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'Abd al-Rahman b. 'Abd Allah al-Gafiqi

Biografía

‘Abd al-Malik b. Qaṭan al-Fihrī. Medina (Arabia Saudí), 654 – Córdoba, 123/741. Duodécimo y decimocuarto emir andalusí (dependiente de Damasco) tras ‛Abd al-Raḥmān al-Gāfiqī.

Al-Ḍabbī, al-Ḥumaydī e Ibn al-Faradī dan su nombre completo: ‛Abd al-Malik b. Qaṭan b. ‛Iṣma (Nahšal según Ibn Ḥazm) b. Unays b. ‛Abd Allāh b. Ŷaḥwān b. ‛Amr b. Ḥabīb b. ‛Amr b. Šaybān b. Muḥārib b. Fihr. Es el Abdelmelic, Abdelmelic iben Katum, Abdelmelque fijo de Acan de las crónicas cristianas. Tuvo dos gobiernos: uno tras la muerte de ‛Abd al-Raḥmān al-Gāfiqī [s.v.] y un segundo después de ‛Uqba [s.v.]  

‛Abd al-Malik era un aristócrata, “ex nobili familia”, pero su conducta distaba mucho de ser intachable. Tanto las fuentes latinas como las árabes convergen en presentarlo como incapaz, fatuo, petulante, tiránico y parcial en sus decisiones. Hª Arabum lo califica de “dissipator, discolus et petulans” y Moro Rasis no vacila en afirmar “Abdelmeque… fue mui mal rey, et pusso mui mal los fueros”. Cronológicamente, el gobierno de ‛Abd al-Malik sucede al de ‛ Abd al-Raḥmān al-Gāfiqī y precede el de ‘Uqba, dos figuras que gozaron de apreciación favorable; lo cual contribuye a acentuar los contrastes. La actuación administrativo-económica del nuevo gobernador, nombrado por ‘Ubayda, tampoco concita la aprobación de las fuentes latinas que la enjuician muy negativamente. Pintan un cuadro de “país floreciente, arruinado sin esperanza de recuperación”, de “irrefrenable codicia y abusos de los recaudadores”, recurriendo a “injusticias legales, prestaciones forzosas, devastaciones sin provecho alguno”. Expresiones estas de “blandiendo pro iure iniurias, pro pace angarias” que, más allá de su retórica, están aludiendo a un evidente agravamiento de la situación socio-económica de los sometidos. Tampoco debía ser totalmente legal y, mucho menos, limpia cuando la primera providencia del nuevo gobernador, ‘Uqba [s.v.], será la de cortar con la política de su antecesor, al que encarceló, castigando duramente a sus recaudadores… Hasta el extremo que Hª Arabum establece un nexo causal entre la “vox Christianorum, que ad aures Domini ascendebat contra tirannum” y el que el califa decidiese destituir al gobernador… No hubo intervención divina alguna, sencillamente Hišām b. ‛Abd al-Malik está descontento ante una pésima gestión administrativa que no engrosa las arcas públicas. Tal vez toda la culpa no incumbiese al gobernador, dado que la misma Crónica de 754 acusaba a “Yscam…cupiditate prereptus, tanto collectio pecuniarium per duces Oriente et Occidente ab ipso missis est facta, quanto nullo umquam tempore in reges qui ante eum fuerant extitit congregata. Unde non modice populorum katerve cernentes in eo inprobam manere cupiditatem suas dividunt mentes”. Provocando que “…iniurias non poterent tolerare, multe provinci sibi subdite...retraxerunt”. La economía fue siempre la gran preocupación de este califa que se quejaba de sus apuros económicos, diciendo gráficamente que “el estado estaba tan necesitado de dinero como un enfermo de medicina”. Su afán por incrementar los ingresos estatales no es ningún secreto, manifestándose en una política general de subida de impuestos, inicio de programas de desarrollo económico, fomento de la agricultura, ampliación de la superficie cultivable roturando tierras yermas, desecando marismas, abriendo canales de irrigación, creando mercados.

Pero los motivos fiscales no parecen haber sido decisivos, puesto que ‛Abd al-Malik no fue cesado por haber ‘tiranizado a los cristianos’, sino por su incompetencia militar. “Monitus Abdelmelic a principalia iussa, quare nihil ei in terra Francorum prosperum eveniret de pugne victoria”, léase ni campañas, ni fructuoso botín. Picado por la reprimenda, el gobernador sale de Córdoba con todas las tropas “cum omni manu publica”. Su meta era la de someter a las poblaciones pirenaicas “subvertere nititur Pirenaica inhabitantium iuga”. Su propósito, efectuar un provechoso saqueo en las Galias “in terra Francorum prosperum eveniret”. Todo apunta a que estaba planeando una reedición de las algaras de ‛Abd al-Raḥmān al-Gāfiqī [s.v.]. Según las crónicas árabes el primer paso era “hacer una incursión por la tierra de los Vascones” y Moro Rasis “et destruyo la tierra de los Bacazos et la de los Viscares”; algunas señalan incluso que “venció a los [indígenas] e hizo botín”. Una campaña que Bayān fecha en 115/733, mientras las crónicas árabes la retrasan a “anno…Arabum CXVIº”.

