disimular y perdonar. Que todas las guerras y castigos que se han hecho con los naturales han tenido como resultado que la tierra esté bajo el dominio y servidumbre de Su Majestad”. La opinión de los indios de Alvarado queda muy bien expresada en el Memorial de Sololá: “No tenía compasión por la gente Alvarado durante la guerra”. Quizás el mejor juicio fue el manifestado por el cronista dominico Antonio de Remesal, siempre bien informado y documentado, quien escribía: “Porque el Adelantado D. Pedro de Alvarado más quiso ser temido que amado de todos cuantos le estuvieron sujetos, así indios como españoles. Y por esta causa usó con los unos y los otros algunas demasías y desafueros con muy poca justicia y razón”.

 

Obras de ~: [Dos cartas de Pedro de Alvarado], Centroamérica, 11 de abril y 27 de julio de 1524 (Archivo General de Indias, Guatemala, legs. 9, 41) (ed. en Libro Viejo de la Fundación de Guatemala y papeles relativos a Pedro de Alvarado, Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, 1934); Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de Ultramar, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1885, págs. 1-7 (2.ª serie publicada por la Real Academia de la Historia)]; Anales de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala 25 (1951) 3, págs. 257-258.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General de Indias, secc. Justicia, Residencia tomada a Pedro de Alvarado, gobernador que fue de Guatemala, por el licenciado Alonso de Maldonado, oidor de la Audiencia de México, n.os 295-296.

J. F. Ramírez, Proceso de residencia contra Pedro de Alvarado, México, 1847; “5 agosto 1532. Capitulación del emperador con Pedro de Alvarado para el descubrimiento, conquista y población de cualesquiera islas y tierras del Mar del Sur que no hayan sido descubiertas por otros”, en Colección de Documentos inéditos [...], op. cit., 17, pág. 152; “1537, 16 abril 1538, Asientos y capitulaciones hechos por S. M. con Pedro de Alvarado sobre el descubrimiento, conquista y población de las islas y provincias que estuviesen en la Mar del Sur hacia el poniente”, en Colección de Documentos inéditos [...], op. cit., 2, págs. 7-25; A. Altolaguirre y Duvale, Don Pedro de Alvarado, conquistador de Guatemala y Honduras, discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública del Señor ~ el día 18 de junio de 1909 (Discurso de contestación del señor D. Cesáreo Fernández Duro), Madrid, Real Academia de la Historia, 1905; J. E. Kelly, Pedro de Alvarado conquistador, Princenton, Princenton University Press, 1932; “20 diciembre 1527. Don Pedro de Alvarado es nombrado gobernador de Guatemala” y “5 julio 1529. Pesquisa general seguida en México contra Pedro de Alvarado”, en Libro Viejo de la Fundación de Guatemala, Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, 1934 (ed. C. Sáenz de Santa María, revisión M.ª del C. Denla de Girón, Guatemala, Academia de Geografía e Historia de Guatemala, 1991); págs. 61-62 y págs. 137-270, respect. J. Rújula y Ochotorena y A. Solar y Taboada, “Los Alvarado en el Nuevo Mundo”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, Madrid, págs. 105-109, 1934-1936; R. Barón Castro, Pedro de Alvarado, Madrid, Ediciones Atlas, 1943; A. Recinos, Pedro de Alvarado, conquistador de México y Guatemala, México, Fondo de Cultura Económica, 1952; Crónicas indígenas de Guatemala, Guatemala, ed., trad. y notas de A. Recinos, Editorial Universitaria, 1957; Doña Leonor de Alvarado y otros escritos, Guatemala, Editorial Universitaria, 1958; C. Sáenz de Santamaría, El licenciado don Francisco Marroquín, primer obispo de Guatemala (1499- 1563), Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1964; “10 octubre 1542. Provisión real para que todos los indios y pueblos de indios que pareciesen haber sido de Pedro de Alvarado, su mujer e hijos, se incorporen a la Real Corona” y “1563-1570. Traslado del cuerpo de Pedro de Alvarado realizado por doña Leonor de Alvarado, su hija”, en A. Remesal, Historia General de las Indias Occidentales y particular de la gobernación de Chiapa y Guatemala, t. I, Madrid, Atlas, 1964 (col. Biblioteca de Autores Españoles, vol. CLXXV), págs. 288 y 289, respect.; B. Díaz del Castillo, Historia de la conquista de la Nueva España, México, Porrúa, 1969; “1500-1532. Ordenanzas dadas por Pedro de Alvarado para el buen manejo de la gobernación de Guatemala”, en F. A. Fuentes y Guzmán, Recordación Florida, vol. I, Madrid, Atlas, 1969 (col. Biblioteca de Autores Españoles), págs. 197-201; H. Cortés, Cartas de Relación, México, Porrúa, 1975; A. Tello, Relación de la muerte de Pedro de Alvarado, México, 1976; Memorial de Sololá (Memorial de Tecpán Atitlán-Anales de los cakchiqueles), México, 1980; M. León Portilla, Crónicas indígenas, visión de los vencidos, Madrid, Historia 16, 1985; J. M. García Añoveros, “Pedro de Alvarado, capitán de Hernán Cortés. Aproximaciones y diferencias”, en Quinto Centenario (Universidad Complutense de Madrid), 9 (1985), págs. 107-126; Alva Ixtilxochitl, “Historia de la Nación chichimeca”, Historia 16, Madrid, 1985; J. M. García Añoveros, “Pedro de Alvarado”, en Historia 16, Madrid, 1986; “Don Pedro de Alvarado: las fuentes históricas, documentación, crónicas y bibliografía existente”, en Mesoamérica, 13 (1987), págs. 243-282; J. M.ª Vallejo García-Hevia, Juicio a un conquistador. Pedro de Alvarado, Madrid, Marcial Pons, 2008, 2 vols.

 

Jesús María García Añoveros

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