Ayuda

Vicente Cervantes Mendo

Biografía

Cervantes Mendo, Vicente. Ledrada (Salamanca), 17.II.1758 – Ciudad de México (México), 26.VII.1829. Botánico, farmacéutico.

Nació en Ledrada (Salamanca) el 17 de febrero de 1785. La parroquia pertenecía al obispado extremeño de Plasencia (Cáceres), lo cual ha dado lugar a algunos malentendidos con su lugar de origen.

La modestia de sus padres, unida a sus buenas intenciones, les hizo realizar un gran esfuerzo para dotarle de instrucción primaria y estudios de lengua latina.

A continuación, le autorizaron a dirigirse a la Corte, colocarse como mancebo en una botica e intentar el acceso a la profesión de boticario.

Durante la Ilustración, los estudios farmacéuticos no eran universitarios. Se llegaba a ejercer esa profesión tras un mínimo de cuatro años como mancebo de botica. A continuación, se pasaba examen ante el Tribunal del Protomedicato, si se habían alcanzado los veinticinco años de edad, se podía demostrar limpieza de sangre y buena conducta social y moral.

Cervantes encontró con facilidad una oficina de farmacia en donde colocarse. Su maestro, partidario de las viejas formas de aprendizaje, le impidió la asistencia a las clases del Real Jardín Botánico madrileño.

Desde la instalación de ese centro en el Soto de Migas Calientes (1755) se aconsejó, a los mancebos de botica, cursar sus estudios antes de presentarse a examen.

A partir de su traslado al Paseo del Prado (1780) y de la división del Protomedicato en tres audiencias (1780), se les ofrecía esas enseñanzas, junto a las de Química, dictadas en el laboratorio de la Corte dirigido por Pedro Gutiérrez Bueno, en lo que han de considerarse los primeros estudios oficiales para farmacéuticos, de buena altura intelectual, pero de curso voluntario.

Ante la negativa de su maestro, Cervantes se sirvió de un compañero —que acudía a las clases de Botánica de Casimiro Gómez Ortega— para obtener apuntes de sus explicaciones. Por medio de esa ayuda y de la lectura de cuantos libros caían en sus manos, obtuvo la formación y el coraje necesario para entrevistarse con el catedrático y examinador del Protomedicato.

Tras exponerle las dificultades encontradas para formarse científicamente, a lo largo de su vida y en la oficina de farmacia madrileña, le solicitó le admitiese a examen de suficiencia. Ortega se asombró de que “un hombre tan pequeño” —al parecer era muy corto de talla— le hiciese una petición tan atrevida.

Pese a ello, le admitió a examen, le otorgó el título de farmacéutico y le convirtió en uno de sus discípulos predilectos en el Real Jardín Botánico. Sus ejercicios públicos de Botánica fueron impresos en el año 1786 junto a los de Joseph Longinos, Gregorio Bacas y Andrés de Cuéllar y se publicaron en el Memorial Literario, instructivo y curioso de la Corte de Madrid, en diciembre del mismo año.

Por esas fechas se produjeron una serie de casualidades concatenadas. Gómez Ortega, en uno de los momentos más brillantes de su carrera profesional, se ocupaba de la dirección científica de la expedición de Hipólito Ruiz, Joseph Pavón y Joseph Dombey a Perú y Chile (1777-1788). El cosmógrafo de Indias, Juan Bautista Muñoz, encontró un manuscrito de Francisco Hernández en la biblioteca del Seminario de Nobles, de los expulsos jesuitas. Comunicó su hallazgo a José Gálvez, secretario de Indias y antiguo visitador de la Nueva España, quien ordenó a Ortega —mediante Real Orden de 20 de marzo de 1787— la publicación actualizada del texto.

Felipe II había mandado explorar el virreinato de la Nueva España al protomédico Hernández. Una serie de avatares acabaron en la pérdida del manuscrito original durante el incendio sufrido por el monasterio de El Escorial en el siglo XVII. Sólo quedó el extracto efectuado, a instancias del propio Monarca, por Nardo Antonio Recchi, en donde se ocupaba únicamente de los asuntos medicinales. Junto a él, las traducciones del mismo efectuadas en México por Francisco Ximénez o la adaptación del médico mexicano Agustín Farfán. El azar ofrecía a la Corona y a Ortega la posibilidad de ligar la política científica de Carlos III de Borbón con la de Felipe II de Austria, en un aparente reverdecimiento del Siglo de Oro.

