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Diego Messía Felípez de Guzmán y Dávila

Biografía

Messía Felípez de Guzmán y Dávila, Diego. Marqués de Leganés (III). ? c. 1648 – Château de Vincennes (Francia), 28.II.1711. Gentilhombre de la cámara del Rey, alcaide del Palacio del Buen Retiro, capitán general de la Artillería de España, capitán general de Andalucía, virrey de Valencia y Cataluña, gobernador del Estado de Milán.

Fue el hijo primogénito de Gaspar Messía Felípez de Guzmán, que figuraba en 1655 entre los pocos nobles acaudalados de la Corte, y de Francisca de Córdoba y Aragón. Sus abuelos paternos fueron Diego Messía Felípez de Guzmán, I marqués de Leganés y Grande de España, gracias al conde-duque de Olivares, de quien era primo y amigo íntimo, y de Polisena Spínola, hija del famoso Ambrosio Spínola.

El III marqués de Leganés se casó con Jerónima de Benavides, cuyo padre era Francisco de Benavides Dávila, IX conde de Santisteban del Puerto (1644- 1716) y mayordomo mayor primero de la reina Mariana de Neoburgo y después de María Luisa Gabriela de Saboya. Al no tener descendencia, heredó la grandeza, títulos y bienes Antonio Osorio y Moscoso, conde de Altamira y marqués de Astorga. Teniendo en cuenta estas vinculaciones genealógicas, logradas gracias a unas estratégicas alianzas matrimoniales, Leganés estuvo entroncado parentelarmente con las más poderosas familias nobiliarias de la segunda mitad del siglo xvii: los Spínola (marqueses de los Balbases), los Osorio (marqueses de Astorga), los Rojas (marqueses de Poza), los Moscoso (condes de Altamira), los Portocarrero (condes de Palma) y los Benavides (condes de Santisteban del Puerto).

A este importante factor social del “nacimiento”, en torno al cual se articulaba la sociedad del privilegio, hay que añadir en el caso del III marqués de Leganés la dimensión cultural de una profunda y bien cuidada formación personal. Su padre, Gaspar Messía Felípez de Guzmán, fue un gran aficionado a la ciencia. En su casa de Madrid, que según Francisco de Bertaud en 1659 “está llena de muy hermosos cuadros y es una de las más bonitas de Madrid”, Julio Firrufino enseñó Matemáticas y Artillería, y albergó la Academia Científica de Herrera. Durante su estancia en Valencia fue preceptor de su hijo —el futuro III marqués de Leganés— el jesuita padre José Zaragoza, una de las figuras capitales en conocimiento de Matemáticas y Astronomía de la época. A finales de 1670 el propio Leganés medió ante el general de los jesuitas, padre Juan Paulo Oliva, para que el que había sido su preceptor, Zaragoza, fuera trasladado al Colegio Imperial de San Isidro de Madrid, donde se encargaría de la Cátedra de Matemáticas; y posteriormente sería nombrado maestro de Carlos II. En 1671 Leganés patrocinó la edición de Geometría especulativa y práctica de los planos y sólidos de José Vicente del Olmo, discípulo de Zaragoza. Y el mismo Zaragoza le dedicó a Leganés su obra Tabulae motum coelestium, manuscrito astronómico realizado con fines didácticos en 1674. En el contexto general de la “crisis de la conciencia europea” la cultura española en general y la ciencia en particular experimentó en la segunda mitad del siglo xvii una indudable transformación, que, sin abandonar los viejos paradigmas metafísicos de la Escolástica, se ensayaron los nuevos derroteros físicos de las ciencias experimentales. Y en este proceso de honda transformación cultural, conocido con el nombre genérico de “generación de los novatores”, la familia de los Messía-Guzmán desempeñó un papel de primer orden, patrocinando el movimiento innovador y beneficiándose, al mismo tiempo, de su nueva cosmovisión preilustrada.

