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Miguel Lucas de Iranzo

Biografía

Lucas de Iranzo, Miguel. Belmonte (Cuenca), p. t. s. XV – Jaén, 21.III.1473. Condestable de Castilla, cronista, canciller mayor, consejero real.

Miguel Lucas de Iranzo, uno de los personajes más destacados del reinado de Enrique IV de Castilla, era hijo de Alonso Álvarez de Iranzo, un modesto labrador guipuzcoano. Había nacido en Belmonte, villa perteneciente a Juan Pacheco, marqués de Villena, y todopoderoso de Castilla durante no menos de tres décadas que, actuando como su valedor, favoreció el ascenso social del joven Miguel. El primer paso consistió en colocarle al servicio del entonces príncipe de Asturias, futuro Enrique, del que se convirtió en su paje y criado.

Al convertirse Enrique en rey, la estrella de Miguel Lucas no dejó de crecer. Su primera entrada en escena parece coincidir, junto con otros nobles, aconsejando al Monarca para que contrajera matrimonio con Juana de Portugal. Muy pronto se empezaron a acumular los cargos entre 1454 y 1458. Ostentó, entre otros, el de halconero mayor y corregidor de Baeza y alcalde de Alcalá la Real. En algún caso consiguió los honores a instancias de fray Lope de Barrientos consejero muy estimado por el Rey. Pero también Miguel Lucas tuvo muchos detractores —entre otros el cronista Diego de Valera— que le calificaban de tirano, cruel, ambicioso y de un origen tan popular que sólo podía favorecer a los suyos.

“Queriendo hacer a Miguel Lucas el más poderoso de Jaén”, en palabras de Palencia, el Rey procuró su matrimonio con Teresa de Solier, hija única de Pedro de Torres y de Leonor Carrillo, nieta del adelantado de Andalucía y prima del conde de Haro, Pedro Fernández de Velasco. Se lograba, a través de ese matrimonio, emparentarle con los linajes más preclaros del reino y convertirle en un rico hombre gracias a la fortuna de su esposa.

Entraba dentro de los propósitos de Enrique IV la promoción de un nuevo equipo de caballeros jóvenes próximos a él en edad y gustos y entre los que se encontraban Diego Arias Dávila, Martín de Vilches, Andrés de la Cadena, Beltrán de la Cueva, Juan de Valenzuela, Gómez de Cáceres, y, naturalmente, Miguel Lucas. Aquel equipo difícilmente funcionó por los obstáculos que a su promoción procuraba el propio marqués de Villena, muy celoso de sus prerrogativas a pesar de que Iranzo había sido uno de sus protegidos. Pero el Monarca se encaprichó tanto en el joven que hasta llegó a acariciar la idea —ya a finales de la década de 1450— de encomendarle la administración de la Orden de Santiago, lo que hubiera significado, de haberse producido, un despojo con respecto a su hermano, el entonces infante Alfonso, que en las mandas testamentarias de Juan II le había sido concedido, entre otras mercedes, dicha administración.

Una de las fuentes de promoción de Miguel Lucas durante los primeros años del reinado de Enrique IV fue la guerra fronteriza de saqueo llevada a cabo contra el reino de Granada, en cuyo contexto Lucas de Iranzo realizó alguna hazaña espectacular, como la destrucción del castillo de Illora. Cada vez más fuerte en la defensa de la frontera de Jaén, sus méritos no pasaron desapercibidos ante los ojos del Rey, que se hizo acompañar por Iranzo en su viaje a Andalucía durante el año 1456. Miguel Lucas se convertía en objeto de maledicencias, pero también de simpatía por parte de otros nobles que, a su vez, querían equilibrar el poder omnímodo de Villena, caso del duque de Medina Sidonia, bajo cuya protección consiguió la categoría de frontero.

Uno de los días clave en la vida de Miguel Lucas fue el que se le concedió la dignidad de caballero, junto con otros personajes, caso del hijo del almirante, por sus méritos en la campaña granadina. El hecho no estuvo exento de polémica, ya que el ennoblecimiento por voluntad regia y, según los enemigos de Iranzo, “sin mirar ni virtudes ni linaje ni otra cosa alguna” molestó a muchos. Aquel día de 1455 fue armado caballero de espuelas doradas, un reconocimiento que sólo podía ser concedido por el Rey o un delegado suyo. Asimismo, se le concedieron los símbolos y colores pertenecientes a los blasones del Monarca y la categoría de miembro de la Orden de la Banda. Todos estos actos tenían una gran significación por cuanto la condición caballeresca era, para el noble, la demostración de su dimensión militar. Nunca se habían otorgado tantos títulos juntos en un solo día y a una sola persona.

