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Antonio Lorenzo Quintanilla y Santiago

Biografía

Quintanilla y Santiago, Antonio Lorenzo. Pamanes (Cantabria), 14.XI.1787 – Almería. 27.XII.1863. Militar, último defensor del archipiélago de Chiloé.

Sus padres, Francisco y Teresa, agricultores modestos, querían para su hijo una posición diferente que, dado lo exiguo de su patrimonio, sólo podía facilitar la Iglesia. Sin embargo, un día de 1802 llegó al pueblo un familiar procedente de Chile, y esta visita torció la posible vocación religiosa del estudiante de Latinidad y, al regreso del viajero, marchó con él a tierras americanas. Después de cuatro meses de navegación y arriesgados desplazamientos a través de la Pampa y los Andes, el joven llegó a Chile para trabajar en Concepción como dependiente de comercio. Las actividades mercantiles le interesaron; realizó estudios de Contabilidad y Náutica que le permitieron dedicarse al transporte marítimo, pilotando su propio barco.

En 1810 tuvo conocimiento de movimientos insurgentes en la zona de su residencia, por lo que se trasladó a Valdivia para prevenir a la autoridad militar. A pesar del aviso, el gobernador permaneció inactivo, y a los pocos días fue depuesto por la Junta del partido patriota. A partir de este episodio, la independencia de Chile fue ya un proceso en creciente desarrollo.

En septiembre de 1811 se sublevaron los hermanos Carrera Verdugo y diversos movimientos políticos agitaron el país.

Quintanilla siguió realizando su actividad mercantil y marinera por las costas americanas del Pacífico, pero la llegada a Concepción de tropas realistas, mandadas por el brigadier de la Armada Antonio Pareja, supuso para él un trascendental cambio de oficio. Pareja le pidió que se alistase en el Ejército para ejercer como ayudante suyo. El 5 de abril de 1813 vestía por primera vez el uniforme llevando en las hombreras las divisas de subteniente del batallón veterano de Valdivia.

Aquel primer año de milicia estuvo marcado por la participación en numerosos combates, entre los que cabe destacar el librado el 23 de abril en los campos de Yerbas Buenas y la batalla de San Carlos, desarrollada el 1 de mayo. En este encuentro recibió una herida de bala en la cara que le afectó a diferentes músculos, lesionando ojo, boca y oído izquierdo, amén de causarle una profunda cicatriz.

La herida del rostro no impidió al teniente Quintanilla continuar en campaña. Al mando de una columna de ochenta jinetes se enfrentó al caudillo Luis de la Cruz en el paraje de Casas de Arraigada, cogiéndolo prisionero junto con trescientos de sus hombres; por esta acción fue ascendido a capitán. El 3 de agosto de 1813 tomó parte en la ruptura del sitio a la ciudad de Chillán asediada por tropas de Miguel Carrera, que derrotado por los realistas propició el liderazgo de Bernardo O’Higgins en la campaña por la independencia.

La fama que acompañaba a Quintanilla se acentuó en San Pedro, cuando pasó a nado con su columna el caudaloso río Bio Bio, después de hostigar al enemigo durante un mes y capturarle un número considerable de caballerías. El 13 de abril de 1814 participó como teniente coronel en la toma de la ciudad de Concepción.

Seis meses después, se batió en Rancagua a la vanguardia de las tropas del general Osorio obligando a O’Higgins a refugiarse en Santiago. Siguió en persecución del caudillo chileno y en la cordillera de los Andes, paraje de Ojos de Agua, le infligió una nueva derrota, con lo que el territorio quedó en poder de las fuerzas realistas; por esta brillante operación, recibió el empleo de coronel.

Pacificado el país, Quintanilla se hizo cargo del gobierno militar de los distritos de Villanueva y Aconcagua.

Conocedor de los movimientos del caudillo San Martín en Mendoza, cruzó los Andes hasta la frontera con Argentina, y en la hacienda del Leoncito se enfrentó a una numerosa columna logrando derrotarla.

Pero donde su estrella militar brilló de manera singular fue en la batalla de Chacabuco, librada el 12 de febrero de 1817: al mando de los carabineros de Abascal atacó a las guerrillas de Manuel Rodríguez, que precedían al grueso de las tropas de San Martín y O’Higgins. Después de este choque los realistas del brigadier Maroto fueron desbordados y entraron ordenadamente en Santiago, pero la presión del enemigo les obligó a embarcar rumbo a Valparaíso, y de allí a Callao.

En marzo de 1817, Ignacio Justis, gobernador del archipiélago de Chiloé, solicitó licencia para reponerse de sus dolencias en Lima. El virrey, Joaquín de la Pezuela, concedió el cese a Justis y en su lugar nombró a Quintanilla gobernador interino de las islas. El nuevo titular embarcó rumbo a Talcahuano, donde quedaban tropas realistas al mando del coronel José Ordóñez. Durante varios días, ambos jefes efectuaron salidas hacia Concepción y sus alrededores a fin de sofocar la creciente oleada de insurrección, pero en vista de las dificultades de la operación decidieron regresar a Talcahuano, donde Ordóñez procedió a fortificar los puntos clave de la ciudad hasta recibir ayuda militar de su compañero desde Chiloé.

Al incorporarse a su destino, Quintanilla encontró un territorio pobre y sumido en el olvido, sin Ejército, sin armamento y sin Marina. No obstante, organizó un batallón de línea, una compañía de artillería y puso en servicio varias unidades de milicias provinciales.

