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Basilio Tomás Sancho Herrando

Biografía

Sancho Herrando, Basilio Tomás. Villanueva del Rebollar (Teruel), 17.IX.1728 – Manila (Islas Filipinas), 12.XII.1787. Escolapio (SChP), teólogo, predicador real, calificador del Santo Oficio, arzobispo de Manila y de Granada Estudió Latín, Retórica y Poética con los padres Pedro Celma y Martín Martínez en el Colegio Escuelas Pías de Zaragoza. Pasó a Peralta de la Sal, donde hizo el noviciado y profesó el 18 de febrero de 1745. Enseñó Humanidades en Zaragoza y después, a los juniores escolapios, Filosofía en Daroca y Teología en Valencia. En 1761 le nombró el padre Celma secretario provincial y en 1762 estaba en Madrid como procurador ante la Corte de la provincia de Aragón. Ganó muy pronto amistades valiosas, pues según el padre Llanas “poseía unas maneras muy distinguidas, gran perspicacia de ingenio, una prudencia consumada y habilidad extraordinaria para resolver las dificultades en el despacho de los asuntos”. El infante don Felipe de Borbón, duque de Parma y hermano del Rey, lo nombró su consultor de cámara. En el Tribunal de la Inquisición ejerció como teólogo y calificador. Carlos III le nombró predicador de la capilla real. Uno de sus últimos sermones ante la Familia Real tuvo lugar el 12 de agosto de 1765 en las honras fúnebres anuales por Fernando VI. Entregó ese mismo año su “censura” al Tratado de Regalía de Amortización de Pedro Rodríguez de Campomanes.

 El 28 de diciembre de 1765 recibió la comunicación de haber sido propuesto para el arzobispado de Manila. Aceptó. Contaba treinta y siete años. Menéndez Pelayo, en sus Heterodoxos interpreta equívocamente este nombramiento como premio a la censura del libro de Campomanes. Pero desconocía don Marcelino que antes del padre Sancho, en la consulta obligada de la Cámara de Indias, habían sido propuestos para ese cargo sucesivamente tres sacerdotes, que rechazaron el nombramiento. La propuesta aceptada por el padre Sancho siguió su curso normal: permiso del general de las Escuelas Pías, comunicación al Rey, presentación del candidato al papa Clemente XIII, preconización, bulas, juramento de guardar el candidato las leyes de Patronato Real y las regalías de la Corona, y firma de las ejecutorias el 5 de junio. Aunque según costumbre, los obispos de Indias recibían su consagración en la respectiva diócesis, Sancho solicitó y obtuvo del Papa ser consagrado en Madrid. Dedicó el mes de julio a un prolongado retiro preparatorio en el Colegio Escolapio de Getafe, que no fue tan silencioso como deseaba pues tuvo que responder al consejo que le pidió, en consulta privada, el rey Carlos III y a otro delicado reclamo de la reina madre Isabel de Farnesio, pocos días antes de su fallecimiento en Aranjuez el 11 de julio de 1766. La consagración tuvo lugar en la iglesia de la Merced de la capital de España el 18 de agosto de 1766. Actuó como primer consagrante el cardenal arzobispo de Toledo Luis de Córdoba y entre los asistentes ilustres se encontraban el padre provincial de Aragón, Feliciano Molina, y el padre Juan Crisóstomo Laguerri, llegados expresamente desde Zaragoza a petición del nuevo arzobispo.

El padre Sancho aceptó la propuesta real por obediencia, pero también y muy especialmente porque deseaba fundar colegios de las Escuelas Pías en las islas Filipinas: “Pienso traspasar a las Indias nuestro Instituto”. Empezaría por un primer hospicio, pero necesitaba religiosos “aptos, fieles, estables y semejantes a mi manera de pensar”. En su abundante correspondencia con Roma, pone al padre general José María Giuria al corriente de su pensamiento y solicita los correspondientes permisos para esos religiosos. Sabe que la empresa es difícil, pero no se inmuta: “Pongamos los fundamentos de la Obra y no desistamos”. Logró del padre Giuria una reliquia de san José de Calasanz para incrustarla en su pectoral y cuatro escolapios acompañantes: Martín Martínez —su antiguo profesor en el Colegio de Zaragoza y ahora rector del Colegio de San Fernando de Madrid—, Ildefonso García, José Ballano y el clérigo Joaquín Traggia.