Los reconocimientos no dejaron de llegar a la vida de Miguel Lucas; así, el 25 de marzo de 1458 se le concedía la espada de condestable, título por el que ha pasado a la historia. Ese mismo año era nombrado barón de torneo. Desde 1456 gozaba de la dignidad de canciller de la Poridad que desempeñó hasta 1473.

A todo ello unió las rentas de varios lugares, caso de Ágreda y Vozmediano. En 1459 era alcaide de las fortalezas de Jaén, Alcalá la Real y Andújar, así como alguacil mayor y alcaide de la Cárcel de Jaén.

Miguel Lucas se convertía en guerrero y mecenas emulando la fastuosidad de la antigua nobleza y vida caballeresca que a muchos autores se les antojaba desproporcionada.

No permitía que se le escapara ocasión para demostrar —como se demostró en la embajada del duque de Bretaña, en el verano de 1459— cuando se organizaron brillantes fiestas, juegos y justas. Su hermoso palacio, que aún hoy conserva los espléndidos artesonados mudéjares de entonces, es muestra del interés por embellecer la ciudad de Jaén y en él se celebraban multitud de espectáculos teatrales y banquetes. Jaén también gozó entonces de una Casa de Moneda y se acometieron obras de acondicionamiento de la ciudad, que fue embellecida por orden del condestable.

Desde principios de la década de 1460 disminuyó la influencia de Miguel Lucas en la Corte. En parte, el condestable se sentía molesto por tener que compartir la privanza con nuevos valores en los que Enrique IV se interesaba, pero también, cuando comprobó cómo se había despojado a la Casa de Luna, por instigación de Villena, se convenció de que tenía el mismo destino. Entonces abandonó la Corte refugiándose en Valencia. Palencia atribuyó aquellas huidas a las apetencias sexuales del Monarca verdaderamente obsesionado con la persona de su privado que, por sus principios religiosos, no podía aceptar las proposiciones del Rey. Finalmente regresó a la Corte, pero se refugió durante un tiempo en Cuenca, lugar de fray Lope de Barrientos, enemigo encarnizado de Pacheco. Aunque finalmente acabó por confinarse en Jaén, en donde, a salvo de las presiones de la Corte, tuvo que hacer frente a las incursiones granadinas con notable éxito.

La rebelión nobiliaria del otoño de 1464, capitaneada por Pacheco, logró que el infante Alfonso fuera aceptado como príncipe heredero y se pusiera en marcha el cumplimiento del testamento de su padre Juan II. Las fuentes documentales demuestran que el condestable Iranzo, acatando la petición real, juró a Alfonso como heredero de Castilla el 18 de diciembre de 1464 en Jaén. Unos meses después el príncipe era proclamado Rey, pero el condestable se distinguió como uno de los poquísimos partidarios del Rey y así permaneció hasta su muerte.

La situación en Andalucía durante esta etapa de dualidad monárquica (1465-1468) no puede ser más complicada. Los partidarios del príncipe-rey Alfonso son mayoritarios y Pedro Girón, maestre de Calatrava y hermano del marqués de Villena, que utilizó las fortalezas de la Orden y del señorío de Osuna para su causa, actuó como auténtico virrey.

La pugna por el dominio de Andalucía dejaba a los enriqueños en clara desventaja: apenas el priorato de Juan de Valenzuela, el refugio del conde de Cabra y de Martín Alfonso de Montemayor y, naturalmente los territorios controlados por Lucas de Iranzo, serían bastiones del Monarca destronado. El condestable resistió los envites del maestre sobre Jaén con cierto éxito a pesar de que Girón aprovechó las desavenencias entre caballeros de la ciudad y aquél para debilitarle. La ciudad no cayó, pero no pudo impedir que Andújar, Baeza y Úbeda terminaran en poder del maestre. Cuando murió Girón, en 1466, los enriqueños vieron una oportunidad para recuperarse.

