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Mateo Alemán

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Biografía

Alemán, Mateo. Sevilla, IX.1547 – Ciudad de México (México), c. 1616. Escritor y novelista.

Polémico intelectual preburgués cuya obra cumbre es pieza clave en la historia de la novela realista moderna, el sevillano Mateo Alemán —riguroso coetáneo de Cervantes— nació en septiembre (quizá el día de san Mateo) de 1547, y fue bautizado el 28 del mismo mes en la iglesia colegial de San Salvador. Su padre, el médico Hernando Alemán, de ascendencia judeoconversa en opinión de algunos historiadores, era oriundo de Jerez de los Caballeros (Badajoz) de donde pasó a avecindarse en Sevilla hacia 1540. Ahí se casó en segundas nupcias con Juana del Nero que pertenecía a una familia de mercaderes florentinos afincados en el emporio hispalense. Tercer hijo del matrimonio, Mateo, que tenía dos hermanas (Leonor y Violante) y un hermano menor (Juan Agustín), era, pues, en cuanto a sus orígenes, medio italiano, condición nada infrecuente en la Sevilla del Quinientos, centro del comercio internacional con las Indias.

Hernando Alemán y Juana vivían en la calle de la Sierpe, en la colación de San Salvador, donde poseían una casa no lejos de la Cárcel Real en la cual el doctor obtuvo en 1557 el empleo de médico y cirujano con un sueldo anual de 12.000 maravedíes, complemento de ingresos que no daba para muchos lujos. En Sevilla, el joven Mateo tenía numerosos parientes: amén de una hermanastra nacida del primer matrimonio del doctor Alemán, residían allí dos hermanas (solteras) y tres hermanos —Juan, médico; García Jerónimo, clérigo; Alonso, tratante— de su padre, mientras, por parte materna, cabe destacar a su tía Agustina del Nero, esposa del comerciante florentino Lorenzo del Rosso, cuyo hijo, Juan Bautista, adiestrado en los negocios en casa del rico mercader Nerozo del Nero, sería más adelante un seguro valedor de su primo escritor.

Si bien faltan documentos sobre los primeros estudios de Mateo, es lícito pensar que éstos se le antojaron un tanto fastidiosos: “en cuatro años —recuerda en su Ortografía castellana— no acababa el muchacho de sólo escribir, y era lo peor que, antes de ponerles la pluma entre los dedos, los entretenían leyendo [...]; comenzábamos niños y salíamos casi barbados a la Gramática, pasándose lo mejor de la vida entre las coplas del marqués de Mantua”. Lo cierto es que, el 28 de junio de 1564, se graduó de bachiller en Artes y Filosofía por la universidad sevillana de maese Rodrigo, matriculándose al poco en la misma para oír el primer curso de Medicina ampliado después —según confesión propia— “en las escuelas de Salamanca y Alcalá de Henares”. Aunque no hay pruebas de su paso por la universidad salmantina, sí consta su matrícula (en octubre de 1566) entre los medici de Alcalá.

Mediado el curso, regresó a Sevilla donde su padre, enfermo de gravedad, falleció en marzo de 1567 dejando sueldos atrasados y escasos bienes. De vuelta en Alcalá, Mateo prosiguió sus estudios, pero en abril de 1568, tras asistir al último curso de Medicina, abandonó la carrera cuando, con veintiún años, estaba en vísperas de conseguir el título de licenciado.

Retornó entonces a Sevilla, y habitó con su madre en el barrio de la Magdalena. Enseguida se le acumularon las deudas: en octubre de 1568, reconoce deber 100 ducados al mercader genovés Esteban Grillo; dos semanas más tarde, recibió en depósito 210 ducados de oro que le prestó el capitán Alonso Hernández de Ayala a condición de que se casase con Catalina de Espinosa, huérfana de quien el capitán era el tutor.

Mateo, por supuesto, no pudo restituir el préstamo y debió contraer un matrimonio que resultó poco afortunado.

