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Bartolomé de Torres

Biografía

Torres, Bartolomé de. Revilla de Vallejera (Burgos), 1512 – Las Palmas, 1.II.1568. Jesuita (SI), teólogo y obispo de Canarias.

Se encontraba en Salamanca estudiando Gramática cuando pudo encontrarse, según su propio testimonio, con otro estudiante nada común llamado Íñigo de Loyola. Así lo expresa en su obra Apologiae pro Exercitiis: “conocí y conversé al P. Mtro Ignacio en Salamanca, y después he tenido muy gran cuenta con la Compañía y personas Della, para ver en qué paraba”. Cristóbal de Castro profundiza más en este encuentro en su Historia del Colegio de Alcalá. El propio Torres, mientras era huésped y ejercitante en aquella casa que dirigía, por entonces y en 1550, Francisco Villanueva, resaltaba la familiaridad que le había acercado a Íñigo, habiendo manifestado el deseo de unirse a Loyola como compañero, pues le gustaba tratar con él los asuntos del alma. Mostró su pesar cuando Íñigo fue apresado por el provisor del arzobispo, visitándole en este período. Cuando salió de Alcalá y decidió Loyola dirigirse a París —aunque todavía habría de transcurrir una brevísima estancia en Valladolid y una calamitosa en Salamanca—, el joven vasco se despidió de Bartolomé de Torres, prometiéndole que le buscaría un lugar en la ciudad parisina y que entonces le llamaría. Este requerimiento parece ser que no se produjo en aquellos primeros tiempos difíciles de 1528. Para entonces, Torres fue provisto de una colegiatura de Artes en ese mismo año y, más tarde, en Segovia.

En Salamanca, leyó como profesor, entre 1542 y 1547, enseñando a Aristóteles y lógica menor en la cátedra de Artes. Contó entonces con discípulos como Domingo Báñez, el cual mostró sus elogios hacia su maestro. Se dedicó también en aquellos años cuarenta a la enseñanza de Escoto. Pasó a Sigüenza, donde había ganado una canonjía, siendo además catedrático de vísperas de su universidad, entre 1547 y 1551, promocionando después a la de prima, entre 1551 y 1566. Fue un tiempo glorioso y era considerado el catedrático más brillante de aquella universidad menor. Ese prestigio le condujo a que el entonces príncipe Felipe —futuro Felipe II— le reclamase junto a sí para llevarlo como teólogo en el viaje nupcial que iba a emprender a Inglaterra, en 1554, con motivo de su matrimonio con la reina María Tudor. No permaneció mucho tiempo en aquel país, debido a problemas de salud.

En los primeros tiempos de Francisco de Borja como jesuita, se vinculó notablemente con la Compañía de Jesús a través de los ejercicios espirituales. Emprendió como teólogo una notable defensa de esta obra esencial en la espiritualidad del siglo xvi, frente a las diatribas impuestas por otros autores. Esto condujo a que Ignacio de Loyola, dos años antes de su muerte, afirmase que Bartolomé de Torres era uno de los “nuestros”. Relación que volvió a intensificarse cuando fue promocionado para la mitra de Canarias en mayo de 1566. Un nombramiento episcopal en el que tuvo mucho que ver su amigo, el inquisidor general Diego de Espinosa, obispo de Sigüenza y cardenal, uno de los eclesiásticos más influyentes del tiempo de Felipe II. Precisamente, a él le dirigió unas palabras muy prudentes acerca de lo que significaba ese cambio vital: “tiemblo en pensar que tengo que aceptar el obispado, porque conozco mis faltas, y el obispado es el estado más perfecto que hay en la Iglesia de Dios y porque en gran manera temo a la hora de la muerte dar más cuenta de mi ánima”. Probablemente, entonces se hallaba en la casa de los jesuitas de Alcalá. Éstos le pudieron indicar la necesidad de aceptar la mitra, pero él, llevado por la espiritualidad ignaciana que sentía, se encontraba más cercano a renunciar. Solamente, le convenció que, como obispo de Canarias, su renta sería pobre y la presencia de un pastor en aquellas tierras se mostraba espiritualmente muy necesaria.

Fue entonces cuando solicitó a Francisco de Borja —ya como nuevo prepósito general—, la necesidad de la presencia de jesuitas en su nueva diócesis. Sacchini lo recoge en su Historia, en palabras del propio Torres: “persuadido que más fruto haría allí un sacerdote de los tuyos, que treinta obispos como yo”. Para entonces, le fueron concedidos los padres Diego López Fonseca y Lorenzo J. Gómez, los cuales habrían de acompañarle en la visita canónica a las islas, asistiéndole incluso en el momento de su muerte. Sus bienes fueron destinados a la fundación de un colegio, que aún no se habría de culminar. Su librería fue todavía más lejos, pues al paso de la expedición de jesuitas que recaló en Canarias en 1572, rumbo a Nueva España, fueron encomendados estos ejemplares para las fundaciones que allí hubiesen de desarrollar.

 

Obras de ~: “Apologiae pro Exercitiis”, en Monumenta Historica Societatis Iesu, 1919, págs. 653-671.

 

Bibl.: J. de Viera y Clavijo, Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, Santa Cruz de Tenerife, Goya Ediciones, 1941, vol. 4, págs. 101-104, 423-426; J. Sánchez Baquero, Fundación de la Compañía de Jesús en Nueva España, México, Patria, 1945; E. Llamas Martínez, “Cinco cartas inéditas del teólogo Bartolomé Torres (1512-1569). Contribución al conocimiento de su biografía”, en Revista Española de Teología, 30 (1970), págs. 69-79; Ídem, Bartolomé de Torres, teólogo y obispo de Canarias, Madrid, CSIC, 1979; I. Vázquez Janeiro, “Bartolomé de Torres y sus estudios en Alcalá. Complemento a su biografía”, en Revista Española de Teología, 43 (1983), págs. 511-523; J. Escribano Garrido, Los jesuitas y Canarias, Granada, Facultad de Teología, 1987; B. Hernández, “Ignacio entre nosotros. III. 4 En Salamanca (1527)”, en San Ignacio de Loyola y la Provincia jesuítica de Castilla y León, León, Provincia jesuítica de Castilla, 1991; J. Escribano y J. Escalera, “Torres, Bartolomé de”, en Ch. O`Neill y J. M.ª Domínguez, Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús, vol. IV, Roma-Madrid, Institutum Historicum Societatis Iesu, Universidad Pontificia de Comillas, 2001, pág. 3819.

 

Javier Burrieza Sánchez

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