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Diego de Sagredo

Biografía

Sagredo, Diego de. ¿Burgos?, c. 1490 – Toledo, c. 1528. Tratadista, arquitecto y capellán de la reina Juana I de Castilla.

La historiografía española aún no se ha puesto de acuerdo sobre el lugar de nacimiento de este personaje, y así, una parte de los expertos señalan la posibilidad de que se produjese en Burgos, hacia 1490, mientras que otros lo sitúan en Buclillos, un pequeño pueblo de la provincia de Toledo, en una fecha todavía por definir. La mayor parte de los estudiosos defiende la hipótesis de Burgos, una localidad en la que vería la luz en el seno de una familia modesta, de rancio apellido y perteneciente a una saga de cristianos viejos, tal y como él mismo se ocupó de señalar en las primeras páginas de su tratado Medidas del Romano. Diego de Sagredo gozó del privilegio de completar su formación escolar en la Universidad de Alcalá de Henares, institución en la que ingresó como camarista el 19 de enero de 1519, gracias a la mediación del cardenal Francisco Jiménez de Cisneros y de los consiliarios del Colegio de San Ildefonso.

En esta prestigiosa institución cursó estudios de Gramática y de Arte por espacio de cuatro años en una época en la que impartían clases humanistas tan destacados como Antonio de Nebrija, Tomás Insausti, el arquitecto Juan de Herrera o Ramírez de la Puente. El título de bachiller lo obtuvo en el año 1515, según consta en los documentos publicados acerca del período en el que Alonso de Portillo tenía el cargo de rector de la Universidad. Con posterioridad a esta fecha reaparece en la documentación como capellán del cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, una noticia que se desprende del codicilo que Sagredo firmó como testigo hacia 1516. Asimismo, parece que también acompañó al prelado a la entrevista en la que debía encontrarse con el nuevo monarca, Carlos I, en Roa de Duero (Burgos). Sin embargo, el inesperado fallecimiento del cardenal, cuando se dirigía a presentar sus respetos al Rey posiblemente frenó por un tiempo el brillante porvenir de Diego de Sagredo. En este sentido, la muerte de su mentor le obligó a reubicarse junto a Francisco de Mendoza, administrador de la archidiócesis de Toledo, y a quien acompañó durante la Guerra de las Comunidades, entre 1520 y 1521. Otros estudiosos barajan la hipótesis de su posible presencia en Burgos o en Ávila, junto al canónigo Diego López de Ayala. Igualmente no resultaría descabellado pensar que viajase a Florencia o a Roma como miembro del séquito de algún personaje ilustre en una misión diplomática, tal y como recordó Sagredo en su tratado.

El viaje a la península italiana marcó definitivamente su formación, puesto que en el transcurso de éste tuvo la oportunidad de recoger información sobre el Baptisterio de Florencia, las ruinas de las termas romanas o la planta de las basílicas paleocristinas, noticias que, junto a los dibujos que realizó, le resultaron de gran utilidad para la redacción de su corpus teórico. Hacia 1522, una vez que hubo concluido su periplo italiano, se encomendó al servicio del Cabildo Catedralicio de Toledo, una etapa en la que trabajó en la rehabilitación de las residencias arzobispales de Toledo y Alcalá de Henares, y posiblemente también en Burgos y en Valladolid. Asimismo, seguramente combinó estos trabajos con el diseño y la construcción de varios aparatos de arquitectura efímera, los cuales fueron ideados para celebrar festividades religiosas, como el Domingo de Resurrección o el Corpus Christi. En este ámbito se puede también hablar del proyecto que realizó para la sepultura del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, tal y como explicó en su tratado, aunque este encargo jamás se concluyó.