Ya desde el verano de 1571, vivió con su mujer en la Calería Vieja, en la colación de San Esteban, alternando pequeños negocios con viajes a la Corte donde, el 22 de julio, merced al apoyo de Melchor de Herrera, tesorero general del Consejo de Hacienda, se le otorgó poder para cobrar ciertas cantidades del subsidio de Sevilla y su arzobispado. Esta conexión con el futuro marqués de Auñón, financiero de dudosa integridad por sus vínculos con la banca genovesa, había de ocasionar años más tarde no pocas desilusiones a Mateo, si bien entre tanto dicha protección le permitió meterse en tratos a veces lucrativos.

Hasta 1580 apenas se vuelve a saber de su vida fuera de esporádicas noticias de índole comercial (en agosto de 1573, vendió por 32 ducados una esclava morisca natural de Túnez), burocrática (en enero de 1576, se vio encargado de cobrar rentas del almojarifazgo de Sevilla) y social (en 1578 redactó, en su calidad de hermano mayor, las reglas de la Hermandad sevillana de los Nazarenos y gestionó poco después la compra de la capilla de San Antonio Abad en nombre de esa misma cofradía). También en 1579 —consigna él en una de sus obras— presenció “la translación de los cuerpos del santo Rey don Fernando, Rey don Alfonso El Sabio y más personas reales” a la Capilla Nueva de los Reyes, una de “las mayores grandezas de la Cristiandad” celebrada a la sazón en la capital andaluza.

En enero de 1580, ya treintañero, Mateo dio un inesperado giro a su existencia volviendo a las aulas para estudiar Leyes en la Universidad de maese Rodrigo; pero, en octubre, ingresó en la Cárcel Real por diversas deudas: Catalina de Espinosa y, más tarde, su tío Alonso Alemán hubieron de fiarlo con su persona y bienes. Una vez libre, y sin saberse cómo, se las agenció para reunir el capital necesario para solicitar, el 31 de enero de 1582, “pasar al Pirú como mercader y para este efecto —reza su petición— tiene cargadas mercaderías de más valor de 300 p., que requiere conforme a las ordenanzas de la Casa de la Contratación”.

Esta nueva dedicación mercantil tampoco llegó a cuajar; con todo, interesa resaltar que el Consejo de Indias, pese a la supuesta raza de la familia Alemán, le dio sin demora licencia —y se la confirmó el 26 de febrero— para embarcarse “con su mujer, dos mujeres de servicio y un criado”. Zarpó la flota y, curiosamente, Mateo se quedó en tierra. ¿Por dificultades administrativas ligadas a la información testifical (de limpieza de sangre, imprescindible para pasar a las Indias) que hiciera él en marzo? O bien ¿renunciaría al viaje por haberle surgido la oportunidad de lograr un oficio en la Contaduría Mayor de Cuentas? Sea como fuere, en abril de 1583 formaba ya parte de la Administración de Felipe II: nombrado juez de comisión real y ostentando el título de “ilustre señor” al servicio del Consejo de Hacienda, llegó a la villa extremeña de Llerena con el cometido de averiguar las cuentas del difunto tesorero de las alcabalas de Usagre y otros partidos. Sospechando pronto irregularidades, Alemán, ante la “malicia” de sus interlocutores, procede allí con tanta prepotencia —excarcela a dos presos y prende al alguacil junto con el alcaide— que no tarda en escandalizar a las autoridades y a verse procesado, aunque no faltaran testigos de que “era muy buen juez”. Detenido en Mérida el 3 de octubre, y trasladado a la Cárcel Real de Madrid donde aún se encontraba en noviembre, sólo había de librarse en junio de 1584 del proceso que le valiera su quijotesca actuación en Usagre, episodio en el fondo bastante enigmático.

Esa experiencia no debió de perjudicar a su carrera en la Contaduría puesto que, desde 1584-1585, se suele titular (tal vez abusivamente por no pasar, al parecer, de interino) “Contador de Resultas de Su Majestad”, empleo de “la Casa Real” —como notaría en 1604 un prologuista de la segunda parte del Guzmán— “donde sirvió casi veinte años, los mejores de su edad”. Es de creer que no le irían por entonces mal las cosas porque, en octubre de 1586, ya residente (sin su mujer) en la Corte, compró un solar, por 1.400 reales, en la madrileña parroquia de San Martín, calle del Río, donde fue edificando una casa cuyas obras se demoraron por lo menos —mediante la fundación de varios censos— hasta finales de 1589. Por lo visto, se desenvolvió ahora en una posición de relativa holgura que contrasta con sus habituales problemas económicos.