En la trayectoria vital de Leganés, además de estos dos factores del nacimiento y de la cultura, hay que contar con un tercer componente básico, que viene dado por sus muchos títulos nobiliarios y un amplio poder jurisdiccional. Era conocido por su título de marqués de Leganés (el III poseedor de esta merced); pero también fue VI duque de Sanlúcar la Mayor, marqués de Morata y de Mairena, conde de Aznalcóllar y, sobre todo, Grande de España de 1.ª Clase.

También era señor de las villas de Valverde, Villar del Rey, Villar del Águila, Velilla y Vacia Madrid; y heredó las encomiendas de Socobos con una renta de 3000 ducados y la Mayor de León, pertenecientes a la Orden Militar de Santiago. Aquellos títulos y estas encomiendas convirtieron a Leganés en un gran señor territorial con un indudable poder económico y eficaz control administrativo sobre sus tierras y jurisdicciones.

Esta dimensión local o territorial de la alta nobleza en general y del III marqués de Leganés en particular pone de manifiesto la significación política del “reino” en el entramado organizativo de la Monarquía hispánica en la segunda mitad del siglo xvii. En la Corona de Castilla los dos tercios del territorio estaban en manos de los grandes señores, quienes gobernaban y administraban justicia directamente, aunque lo hiciesen en nombre del Rey. Estos estados señoriales constituyeron un polo esencial de la organización política de la sociedad castellana; y los señores, por ende, la base sociológica y territorial de la Monarquía hispánica.

El otro polo de aquella organización política plural era naturalmente el del “Rey” como institución. También a este nivel supranacional de la Monarquía católica el III marqués de Leganés ostentó los más altos cargos al servicio del poder soberano del príncipe; un único y exclusivo poder real, que se puede desglosar, sin embargo, en un poder palatino (casas reales), militar (ejércitos) y político-representativo (virreinatos).

En el influyente ámbito de las Casas Reales, el III marqués de Leganés tuvo una privilegiada posición cortesana. Gentilhombre de la cámara del Rey con ejercicio, fue nombrado en septiembre de 1698 alcaide del palacio del Buen Retiro, cargo de la mayor confianza, “pues los Reyes Catholicos y sus familias acostumbrandose a retirarse alli casi sin guardas, su seguridad depende absolutamente de la fidelidad de este alcayde...”. Dada esta estrecha confianza, no es de extrañar que Carlos II le considerase su valido entre junio y septiembre de 1700 en unas circunstancias difíciles por el grave problema sucesorio que se avecinaba y las demoledoras intrigas de corte. En cuanto privado encubierto de Carlos II Leganés intentó reformar el Gobierno y rearmar militarmente a la Monarquía.

Los cargos palatinos acercaban la nobleza al poder soberano, pero los cargos militares, amén de ser una función específica y propia de la nobleza, dotaban a sus poseedores de unos poderosos medios de intervención internacional. Leganés fue capitán de hombres de armas de las guardias de Castilla y gobernador de armas en los Países Bajos. En agosto de 1676, Fernando de Valenzuela le nombró general de Caballería de Cataluña en sustitución de Anielo de Guzmán, que pasaba a ser virrey de Sicilia. En agosto de 1695 fue nombrado capitán general de la Artillería de España, cobrando por ello un importante sueldo.

En diciembre de 1700 cedió el cargo de alférez mayor del reino al marqués de Francavilla, habiendo ya rechazado poco antes el de vicario general de los Estados de Italia, que le había ofrecido Carlos II. Aunque era defensor de la Casa de Austria, Felipe V lo nombró el 26 de abril de 1701 capitán general de las costas y vicario general de Andalucía alta y baja, encargándole de las finanzas, de la justicia y de los cargos militares en estas tierras meridionales tan amenazadas por los reinos berberiscos del norte de África. Era éste un poder total semejante al que había tenido el malogrado duque de Osuna. El cargo le fue dado por Portocarrero, del que era amigo y pariente, alegando el cardenal que, no obstante su simpatía por la Casa de Austria, era un hombre de honor que no le permitiría faltar a su deber. De todas las maneras, Luis XIV, en su instrucción secreta al embajador Marcin, le recomendaba que debía estar muy atento a su conducta y revocarlo de tal nombramiento en la primera oportunidad.