En ese momento se produjo una nueva casualidad.

Gómez Ortega recibió una carta de un médico jacetano, Martín de Sessé y Lacasta, a quien el 20 de mayo de 1785 había nombrado comisionado del Real Jardín Botánico de Madrid en la Nueva España; a su paso por Madrid había intentado hablar con él. Al no conseguirlo, le propuso por escrito el efectuar una nueva expedición, similar a la peruano-chilena, pero con patrocinio enteramente español, cuyos resultados pudieran perpetuarse en el virreinato mediante la creación de un jardín botánico que sirviera para la enseñanza de esa ciencia, para la investigación florística colonial y para la reforma de las profesiones sanitarias, especialmente la farmacia.

La propuesta fue magníficamente recibida. Todas las casualidades, en forma de hallazgos literarios o iniciativas particulares, concordaban en un proyecto común.

Gracias al mismo, España pasaba a ser la única rectora de la exploración científica de su imperio; reanudaba una política de presencia colonial olvidada, en ese ámbito, durante el Barroco; introducía las reformas institucionales, científicas y legales borbónicas, relacionadas con la ciencia y la salud, en una importante parte de sus colonias y protagonizaba una actividad ilustrada comparable e incluso superior, como reconoció Humboldt, a la de las otras potencias europeas. Lo hacía, eso sí, con el matiz de que mientras los fisiócratas europeos buscaban materias primas industriales; los españoles, sin renunciar a ellas, tenían un especial interés en las de carácter medicinal, seguramente a consecuencia de la formación como médico, botánico y farmacéutico de Gómez Ortega.

La mecánica de la expedición, transcurrida entre 1787 y 1803, es similar a la seguida para la de Perú y Chile. Casimiro Gómez Ortega eligió a los expedicionarios, redactó las Instrucciones a seguir; consiguió las órdenes de nombramientos para el director, Martín Sessé y el catedrático del Jardín Botánico, Vicente Cervantes, y ejerció un constante apoyo y tutela desde España.

El día 1 de mayo de 1788 se verificó la apertura del Real Estudio Botánico en el salón de actos de la Universidad Pontificia de México, con una disertación de Martín Sessé y la toma de juramento como catedráticos, ante el rector, de Sessé y Cervantes. Al día siguiente Cervantes dio la primera lección de Botánica en un aula habilitada en la casa del arquitecto Ignacio Castera. Alumno del segundo año fue Joseph Mariano Mociño, quien había de convertirse en el gran botánico mexicano continuador de la actividad de la expedición española.

Para sus clases, Cervantes hizo imprimir en México, la primera edición del Curso elemental de Botánica, de su maestro Casimiro Gómez Ortega, según el método de Linneo (1788) y años después (1797) la traducción del Tratado elemental de Química de Antoine Laurent de Lavoisier, que había traducido en España el discípulo de Louis Proust en la Academia de Artillería segoviana, capitán Juan Manuel Munárriz, en 1794.

En la Nueva España, en principio, no fueron bien recibidos. El primero en oponérseles fue el sabio criollo José Antonio de Alzate y Ramírez, nombrado comisionado del Real Jardín Botánico madrileño en 1785, quien, lejos de apoyar la estrategia científica metropolitana, se mostró contrario a la sistemática de Linneo y Lavoisier, y mantuvo una dura polémica científica con Cervantes. La disputa se ha interpretado más que como una resistencia de Alzate a la introducción de la ciencia moderna en el territorio mexicano, como un deseo de no dejar en el olvido la sabiduría mexicana y a sus practicantes, aunque su desprecio por la nomenclatura binaria a favor de las voces indígenas debe asumirse, en el mejor de los casos, como un exceso en la actitud crítica. Cervantes consiguió trasladar la discusión del ámbito científico al nacionalista, esterilizándola en origen, en un mecanismo similar al desarrollado en España por Quer en los inicios de la llamada “polémica de la ciencia española”.