No parece que esta algara tuviese nada de triunfal. El balance recogido por Ibn al-Aṯīr se limita a un escueto “retornaron salvos”, lo cual parece aludir a haber pasado algún apuro. Crónica del 754 señalaba dificultades de marcha y falta de éxito “expeditionem per loca dirigens angusta, nihil prosperum gessit”. Insiste en que “con la ayuda de Dios, los naturales conservan las cumbres, lugares de los que el ejército [enemigo] había intentado apoderarse siguiendo caminos escabrosos pero, habiendo sufrido numerosas bajas, se [tiene que] retirar a las llanuras, regresando a su patria por caminos apartados”. Esta única fuente contemporánea colocaba el primer fracaso árabe durante el gobierno de ‛Abd al-Malik b. Qaṭan, cuando se proponía “subvertere nititur Pirinaica inhabitantium iuga”. Todas las crónicas árabes lo localizaban también inequívocamente en territorio vasco/“arḍ al-Baškunis”. Para el cristiano autor de Crónica de 754 (que ignora la posterior identificación imaginaria de los “pinnacula” en el “montem mágnum, cui nomen es Aseuva”, seguida de la de los “loca angosta…per dubia/deva” en “ripam fluminis cui nomen es Devae”), la primera resistencia efectiva indígena no empezó en Covadonga (hacia 722), sino en alguno de los altos valles del Pirineo, el año 115/733…

Naturalmente, tras su fracaso Ibn Qaṭan fue destituido; cerrándose así su primer mandato, que había abarcado de ramaḍān 114 / octubre 732 a šawwāl 116 / noviembre 734. La correcta duración de dos años es la señalada por Ibn Baškuwāl, Bayān y Kāmil, mientras Ajbār la acortaba a seis meses, Albeldense la alargaba a dos años y ocho meses, Ḏikr y A‛māl a tres años y dos meses, Crónica del 754, Ibn Ḥabīb, Hª Arabum, le asignaban cuatro años (parece que éstos han sumado los dos periodos de gobierno que tuvo); al-Ḥumaydī, al-Ḍabbī e Ibn al-Faraḍī lo hacen prolongarse del 115 al 125.

En ṣafar 123 / enero 741 ‘Uqba ha muerto e Ibn Qaṭan vuelve a hacerse con el poder, probablemente en tanto portavoz de la corriente kalbí, que está siendo monopolizada por los Fihríes. Es indiscutible que no ha sido nombrado por el gobernador de Ifrīqiya, ni por el califa. La autoridad de Ibn Qaṭan tiene un origen andalusí, no se sabe si basado en una delegación de ‘Uqba moribundo, en una elección consensuada, o en una sencilla y descarnada toma del poder. El asunto ha sido resuelto en la Península, entrando así en una nueva fase: la del autogobierno andalusí. Autonomía provocada por el aislamiento, consecuencia de la gran rebelión bereber del 122/739 que ha afectado todo el Norte de África y cortado las comunicaciones con el califato de Damasco.

Precisamente los avatares de este levantamiento serán los que condicionen los eventos posteriores. Cuando el califa Hišām, enterado de la gravísima marcha de los acontecimientos, envió a Kulṯūm, lo puso al frente de un enorme ejército con la misión de sofocar aquella sublevación de Ifrīqiya. Precisamente la derrota sufrida a orillas del río Sebu en 123/741 será la que determine que los sirios que pudieron escapar tratasen de refugiarse en al-Andalus. En un principio Ibn Qaṭan se negó, mitad por rencor personal en contra de la dinastía omeya, mitad por temor a ser desbancado. Pero “los beréberes andalusíes, al llegarles noticia [a finales del 741] de los triunfos de los beréberes africanos sobre los árabes de aquella región, se rebelaron contra los árabes de al-Andalus. Imitando la conducta de sus hermanos, expulsaron y mataron a los árabes de Ŷillīqiya, echaron a los de Astorga y demás poblaciones sitas más allá de los puertos [de la Cordillera Central]. Todos los árabes de los confines fueron muertos o expulsados —pues eran pocos— excepto los de Zaragoza y su frontera, pues siendo allí más numerosos que los beréberes éstos no [pudieron desalojarlos. Cosas que sucedieron] sin que Ibn Qaṭan se enterase, hasta que se le presentaron los fugitivos.