Poco antes de partir Felipe V para Italia, lo sustituyó por el marqués de Villadarias.

Además de estos cargos palatinos (gentilhombre de cámara y alcaide del Buen Retiro) y militares (capitán general de Artillería de España y de las costas de Andalucía), el III marqués de Leganés desempeñó otros altos cargos de la mayor significación política en la gobernación de la Monarquía católica. Además de ser tesorero de la Corona de Aragón, que era un cargo hereditario en su casa con altas retribuciones, y de haber presidido el Consejo de Indias, su vida pública estuvo ocupada en representar como virrey o gobernador al rey Carlos II en tres territorios de la Monarquía hispánica geoestratégicamente fundamentales: los virreinatos de Valencia y Cataluña y la gobernación y capitanía general del Estado de Milán.

Desde el 12 de enero de 1667 hasta marzo de 1668 fue virrey y capitán general de Valencia. Al morir su padre, a la sazón virrey de Valencia, el 30 de diciembre de 1666, conjuntamente sucedió el título y heredó los cargos de lugarteniente y capitán general de ese Reino, que juró en la Catedral en ese 12 de enero, convirtiéndose así en el virrey más joven (tenía dieciocho años) de la historia de Valencia. Aunque Leganés tuvo algunos conflictos jurisdiccionales con la Iglesia, la situación general del país mejoró en su corto virreinato.

Fue también virrey y capitán general de Cataluña: interino de junio a octubre de 1678 y titular de 1684 a 1688. Juan José de Austria, primer ministro, mantuvo a Leganés en el cargo de general de la Caballería de Cataluña y le nombró virrey interino del principado, cubriendo la vacante del conde de Monterrey.

En los cuatro meses que sirvió el cargo restableció, ya al final de la guerra de Holanda, la situación militar en el Ampurdán. Con la llegada del virrey titular, duque de Bournonville, Leganés continuó en Cataluña y en 1684 realizó la campaña contra los franceses en el contexto de la política francesa de las “Reuniones”.

Concluido el gobierno de Bournonville, el primer ministro Medinaceli le nombró virrey titular de Cataluña en octubre de 1684. Durante este período de paz con Francia (entre las “Reuniones” y la Liga de Augsburgo), Leganés fortificó el principado, pero tuvo que afrontar la grave tensión de los campesinos que no aceptaban los insufribles alojamientos de tropas y los pesados donativos. Las malas cosechas y la plaga de langosta de 1687 deterioraron mucho la preocupante situación campesina, produciéndose un alzamiento que llegó a las puertas de Barcelona en abril de 1688. El autoritarismo de Leganés y su no entendimiento con la Generalidad obligaron al primer ministro Oropesa a relevarle, sustituyéndole por el conde de Melgar, que resolvió la situación perdonando a los rebeldes.

El III marqués de Leganés sustituyó en el cargo de gobernador y capitán general del Estado de Milán al marqués de Fuensalida. En este puesto, que ejerció entre 1691 y 1698, acometió muchas reformas; se distinguió en la Marsaille y se ganó la estima de Catinat por su educación, galantería y gentileza italiana.

Tras la guerra del Piamonte en 1696, se establecieron las condiciones de paz de Saboya. Estas condiciones —entre las que destacaba el matrimonio del duque de Borgoña con la hija de Víctor Amadeo II— fueron firmadas el 29 de mayo de aquel año y ratificadas en Marly el 4 de junio y en Turín el 29. El 10 de octubre de 1696 se acordó respetar la neutralidad de Italia, el duque de Saboya levantó el asedio de Valencia y el mariscal Catinat retornó a Francia. En 1697 Leganés fue sustituido por el príncipe de Vaudémont en el gobierno del Estado de Milán.

