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Rodrigo Antonio de Orellana

Biografía

Orellana, Rodrigo Antonio de. Medellín (Badajoz), 13.III.1756 – Ávila, 29.VII.1822. Sacerdote.

Cursó estudios en el Colegio de San Norberto de Valladolid, bajo la regencia de los religiosos premostratenses, a cuya Orden ingresó siendo muy joven. Concluidos siete años de su paso por ese establecimiento, ingresó a la Universidad, donde se graduó en 1783 de bachiller en Artes (Filosofía), bachiller en Sagrada Teología, licenciado y más tarde, doctor. Tomó inmediatamente a su cargo la Cátedra de Física Experimental y la Cátedra Segunda de Instituciones Teológicas, en 1785. Vacante la de Vísperas de Teología, la obtuvo en 1797, desempeñándola hasta 1804. En dos largos decenios de actuación universitaria, el maestro Orellana contrajo abundantes méritos. Fue consiliario de la Universidad en el bienio de 1786 y 1788, y canciller mayor por nombramiento del claustro general. Se desempeñó como canónigo regular premostratense de San Norberto. Por Real Cédula del 22 de mayo de 1805, recibió del papa Pío VII la investidura canónica para el obispado de Córdoba del Tucumán. Al efectuarse su presentación, Orellana no aceptó, pero su renuncia fue rechazada, y Pío VII lo nombró obispo diocesano de Córdoba del Tucumán en 1807.

La situación política en Europa, y las guerras napoleónicas retrasaron su viaje, que finalmente se llevó a cabo en 1809. Arribó a Buenos Aires en los últimos días de agosto, consagrándose en la Catedral del obispo Benito Rué y Liega. Dejó la ciudad quince días más tarde y marchó a Córdoba. No hacía un año que se había hecho de su diócesis cuando se produjo la Revolución de Mayo de 1810, trayendo aparejado un nuevo orden de cosas. Alistado en el bando de los contrarrevolucionarios, partidarios del ex virrey Santiago de Liniers, huyó con los jefes realistas hacia el norte, al enterarse de la llegada de la expedición enviada por la Junta a las órdenes del coronel Francisco Antonio Ortiz de Ocampo. Fue capturado por los revolucionarios la noche del 7 de agosto de 1810. Hubo de ser fusilado en Cabeza de Tigre, Córdoba, junto a sus compañeros, pero salvó su vida gracias a su investidura sacerdotal.

Por orden de la Junta fue confinado primero a la Guardia de Luján, en la provincia de Buenos Aires, donde vivió catorce meses bajo severa vigilancia en calidad de reo. El Triunvirato, el 10 de octubre de 1811, acordó llamarle a Buenos Aires levantándole la confinación y nombró un tribunal formado por varios teólogos, canonistas y juristas, y presidido por el obispo Rué y Liega, para que pudiera defenderse libremente. El tribunal determinó que Orellana debía volver a su sede episcopal, siendo recibido con gran júbilo en Córdoba. Realizando una visia episcopal en La Rioja, cayó enfermo. Allí juró a la Asamblea General Constituyente de 1813 y se le concedió la carta de ciudadanía. Regresó a Córdoba a pesar de sus anhelos de visitar San Juan y San Luis, cosa que no pudo llevar a cabo por su estado de salud.

El espíritu batallador de Orellana lo llevó a verse envuelto en una serie de incidentes que determinaron su confinamiento por orden del Directorio y Consejo de Estado, en enero de 1815. El director supremo Alvear lo confinó al Convento de San Lorenzo, con la aprobación del gobernador intendente de Córdoba, José Javier Díaz, quien lo privó de su ciudadanía, sus temporalidades y rentas. En el Convento, Orellana vivó con comodidad y redactó La Justa Defensa del Illmo. Obispo de Córdoba, Dr. D. Rodrigo de Orellana, contra la violencia de sus perseguidores. El Congreso de Tucumán de 1816 le restituyó la tercera parte de sus rentas siempre que reconociera la autoridad del Congreso y jurase la Independencia de las Provincias Unidas de América del Sur. Orellana no juró, además su capellán cayó preso en Buenos Aires cuando estaba a punto de huir a Río de Janeiro para tratar con la Corte de los Braganza. Este hecho sirvió para que lo creyeran cómplice, lo que complicó su tranquilidad, debiendo abandonar el Convento. Partió rumbo a Santa Fe, donde fue muy bien recibido por el gobernador Vera. Deseoso de regresar a España pidió al director supremo Pueyrredón los pasaportes, pero temeroso de caer en una emboscada no bajó a Buenos Aires a recogerlos. Se embarcó hacia Asunción, pero el dictador Gaspar de Francia no lo admitió, refugiándose en Corrientes, donde corrió igual suerte, ya que el gobernador Artigas le negó la entrada. Consiguió fugarse de los dominios portugueses y consiguió alcanzar el poblado de San Borja. Después de once días salió con escolta hacia Porto Alegre, siendo recibido con todos los honores por las autoridades civiles y eclesiásticas. Partió para San Pablo, y tras una estancia prolongada en Río de Janeiro se embarcó hacia Lisboa. Pasó a Madrid, donde recibió la buena noticia de que el Papa había aceptado su renuncia a la diócesis de Córdoba y lo había designado obispo de Ávila. A cambio la Santa Sede le solicitó un informe sobre todo lo acaecido en las Provincias Unidas del Río de la Plata.

 

Bibl.: C. Bruno, Historia de la Iglesia en Argentina, t. VII, Buenos Aires, Don Bosco, 1966, págs. 65-74; V. O. Cutolo, Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, t. IV, Buenos Aires, Elche, 1975, págs. 176-177; A. Tonda, “Aspectos del catolicismo en Córdoba en tiempos de la Revolución”, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia (Buenos Aires), vol. XLV (1972), págs. 169-177; “Ocampo, Orellana y los Betlemitas de Córdoba”, en Investigaciones y Ensayos (Buenos Aires), n.º 13 (1972), págs. 493-518; “Itinerario de Orellana”, en El Obispo Orellana. Sus cartas a las Carmelitas de Córdoba, Rosario, 1973, págs. 7-39.

 

Sandra Fabiana Olivera