Los viajes que realizó por Castilla le permitieron recalar en Burgos, localidad en la que conoció al que, más tarde, sería el protagonista de su tratado: el pintor León Picardo, uno de los artistas extranjeros que trabajaron para el condestable de Castilla. En esta misma ciudad conoció al maestro Felipe de Borgoña y a Cristóbal Andino, artífice de las mejores rejerías de la primera mitad del siglo XVI. Todos ellos intervinieron en el programa decorativo de la Capilla del Condestable de la Catedral, junto a Diego de Siloé. La trayectoria profesional de Diego de Sagredo tomó un nuevo rumbo a partir de 1524, fecha en la que entró a formar parte del séquito de humanistas del arzobispo de Toledo, Alonso de Fonseca y Acevedo, quien le animó a publicar un tratado de arquitectura con todo el material que había recopilado en sus viajes y durante su estancia en Italia. El mecenazgo del religioso le permitió concentrar sus esfuerzos en la redacción de un texto que fue publicado el 2 de mayo de 1526 en el taller toledano del impresor Ramón de Petras. Diego de Sagredo, agradecido por el apoyo prestado, dedicó la obra a su mentor, el cual, a su vez, ya había ejercido este tipo de funciones con otros escritores y artistas de la época. Curiosamente, la Real Cédula que sancionó esta publicación aludía a la utilidad que este tratado presentaba para el trabajo de los canteros. En esta misma etapa continuó realizando pequeños monumentos efímeros, como el que ideó para la entrada en Toledo de la emperatriz Isabel de Portugal, a la que seguramente conoció durante el período en el que fue capellán de la reina Juana I de Castilla. Se ignora la fecha de su muerte, aunque la epidemia de peste que asoló la ciudad de Toledo y sus alrededores en el año 1528 pudo ser la causa, sobre todo si se tiene en cuenta que la emperatriz Isabel entregó a las sobrinas de Sagredo una cédula en la que se aseguraba el mantenimiento de los derechos de impresión de su tratado con posterioridad al fallecimiento del autor.

El humanista castellano ha pasado a la historia, en realidad, por su tratado, conocido como Medidas del Romano. Una obra sencilla, esquemática y muy clara acerca de algunas cuestiones de interés relativas a los órdenes arquitectónicos, la teoría de las proporciones u otros temas que, a juicio de su autor, eran susceptibles de ser utilizados en la decoración arquitectónica. En palabras del escritor, se trataba de poner la “ciencia de la arquitectura” de los clásicos al alcance de los oficiales, los cuales trataban de imitar en sus diseños de nueva planta los edificios romanos aunque no siempre lograban este objetivo, puesto que no tenían nociones elementales sobre el tema. En este sentido, era necesario dar a conocer una serie de cuestiones, como las medidas o el canon clásico, aunque Diego de Sagredo también se mostró a favor de integrar en su discurso algunas aportaciones más modernas, como el tema de las proporciones o la visión renacentista del hombre como “centro del universo, fábrica perfecta y modelo de creación”. En cuanto a los destinatarios del tratado, los últimos estudios han tratado de demostrar que no sólo fueron los canteros, oficiales, albañiles o arquitectos, sino también los humanistas. En este sentido, no se puede olvidar que la publicación reviste un especial interés para los estudiosos de lexicografía, puesto que fue el primer tratado de arquitectura escrito en lengua romance de Europa, una circunstancia que favoreció la utilización de un lenguaje artístico plagado de tecnicismos o cultismos léxicos y semánticos tomados del italiano, del latín y del castellano. En el caso de Diego de Sagredo, no había necesidad de escribir con veleidades literarias, sino de dotar al lenguaje de un vocabulario técnico adecuado para todos los estratos de la sociedad.

Una de las elecciones más originales fue precisamente la de utilizar el diálogo como medio de comunicación entre los protagonistas de la obra, probablemente porque su autor deseaba reforzar la intencionalidad didáctica de la misma. En ella intervenían dos personajes, un sosia del propio Sagredo, llamado Tampeso, y el pintor León Picardo, quienes discurrían acerca de todo tipo de cuestiones relativas a la arquitectura clásica. En este sentido, Tampeso había sido elegido para responder a las interpelaciones de Picardo, que giraban en torno a las proporciones, los principios de la geometría, el diseño de las columnas, las partes en las que se dividían las cornisas, los capiteles o las basas. Para completar el aparato doctrinal el propio Sagredo realizó una serie de grabados xilográficos que aparecen en el texto intercalados con diagramas, tablas y detalles arquitectónicos, como las balaustradas, los candeleros, las columnas, las cornisas o los capiteles, entre otras cuestiones. Resulta curioso pensar que el español fue el primer artista moderno que reflexionó acerca de los cinco órdenes arquitectónicos puesto que sólo se encuentra un precedente similar en la carta escrita por Rafael Sanzio en la década de 1520 y remitida, entre otros, al papa León X y al humanista Baldassare Castiglione. Sin embargo, en el ámbito de los estudios arquitectónicos, Diego de Sagredo fue el primero en plantear estas cuestiones públicamente, sobre todo si se tiene en cuenta que Sebastiano Serlio, su más inmediato sucesor, no publicó su obra hasta el año 1537, aunque la impresión de este tratado en castellano se retrasó hasta el año 1552.

