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Alfonso Enríquez

Biografía

Enríquez, Alfonso. Conde de Noreña y Gijón. Señor de Cabrera y Rivera. Gijón (Asturias), 1355 – ¿Portugal?, p. s. XV. Noble, rebelde, primogénito bastardo del rey de Castilla, Enrique II Trastámara.

Alfonso Enríquez era el primogénito de Enrique II de Castilla y de la dama asturiana Elvira Íñiguez, perteneciente al linaje de la Vega. Destinado a encabezar la oligarquía de parientes, cargados de títulos y tierras pero sin parte en el gobierno y en los que se apoyaba el régimen monárquico del primer Trastámara, Alfonso no tardó en convertirse en un ambicioso intrigante. Bastardo, al igual que su padre, Alfonso creyó que esa condición, de tan buenos resultados para su progenitor, no constituiría un obstáculo para lograr sus propósitos máxime cuando era el primogénito y ostentaba un extraordinario patrimonio. Durante tres reinados —el de su padre, su hermano Juan I y de su sobrino Enrique III— el conde Enríquez se convirtió en un rebelde sin causa.

Siendo Alfonso todavía un adolescente, Enrique II le convirtió en heredero del patrimonio de Rodrigo Álvarez de Asturias, su padrino y fundador del señorío de Noreña, base territorial que le había permitido la llegada al trono. Corría el año de 1366 y el Rey le concedía el título de conde sobre Noreña y Gijón. Además de sus posesiones en Asturias, Enrique II entregó a su primogénito las villas de Paredes de Nava, Sahagún y Valencia de don Juan así como los señoríos de Cabrera y Ribera. Desde niño acompañó a su padre en todo tipo de actos, figurando en la documentación de la época, y convirtiéndose en testigo de la batalla de Nájera cuando sólo contaba doce años de edad. Con sólo diecisiete años, poderoso dominador de media Asturias —desde Luarca a Ribadesella y de la mar a la cordillera— y rico —entre otras rentas por el comercio del alfolí de Avilés— no se percató que sus veleidades se verían condicionadas por un señorío extenso pero desarticulado y observado con desconfianza por parte de otros señores, caso de los Quiñones, y sobre todo, de la mitra Ovetense.

Desde la llegada al trono de Enrique II, tras eliminar a su hermano Pedro I, el trono de Castilla era pretendido por el duque de Lancáster, Juan de Gante casado con la hija de el Cruel, lo que forzó a Enrique II —en plena Guerra de los Cien Años— a seguir buscando apoyo en Francia. Alfonso, fiel a su padre, se distinguió no sólo luchando sino como prenda en las negociaciones de paz con la vecina Portugal, que apoyaba a los ingleses. Y es aquí cuando se produce el acontecimiento que marcaría su vida: su matrimonio con Isabel, hija bastarda del rey portugués Fernando I, cuando él aspiraba a casarse con la hija legítima, Beatriz. Profundamente disgustado de que le casaran con una bastarda, cuando su padre, de igual condición, había realizado un matrimonio con la heredera de la legitimidad, Juana Manuel, de la línea directa de Alfonso X, el conde Enríquez decidió enfrentarse al mundo entero. Así, celebró los esponsales contra su voluntad e inició el camino sin retorno de la rebeldía y la intriga no dudando en hacer partícipe de aquélla a quien le quisiera escuchar. No tardaría en huir a Francia para entrevistarse con el rey Carlos V, que, prudentemente, le aconsejó el sometimiento a su padre. Entonces recurrió a Inglaterra, la enemiga de Castilla, lo que le convirtió en un traidor. Mientras, la niña Isabel, herida y desairada a sus once años, en un alarde de dignidad, dejaba escrito ante buena parte de la Corte, incluida la Reina, que “si el conde no consentía en casarse con ella, ella, tampoco consentiría en casarse con él”. Forzado por su padre, Alfonso, en la ceremonia nupcial y ante la perplejidad de toda la Corte, se vio obligado a contestar afirmativamente sobre su intención de matrimonio tras el tercer requerimiento del arzobispo. El matrimonio, que no tardó en anularse al no haberse aceptado libremente ni consumado, humilló al rey de Portugal comprometiendo a Castilla en sus relaciones exteriores. Enrique II, moría ese mismo año ahorrándole el destino ver a sus dos hijos enfrentados.