Úbeda y Baeza habían firmado una confederación comprometiéndose a seguir en la obediencia de Alfonso XII. Miguel Lucas proporcionó tropas al prior de Valenzuela para que combatiese Andújar, mientras él mismo intentaba apoderarse de Baeza, pero las dos operaciones fracasaron: el prior fue derrotado por Fadrique Enríquez y Alfonso de Aguilar el 11 de junio de 1466. Pacheco, aprovechando las disensiones de Lucas de Iranzo con el obispo de Jaén, Alonso Vázquez de Acuña, firmó un acuerdo con el prelado y envió refuerzos a Baeza, que permaneció alfonsina.

A la muerte de Alfonso, se volvió a la normalidad.

En el año 1469, el Rey realizó un viaje a Andalucía. Le acompañaban Pacheco, ya maestre de Santiago, el arzobispo de Sevilla Fonseca y Pedro González de Mendoza, obispo de Sigüenza. A su llegada a Jaén, en donde la comitiva permaneció cuatro días, Miguel Lucas se mantuvo firme en su rechazo al maestre, del que seguía temiendo una maniobra para despojarle del gobierno de la ciudad. Poco a poco fue recobrando territorios: Arjona, Menjíbar y Porcuna.

Por lo que se refiere a la cuestión sucesoria, el condestable, “que seguía en muchas cosas los ejemplos de los antiguos tiempos”, sin apartarse un ápice de la lealtad debida a Enrique IV, apoyó la candidatura de Isabel a la herencia castellana e incluso remitió a Francia a Pedro de Pedraza, hombre de su confianza, para que convenciera al duque de Guyena sobre la inconveniencia de su matrimonio con la hija del Rey, Juana, quizás también porque aquélla era la baza de su enemigo, el marqués de Villena. Y es que Pacheco no cejaría en su empeño de debilitar a Miguel Lucas.

Aún en un viaje en 1472, Pedro de Escabias, otro hombre de confianza de Miguel Lucas, explicaba al Rey que no podía consentir la entrada de cortesanos en esta ciudad porque Pacheco sólo quería apoderarse de ella. En tierras giennenses, además, se extendía, como por toda Andalucía, el problema de los conversos.

Era la ocasión adecuada para eliminar enemigos políticos. Miguel Lucas, acusado de favorecer a judíos y conversos, tomó precauciones, pero no pudo impedir su final. En misa mayor, el 21 de marzo de 1473, los conjurados, que contaban con el apoyo del alguacil Gonzalo Mejía, le asesinaron dejando el cadáver mutilado en el suelo de la capilla de la catedral. Acto seguido asaltaron el barrio judío de la Magdalena, llevando a cabo una matanza considerable. Otras versiones sobre su muerte apuntan a un ajuste de cuentas con unos caballeros molestos por un episodio relacionado con la entrada del rey de Granada en Úbeda y Baeza. Pero casi todos odiaban desde lo más profundo a un hombre de origen humilde llegado tan alto. La viuda, Teresa de Torres, pudo salvarse refugiándose en el castillo con su único hijo, adonde llegaron los hermanos del condestable, comendadores de Oreja y Montizón, que se convirtieron en tutores del pequeño Luis.

La muerte de Miguel Lucas, según algunas versiones, fue vengada por el duque de Medina Sidonia en Sevilla, que mandó ajusticiar a un personaje que presumía de haberlo asesinado. También se apunta que el propio Enrique IV en 1475 mandó colgar a algunos jurados y regidores de las ventanas en venganza por el asesinato de su fiel condestable.

La viuda, tras aquellos terribles acontecimientos, acabó sus días de monja clarisa en Écija, de donde salió, a petición de los Reyes Católicos, para fundar en Granada el monasterio de Santa Isabel la Real de aquella ciudad, en donde poco tiempo después falleció.

La herencia del condestable empezó y acabó en él, ya que, si bien su único hijo heredó parte de los bienes y cargos de su padre desempeñando un discreto papel en la Corte de los Reyes Católicos, más tarde optó por la vida religiosa. Algunos autores indican que, tras perder la razón, Luis Lucas de Iranzo, que había tomado el hábito franciscano, acabó sus días en Guadix, donde fallecería en 1500.

Sucedido en el oficio de condestable por Pedro Fernández de Velasco, conde de Haro, se conoce bien su vida sobre todo por la conservación de su propia Crónica, probablemente encargada por el propio Miguel Lucas, crónica que también es un documento imprescindible para conocer la sociedad del momento.

 

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Dolores Carmen Morales Muñiz