Aunque personajes influyentes deseaban que el padre Sancho permaneciese en la Corte como confesor del príncipe de Asturias, futuro Carlos IV, pudo embarcarse por fin en Cádiz con su comitiva el 16 de febrero de 1767 y desembarcaron todos felizmente en el puerto de Manila el 18 de julio. Tomó posesión de su diócesis el día 22. Y se puso a trabajar de inmediato. Había que empezar por la catedral, saqueada por las tropas del almirante Samuekl Cornish y el brigadier Guillermo Drapper. Quedaban en pie las paredes maestras. Dirigidos los obreros por el padre José Ballano, reconstruyeron la cubierta, la cúpula sobre el crucero y los altares. El arzobispo pagó de su bolsillo el retablo mayor dedicado a la Inmaculada, titular del templo, la capilla del Sagrario que servía de parroquia y un altar en honor de san José de Calasanz. Gastó 3000 marcos y 24.000 onzas de plata. El pueblo supo agradecer la inteligencia y generosidad de su arzobispo. La empresa, además de costosa, fue larga. Una Cédula Real del 27 de junio de 1778 aprobaba la obra realizada.

La diócesis de Manila, elevada a sede arzobispal en 1595, tenía como sufragáneas las diócesis de Nueva Cáceres, Nueva Segovia y Cebú. Las órdenes religiosas —agustinos calzados, franciscanos, jesuitas, dominicos y agustinos recoletos— llevaban el peso del trabajo pastoral y evangelizador: 427 pueblos con más de 756.000 almas. El clero secular se encargaba de 142 pueblos con 150.000 almas. La llegada de los escolapios no fue bien acogida por la mayoría de los religiosos, también llamados regulares. Los consideraron “advenedizos” y recelaron de su misión apostólica. El remoquete de advenedizo golpeó la persona misma del arzobispo, por ser escolapio y porque debía hacer la visita pastoral a las misiones y doctrinas. Una misión ingrata, pues tenía un triple fin: pastoral, afianzar la jurisdicción episcopal entre los regulares y traspasar pausadamente las parroquias al clero secular nativo. Se comprende la resistencia regular, pues suponía renunciar a conquistas logradas con enormes sacrificios, entregárselas a los indígenas y aceptar la injerencia de la Corona en sus asuntos domésticos. Se apoyaban, además, en la Concordia firmada en tiempos del arzobispo Diego Camacho (1697-1706), que les comprometía a resistir con todas las consecuencias la visita episcopal. Pero el padre Sancho tenía delante las bulas papales y los mandatos del Rey y del Consejo de Indias, y un convencimiento adquirido de “las bellísimas dotes de que están dotados los indios y que se hallan muy aptos para que de ellos se vaya formando el clero de las estas islas”. Trató de convencer. Sólo los dominicos aceptaron la visita, hasta que una Real Cédula del 28 de diciembre de 1773 indicó que los regulares debían someterse a la visita diocesana y a las leyes del real patronato. La visita, realizada con gran tesón y mesura, con diplomacia y constante diálogo personal, pudo realizarse y produjo óptimos frutos apostólicos. El historiador franciscano Antolín Abad resume objetivamente el hecho: “En Filipinas no existieron propiamente parroquias [...] se llamaron misiones hasta la fecha de arribo del arzobispo don Sancho de Santa Justa y Rufina, quien apoyado en decretos reales llegó a Filipinas a someter a los religiosos al régimen común y a la visita diocesana, comenzando su actuación por Manila y diócesis propia, conducta que después imitaron los demás obispos filipinos”.

La promoción de las vocaciones sacerdotales filipinas figuraba como número uno en el programa pastoral del arzobispo. Lo había pensado y decidido antes de salir de España, y se dispuso a plasmarlo apenas tomó posesión de la diócesis. La razón era muy sencilla: el porvenir cristiano del archipiélago dependía en gran parte de la buena preparación, espiritual y teológica, de un clero salido del mismo pueblo al que debían evangelizar. De ahí la necesidad de vencer prejuicios y de fundar pronto un seminario conciliar. El concilio provincial aprobó los estatutos que había redactado para el Seminario el padre Traggia. Hasta 1772 tuvo el Seminario varios domicilios. Por fin, y tras vencer una oposición cerrada y largas negociaciones, pudo el arzobispo con la protección real trasladarlo definitivamente al antiguo Colegio San José de los jesuitas. Se llamó desde entonces Real Seminario de San Carlos y en él estableció la “pobrísima” imprenta, confiscada por el gobernador Raón a los jesuitas, que pudo imprimir catecismos, rituales, edictos, pastorales y documentos necesarios para la administración de la diócesis. La política de Sancho a favor del seminario ha disgustado a Santiago Lorenzo García, quien habla del “apetito de Sancho”, del “festín jesuita”, de la “fenomenal imprenta”, y termina calificando al prelado de “obispo funcionario al servicio de la Corona”. Con criterio más objetivo y mejor documentación le responde la historiadora Marta María Manchado que lo afirmado “no refleja la realidad de lo sucedido”. Analiza ella los antecedentes, fundación, estatutos, vida y dificultades del Seminario de San Carlos, para concluir que “el seminario puesto en pie por el arzobispo era mucho más que un simple centro de formación de sacerdotes. Era un instrumento eficaz para reformar la Iglesia de las Islas”.