Entonces envió tropas contra los [beréberes] que las desbarataron, exterminando a los árabes de aquellas comarcas, agravándose la situación. Al ver aquello, el gobernador temió que le ocurriese lo mismo que a los árabes de Tánger y, cuando conoció los preparativos beréberes en contra suya, no vio mejor solución que pedir ayuda a aquellos famélicos árabes sirios, los odiados compañeros de Balŷ, al que escribió, estipulando condiciones de paso… La situación era critica pues los beréberes “in tres turmas divisi, unam ad Toledum destinant…, aliam Abdelmelic Cordoba sede…, tertiam ad Septitanum portum/ Messulam civitatem porrigunt…”. Para los árabes, tácticamente lo primero era controlar el paso del Estrecho y cortar cualquier posible contacto/refuerzo entre los beréberes de ambas orillas. Cuestión que Balŷ se apresuró a zanjar en Algeciras/Sidonia. Las armas y despojos cobrados permitieron (sumados a la generosa ayuda de sus contribulos andalusíes) volver a equipar a los sirios. La columna que se dirigía contra Córdoba es rechazada y desviada por tropas andalusíes bajo el mando de Almuzar/Almuzaor (ignorado de las fuentes árabes) pese a caer junto a gran parte de sus efectivos. Los restos de las dos columnas beréberes desbaratadas se unen a los de Ŷillīqiya, Astorga y de la cuenca del Duero que se habían concentrado en número incalculable para asediar Toledo. Allí, a orillas del Guazalete se enfrentaran a las tropas andalusíes mandadas por Umayya y Qaṭan (hijos de Ibn Qaṭan) junto a las sirias dirigidas por Balŷ. El protagonismo de la victoria es discutido. Moro Rasis se lo atribuye a “Catan y Humeye, dos fijos del rey por sus manos. Et bien dixeron aquellos que hi fueron que por ellos fuera la batalla vencida, et que ellos llegaron a ferir, después que todos los faces fueron quebrados”. Mientras todas las fuentes árabes lo achacan a “los sirios que cargaron con denuedo, peleando con tal valor suicida que hicieron volver espaldas a los beréberes, haciendo tan gran matanza que acabaron con ellos; quienes huyeron fueron los [únicos] supervivientes…Pero los sirios se esparcieron por todo el territorio andalusí, exterminando a los beréberes hasta meter a los fugitivos en las fronteras —donde se escondieron— y ahogar su rebelión”.

Alejado el peligro y sofocado aquel gravísimo levantamiento, Ibn Qaṭan quiso que los sirios evacuasen la Península. Las fricciones surgieron cuando éstos exigieron salir desde las costas levantinas para ser trasladados “en bloque a Ifrīqiya”. El gobernador alegaba falta de barcos y pretendía desembarcarlos en pequeños grupos en Ceuta… Indignados ante aquella aviesa propuesta de exterminio encubierto, exacerbado por el recuerdo de su pasada denegación de auxilio y otros agravios, ejecutan a Ibn Qaṭan en ḏū l-qa‛da 123 / septiembre 741.

Este segundo gobierno había durado de ṣafar a ḏū l-qa‛da 123 / diciembre 740 a septiembre 741. Imāma le atribuye doce meses, mientras Albeldense, Ḏikr, Fatḥ y A‛mal consignan trece meses.

 

Bibl.: P. de Gayangos (ed.) Memoria sobre la autenticidad de la crónica denominada del moro Rasis, Madrid, Real Academia de la Historia, 1852; Ibn al-Aṯīr, Al-Kāmil fī l-tārīj, Leiden, 1871; al-Ḍabbī, Bugyat al-multamis, Madrid, 1884; Ibn al-Faraḍī, Tārīj al-‛ulamā’, Madrid, 1891; Ibn Qutayba, Al-Imāma wa-l-siyāsa, El Cairo, 1904; Ibn ‘Abd al-Ḥakam, Futūḥ Miṣr, New Haven, 1922; Ibn al-Qūḥiyya, Tārīj iftitāḥ, Madrid, 1926; al-Maqqarī, Nafḥ al-ṭīb, El Cairo, 1949; Mu‘ŷib, El Cairo, 1950; al-Ḥumaydī, Ŷaḏwat al-muqtabis, El Cairo, 1952; Ibn al-Jaṭīb, A‘māl, Beirut, 1956; Ibn ‘Iḏārī, Al-Bayān al-mugrib, Tetuán, Instituto Mulay al-Hassan, 1963; Ibn Ḥazm, Ŷamhara, El Cairo, 1971; J. E. López Pereira (ed. y trad.), Crónica del 754, Zaragoza, Anúbar, 1980; L. Molina (ed.), Ḏikr bilād al-Andalus, Madrid, 1983; J. L. Moralejo (trad.), Crónica Albeldense, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1985; Ibn Jaldūn, Kitāb al-‘Ibar, Beirut, 1988; Ibn Ḥabūb, Tārīj, Madrid, 1991; R. Ximénez de Rada, Historia Arabum, ed. de J. Lozano Sánchez, Sevilla, Universidad, 1993; L. Molina (ed. y trad.), Fatḥ al-Andalus, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1994; P. Chalmeta, Invasión e islamización, Jaén, Universidad, 2003.

 

Pedro Chalmeta Gendrón