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Pedro de Aragón

Biografía

Aragón, Pedro de. ?, c. 1406-1411 – Nápoles (Italia), 17.X.1438. Infante de Aragón.

Quinto hijo de Fernando I de Antequera, rey de Aragón y de Leonor Urraca de Castilla, condesa de Alburquerque. Por lo tanto, sus hermanos fueron los denominados infantes de Aragón, esto es: Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña, Sicilia y Nápoles y conde de Barcelona; María, esposa de Juan II de Castilla; Juan II, rey de Navarra y posteriormente también de Aragón; Enrique, duque de Alburquerque, conde de Villena y Gran Maestre de la Orden de Santiago; Leonor, esposa de Duarte I de Portugal; y Sancho, Gran Maestre de la Orden de Alcántara.

Se sabe que su nacimiento tuvo lugar a principios del siglo XV, aunque no existe consenso sobre la fecha exacta, ya que mientras algunos autores lo datan hacia el año 1406, otros retrasan la fecha hasta 1411.

Vincens Vives destaca, como rasgo principal de esta familia, la ambición y la rivalidad política de todos los hermanos, lo que les llevó a constantes enfrentamientos a lo largo de sus respectivas vidas, en un afán por hacerse con el poder en diferentes escenarios territoriales hispánicos; aunque estas rivalidades se manifestaron de una forma especialmente insidiosa en el ámbito castellano, donde fueron patentes y constantes las luchas intestinas entre el bando compuesto, por una parte, por Enrique y Pedro, y, por otra, por Juan. Las posesiones castellanas que este último recibió en herencia y su designación como duque de Peñafiel —que le convirtieron en el máximo representante familiar de su rama en Castilla— marcaron, de forma trascendental, sus actuaciones políticas peninsulares y las relaciones personales con sus hermanos Enrique y Pedro —que habían percibido igualmente territorios en este reino y también ambicionaban formar parte de esta esfera política debido a su participación, primero, en el consejo real y, posteriormente, en el consejo de regencia que se estableció tras la muerte de Enrique III de Castilla—. A su vuelta de Sicilia, fue aumentando su protagonismo y poder a través de la mano del arzobispo de Toledo, lo que le enfrentó con su hermano Enrique, que recelaba de sus intenciones. En torno a ellos dos se fueron formando dos importantes facciones nobiliarias. En este caldeado ambiente entró en juego el infante Pedro que optó por apoyar firmemente todas las actuaciones e intervenciones de su hermano Enrique durante los años sucesivos.

La mayoría de edad de Juan II de Castilla y sus primeras tomas de decisiones conllevaron, reiteradamente, rivalidades entre ambos partidos, beneficiando el ascenso de un nuevo protagonista, Álvaro de Luna, que se convirtió en el consejero del reciente monarca. Son muy numerosos los episodios de lucha abierta y manifiesta entre Juan y los infantes Enrique y Pedro. Entre ellos pueden destacarse algunos de particular gravedad, como el que tuvo lugar el 14 de julio de 1420. Aprovechando la ausencia de Juan de Aragón —que había viajado a Navarra para celebrar su matrimonio con Blanca, hija y heredera de Carlos III el Noble— la facción del infante Enrique secuestró al rey Juan II de Castilla en Tordesillas con el afán de hacerse con el poder, expulsando a los adeptos de su hermano de los cargos públicos que ocupaban y conseguir la autorización para contraer matrimonio con la infanta Catalina, hermana del castellano. El infante de Aragón reaccionó inmediatamente regresando a Castilla y reuniéndose con sus partidarios con el afán de liberar al Rey del cautiverio. La brecha entre los hermanos se hizo más patente debido al trabajo soterrado de Álvaro de Luna que explotó las circunstancias para que la división entre ellos fuese más patente.