La primera semana de enero de 1768 quedaba abierto el Seminario. Fue su primer rector el padre Martín Martínez, maestro de espiritualidad y modelo de sacerdotes para los seminaristas. El padre Traggia, que fue maestro de Humanidades en el Seminario, asegura que el padre Martín “era muy querido de todo el pueblo de Manila, que lo llamaba padre y maestro, y con derecho”. A su muerte, dirigieron sucesivamente el Seminario el canónigo Antonio Correa y el vicario general de la diócesis Tomás Quesada.

Los seminaristas, antes de ser ordenados, debían pasar rigurosos exámenes ante tribunales presididos por el mismo arzobispo, los componentes más doctos del Cabildo y miembros de las órdenes regulares “doctos, prácticos, timoratos y muy consumados”. Los frutos no se dejaron esperar. El catálogo oficial del clero manilano en 1776 comprueba que de un total de 173 clérigos sólo siete han venido a España. Con sobrada razón se ha podido llamar al padre Sancho “padre del clero filipino”.

En 1769 ordenó Carlos III la celebración de sínodos provinciales en todos sus dominios. La Orden Real llegó a Manila en 1770. Y el arzobispo, como en los restantes asuntos, visita el Seminario y, sobre todo, empezó a preparar inmediatamente el concilio provincial de Manila, el único que tendrá lugar en las islas Filipinas durante el período español (1521- 1898). El 1 de septiembre de 1770 mandó la convocatoria a los tres obispos sufragáneos, Miguel Lino de Ezpeleta, anciano y enfermo, fray Miguel García, dominico y buen teólogo, y fray Antonio de Luna, franciscano, consagrado por Sancho y pronto su acérrimo enemigo. Como ni el Cabildo, ni el claustro del Seminario “encontraban sujetos idóneos para presentar al arzobispo”, designó éste secretarios del concilio a los padres Ildefonso García y Joaquín Traggia. Se necesitan personas con tiempo disponible, conocimiento del derecho canónico y manejo del latín. El padre Traggia redactó el Aparato del Concilio con los temas a tratar y el funcionamiento ordenado de las sesiones. Se abrieron estas sesiones el 6 de abril y se cerraron el 24 de noviembre de 1771. Participaron en ellas, además de los prelados y del delegado del enfermo obispo de Cebú, numerosos teólogos, oficiales, secretarios, clero de Manila, siete dominicos, cuatro franciscanos, tres agustinos calzados y dos recoletos. Aprobó el concilio decretos sobre obispos, sínodo, clérigos, seminario, parroquias, sacramentos, misiones, enseñanza, vocaciones nativas, obras pías, catecismo...

El impulso renovador que brotó del concilio quedó mermado dentro del aula por la oposición frontal de fray Antonio de Luna y apagado después por los agentes de dicho obispo y el ningún interés de la Corte. Prevalecieron dos consignas inmutables, el no a la visita diocesana, esencial para los regulares, y el sí a las regalías a ultranza para los ministros ilustrados del Rey. Las disposiciones del concilio quedaron en letra muerta, pese al esfuerzo inteligente del padre Traggia, procurador del arzobispo en Madrid.

Otro episodio revelador del talante pastoral y de la enérgica personalidad del arzobispo Sancho fue la difusión de seis mil ejemplares del catecismo del padre Cayetano Ramo. Tras el alejamiento de los jesuitas y la variedad de pequeños catecismos que pululaban en las misiones, intentó ayudar a los párrocos con un manual único y seguro en doctrina, que venía utilizándose en España desde 1759. Sancho, que lo había aprendido de niño, lo editó en Manila con su nombre en 1769. Pero fue “prohibido” por una Real Cédula de 1770, confirmada por otra de 1772. La confrontación entre Manila y Madrid a causa del catecismo, han sido detalladamente estudiadas por Marta María Manchado López.

Una Cédula Real del 23 de octubre de 1787 premiaba el trabajo desarrollado por el arzobispo durante veinte años. Comunica el Rey al padre Sancho que ha sido promovido al arzobispado de Granada. Premio frustrado, porque el galardonado ya había muerto. Sus restos descansan en la catedral, al pie del altar de San José de Calasanz.