A ese período de “prosperidades”, que hubo de prolongarse hasta 1594, se refiere sin duda al evocar con nostalgia, en una de sus cartas fechada en 1597, “el tiempo de las abundancias”.

En el verano de 1590, una nueva inspección financiera le llevó a “Cartagena de Levante” para “tomar cuentas contra un tesorero que fue de aquella ciudad y de las de Murcia y Lorca”. Sigue en el puerto de Cartagena el 20 de enero de 1591 cuando, en compañía del alcalde mayor “y otras personas principales”, visitó un navío flamenco que, al disparar después una salva de despedida en honor de sus visitantes, le ocasionó una leve herida en la cabeza. Imaginándose haberse librado de la muerte, Mateo —conforme relatará en su San Antonio de Padua— atribuyó ese “gran milagro de Dios” a la intercesión del santo lisboeta a quien se encomendó en aquel momento.

Vuelto a Madrid en el mes de marzo, se le comisionó (el 13 de noviembre) para realizar otra inspección de la cual, desgraciadamente, no se tiene más noticia. De todos modos, éstos son años en que su labor en la Contaduría Mayor o sus propios asuntos le obligaron a hacer frecuentes viajes por provincias.

En abril de 1592 estuvo en Sevilla por motivos familiares: a raíz de la defunción de Juana del Nero, revocó ciertos poderes conferidos desde la Corte a su hermano Juan Agustín “para cobrar y heredar y para pleitos y para otras cosas”.

El año 1593 marcó un hito importante en su ajetreada vida. El 18 de enero recibió instrucciones del Consejo de las Órdenes para inspeccionar, en tierras de Calatrava, las minas de mercurio arrendadas por la Corona a los poderosos Fugger, quienes, desde 1566, tenían derecho a utilizar un número creciente de galeotes en la explotación de los yacimientos de Almadén.

Ya en 1591, sospechando la Administración Real los daños que en aras del rendimiento sufrían allí los forzados, un primer conato de “visita” se había visto aplazado por la oposición de los Fúcares. La misión de nuestro “juez visitador”, cuyos antecedentes en Usagre —donde también existía una mina de azogue— acreditaban la intransigencia legalista, era a todas luces comprometida: “compeliendo si fuere menester con todo rigor a cualesquier personas, porque así conviene al servicio de Su Majestad”, debía él investigar todos los documentos relativos a las condiciones de trabajo impuestas a los galeotes en “la fábrica y pozo del azogue”, e indagar en especial “si reciben un trato propio de seres humanos”. El 24 de enero, Mateo, acompañado de su escribano, se presentó, pues, en Almagro y, acto seguido, procedió contra el agente de los banqueros de Augsburgo: ante la negativa de éste a facilitarle los papeles exigidos, registró su domicilio y descubrió “los expedientes de galeotes” en cuestión. Luego, el 4 de febrero, se desplazó a Almadén, donde, tras dirigir escritos conminatorios al administrador de la mina, acabó por conseguir la lista de los forzados empleados en los pozos: de los cuarenta, o más, que habían de estar, sólo quedaban trece. Alemán pasó a interrogarles, uno por uno, enterándose así de cómo, dos años antes, habían muerto veinticuatro o veinticinco de ellos por malos tratos y “porque [en los buitrones] se azogan los hombres y quedan tontos y fuera de juicio y vienen a enfermar gravemente”. Si bien esas atroces condiciones de existencia habían cambiado desde 1591, los supervivientes coincidían en que más les valiera cumplir su condena en galeras que no en la mina del azogue. De aquellos interrogatorios dejó Alemán constancia en una circunstanciada Información Secreta destinada al Consejo de las Órdenes.