Tras diversos enfrentamientos y la intervención diplomática de Leonor de Alburquerque se produjo la liberación de Juan II de Castilla y el atrincheramiento del infante Enrique en Ocaña —a cuyo auxilio acudieron las tropas de su hermano Pedro—. Finalmente, después de múltiples actuaciones militares por parte de las distintas facciones implicadas, Enrique optó por entrevistarse con Juan II de Castilla, el 12 de junio de 1423 en Pinto, pero fue apresado dos días después.

Como castigo por su delito de alta traición fue duramente sancionado siéndole confiscados sus bienes y entregados a su hermano Juan que, de forma transitoria, amplió su señorío al condado de Alburquerque, Medellín, Ledesma y las cinco villas. Los partidarios de Enrique, que huyeron a Aragón junto con la infanta Catalina, también sufrieron el embargo de sus bienes y posesiones. La reconciliación entre don Juan y don Enrique no tuvo lugar hasta 1425, cuando los dos hermanos se encontraron en Ágreda una vez que el primero fue puesto en libertad (7 de octubre) a raíz del juramento de fidelidad que efectuó el infante Enrique a Juan II en Valladolid (21 de abril).

Igualmente puede destacarse otro episodio posterior en el que participaron los infantes Enrique y Pedro contra su hermano don Juan, en el marco de la guerra que tuvo lugar entre Aragón y Castilla (1429-1430) y que confrontó directamente a Alfonso V con Álvaro de Luna. Las causas de este enfrentamiento bélico deben buscarse en las actuaciones previas que habían tenido lugar en el reino castellano y que se resumieron en continuos ataques del “valido” contra los tres infantes de Aragón: en primer lugar confiscó los bienes al infante Pedro en el año 1429; posteriormente, y una vez desarticulado el partido aragonés en este reino, procedió a proclamarse administrador perpetuo del maestrazgo de Santiago (diciembre de 1429); y finalmente en febrero de 1430 terminó por despojar a Juan de Aragón de su rico patrimonio territorial castellano. Las treguas de Majano (23 de julio de 1430), por las que se restituyó la paz entre Aragón, Navarra y Castilla, no fueron aceptadas por Enrique y Pedro —que habían sido igualmente desposeídos de la mayor parte de sus propiedades—, a diferencia de don Juan —que negoció y esgrimió su fidelidad al monarca castellano con el fin de que le fuesen devueltos sus bienes— y mantuvieron su rebeldía en Extremadura contra el Monarca castellano y Álvaro de Luna.

Las acciones se centraron en el saqueo de villas de esta región y en la ocupación de los castillos de Trujillo, Segura de la Sierra y también, brevemente, de Alba de Liste (Zamora), y se hicieron firmes en Alburquerque hasta que se produjo la traición de Gutierre de Sotomayor, comendador de Alcántara —nombrado por el condestable en lugar del destituido Juan de Sotomayor—, y que colaboró con Álvaro de Luna en el nuevo prendimiento del infante Pedro, en julio de 1432. Ante esta situación, su hermano Enrique no tuvo más remedio que deponer las armas y abandonar las plazas conquistadas para conseguir su libertad. Tras una negociación en la que intervinieron mediadores portugueses, se produjo la salida de ambos hermanos del reino castellano y su embarco en Lisboa, en diciembre de 1432, rumbo a Valencia, a donde arribaron en el mes de mayo de 1433.

En cuanto a sus actuaciones extrapeninsulares, cabe destacar la participación de Pedro en la defensa de Nápoles ante el asedio a que fue sometida esta ciudad por los ejércitos genoveses —que fue tomada en abril de 1424— así como en algunas incursiones en la costa africana con el objeto de hacer prisioneros que trabajaran como remeros en las galeras de las tropas aragonesas. También son muy destacables sus acciones en los sucesivos cercos de la ciudad de Gaeta, si bien sobresale especialmente su actuación, junto a sus hermanos, en la batalla naval de Ponza (5 de agosto de 1435) que concluyó con la victoria de la flota genovesa y el apresamiento del rey Alfonso V, los infantes Enrique y Juan y de la nobleza que conformaba su séquito acompañante. Únicamente el infante Pedro logró escapar con dos galeras que posiblemente se refugiaron en Gaeta, si bien Benito Ruano y Zurita optan por la teoría de que el infante aragonés no participó en dicha batalla, sino que se encontraba, simultáneamente, ejerciendo el asedio sobre esta ciudad. La puesta en libertad de Alfonso V por parte del duque de Milán se concretó a través de un pacto de colaboración política (Tratado de Milán, 8 de octubre de 1435) por el cual se permitía al monarca aragonés efectuar conquistas territoriales al sur de Bolonia.