 

Obras de ~: Propositiones theologiae scholasticae, dogmaticae, polemicae ex D. Th.Aq. quatuor Summae partibus desumptae, et an.. 1759 propugnatae, Valencia, Benito Monfort, 1760; Documentos importantes para la cuestión pendiente sobre provisión de curatos en Filipinas, Madrid, 1763; Memorial al rey sobre la capacidad de los naturales para ejercer dignamente el sacerdocio, Manila, 1768; Representación a S. M. respondiendo a varias calumnias, Manila, 1768; Memorial al rey Carlos III sobre la clerecía de su diócesis, Manila, 1769; Representación a S.S, Clemente XIV, Manila, 1769; Exhotación a los fieles, al frente de la Explicación de la doctrina cristiana en forma de diálogo entre maestro y discípulo, que para instrucción común de los fieles de su diócesis dirige en idioma castellano a los VV. PP. Curas Párrocos de ella su Prelado, el Ilmo. y Rvmo. Sr. Don Basilio Sancho de Santa Justa y Rufina, Manila, 1769; Pastoral con motivo del terremoto, Manila, 1771; Actas del Concilio primero de Manila, Manila, 1771; Instrucción sobre las obligaciones de los párrocos, Manila, Imprenta del Seminario Conciliar, por Pedro Advíncula, 1771; Carta pastoral acerca del clero nativo, Manila, 1772; Carta pastoral sobre las obligaciones de los curas, Manila, Seminario Conciliar de Manila, 1775; Pastoral dividida en cinco doctrinas, Manila, 1775; Exhortación a las obligaciones de párrocos, que el Ilmo. y Exmo. Sr. Arzobispo de Manila, D. Basilio Sancho de Santa Justa y Rufina dirige a los reverendos párrocos seculares de la provincia de Bataan, Manila, 1779; Carta pastoral a los vicarios foráneos y curas de su diócesis, Manila, 1783; Alocución a la Real Sociedad de Amigos del País de Manila, Manila, Seminario Conciliar de Manila, 1783; Oración panegírica al Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, Manila, 1786.

 

Bibl.: F. Díaz de Durana, Demostración fúnebre a la buena memoria del Ilmo. y Rmo. Sr. D. Basilio Sancho, Manila, 1788; F. Latassa, Biblioteca de escritores aragoneses, t. III, Zaragoza, Calixto Ariño, 1886-1888, págs. 134-136; E. Llanas, Escolapios insignes por su piedad religiosa desde el origen de las Escuelas Pías hasta nuestros días, t. IV, Madrid, Imprenta de San Francisco de Sales, 1899-1900, págs. 168-179; T. H. Pardo Tavera, Bibliography of the Philippine Islands, Washington, Biblioteca del Congreso, 1903; P. N. Bantigue, The Provincial Concil of Manila 1771, Washington, 1957; C. Vilá Palá, “Un documento para la historia de le educación española en Filipinas”, en Revista Calasancia (Madrid), 24 (1960), págs. 565-581; A. Arija Navarro, La Ilustración Aragonesa: Joaquín Traggia, Zaragoza, Institución Fernando El Católico, 1987; A. Arija Navarro, “Dos aragoneses en Filipinas, durante el siglo XVIII”, en Aragonia Sacra VI (1991), págs. 61- 82; V. Asensio Roldón, “Concilio I Manilano (1771)”, en Revista Española de Derecho Canónico (Salamanca), 133 (1992), págs. 533-566; M. M.ª Manchado López, “Notas para el estudio de la evangelización en Filipinas. El catecismo prohibido del Arzobispo Sancho”, en M.ª J. Sarabia Viejo (coord.), Actas del IX Congreso Internacional de Historia de América. Europa e Iberoamérica, cinco siglos de intercambios, t. II, Sevilla, Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos, 1992, págs. 41-48; V. Asensio Roldón, Concilio I Manilano, tesis doctoral, Salamanca, Universidad, 1993, 2 vols.; M. M.ª Manchado López, Conflictos Iglesia-estado en el Extremo Oriente Ibérico. Filipinas (1767-1787), Murcia, Universidad, 1994; D. Cueva, Las Escuelas Pías de Aragón, t. I, Zaragoza, Gráficas Navarro, 1999, págs. 148-154; S. Lorenzo García, La expulsión de los jesuitas de Filipinas, Alicante, Universidad, 1999; M. M.ª Manchado López, Tiempos de turbación y mudanza: la Iglesia en Filipinas tras la expulsión de los jesuitas, Córdoba, Universidad, Muñoz Mova Editores, 2002.

 

Dionisio Cueva González, SChP