El 4 de marzo, regresó a Almagro, donde le esperaba una carta del dicho Consejo notificándole, con fecha de 13 de febrero, que “sin detenimiento deje el negocio en que está entendiendo tocante a Almadén [...], sin hacer ni proveer en él novedad alguna”. Con toda evidencia, los influyentes Fúcares habían logrado desviar de nuevo la atención de sus actividades en el Campo de Calatrava [...]. Pero quedaban los testimonios de los forzados, transcritos por el escribano de quien, cuatro años más tarde, publicaría la inconformista y mordaz autobiografía del “galeote” Guzmán de Alfarache. “Líbrenos Dios, cuando se juntan poder y mala voluntad”, advierte ahí el pícaro moralista al poco de pasar por Almagro.

Ésta fue, probablemente, una de las últimas misiones de Mateo al servicio de la Contaduría Mayor.

En efecto, cabe pensar que, a los pocos meses de la frustrada pesquisa en Almadén, se iniciara para él ese “tiempo estéril” marcado por el “oprobio” y una “conocida pobreza”, al cual alude en una de sus cartas —octubre de 1597— a Cristóbal Pérez de Herrera, ex protomédico de las galeras, avecindado en Madrid (desde junio de 1592) como médico de Casa y Corte del rey Felipe II. Todo apunta a demostrar que, entre 1593 y 1594, Alemán —sea por una presunta malversación, sea por la depuración que siguió al disfavor de Melchor de Herrera, excluido en 1591 del Consejo de Hacienda— tuvo que dimitir y renunciar a su sueldo de “contador”. En 1598, Alonso de Barros, apologista de la primera entrega del Guzmán ofrecerá, claro, otra explicación: el autor, que “se hallaba violentado” en el “honroso entretenimiento de los papeles de Su Majestad”, se había retirado por su voluntad para dedicarse a la redacción de su obra.

La verdad es que, a partir de 1594, Mateo permanece en Madrid alternando un fecundo retraimiento literario con gestiones que permiten entrever su entorno social a la par que recientes apuros económicos, sinónimos de “menos ostentación”. Así, en junio de 1594, vende por 100 ducados al prior Francisco Vallés una porcelana y varias piezas de una vajilla de plata. En julio, unas escrituras algo embrolladas indican que vende a Pérez de Herrera (asociado con un tal Blázquez) su casa de la calle de Preciados, “junto al Postigo de San Martín”, en donde va a vivir en adelante de alquiler. El licenciado Vallés, hijo del divino médico de Felipe II, y el doctor Herrera —promotor a la sazón de una ambiciosa reforma de la mendicidad— son íntimos amigos, al igual que Alemán y Barros, aposentador real y conocido poeta. Los cuatro se tratan con amistad y comparten activas preocupaciones sociales abogando por “el amparo de los legítimos pobres y reducción de los fingidos” en la parroquia de San Martín donde residen tres de ellos.

En octubre de 1597, la Primera parte del Guzmán está ya terminada, aunque tardará todavía casi dos años antes de publicarse con una sintomática dedicatoria a Francisco de Rojas, presidente del Consejo de Hacienda, y un retrato del novelista realzado por un escudo de armas que pretendía sugerir el origen germánico de su apellido. Entretanto, el autor ha traducido dos Odas de Horacio (II, X y XIV) y prologado los Proverbios morales (1598) de su “otro yo” Alonso de Barros. El clamoroso éxito —veintidós ediciones, españolas y europeas, hasta 1605— del Guzmán de Alfarache (Madrid, 1599), “poética historia” de “un hijo del ocio” pronto denominado el Pícaro por antonomasia, no significó, sin embargo, pingües beneficios para el escritor. Obligado a continuar paliando sus escaseces, recurre en febrero de 1601 a un oneroso préstamo disfrazado de mohatra, y, en mayo, vende mil quinientos ejemplares del Guzmán apresuradamente reimpreso por él mismo para pagar, se supone, la antedicha deuda.