Pese a sus iniciales diferencias, rápidamente reconstruyeron sus relaciones personales e intelectuales.

La Facultad de Medicina dirigió la oposición de la Universidad a los botánicos al verse afectada en sus atribuciones docentes. El jardín de México se estructuraba como centro de enseñanza sanitaria al margen de la misma. Su director y el catedrático entraban a formar parte del Real Tribunal del Protomedicato virreinal, con las atribuciones pertinentes en lo referente a la convalidación de estudios y control del ejercicio profesional sanitario. A consecuencia de ello llegaron a prohibir a dos de sus profesores la asistencia a las clases de Botánica, so pena de perder sus cátedras.

El conflicto continuó larvado hasta 1794. Ese año, una Real Orden declaró la ausencia de todo perjuicio del estatuto de la Universidad si alguno de sus individuos asistía a las clases de Botánica o actuaba bajo las órdenes de quienes no eran doctores por la misma.

La oposición más dura surgió del propio Tribunal del Protomedicato, por ser una institución virreinal con las amplias competencias en el ámbito de la sanidad; Sessé y Cervantes, desde un primer momento, denunciaron la corrupción existente en la dirección administrativa de las profesiones sanitarias en el virreinato.

Al tiempo, ensalzaron las posibles funciones regeneradoras de esa misma administración colonial si se aplicasen las reformas borbónicas deseadas por la Corona e inherentes a la propia expedición.

Pasado el primer enfrentamiento frontal, los botánicos aprendieron a moverse en el mundo americano.

Además del poderoso soporte metropolitano, plasmado en órdenes reales y ayuda de los virreyes, evitaron cualquier confrontación de tipo claramente político y manejaron argumentos de regeneración científico-administrativa, junto a su propia labor personal.

Cervantes siguió impartiendo lecciones de Botánica al menos hasta 1802 y el Real Jardín continuó su andadura hasta su abolición en 1833, tras la declaración de la Independencia; por sus aulas pasaron los personajes científicos más influyentes de la colonia.

Los trabajos de sus discípulos los vio publicados en el Memorial Literario o en los Anales de Ciencias Naturales en la Península. Efectuó numerosas excursiones botánicas en las cercanías de México, publicó numerosos trabajos de orientación farmacológica entre los que destaca el Discurso sobre las plantas medicinales que crecen en las cercanías de México (1791) y el Ensayo para la materia médica mexicana (1832).

Durante la estancia de Alexander von Humboldt en la Nueva España, trabó amistoso conocimiento con él. Se sabe que le dio noticias manuscritas del trabajo efectuado en 1792 por José Mariano Mociño sobre los indígenas de Nutka. Acerca de su persona, escribió en su Ensayo político sobre la Nueva España (1811): “muy notables son las colecciones del profesor Cervantes [...] que [cuida] con celo por las ciencias naturales en que con tanto honor se distingue México”.

En el año de 1791 se convirtió en boticario mayor de la oficina de farmacia del Hospital General de San Andrés, “la mejor botica del reino y la más proveida”; si se da crédito a una disposición de Carlos IV sobre la misma.

El 20 de febrero de 1802, ante la creación de la Junta Superior Gubernativa de Farmacia, Cervantes reunió a todos los profesores de Farmacia en el Jardín Botánico. Les propuso separar, también en México, la Medicina de la Farmacia y crear las cátedras de Farmacia y Química a imitación de la metrópoli; para ello se ofreció a dar gratuitamente clases de Química en un laboratorio que habría de crearse en el hospital de San Andrés.

Partidario de la inoculación antivariólica, tuvo algunos problemas con los religiosos responsables del centro no convencidos ni de la utilidad, ni de la ortodoxia de la misma; pese a esas dificultades consiguió remozar y modernizar la oficina en donde trabajaba.

