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Juan Fernández de Navarrete

Biografía

Fernández de Navarrete, Juan. Navarrete, el Mudo. Logroño (La Rioja), c. 1538 – Madrid, 28.III.1579. Pintor.

Navarrete el Mudo fue un artista de vida breve pero de obra trascendente, pues su arte fue uno de los más novedosos y de mayor calidad en la segunda mitad del siglo XVI en España y él fue el principal pintor español que participó en la decoración del monasterio de El Escorial.

Navarrete nació en Logroño hacia 1538 y a los tres años de edad una enfermedad le dejó sordo, por lo que no pudo aprender a hablar. Según Sigüenza y Palomino perteneció a una familia de alcurnia, aunque no se conoce prueba documental que avale esta afirmación.

Su padre, de idéntico nombre, fue un rico hombre de negocios relacionado con el comercio lanar y textil, y su buena situación económica le permitió financiar la estancia del pintor en Italia, adonde marchó hacia 1556-1558 para completar su formación artística. Al parecer ya desde su niñez dio muestras de gran habilidad con el dibujo, por lo que sus padres le llevaron al monasterio jerónimo de la Estrella, donde inició su educación pictórica con Domingo Zaldo, llamado fray Vicente de Santo Domingo tras su ingreso en la Orden, y aprendió, además, a leer y a escribir. Este interés por proporcionarle una completa formación confirma la tesis del elevado rango social de la familia.

Fray Vicente era un modesto pintor local que no debió de aportar mucho a la formación de su joven discípulo, por lo que éste viajó a Italia, donde pudo conocer el manierismo tardío que por entonces imperaba en Roma y Florencia, ciudades que visitó, además de Milán, Venecia y Nápoles, según Sigüenza.

Éste afirma también que “trabajó en casa de Tiziano”, por lo que durante años se valoró la posibilidad que fuera en ese momento cuando recibió la influencia del maestro veneciano que puede apreciarse en muchas de sus obras escurialenses. Sin embargo, en la actualidad se rechaza esta hipótesis, ya que su estilo inicial, de dibujo preciso, paleta algo fría y figuras musculosas recuerda la estética miguelangelesca vigente por entonces en Roma, a lo que se suma una factura minuciosa y una voluntad descriptiva de evidente raíz flamenca.

Éstas son las cualidades de sus primeras obras conocidas, como El bautismo de Cristo del Museo del Prado, fechada hacia 1565, muy diferentes de las que caracterizan la plenitud de su estilo, de pincelada fluida, efectos luminosos y riqueza cromática, que Navarrete alcanzó en la etapa de su actividad en el monasterio de El Escorial, gracias fundamentalmente al conocimiento de la obra de Tiziano.

Casi la totalidad de los datos conocidos sobre su vida y trabajos en la fundación filipina se recogen en la Tercera parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo (1605), texto escrito por fray José de Sigüenza (1544-1606), monje y bibliotecario de El Escorial.

El pintor debió de llegar a la fundación filipina hacia 1565, y la obra del Prado antes citada pudo servirle para presentar su arte a Felipe II. Quizá fue recomendado al Monarca por su limosnero mayor, Luis de Manrique, cuyo hermano, Juan de Manrique, fue embajador en Roma entre 1557 y 1558, años en los que pudo coincidir con el pintor durante su estancia en tierras italianas. También pudo ser la propia Orden Jerónima la que facilitara su traslado a El Escorial, puesto que su antiguo maestro fray Vicente de Santo Domingo residió en el monasterio desde 1565.

Tras su llegada, Navarrete recibió encargos secundarios hasta que fue nombrado pintor del Rey en 1568.

Los primeros trabajos importantes que realizó para la fundación filipina fueron cuatro grandes lienzos para la sacristía del convento: la Asunción de la Virgen, San Felipe, San Jerónimo penitente y el Martirio de Santiago.