Hacia finales de 1601 —ya con la Corte en Valladolid— decide volver a Sevilla, donde, en 1602, habita (separado de su mujer) en la collación de San Vicente. Traba entonces relaciones amorosas con Francisca Calderón, y estrecha su amistad con Lope de Vega que ha acudido allí en pos de la comedianta Micaela Luján. En agosto del mismo 1602, prepara una nueva edición del Guzmán costeada por su primo el mercader Juan Bautista del Rosso, quien le presta además 400 ducados para hacer frente a unas deudas que, no obstante, le llevan a la cárcel en diciembre.

Algunas semanas antes había tenido la amarga sorpresa de descubrir una apócrifa continuación de su Guzmán publicada en Valencia a nombre de “Mateo Luján de Sayavedra”. A principios de 1603, gracias una vez más a Del Rosso, recobra su libertad y ultima la composición del San Antonio, prometida hagiografía (“por voto que hice” en Cartagena) que, previa cesión de los derechos a su primo, aparece en Sevilla, en 1604, con un prólogo de Juan López del Valle y una Canción de Lope. El de 1604 es año de intensa labor literaria: adelantándose al Quijote cervantino, da asimismo a la estampa su esperada Segunda Parte del Guzmán, subtitulada atalaya de la vida humana con miras a desmarcarse del reductor marbete de “picaresca”.

La obra sale a fines de diciembre en Lisboa, adonde “su verdadero autor” ha viajado en abril de 1604, y donde va a quedarse hasta el verano de 1605; estancia ciertamente grata, ya que algo después dirá de los portugueses: “verdaderamente les tengo afición y deuda, por las muchas amistades que dellos tengo recibidas [...], cual si yo fuera de su propia nación”.

Escasean los datos sobre su existencia sevillana en 1605 y 1606: se ocupa en algunos tratos de compraventa (octubre de 1605) e interviene en comisiones ajenas (agosto de 1606), al tiempo que Juan Bautista del Rosso se encarga de comercializar sus libros, mandando en particular “a las Indias” importantes remesas del San Antonio (abril de 1605) y de la Segunda Parte del Guzmán (julio de 1605).

En pasar al Nuevo Mundo, viejo proyecto abortado en 1582, estaría justamente soñando Alemán por esos años, puesto que, a comienzos de 1607, solicita la licencia del Rey para emigrar, esta vez, a México, alegando que tras haber “gastado la mayor parte de su vida en estudio y lectura de letras humanas y escrito algunos libros, se halla al presente desacomodado y con deseo de proseguir su servicio [de contador] en las Indias, donde los virreyes y personas que gobiernan tienen necesidad de personas de suficiencia”. A estas consideraciones que traducían su voluntad de abandonar definitivamente España, se sumaba —especifica la solicitud— el hecho de “tener primo hermano muy rico en las minas de San Luis de Nueva España, que le ha enviado llamar”. Este hacendado pariente debía de ser Alonso Alemán, doctor en Leyes y afamado profesor en la Universidad de México, cuya muerte en 1605 desconocía tal vez Mateo a no ser que acariciase la idea de heredarle. El caso es que, entre abril y junio de 1607, el Consejo de Indias le concede —como ya en 1582— el ansiado permiso de salida; pero previamente el solicitante ha donado su casa madrileña de la calle del Reloj, y cedido los derechos para volver a imprimir sus obras, al propio secretario de dicho Consejo “por las muchas y buenas obras que [de él] he recibido”.

El soborno parece obvio, ¿tratábase de incitar al funcionario a hacer la vista gorda ante un posible linaje converso, o bien, ante el hecho de que Mateo viajaba con su amante —Francisca Calderón, de veinticuatro años, a quien hacía pasar por hija suya— y con hijos notoriamente ilegítimos? No hay que olvidar que Alonso Alemán, su “primo hermano” (hijo del doctor Juan Alemán), no tuvo en 1571 problemas de raza para marcharse a Nueva España.

Sea lo que fuere, en junio de 1607, el novelista y sus acompañantes están a punto de embarcarse cuando la amenaza de unas naves holandesas en las costas gaditanas retrasa la salida de la flota hasta el año siguiente.