También debe citarse otra actuación de Pedro que le llevó a la conquista de la ciudad de Terracina, bajo dominio del Papado, y su integración a la obediencia del Rey de Aragón en calidad de amigos y protegidos, en lugar de vasallos, acción que no fue bien acogida, en un principio, por Alfonso V y que le supuso un nuevo enfrentamiento con el Papa.

Nuevos acontecimientos volvieron a situar a Alfonso V en el escenario italiano, y entre ellos merece la pena señalar el alzamiento de Génova contra Felipe Visconti y que fue paralelo a la actuación llevada a cabo por el rey Alfonso nuevamente sobre Nápoles, en cuyo asedio intervino su hermano Pedro. Su participación en esta actuación militar se materializó en la preparación del ataque y toma de la plaza fuerte, a través de la organización y distribución de las máquinas de guerra a lo largo de los muros y los puntos más estratégicos de la misma. En el transcurso de esta ofensiva —que fue lanzada, tanto desde el mar como desde tierra, ya desde el 20 de septiembre de 1438— falleció el infante don Pedro el día 17 de octubre.

Sobre su trágica y prematura muerte —a causa de una bala de lombarda que atravesó la cabeza del infante mientras se encontraba dirigiendo las operaciones militares a caballo— existen diferentes versiones recogidas por numerosos historiadores, como las que se citan a continuación. La descripción de Zurita parece ser la más parca y adusta: “[S]ucedió que un día a 17 del mes de octubre, poco después de salido el sol, yendo el infante don Pedro a caballo hacia la parte donde tenía su estancia contra los enemigos para combatirlos, fue herido de un tiro de una lombarda y le hirió sobre la siniestra parte de la cabeza y le llevó la metad della y le esparció el celebro.” Un testimonio muy similar, y en esta misma línea, es el que recoge Pelegrí, que no vislumbra, al igual que Zurita, ninguna impiedad por parte del infante, ni intervención sobrenatural alguna en su precoz fallecimiento, como tampoco los recoge el italiano Fazio en su crónica. Sin embargo, Summonte sí introdujo una abundante serie de detalles con un singular matiz prodigioso y de castigo por la ofensa y el atrevimento del infante al ordenar apuntar su artillería hacia la iglesia del Carmelo —donde se refugiaba una guarnición de genoveses que estaba preparando lombardas para atacar a los aragoneses—, que fue destruida en esta acción.

De todos modos, el dolor por la muerte de su hermano fue patente en el rey Alfonso V el Magnánimo, que acudió rápidamente a la escena de los hechos para velar el cadáver del fallecido. La duquesa Isabel de Anjou, conmovida por esta tragedia, ofreció la posibilidad de que Pedro fuese sepultado en cualquiera de las iglesias de la ciudad. Sin embargo, Alfonso V decidió que las exequias no fuesen celebradas hasta que la ciudad fuese conquistada e hizo guardar los restos mortales envueltos en paños en una caja de madera alquitranada que fue depositada en el castillo de Ovo, en cuya capilla se celebró una misa por el alma del difunto, según indican diferentes cédulas de tesorería conservadas en el Archivo de Nápoles y consultadas por Ametller.

