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Pero Carrillo de Huete

Biografía

Carrillo de Huete, Pero. Señor de Priego y Huete (VI). ¿Huete (Cuenca)?, c. 1380 – ?, c. 1448. Cronista y halconero mayor del Rey.

Pero Carrillo de Huete, que destacó como cronista y halconero mayor del rey Juan II de Castilla, proba­blemente nació en Huete, su señorío, aunque no hay constancia de dicho nacimiento. Fue hijo de Teresa de Meneses o García de Meneses y de Fernán Carri­llo Calvillo, V señor de Priego en Cuenca, y contrajo matrimonio con Guiomar de Sotomayor, hija de Luis Méndez de Sotomayor, señor de Carpio. Las princi­pales noticias que se tienen de Pero Carrillo de Huete se desgranan de las crónicas, y, en especial de la suya llamada Crónica del Halconero.

Había sido hecho caballero por el infante don Fer­nando de Antequera, de cuyo séquito formaba parte, en la plaza de Setenil, en plena guerra de Granada, en 1407. En 1420 aparece ya como halconero mayor de Juan II y como señor de Priego y Huete, solares limí­trofes en Cuenca (no hay que confundir el primero con el Priego cordobés). Arranca su propia Crónica precisamente con una intervención suya en la toma del castillo de Montalbán, tras haber colaborado en la huida del Rey, que estaba prisionero de la facción del infante don Enrique. Pero Carrillo se presenta aquí como criado del Monarca, al adelantarse en la toma de la plaza, y se autorretrata —como hacen otros cro­nistas medievales, a un tiempo militares y letrados— subiendo impetuosamente a la torre del homenaje y aguardando valientemente más de dos horas la lle­gada del Monarca para entregarle la plaza. En su cró­nica se arroga protagonismo en determinadas nego­ciaciones, pero también se pasan por encima hechos enojosos y desafortunados en los que intervino, y que se conocen gracias a la Crónica de Juan II de Álvar García, como la delicada misión de 1423, en la que se le escapó un prisionero, lo que provocó el enojo del Rey. En 1428 aparece como juez de torneo en las cé­lebres fiestas de Valladolid, que pudo haber evocado Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre. Participa en 1429, junto con Pero Niño, conde de Buelna, y otros, en la toma de posesión del castillo de Montánchez. En 1430 está presente en el forzado en­claustramiento en el convento de clarisas de la Reina Madre (“por la gran sospecha que de ella [el Rey] te­nía”), episodio contado con emoción por Carrillo en la llamada “página más bella” del Halconero. En 1431 participa en la batalla de La Higueruela. En 1432 se halla en la detención de varios nobles en Zamora, en­tre ellos Fernán Pérez de Guzmán (el autor de las Ge­neraciones y semblanzas). En 1433, buscando posadas en Madrid para los hombres del Consejo real y sus acompañantes. Y, aunque prácticamente hasta 1440 no hay nuevas noticias suyas, aparecerá de nuevo, en varias ocasiones, como aposentador y mensajero, ofi­cios delicados ambos y por los que tuvo que sufrir duros desaires y humillaciones, infligidos tanto a él como al Rey que representaba. Las últimas noticias suyas se darán en sucesos de marzo de 1441.

El oficio de halconero mayor era tal vez el más mo­desto de la casa del Rey (sólo se dio, al parecer, entre los reinados de Enrique III y Enrique IV). El mismo Pero Carrillo, cuando detalla la organización de la Casa del príncipe de Asturias, el futuro Enrique IV, ordena del siguiente modo los cargos curiales: mayor­domo mayor, camarero mayor, canciller mayor, ma­riscal, repostero mayor, aposentador mayor, camarero de las armas, copero mayor, caballerizo mayor, con­tador mayor, despensero mayor y, por último, halco­nero mayor. Se trataba de un cargo honorífico, que llevaba aparejadas una serie de funciones burocráticas y protocolarias, indicando fundamentalmente servi­cio y familiaridad. Las que desempeña Carrillo, desde embajador de confianza hasta aposentador, como curial de armas y letras (recuérdese su competencia como juez de torneo en Valladolid, 1428), parecen de algún modo semejantes a las que en la Corona de Aragón las Ordenacions del rey Pedro el Ceremonioso prescribía para el escribano de ración o scriba portio­nis. Una mirada amplia, por tanto, al cargo de “hal­conero” obliga a pensar en éste dentro de un grupo funcionarial heterogéneo, en el que se confundirían varios escalafones de letrados, secretarios, cronistas y escribanos, y a cuya contribución se deben, sin duda, muchos de los mejores textos no sólo de prosa histórica, sino también de prosa de ficción y poesía cancio­neril (recuérdese a un coetáneo suyo: Ausiàs March, halconero mayor del rey Alfonso el Magnánimo) en las Cortes europeas de los siglos xiv y xv.