En 1804 envió una exposición al virrey Iturrigaray, proponiéndole, de nuevo, la separación entre el Protomedicato y la Farmacia, a imagen de lo efectuado en España a partir del gobierno de Carlos III. A la iniciativa, en esta ocasión, se opusieron los propios boticarios, muchos de los cuales eran simples practicones.

De una manera u otra, nunca se implantaron las reformas borbónicas de la sanidad en el territorio novo-hispano.

En 1807 informó sobre la necesidad de establecer una botica en el Hospital Real de Veracruz. En su escrito aconsejaba pedir a Madrid un boticario aprobado y se mostraba disconforme con la formación de los de la colonia, mientras siguieran “dependiendo de unos protomédicos que por falta de los conocimientos necesarios aprueban a unos miserables oficiales sin principios”, con lo cual testimonia, por su propia mano, la poca eficacia, en este ámbito, de la instalación de los expedicionarios en el territorio colonial y la continuación de sus enfrentamientos con el Protomedicato virreinal.

Pese a sus fracasos administrativos, Cervantes instauró un sistema de enseñanza para los mancebos de botica en el hospital donde trabajaba. Les daba clases de Botánica y Química. Así intentaba profesionalizar e institucionalizar correctamente la actividad científica de los boticarios en la Nueva España.

El 11 de diciembre de 1794 fue nombrado académico correspondiente de la Real Academia Médica Matritense y en 1795 del Real Colegio de Boticarios de Madrid.

En 1809, Cervantes dejó la botica del hospital para abrir otra particular en la calle del Relox. Se llevó a todos los clientes, entre ellos a la Real Hacienda, de quien obtenía contratos para abastecer de medicamentos a los buques reales. Mantenía correspondencia con Perú, Guatemala, La Habana, Cádiz y Estados Unidos, en donde adquiría los medicamentos simples y compuestos que necesitaba. La Tesorería General de México le encargaba el abastecimiento de medicamentos destinados a Manila, el Presidio del Carmen, Acapulco y el Hospital Militar de Arizpe “porque se conoció que en ninguna botica se trabajan mejor las medicinas que la que Cervantes despachaba”.

Cervantes formó familia en territorio mexicano. Su hijo mayor, Julián, fue ayudante suyo y destacó en la botánica hasta que se dedicó a la vida religiosa. Otra de sus hijas, Mariana, dedicó su vida al estudio de la astronomía.

Cuando México se declaró independiente (1821), Cervantes y su familia fueron eximidos del decreto que expulsaba a todos los españoles afincados allí, en honor a sus méritos científicos y en esa tierra continuó hasta su muerte.

 