Así pues, su muerte, en plena juventud —contaba veintisiete años—, fue muy sentida por su familia y el reino de Aragón, según escribe en su laudatorio Pero Carrillo de Albornoz y es expuesto por Zurita. A raíz de estos acontecimientos, se declaró una nueva tregua, aunque el sitio de esta ciudad no concluyó hasta el año 1441 cuando, tras haber sido conquistadas otras ciudades como Aversa (1440) o Benevento (1441), el día 17 de noviembre se produjo finalmente la entrada de Alfonso el Magnánimo.

Para finalizar esta semblanza, debe agregarse que hasta finales del mes de mayo del año 1445 —poco después de las bodas del duque de Calabria, hijo de Alfonso V, en Nápoles— no tuvieron lugar las exequias previstas para el infante Pedro, que se celebraron con motivo del traslado de sus restos mortales desde el castillo de Ovo hasta el convento dominico de San Pedro mártir de esta ciudad.

 

Bibl: J. Ametller y Vinyas (obra póstuma), J. Collell (rev. y ed.), Alfonso V de Aragón en Italia y la crisis religiosa del siglo xv. Primera parte, Gerona, Imprenta y Librería de P. Torres, 1903, vol. I, págs. 205-213, 252-260 y 270; vol. II, págs. 36- 37, 185, 193-196, 198, 203; G. La Mantia, Testamento dello Infante Don Pietro d’Aragona, fratello di Alfonso il Magnánimo, re di Sicilia, del 4 giugno 1436, Palermo, 1914; E. Benito Ruano, Los infantes de Aragón, Pamplona, Editorial Gómez, 1952, págs. 12, 27, 29, 34-35, 36, 63, 84, 99-101, 108 y 109- 110 (notas 35, 36, 37, 95); L. Suárez Fernández, Á. Canellas López y J. Vicens Vives, Los Trastámaras de Castilla y Aragón en el siglo xv. Juan II y Enrique IV de Castilla (1407- 1474). El Compromiso de Caspe, Fernando I, Alfonso V y Juan II de Aragón (1410-1479), R. Menéndez Pidal (dir.), Historia de España, Madrid, Espasa Calpe, 1964, vol. XV, págs. 46, 85, 99, 108, 111, 112, 114, 116, 118, 119, 124, 132, 133, 135, 136, 143, 147, 154, 390, 397, 713, 715, 720, 721, 723 y 748; Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Madrid, Espasa Calpe, 1966, vol. XLII, págs. 1335-1336; Gran Enciclopedia Larousse, Barcelona, Planeta, 1972, vol. VIII, pág. 248; J. Zurita y Á. Canellas López (ed.), Anales de la Corona de Aragón, Zaragoza, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Institución Fernando el Católico, 1980, t. V, lib. XIII, cap. IX, pág. 551, pág. 612; y t. VI, lib. XIV, cap. VI, págs. 24-26, cap. XVII, pág. 60, cap. XXV, págs. 86- 89, cap. XXVII, págs. 92-97, cap. XXXI, págs. 109-110, cap. XXXII, págs. 114-115, cap. L, págs. 179-181; E. Ramírez Vaquero, Reyes de Navarra. Blanca, Juan II y Príncipe de Viana, Pamplona, Editorial Mintzoa, 1986 (col. Reyes de Navarra, vol. XVI), pág. 148; A. Ryder, Alfonso the Magnanimous. King of Aragon, Naples and Sicily, 1396-1458, Oxford, Clarendon Press, 1990, págs. 229-230; V. Márquez de la Plata y L. Valero de Bernabé, Reinas medievales españolas, Madrid, Aldebarán, 2000, pág. 342; J. Vicens Vives; P. H. Freedman y J. M. Muñoz i Lloret (eds.), Juan II de Aragón (1398-1479): Monarquía y revolución en la España del siglo xv, Pamplona, Urgoiti Editores, 2003, págs. 15-17, 20, 30-34, 38-48, 66-74 y 78-88, y págs. LX-LXII; http://es.wikipedia.org.

 

Julia Baldó Alcoz

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