La Crónica del Halconero, que escribe Pero Carri­llo, relata hechos del reinado de Juan II acaecidos en­tre 1420 y 1450. Hasta 1435, su relato coincide y se complementa con el más detallado del cronista oficial del Rey, Álvar García de Santa María. En este primer tramo, el historiador rescata algunas noticias y esce­nas que podían haber sido poco atendidas por éste. El autor completa un relato mucho más servicial con el Monarca que el de otras crónicas (la oficial y otras particulares), con el objetivo declarado de hacer girar todos los hechos del reino en torno a la figura real, ca­beza del reino. En el segundo tramo, a partir del mo­mento en que Álvar García cesa en su labor cronística (1435), el relato del Halconero gana en complejidad textual, acogiendo numerosos documentos y perspec­tivas que sirven tanto para defender al Rey como para analizar algunas de las facetas de la vida cortesana por él presidida. Por tanto, para sintetizar, los hechos del reinado de Juan II, anteriores y sobre todo posterio­res a 1435, iban a ser historiados, pero ya no por un hombre de oficio, como Álvar García, ni por un inte­lectual, latinista prehumanista, como lo fue Juan de Mena (también cronista real), sino por un hombre de confianza del Rey, que tenía un cargo de máxima confianza —el de halconero mayor— en la Corte.

La falta de aliño y preocupación literaria que se le suele reprochar al estilo de Pero Carrillo viene dada básicamente por su algo indiscriminada acumulación de fuentes documentales, que resultan a veces —no siempre— de un precioso valor. En la Crónica del Halconero se pueden localizar hasta ciento ochenta y seis documentos, entre noticias, pregones, cartas de todo tipo, desafíos, copias, resúmenes, relaciones de solemnidades, etc., y eso solamente entre los que cita de manera expresa Pero Carrillo como fuentes de su historia. Parece un récord, para una crónica me­dieval, sobre todo si se tiene en cuenta que, aunque la mayoría están simplemente mencionados o resu­midos, como en una regesta, con indicación sumaria de su contenido, hay quince resumidos más extensa­mente o parafraseados y hasta cuarenta copiados casi completos. Entre estos últimos, destacan por su be­lleza estilística, claridad, frescura y veracidad histórica cuatro cartas de frontera: la primera, la carta al Rey del adelantado de Andalucía, Diego de Ribera (desde Alcalá la Real, 12 de noviembre de 1430); la segunda, la del condestable don Álvaro de Luna también al Rey (22 de mayo de 1431); la tercera, la del comendador de Segura, Rodrigo Manrique, padre de Jorge Manri­que (1434), y la cuarta, la del señor de Valdecorneja, Fernán Álvarez de Toledo (desde Cabeza de los Jine­tes, 29 de mayo de 1435).

Por último, hay que mencionar que tampoco existe certeza de la muerte de Pero Carrillo de Huete, lo único que se sabe es que mandó ser sepultado en Huete, pero no consta la defunción en lo que fue su señorío, ni se encuentran huellas actualmente de su sepultura.

 

Obras de ~: Crónica del halconero de Juan II, ed. y est. de J. de Mata Carriazo y Arroquia, Madrid, Espasa Calpe, 1946 (col. Crónicas Españolas, vol. VIII) (ed. facs. de R. Beltrán, Granada, Universidad-Marcial Pons, 2006).

 

Bibl.: J. de M. Carriazo y Arroquía, [“Estudio”] en P. Ca­rrillo de Huete, Crónica del halconero de Juan II, op. cit., 1946; “Cartas de la frontera de Granada”, en Al-Andalus (Madrid-Granada), n.º 1, vol. 11 (junio de 1946), págs. 120-130; F. Rico, “Unas coplas de Jorge Manrique y las fiestas de Valladolid en 1428”, en Anuario de Estudios Medievales (Madrid), II (1965), págs. 515-524; R. B. Tate, “El cronista real castellano durante el siglo quince”, en VV. AA., Homenaje a Pedro Sainz Rodríguez, t. III. Estudios Históricos, Madrid, Fun­dación Universitaria Española, 1986, págs. 659-568; M. Gar­cía, “La crónica castellana en el siglo xv”, en J. M. Lucía, P. Gracia y C. Martín Daza (eds.), Actas del II Congreso In­ternacional de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, Alcalá de Henares, Universidad, 1992, págs. 53-70; C. Mon­tero Garrido, La historia, creación literaria: el ejemplo del Cuatrocientos, Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal-Universidad Autónoma de Madrid, 1994 (Fuentes Cronísticas de la Historia de España, VIII); R. B. Tate, “Los trabajos del cronista cuatrocentista”, en Stvdia Historica. Historia Moderna (Salamanca), XIII (1995), págs. 27-46; J. L. Carriazo Ru­bio (coord.), Juan de Mata Carriazo y Arroquia. Perfiles de un centenario (1899-1999), Sevilla, Universidad, 2001; F. Gómez Redondo, Historia de la prosa medieval castellana, III: Los orí­genes del humanismo. El marco cultural de Enrique III y Juan II, Madrid, Cátedra, 2002; R. Beltrán, “Estudio preliminar”, en P. Carrillo de Huete, Crónica del halconero de Juan II, op. cit., 2006, págs. XIII-LX.

 

Rafael Beltrán Llavador

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