Obras de ~: Ejercicios públicos de Botánica, que tendrán en la pieza de la enseñanza de las casas del Real Jardín Botánico, don Joseph Longinos, don Gregorio Bacas, don Vicente Cervantes y don Andrés de Cuéllar; dirigiéndolos el Doctor D. Casimiro Gómez Ortega [...], Madrid, Imprenta Real, 1786; “Discurso de Don Vicente Cervantes”, Memorial Literario instructivo y curioso de la corte de Madrid, 1786, págs. 494 ss.; Exercicios públicos de Botánica, que tendrán lugar en esta Pontificia Universidad el doctor don Joseph Vicente de la Peña, don Francisco Giles de Arellano y don Joseph Timoteo Ansinas, dirigiéndolos don Vicente Cervantes, México, imprenta de Zúñiga, 1788; Oración pronunciada en 2 de Mayo de 1788 en la sala del nuevo Real estudio de Botánica [...] de México, Memorial Literario [...], Madrid, enero de 1789; Exercicios públicos de Botánica, que tendrán lugar en esta Pontificia Universidad don Jospeh Mociño, don Justo Pastor y don Joseph Maldonado, dirigiéndolos [...] Cervantes, México, imprenta de Zúñiga, 1789: Utilidad del método en el estudio de las plantas, México, 1789; Discurso sobre las plantas medicinales que crecen en las cercanías de México, México, 1791; Exercicios públicos de Botánica, que tendrán lugar en esta Pontificia Universidad de México don Pedro Muñoz, D. Sebastián Gómez Morón, D. Manuel María Bernal, D. Francisco Peralta [...] dirigiéndolos Cervantes, México, imprenta de Zúñiga, 1792; “Discurso que en la apertura de la Escuela de botánica de México pronunció D. Manuel María Bernal, profesor de Cirugía el día 1 de julio de 1793, dirigiéndolo Cervantes, Memorial Literario, Madrid, octubre, 1793; Exercicios públicos de Botánica, que tendrán lugar en esta Pontificia Universidad de México los bachilleres en Medicina y Filosofía D. Joseph Agustín Mornroy, D. Pedro Regalado Tames, D. Ignacio Fernández de Córdoba, presidiéndolos [...] Cervantes, México, Imprenta Herederos de Zúñiga, 1793; Descripción de la Castilloa elástica, México, Imprenta Herederos de Zúñiga, 1794; Plantas que producen el hule o goma elástica, México, 1794; Exercicios públicos de Botánica, que tendrán lugar en esta Pontificia Universidad de México los bachilleres en Medicina y Filosofía, don Joseph Fernández Varela, D. Joseph Dionisio Larreategui, D. Ignacio León y Pérez, indio cazique aprobado en Farmacia, presidiéndolos [...] Cervantes, 1795; Discurso que en la abertura del estudio de Botánica de 1 de junio de 93 pronunció en el Real Jardín de México el Bachiller D. José Dionisio Larreategui, presidiéndolo Cervantes, México, 1795; “De la Violeta Estrellada y de sus virtudes”, en Anales de Historia Natural, Madrid, 1803, t. VI, págs. 185-199; “Del género Chirostemon”, en Anales de Historia Natural, Madrid, 1803, t. VI, págs. 303-314. Bajo su dirección se realizó el trabajo de Pablo La Llave y Juan Lexarza, Novorum vegetabilium descriptiones, México, M. Rivera, 1824-1825, 2 fascículos; Ensayo para la Materia Médica Vegetal de México, Puebla, 1832.

 

Bibl.: M. Colmeiro, La Botánica y los botánicos de la Península Hispano-Lusitana, Madrid, 1858; J. García Ramos, Elogio histórico del farmacéutico don Vicente Cervantes, catedrático que fue de Botánica en la Universidad de México, Madrid, 1864; R. Roldán Guerrero, Diccionario Biográfico y bibliográfico de autores farmacéuticos españoles, Madrid, 1958-1962, t. I, págs. 659-661; J. C. Arias Divito, Las expediciones científicas españolas durante el siglo XVIII. Expedición botánica de Nueva España, Madrid, 1968; J. M. López Piñero et al., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, 1983, vol. I, págs. 209-210; X. Lozoya, Plantas y luces en México. La Real Expedición Científica a Nueva España (1787-1803), Barcelona, 1984; B. Sánchez; M. Á. Puig Samper y J. de la Sota, La Real Expedición Botánica a Nueva España 1787-1803, Madrid, 1987; J. Puerto, La ilusión quebrada. Botánica, sanidad y política científica en la España Ilustrada, Barcelona, 1988; Ch. Minguet, “Alejandro de Humboldt y los científicos españoles e hispanoamericanos”, en José Luis Peset (coord.), Ciencia, vida y espacio en Iberoamérica, Madrid, 1989, vol. III, págs. 439-456; P. Aceves Pastrana, Antoine Laurent de Lavoisier, Tratado Elemental de Química (estudio introductorio y notas a la ed. facsímil de 1797), México, 1990; P. Aceves Pastrana (ed.), Periodismo científico en el siglo XVIII, José Antonio Alzate y Ramírez, México, 2001; A. D. Morales Cosme, El hospital General de San Andrés, la modernización de la medicina novohispana (1770-1833), México, 2001; M. T. Miras Portugal, A. González Bueno y A. Doadrio Villarejo (dirs.), En el 250 aniversario del nacimiento de Vicente Cervantes (1758-1829): Relaciones científicas y culturales entre España y América durante la Ilustración, Madrid, Real Academia Nacional de Farmacia y Fundación José Casares Gil, 2009.

 

Francisco Javier del Puerto Sarmiento