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Rodrigo de Vivero y Aburruza

Biografía

Vivero y Aburruza, Rodrigo de. Conde del Valle de Orizaba (I). México, 1564 – Orizava, 1636. Gobernador interino de Filipinas, gobernador de Panamá.

Hijo de Rodrigo de Vivero y Velasco, natural de Olmedo, caballero de la Orden de Santiago (1564), que pasó a la Nueva España en compañía de su tío el virrey Luis de Velasco el Viejo (1561), y de Melchora de Aburruza (o Aberrucia) y Pellicer, natural de Méjico, viuda que era de Alonso Valiente, conquistador de Méjico, y a quien sucedería como encomendera de Tecamachalco. Sus abuelos paternos fueron Rodrigo de Vivero y Guzmán y María Antonia de Velasco y sus abuelos maternos fueron Martín de Aburruza, natural de Tolosa, y Leonor Pellicer, natural de Sevilla.

En la Nueva España sirvió muchos años como soldado, a su costa, en la guerra contra los chichimecas y luego pasó como castellano al fuerte de San Juan de Ulúa desempeñándose como alcalde mayor de Michoacán y alcalde mayor de las minas de Taxco. Fue nombrado gobernador y capitán general de la Nueva Vizcaya en lugar de Diego de Velasco (3 de mayo de 1599) para hacer frente a los indios que se habían rebelado en aquella provincia, lo que logró hacer sujetando a la obediencia a diversos pueblos y asegurando las minas de San Andrés. Una vez de regreso en la ciudad de Méjico, el virrey marqués de Salinas le destinó interinamente a hacerse cargo de la gobernación y capitanía general de Filipinas y presidencia de su Real Audiencia y, después de la navegación iniciada en el puerto de Acapulco (15 de marzo de 1608), arribó al puerto de Cavite (13 de junio de 1608).

Al igual que la generalidad de los gobernadores de Filipinas, una de sus principales preocupaciones fue la vinculada con la presencia de mercaderes japoneses y de sangleyes en Manila y como poco antes de su llegada los japoneses habían causado diversos desórdenes, una de sus primeras actuaciones fue la de renovar la comisión que la audiencia gobernadora había dado al oidor de la Vega para hacer embarcar a los japoneses y sacarlos de la ciudad de Manila y de inmediato escribió al emperador de Japón para “que de aquí adelante no venga gente descompuesta a estas yslas sino solo los mercaderes que contratan en ellas y los marineros forçosos a su navegacion”. En la misma línea dio orden para que se moderara el número de sangleyes que acudían a Manila.

Por otra parte, también ocupó su atención el estado y trato con los naturales de Terrenate, cuyo rey le solicitó auxilio frente a las amenazas de los holandeses y de los mindanaos. Recibió también, a los principios de su gobierno, a unos embajadores de la nación de Joló “que vinieron a dezir que querian hazer las pazes con los españoles y traxeron algunos yndios cautivos que alla tenian... heles respondido bien con lo qual se buelben a su tierra”. Temiendo el ataque los mindanaos, aliados a los holandeses, previa junta de guerra, diputó al capitán Juan Xuaréz Gallinato para que dispusiera la fortificación de las costas de Pintados y asistiera a ella con dos galeotas y con cincuenta soldados, que enviaba desde Manila, para que se unieran a los setenta que se hallaban allí, sin que todas estas prevenciones le hicieran descuidar las defensas de la ciudad de Manila y así mandó (1608) fortificar un lienzo de la muralla de la ciudad que había hallado maltratado.

Especial diligencia puso en tratar de la cuestión tocante a la publicación de la bula de la Santa Cruzada entre los naturales, porque nada más llegar a Manila se halló con que la publicación de la citada bula, que había mandado hacer el comisario general Luis de Robles, había causado “en la tierra notable descontento” y ello le obligó a hacer “Junta de las religiones, ciudad, ombres particulares y onrados della”, cuyos pareceres fueron que dicha publicación sería la causa segura de que los indios bautizados abandonaran la fe, por no pagar los dos reales, y que no se bautizaran los infieles, amén de temerse el alzamiento de algunas provincias. Oídas estas opiniones, sometió este asunto al Real Acuerdo y, considerando este caso de gravísimo peligro, proveyó auto “requiriendo al comisario que no hiciesse la predicacion hasta que V. Mgd. fuesse informado”.

Después de diez meses de gobierno, le sustituyó en él el propietario Juan de Silva, a quien le entregó el mando en la ciudad de Manila (20 de abril de 1609) y de inmediato solicitó a la audiencia que dispusiera que se le tomara juicio de residencia, pero el tribunal se abstuvo de hacerlo, porque no tenía real orden sobre ello, pero comunicaba al Monarca que: “Lo que la Audiencia puede dezir del tiempo que sirvio los dichos oficios es que con grande aprovacion acudio a las obligaciones dellos con mucha puntualidad, diligencia y cuidado”.