Un segundo momento de la rocambolesca historia de Alfonso Enríquez se producirá durante el reinado de su hermano Juan I. Sin duda para ganárselo, el Monarca le confirmó en sus privilegios, si bien resultó inútil cuando las Cortes de Soria limitaron las cantidades entregadas a los parientes: el conde de Trastámara, el duque de Benavente, y el propio Alfonso, entre otros. Agobiados ante esta imposición no dudarán los parientes en conspirar contactando con los enemigos de Castilla, esto es, Inglaterra y Portugal. Si bien no está comprobada la participación de don Alfonso, su hermano el Rey sí debió de creerlo así y se dirigió en su búsqueda a Paredes de Nava. Pero el conde huyó a Asturias desde donde se preparó para la rebelión. Esta primera intentona se cerró con la reconciliación de los dos hermanos, en 1381, en la capilla de las reliquias de la Catedral de Oviedo con el obispo Gutierre de Toledo como testigo. No tardó Alfonso en volver a las andadas poniendo en peligro el reino al ofrecer a los ingleses las tierras asturianas. A más abundamiento en sus desgracias, su novia soñada —esto es, la infanta Beatriz de Portugal— se casaba con el Rey lo que no ayudó a la reconciliación. Juan I, entonces, decide encaminarse a Asturias, si bien el fiel obispo Gutierre de Toledo sofoca la rebelión, al tiempo que Enríquez se encastilla en el cerro de Santa Catalina de Gijón, corriendo el año de 1383, en una estrategia sin salida. Otra rendición y un nuevo perdón de su hermano tranquilizará el panorama, pero, en esta ocasión, ya escarmentado, el Rey no le devuelve el patrimonio que le había confiscado prometiendo heredarle en otros lugares. Nombrando a Alfonso conde de Valencia de don Juan, el Monarca dejaba las tierras asturianas para la Corona, salvo el señorío de Noreña, que pasará a formar parte de la Iglesia de Oviedo en reconocimiento al papel jugado por su obispo. Todavía habría una tercera vez, un nuevo acto de traición, que provoca su prisión, durante años, en el castillo de Almonacid bajo la vigilancia de uno de los hombres fuertes del Rey, Pedro Tenorio. Así, Juan I conjuraba su miedo a ser eliminado por su hermano bastardo porque ¿acaso no lo había hecho su padre con el legítimo rey Pedro I? Desde prisión comprueba el conde Enríquez cómo Paredes de Nava era entregada al conde de Trastámara. Y también en prisión conoce don Alfonso la derrota de su medio hermano en Aljubarrota (1385), batalla en la que, además de perder el sueño del trono portugués, Juan I se volvía a encontrar con las reivindicaciones a la Corona castellana por parte de los aliados ingleses, esto es, el duque de Gante. Ese mismo año de 1385, Juan I había privado al conde de forma oficial, del señorío de Asturias, y no dudó al dictar testamento, también en el mismo año, en mandar a su hijo Enrique “que la tierra de las Asturias que nos tomamos para la Corona del regno por lo yerros que el conde don Alfonso nos fizo, que nunca la dé a otra persona, salvo que sea siempre de la Corona, así como nos lo prometimos a los de la dicha tierra quando nos la rescebimos”. Curiosamente, uno de los más importantes hechos institucionales de la monarquía española que aún perdura, pasaba indirectamente por el conde Enríquez. El hombre de mal recuerdo en Asturias por el cobro de tributos indebidos y por arrebatar a los monasterios sus bienes, era finalmente tratado con la misma moneda y su patrimonio contribuiría en la creación del Principado de Asturias (1388), que fue entregado al heredero —futuro Enrique III— con ocasión de su matrimonio con Catalina de Lancáster, poniendo fin a las reivindicaciones inglesas para siempre.