Desaparecidos los dos primeros en el incendio que sufrió el monasterio en 1671, se han conservado los dos últimos, firmados y fechados en 1569 y 1571, respectivamente. El San Jerónimo, inspirado en un grabado de Durero, recuerda el estilo del pintor en El Bautismo de Cristo del Museo del Prado, tanto en el interés anatómico del desnudo como en el preciso dibujo y la plasticidad de las formas, a la vez que muestra una clara influencia flamenca en el anguloso tratamiento de los plegados y en la minuciosa descripción del paisaje. No es extraño que en sus primeras obras el pintor recuerde la pintura flamenca, ya que en este estilo debió formarse por tierras riojanas y en el propio monasterio pudo admirar numerosos ejemplos de esta escuela pertenecientes a la colección de Felipe II.

En El Martirio de Santiago, una de sus obras más conocidas, muestra ya una evidente preferencia por el venecianismo que imperó en su producción posterior, como puede apreciarse en el cálido colorido y en la soltura técnica. La realista representación del santo, con los ojos entreabiertos y las manos crispadas, en trance de muerte, fue fruto de la exigencia del Concilio de Trento, que deseaba una pintura destinada a influir en el ánimo del fiel. En 1575 el pintor entregó otros cuatro grandes lienzos para la sacristía del colegio: San Juan en Patmos, la Adoración de los pastores, la Sagrada Familia con San Joaquín y Santa Ana y Cristo en la columna. Salvo el primero, desaparecido en el incendio de 1671, los restantes muestran también una clara influencia veneciana. En la Adoración de los pastores, que recuerda escenas similares de los Bassano, especialmente en el tratamiento de las luces y las sombras, destacan las figuras de la Virgen y el Niño por su ternura y naturalidad, mientras que san José, en su movimiento hacia ellos, define un escorzo de origen tintorettesco. En la Sagrada Familia con San Joaquín y Santa Ana Navarrete pintó en primer término una perdiz, un gato y un perro, siguiendo el interés por lo anecdótico propio de la escuela veneciana, pero la inclusión de estos animales no agradó a los comitentes, ya que en el contrato posterior de los cuadros de parejas de santos destinados a la basílica, se le recomendó específicamente que evitara estas representaciones de animales en temas sagrados, según la normativa impulsada por san Carlos Borromeo en el IV Concilio de Milán. El Cristo a la columna, concebido con el carácter devocional propio de la época, posee una mayor relación estética con el mundo romano, ya que recuerda el fresco de la Flagelación de Sebastiano del Piombo que el logroñés pudo haber visto en la iglesia de San Pietro in Montorio. En 1575 se le encargó un cuadro para la portería del monasterio, con el tema de Abraham y los tres ángeles, que el artista terminó al año siguiente.

Se trata de la única obra pintada para El Escorial por el Mudo que no se encuentra en su lugar de origen, ya que durante la Guerra de la Independencia pasó a poder del mariscal Soult y en la actualidad se encuentra en la Galería Nacional de Irlanda. Auténtica obra maestra, este gran cuadro es un magnífico ejemplo del estilo final del artista, caracterizado por su ágil pincelada, la vibrante intensidad de sus colores y la elegancia formal.