Parte de esta fuerza pasó al continente en la misma fragata de arribada, logrando auxiliar por algún tiempo al coronel Ordóñez en Talcahuano, pero la batalla de Maipo, librada el 5 de abril de 1818, puso fin a la presencia española en Chile continental.

Como primera medida de gobierno, Quintanilla inició importantes obras de fortificación en los puertos del archipiélago, especialmente en Castro y Ancud, a los que dotó de una escuadrilla de lanchas cañoneras, pagadas y patroneadas por los propios vecinos. Para el sostenimiento de las tropas, recabó auxilios económicos a los habitantes, ya que le capitanía general del Perú no aportaba medio alguno.

El armamento constituyó una de sus preocupaciones, pero se hizo con doscientos fusiles y puso en funcionamiento diversas piezas de artillería que se hallaban inservibles. En el área de la instrucción militar llevó a cabo un completo programa para tropas de mar y de tierra, con lo que logró en poco tiempo una milicia nativa mandada por oficiales cuyo nombramiento fue refrendado por Lima. Tampoco descuidó los recursos económicos: fomentó la agricultura, abrió los puertos al comercio exterior y cuando la situación de aislamiento político hizo difícil la supervivencia, autorizó a las embarcaciones a practicar el corso.

El nuevo gobierno de Chile envió una primera expedición contra el archipiélago en febrero de 1820, con ella el marino inglés Alexander Cochrane intentó tomar el castillo de San Miguel de Ahuí, sin conseguirlo.

En vista de este fracaso, Bernardo O’Higgins ofreció, mediante carta, una capitulación honrosa que no fue atendida. Nuevas invitaciones a la rendición fueron igualmente rechazadas a lo largo de tres años.

El 2 de abril de 1824, una segunda expedición formada por seis unidades navales y mil ochocientos hombres, al mando del presidente Ramón Freire, desembarcó en Mocopulli con intención de tomar el puerto de San Carlos. La sorpresa prevista no se produjo y los invasores sufrieron una gran derrota viéndose obligados a reembarcar rumbo al continente. En la retirada las tropas chilenas perdieron la corbeta de treinta cañones Voltaire, que quedó encallada en los arrecifes de Cazalmapú. Pocas semanas después, tuvieron lugar las decisivas batallas de Junín y Ayacucho en Perú, que dieron lugar a la pérdida de los territorios españoles en el continente sudamericano.

Por tercera vez, el gobierno de Santiago se dispuso a conquistar Chiloé. El 27 de noviembre de 1825, el presidente Freire como general en jefe, y el almirante Blanco Encalada como mando operativo de la flota, zarparon de Valparaíso con dos fragatas, dos bergantines, una corbeta y seis transportes mercantes, llevando a bordo tres batallones adicionales de infantería; semanas después se incorporaban al bloqueo otros dos batallones, completando 2575 hombres. Por razones de mal tiempo, la operación se retrasó hasta el 1 de enero de 1826; ese día, la flota se hallaba a diez leguas de punta Huechucuicuy, extremo noroccidental de la Isla Grande. Tan pronto estuvieron a tiro, rompieron fuego las baterías de Fuerte Corona. Blanco Encalada mandó abordar las lanchas cañoneras que se encontraban al amparo de las baterías de San Carlos mientras Freire iniciaba el desembarco.

Durante quince días se luchó con extraordinario valor por ambas partes, pero la superioridad numérica acabó con la resistencia de los realistas de Chiloé. El 18 de enero de 1826, el coronel Antonio Quintanilla entregó la provincia al general Ramón Freire. Cuatro días más tarde, Rodil capitulaba en la fortaleza de Callao. Los últimos bastiones de resistencia española habían dejado de existir.

A su regreso a la Península, Quintanilla sufrió el proceso de depuración política reglamentario entonces para los profesionales del Ejército. Superado felizmente el trámite, le fue concedido el empleo de brigadier con efectos de marzo de 1823. Después de permanecer de cuartel en Santander y Madrid desempeñó alternativamente los cargos de comandante general de La Mancha y Murcia. Con fecha 31 de diciembre de 1839 ascendió a mariscal de campo y como jefe de la comandancia militar de Tarragona organizó numerosas batidas en persecución de tropas carlistas hasta la total pacificación de la provincia.

Falleció en Almería el 27 de diciembre de 1864 hallándose en la situación militar de exento de servicio.

Casó en 1824 con la joven Antonia Álvarez Garay, hija de un capitán español destinado en el archipiélago; el matrimonio tuvo un hijo, Antonio, que siguió la carrera de las armas. La figura de Antonio Quintanilla Santiago ocupa un lugar destacado en la historia de la América española como defensor del archipiélago de Chiloé durante ocho años en completo aislamiento.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), Secc. 1.ª, leg Q-137.

Comisión del Centenario de Chiloé, Para la biografía de D. Antonio de Quintanilla, Santiago de Chile, Imprenta Cervantes, 1926; J. Rodríguez Llano, “Recuerdos de nuestra historia, el mariscal de campo don Antonio Quintanilla Santiago”, en Guión, n.º 378 (noviembre de 1973), págs. 3-7; M. Torres Marín, Quintanilla y Chiloé; la epopeya de la constancia, Santiago de Chile, Ed. Andrés Bello, 1985.

 

Miguel Parrilla Nieto