En el ínterin, Alemán espera en Trigueros, “un lugar en el Condado de Niebla”, donde vivían unos familiares suyos. Allí concluye su Ortografía castellana —una “nueva y verdadera manera de bien escribir”— empezada veinte años antes. Por fin, la flota zarpa de Cádiz en junio de 1608 llevando, amén de nuestro escritor, al dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón y a fray García Guerra, recién designado arzobispo de México. El 19 de agosto, los navegantes arriban al puerto de San Juan de Ulúa (Veracruz) y, el 29 de septiembre, García Guerra —de cuya protección ya gozaría Mateo que formaba parte de la comitiva— entra triunfalmente en la ciudad de México. Apenas instalado en la capital mexicana, Alemán publica la Ortografía en la imprenta de Jerónimo Balli (1609) como homenaje a “la ilustre ciudad generosa” de un “fatigado” pero “alegre y venturoso peregrino”. Preñado de inquietudes reformistas, el libro refleja las renovadas esperanzas de quien —lejos ya de su “patria (¡si dijera mejor madrastra!) Sevilla”— no vacila en proclamar: “el que quisiere sígame, que pocos venceremos a muchos, con las armas de la razón”. También, por las mismas fechas, escribe un sustancioso prólogo para la Vida de San Ignacio de su paisano y amigo Luis de Belmonte Bermúdez.

De 1609 a 1613, Mateo ejerce de “contador en la Universidad” de México y vive en una casa que le alquila el rector del Colegio carmelita de San Ángel, mientras asiste (angustiado ante su próximo desvalimiento) a la pavorosa enfermedad que, en febrero de 1612, se cobraría la vida de su admirado protector, fray García, que había sido nombrado virrey de Nueva España en marzo de 1611. Con motivo de esa muerte, precedida por funestos presagios, Alemán redacta (y termina en abril de 1612) su última obra, los Sucesos de D. Fray García Guerra, Arzobispo de Méjico, emotiva relación de las virtudes y dolencia del prelado, seguida de una Oración fúnebre, que sale a la luz a principios de 1613. Después, todo es enigma: aunque en 1615 está documentada su residencia en el pueblo de Chalco (a treinta y cinco kilómetros de México), se ignora el año de su desaparición, que bien pudo acaecer en 1616 —¿otra analogía más con Cervantes?—, por cuanto el genial autor del Guzmán de Alfarache se lamentaba ya en 1609 de la “larga enfermedad” que le venía aquejando.

 

Obras de ~: Información secreta hecha sobre la visita del pozo y mina de los azogues de la villa de Almadén que se hizo por el contador [...], juez visitador de Su Majestad, 1593 (ed. de G. Bleiberg, El ‘Informe secreto’ de [...] sobre el trabajo forzoso en las minas de Almadén, Londres, Tamesis Books, 1985); Odas de Horacio, traduzidas por [...], s. f. (ed. de R. Foulché-Delbosc, Revue Hispanique, 42 (1918), págs. 482-485); Dos cartas de [...] a un amigo. En la primera trata de lo hecho cerca de la reducción y amparo de los pobres del reino, y en la segunda cuál debe ser la verdadera amistad, 2 y 16 de octubre de 1597 (ed. de E. Cros, en Protée et le Gueux, París, Didier, 1967, págs. 433- 444); “Prólogo” a A. de Barros, Proverbios morales, Madrid, Luis Sánchez, 1598; Primera parte de Guzmán de Alfarache, Madrid, Várez de Castro, 1599; San Antonio de Padua, Sevilla, Juan de León, 1604; Segunda parte de la vida de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana, Lisboa, Pedro Craasbeck, 1604; Ortografía castellana, México, en la imprenta de Jerónimo Balli, por Cornelio Adriano César, 1609 (ed. de J. Rojas Garcidueñas, con est. prelim. de T. Navarro, México, El Colegio de México, 1950); “Elogio” a L. de Belmonte Bermúdez, Vida del Padre Maestro Ignacio de Loyola, México, 1609; Sucesos de D. Frai García Gera, arçobispo de Méjico, a cuyo cargo estuvo el govierno de la Nueva España, y Oración fúnebre, México, 1613.

 

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Michel Cavillac

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