Quizás, como algunos autores han planteado, el prestigioso teórico italiano pudo utilizar como fuente la obra de Sagredo, una circunstancia que demostraría que la publicación del español tuvo una mayor repercusión de lo que, a priori, se podría pensar. A su vez, el propio teórico español revisó, por su parte, una de las obras más emblemáticas del primer renacimiento, De Re Aedificatoria, un tratado publicado por primera vez en el año 1452 por Leon Battista Alberti, y alguna de las reimpresiones realizadas de la obra clásica de Vitrubio, De Architectura Libri Decem, escrita en el siglo i a. C. Diego de Sagredo también mencionó en su tratado la obra de Pomponio Gaurico mientras que los expertos barajan la posibilidad de que también utilizase los escritos de Francesco di Giorgio Martín, conocidos como Trattati di architettura, ingegneria e arte militare, y escritos entre 1470 y 1490.

Más allá de los vínculos que el español estableció con la tratadistica precedente, se puede afirmar que algunos de sus planteamientos deben destacarse, al menos, por su originalidad respecto a los escritos anteriores. En este sentido, Sagredo fue el primero que habló del denominado como balaustre, un elemento arquitectónico que, a su juicio, presentaba un carácter nacional español. A este respecto, manifestó que el balaustre derivaba tanto del árbol como del fruto del granado, tratando de establecer una analogía argumental con la reconquista de Granada por los Reyes Católicos en el año 1492. El primer arquitecto que popularizó este elemento fue el escultor Felipe Vigarny, artífice, entre otras obras, del retablo mayor de la Capilla Real de Granada, y al que el teórico conocía bien. Estos comentarios acerca de la columna abalaustrada son los más novedosos de su producción narrativa, y quizás repercutieron en la utilización de la misma en la obra del escultor Alonso Berruguete e incluso en las publicaciones acerca del Templo de Salomón, publicadas por Juan Bautista de Villalpando, entre otros.

En los últimos años los historiadores del arte franceses han centrado su interés en la influencia que tuvo el tratado de Diego de Sagredo en la literatura artística francesa, principalmente porque Simon de Colines fue el primer editor del texto en esta lengua en el año 1533. Una impresión que gozó de gran éxito quizás porque el francés añadió un apéndice al final del diálogo como resumen de lo expuesto, que posteriormente, fue impreso tanto en las ediciones francesas como en las españolas. La lectura de este tratado fue decisiva para la redacción de Le premier tome de l’architecture, una obra publicada en el año 1567 por Philibert Delorme. El tratadista holandés Pieter Coecke van Aelst, autor de un ensayo titulado Die inventie der colommen, en el año 1539, revisó también con atención la obra de Diego de Sagredo. El éxito de las propuestas de Diego de Sagredo fue tal que rápidamente se reeditó en lugares como Lisboa (1541, 1542 y 1543); Toledo (1549, 1564) y en varias ciudades francesas, al menos, en media docena de ocasiones. Sin embargo, hasta finales del siglo xx no se han realizado las primeras ediciones críticas, proyectos en los que han colaborado profesionales de la talla de Fernando Marías, Agustín Bustamante o Felipe Pereda, entre otros.

 

Obras de ~: Medidas del romano necessarias a los oficiales que quieren seguir las formaciones de las basas, colunas, capiteles y otras piezas de los edificios antiguos, Toledo, Imprenta de Ramón de Petras, 1526.

 

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Macarena Moralejo Ortega

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