Así, pues, el III marqués de Leganés desempeñó todos los altos cargos que un vástago preclaro de una poderosa familia aristocrática podía desear. Con un extenso poder territorial, tanto económico como administrativo, participó del poder soberano del Rey, desarrollando las más altas funciones de la Monarquía católica en cargos palatinos, militares y de gobierno territorial. Pero en las coordenadas políticas del sistema polisinodial —gobierno de la alta nobleza y respeto a los fueros y constituciones de los diversos reinos de una Monarquía compuesta— se desató en el reinado de Carlos II una crónica y despiadada lucha por el poder, por el poder de gobernar unos clanes nobiliarios frente a otros. De ahí que se produjeran en este período de crisis internacional, en el que el problema sucesorio de la Monarquía hispánica ocupaba y preocupaba de manera preferente a todas las cancillerías europeas, una serie de desestabilizadores y recurrentes movimientos internos que enfrentaban frontalmente a unos grupos nobiliarios contra otros.

Tres fueron los movimientos más significativos de lucha por el poder, y en todos ellos Leganés desempeñó un papel estelar, oponiéndose primero a Fernando de Valenzuela (1676), después al conde de Oropesa (1699); y finalmente al tándem Ursinos-Gramont y Ursinos-Amelot (1705). Es por esta actitud de permanente beligerancia política por lo que Maura no dudó en calificarle de “conspirador por temperamento, infatigable y audaz”.

A pesar de ser un “paniaguado del Duende” (Fernando de Valenzuela y Enciso), Leganés apoyó y firmó el manifiesto de la nobleza de 15 de diciembre de 1676, que coadyuvó a la caída del valido y al triunfo final de Juan José de Austria. El manifiesto lo firmaron veinticuatro Grandes de España que se oponían a la meteórica carrera de Valenzuela, al que le habían concedido la Grandeza de España y el valimiento absoluto por encima de los viejos y poderosos clanes nobiliarios. Las ambiciones de Juan José de Austria y las protestas bien orquestadas del pueblo se sumaron a los deseos de la alta nobleza para derribar al favorito de Mariana de Austria y restablecer el poder de la alta nobleza en todos los asuntos de gobierno de la Monarquía, empezando por el control de la Casa real.

A finales de siglo Leganés ayudaría al cardenal Portocarrero a derribar al almirante de Castilla y a la condesa de Berlepsch, e impulsaría en abril de 1699 una campaña de libelos y pasquines, azuzadora del motín contra el gobierno del conde de Oropesa. Leganés formó parte de la conspiración, juntamente con Monterrey, Portocarrero, Ubilla y el confesor del Rey.

El triunfo le reportaría en principio el cargo de consejero de Estado, que finalmente no le concedieron.

Y entre las medidas por adoptar estaba la de sustituir a los virreyes “extranjeros” por españoles. Según estos planes, Leganés sustituiría al elector de Baviera en los Países Bajos. Pero tampoco estos objetivos particulares se lograron, aunque sí se consiguió preparar el advenimiento de los Borbones, si bien esto fue en contra de la opinión del pro-austríaco Leganés.