Poco después de iniciarse la decoración de la basílica, Navarrete firmó en 1576 un contrato para llevar a cabo treinta y dos lienzos con parejas de santos, destinados a los altares de las capillas. Éste fue el encargo más importante que Felipe II hizo al Mudo, pero debido a su temprana muerte, acaecida en 1579, sólo pudo terminar siete de ellos: los de los apóstoles San Pedro y San Pablo, Santiago el mayor y San Andrés, San Matías y San Bernabé, San Bartolomé y Santo Tomás y San Simón y San Judas, y los de los evangelistas San Juan y San Mateo y San Marcos y San Lucas, dejando inconcluso el de San Felipe y Santiago el menor, que terminó Diego de Urbina, y bosquejado el de San Cosme y San Damián, que pintó posteriormente Luis de Carvajal. Esta serie fue terminada después de su muerte, entre 1580 y 1585, por los ya citados Diego de Urbina y Luis de Carvajal, más Alonso Sánchez Coello. Las obras de Navarrete para este conjunto constituyen el punto culminante de su producción para la fundación filipina: el carácter majestuoso y monumental de las figuras, el magistral manejo de la luz y del color, y la intensa individualidad de los rostros, concebidos como auténticos retratos, según exigía la ideología trentina, convierten esta serie en una referencia fundamental para el arte de su tiempo y para la evolución de la pintura española de la Edad Moderna. Aunque el emparejamiento de santos se remonta a la iconografía bizantina, el tratamiento del tema carecía de antecedentes en España y su elección para ornar las capillas de la basílica responde a la voluntad del mundo católico de rechazar los planteamientos iconoclastas del protestantismo, y al deseo del Rey de rodearse del mayor número posible de santos intercesores. Su colocación en la basílica es también consecuencia de un programa simbólico y jerárquico, en el que los apóstoles ocupan los espacios más cercanos al altar mayor, en alusión a su proximidad a Jesús durante su vida terrenal, Estos cuadros fueron sin duda del agrado de Felipe II, pues el Monarca, aunque no había terminado el anterior encargo, eligió a Navarrete para realizar la obra pictórica más relevante del templo: el gran retablo del altar mayor. El contrato para este nuevo trabajo se firmó en enero de 1579, pero el pintor, que había testado en septiembre del año anterior, no lo pudo llevar a cabo, pues falleció dos meses después, el 28 de marzo. El retablo había sido diseñado por Juan de Herrera y su construcción encargada a Jacopo da Trezzo, Pompeo Leoni y Juan Bautista Comane. Con la muerte de Navarrete se perdió la oportunidad de dotar de unidad a la decoración de la basílica con un estilo de estirpe veneciana, como probablemente era el deseo del Rey, puesto que las pinturas del retablo fueron finalmente realizadas por Federico Zuccaro y Pelegrino Tibaldi, ambos representantes de las tendencias estéticas del tardomanierimo italiano.

Tras su muerte, entre sus pertenencias se encontraban algunos cuadros que fueron entregadas a Felipe II y se conservan en el monasterio del Escorial, como la Aparición de Cristo a su madre, muy elogiado por el padre Sigüenza, en el que destaca la intensa espiritualidad de la escena y la belleza del cuerpo desnudo de Jesús, en el que muestra un gran dominio de la anatomía.

También dejó, sin acabar, un Entierro de san Lorenzo, destinado a la capilla del colegio, en el que utiliza los contrastes luminosos y la intensidad de las sombras para acentuar el dramatismo del tema. Con esta voluntad de conseguir un lenguaje emocional para influir en los fieles, Navarrete se muestra conocedor de la ideología contrarreformista, que influyó decisivamente en la pintura del primer barroco, en cuya génesis tuvo un importante papel la pintura escurialense y, dentro de ella, la del propio Navarrete, que fue especialmente estimado en el siglo XVII. Su fama posterior se vio, sin embargo, perjudicada por lo escaso de su producción y su casi exclusiva dedicación en la fundación filipina.

 

Obras de ~: El bautismo de Cristo, c. 1565; Asunción de la Virgen; San Felipe; San Jerónimo penitente; Martirio de Santiago; San Juan en Patmos, la Adoración de los pastores, Sagrada Familia con San Joaquín y Santa Ana; Cristo en la columna; Adoración de los pastores; Abraham y los tres ángeles, 1575; San Pedro y San Pablo; Santiago el mayor y San Andrés; San Matías y San Bernabé, San Bartolomé y Santo Tomás y San Simón y San Judas; San Juan y San Mateo; San Marcos y San Lucas; Aparición de Cristo a su madre; Entierro de san Lorenzo.

 

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Trinidad de Antonio Sáenz

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