Hallándose en los reinos de España se le hizo merced de la plaza de gobernador y capitán general de Tierra Firme y presidente de la Real Audiencia de Panamá (5 de septiembre de 1620) y en el año siguiente se le dio la licencia para que embarcara rumbo a su destino (11 de marzo de 1621) en compañía de cuatro criados. Al poco tiempo de su arribo a Panamá se alzaron los indios del Bayano (1622) y marcharon sobre la ciudad y al hallarse a siete leguas de ellas mandó a enfrentarles al sargento mayor Francisco de Narváez y al capitán Juan Lorenzo y luego envió al capitán Jerónimo Ferrón Barragán para castigarles, quien, si bien les venció en diferentes encuentros, no cumplió con las instrucciones que se le habían dado e hizo degollar a doce indias que había apresado, por lo que el gobernador Vivero le hizo poner en prisión y al cabo de esta jornada decidió, previa juntas de guerra, no levantar el fuerte de Bayano que se había ordenado construir, por parecerle de poco efecto para contener a los naturales. Durante su gobierno se preocupó especialmente por la policía de la ciudad de Panamá y así mandó que se levantaran las casas del cabildo, que se hallaban derruidas; ordenó deshacer la iglesia mayor, que estaba “indecentissima”, y edificó “otra de nuevo, que es de los mejores templos desta ciudad”; hizo poner carnicerías, que antes no las había; cuidó del aderezo de los caminos y, además, mostró una constante preocupación por las defensas y fortificaciones de su gobernación.

Después de haber representado al Monarca sus méritos y servicios y solicitado que se le concediera un título de marqués o de conde en las Indias, haciendo dejación de la presidencia de Panamá, sobre consultas del Consejo de Indias (3 de diciembre de 1626) y de la Junta de Guerra de Indias (28 de diciembre de 1626), se le concedió un título de vizconde advirtiéndose que se le daría el de conde “dejando la presidencia de Panamá” y en dicha virtud, por real cédula fechada en El Pardo de 14 de febrero de 1627 se le despachó título de vizconde de San Miguel en la Nueva España, y habiendo hecho la renuncia del gobierno de Tierra Firme, por real cédula fechada en Madrid el 29 de marzo de 1627 se le dio el título de conde del Valle de Orizava, en el que le sucedería su hijo Luis de Vivero y Velasco.

Dispuso en 1628 su viaje a la Nueva España y lo hacía, según informaba el cabildo de la ciudad de Panamá, en gran pobreza: “Este caballero sale con tan grande necesidad que cassi ha havido menester pedir limosna para ir de aquí al realejo y aunque esta parte de pobreza muestra claro lo bien que ha procedido, descendiendo a lo particular de sus oficios los ha exercido rectissimamente”. Esta falta de medios la advirtió también en Méjico el virrey marqués de Montesclaros, quien escribía al monarca que: “El Conde del Valle Don R.º de Vivero bino de su oficio de Panama y aviendo estado algunos dias en Mexico me peso mucho de que la necesidad le obligase a irse a un rincon porque me parecio persona para holgar de tener cerca su consejo” y por ello pedía que se le premiasen sus largos servicios y que si vacaba la presidencia de Guadalajara se tuviera presente su persona.

A pesar de las instancias del virrey no se le concedió ningún nuevo gobierno en las Indias y se radicó en sus tierras del valle de Orizava, donde permanecería hasta su muerte, época en la que aparecía con una importante fortuna, parte de la cual había vinculado en la fundación del mayorazgo de Vivero.

Contrajo matrimonio en Méjico con Leonor de Luna Arellano Ircio Rojas y Mendoza, natural de Méjico, hija del mariscal de Castilla Carlos de Luna y Arellano, natural de Oaxaca, señor de las villas de Ciria y Borobia, y de Ana de Mendoza, nacida en Méjico, hermana que era de María de Ircio, casada con Luis de Velasco, marqués de Salinas, presidente del Consejo de Indias. De esta unión nació Luis de Vivero y Luna de Arellano, nacido en Cholula, II conde del valle de Orizaba, vizconde de San Miguel, caballero de la Orden de Santiago (1624), casado con Graciana de Acuña y Suárez de Peredo.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General de Indias (Sevilla), Contratación, 5.219, n. 5, r. 29; Contratación, 5.377, n. 21; Contratación, 5.793, l. 1, fol. 273v.-275r.; Filipinas, 7, r. 3, n. 38, 41, 42; Filipinas, 20, r. 3, n. 28; Filipinas, 329, l. 2, fol. 110v.; Indiferente General, 451, l. A10, fol. 68r.-69v., 97v.- 98r.; Méjico, 28, n. 18; Méjico, 30, n. 26; Méjico, 73, r. 11, n. 124; Méjico, 218, n. 25; Méjico, 219, n. 5; Méjico, 242A, n. 3; Panamá, 1, n. 385; Panamá, 17, r. 6, n. 94; Panamá, 30, n. 87; Panamá, 31, n. 6 y 15; Patronato, 47, r. 27; Patronato, 293, n. 21, r. 1; Archivo Histórico Nacional, Órdenes-Expedientillos, 389; Órdenes-Santiago, exp. 9009 y 9010.

E. Mogrobejo, Diccionario hispanoamericano de heráldica, onomástica y genealogías. Adición al “Diccionario Heráldico y genealógico de apellidos españoles y americanos”, por Alberto y Arturo García Carraffa, XII, Bilbao, Editorial Mogrobejo-Zabala, s. f., págs. 52-54; F. Fita, “Don Rodrigo de Vivero y Velasco, nieto del famoso caballero de Olmedo y sobrino del segundo virrey de la Nueva España”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, 46 (1905) págs. 452-474; G. Lohmann Villena, Los americanos en las Órdenes Nobiliarias, I, Madrid, Instituto de Historia de América Gonzalo Fernández de Oviedo, 1947, págs. 459-460; E. Schäfer, El Consejo Real y Supremo de las Indias, II, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1947, pág. 557.

 

Javier Barrientos Grandon