Finalmente, ya instalados los Borbones en la Monarquía hispánica, Leganés, indudable jefe del partido austríaco en la Corte de Felipe V, no le prestó juramento de fidelidad en las Cortes de Castilla. Esto le acarreó una desconfianza permanente a los ojos de Versalles y ante los gobernantes franceses, principalmente la princesa de los Ursinos —la verdadera “reina” de España— y los sucesivos embajadores franceses, que actuaban como “primeros ministros” de la Monarquía católica (Marcin, Estrées, Gramont y Amelot). En todos los movimientos conspiratorios de este inestable período estaba presente el marqués de Leganés. El 10 de junio de 1705, antes de que el duque de Gramont se marchase de Madrid, se descubrieron dos conspiraciones: una en Granada y otra en Madrid, cuyo objetivo era degollar a todos los franceses y apresar al Rey y a la Reina el día del Corpus Christi. Estas conspiraciones se extendieron por Málaga, Cádiz y Badajoz. Se creyó, aunque sin pruebas fehacientes, que Leganés era el jefe de dichas conspiraciones, porque estaba muy vinculado con la Casa de Austria y no había hecho el juramento de fidelidad a Felipe V. Prendido por T’Serclaes, capitán de las guardias de corps y capitán general, en los jardines del Retiro, fue conducido a Pamplona y de allí a Burdeos, en cuyo Château-Trompette se le encarceló. El príncipe de Riccia, preso en la Bastilla, había denunciado sus intrigas en 1705. En agosto de 1706, cuando las cosas iban muy mal para las dos monarquías borbónicas y el archiduque se adueñó de Madrid, se trasladó a Leganés de la prisión de Château-Trompette (Burdeos) al Château de Vincennes.

Leganés, al igual que todos los Grandes de España, no podía aceptar que se prescindiera de la alta nobleza en el gobierno de la Monarquía hispánica, totalmente en manos de franceses y de españoles colaboracionistas como Grimaldo o Macanaz. Su pretensión de que continuase el sistema polisinodial, de que se preservase la distribución territorial del poder de los Habsburgos y se mantuviese la integridad territorial de la Monarquía hispánica era ya un objetivo político imposible de mantener en un contexto bélico nada favorable para la alta nobleza castellana, para los viejos reinos hispanos y para la hegemonía territorial de la Monarquía católica. En este horizonte de cambio dinástico, político-institucional y sociológico, tan distinto y antagónico para las tradicionales expectativas de la alta aristocracia castellana, murió el III marqués de Leganés el 28 de febrero de 1711 en Vincennes, en donde estaba encarcelado. Fue enterrado en los Mínimos de la Place Royale de París, lejos de sus tierras señoriales de Castilla y al margen de los destinos de la nueva Monarquía borbónica española, que iniciaba una singladura política de profundas reformas institucionales, territoriales, militares y económicas.

 

Fuentes y bibl.: Archivio Storico Civico (Milán), Consiglio Generale, 63-19; Archivo Histórico Nacional, Estado, leg. 2460 (2); Sección Nobleza, Osuna, C. 3012; Institut Catholique de Paris, Fonds Baudrillart, Archives Espagnoles, leg. RBA 247, fols. 217-219; Archives du Ministère des Affaires Étrangères, Correspondance Politique, Espagne (E), t. 83, fols. 109-112 y fols. 222r.-229r.; t. 86, fols. 118r.-121r.; t. 87, fol. 225r.; t. 88, fols. 210r.-v. y fols. 301r.-305v.; t. 100, fol. 237; Archivo de Protocolos de Madrid, año 1655, n.º 6267, fol. 719; Archivio di Stato di Milano, Uffici Regi, cartele 65 (Governo-Governatori-Milano, 1678-1698); Biblioteca Nacional de España, ms. 2374; ms. 2401; ms. 2404; ms. 2693; ms. 6762; ms. 7955, fols. 466r.-484r.; ms. 12944/91; ms. 22083/2; Bibliothéque National Française, ms. espagnol, 137, fols. 138v.-139r. “Historia general del señor rey don Phelipe Quinto desde su ingreso a la corona de España. Acontecimientos grandes de su reynado sin reservar los mas ocultos de su gavinete (I)”; ms. Fr. 9045, fols. 503-516 “Catalogue des Grands d’Espagne, leurs familles, leurs titres”; Biblioteca de la Real Academia de la Historia, D-19, fol. 51; D-20, fol. 22; D-30, fol. 158; M-4, fol. 187; N-54, fols. 105-106; S-4; S-7, fols. 1-85; S-7, fols. 114-173; S-8, 9/1221; Legs. 7 (carpeta 15, 18-19) y 8 (carpeta 4, 1-3).

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José Manuel de Bernardo Ares

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