Una desgraciada caída del caballo produce en 1390, la muerte del rey Juan I mientras su medio hermano sigue en prisión. La corta edad del heredero provocará el nacimiento de un Consejo de Regencia en donde, en primera instancia, Pedro Tenorio solicitó se le liberara de la guarda del conde don Alfonso pasando entonces a ejercer dicha misión el maestre de Santiago que le trasladará a tierras de su orden, concretamente al castillo de Monreal cerca de Ocaña. Pero las cosas habían cambiado y tanto el partido nobiliario como el propio consejo consideraron que la liberación del prisionero debía producirse, cosa que se hizo por orden del Rey que, a pesar del mandato de su padre, le reintegró en sus bienes. Otras fuentes indican que Alfonso, al recobrar su libertad y aprovechando la minoridad de su sobrino, arrebató al obispo los señoríos que le habían pertenecido reconstruyendo su antiguo dominio. Los esfuerzos de la reina Leonor y de sus parientes para que don Alfonso formara parte de la regencia resultaron inútiles influyendo no poco el asesinato de su partidario Díaz Sánchez de Rojas por hombres de la casa del duque de Benavente. Ningún pariente, entonces, formó parte de aquel Consejo retirándose todos ellos a sus patrimonios derrotados y excluidos del poder pero con una buena suma —un millón de maravedís de renta anual— para compensarles. Sin embargo y como años atrás y como si de una maldición se tratara, otras Cortes, las de Madrid de 1391, acordaron rebajar las rentas concedidas por el Consejo de Regencia a los parientes del Rey. Aquello no satisfizo a don Alfonso que todavía tuvo ocasión de enfadarse más cuando, a raíz de la renovación de las treguas, se negó a que su hijo bastardo se prestara de rehén hasta que no se le entregara la dote de su lejana boda con Isabel con la que ya estaba reconciliado.

Un hecho provocó la enésima rebelión. Su sobrino Enrique, cumpliendo lo dispuesto por su padre, entregará el señorío de Noreña al obispo de Oviedo y comprobando la rebelión de su tío en el verano del 1394, presta un juramento en Santa María de Regla en León asegurando que no cejaría hasta la destrucción del rebelde y la restitución al obispo de Oviedo de su plena jurisdicción. Entonces don Alfonso se prepararía para la enésima rebelión en Asturias —Oviedo, castillo de San Martín...— y Gijón sufrirá un cerco más (1394- 1395) a cuyo frente se pone la antaño esposa repudiada y, definitivamente fiel, Isabel. A tierras de Asturias llega Enrique III con un impresionante ejército lo que no impedirá que se recurra al arbitraje del rey de Francia, Carlos VI, adonde llega la embajada del Rey —con el cronista López de Ayala al frente— y poco tiempo después el propio conde, en su defensa, intentando crear confusión, Pero el Monarca galo se inhibe y la solución viene por las armas. Mientras tanto la condesa, al comprobar que no llega el apoyo necesario y tras haber entregado a su hijo Enrique, rendirá la plaza de Gijón bajo algunas condiciones. Digna esposa de un rebelde, algunas fuentes indican que la ciudad pudo ser destruida, incluso por ella misma, que le prenderá fuego antes de su huida por la mar.

Al filo del nuevo siglo desaparecen las noticias sobre el conde de Noreña. Informaciones no contrastadas indican que el Rey dio orden de asesinarlo pero se arrepintió. Probablemente nunca regresó a España, quizás quedara en Francia en donde se constata que uno de sus hijos, Martín, servirá al rey vecino. Pero lo más probable es que pasara sus últimos días en Portugal, en donde se tiene constancia de la presencia de la condesa desde principios siglo XV. Y es que, tras aquel azaroso matrimonio los bastardos reales pudieron llegar a una entente cordial como lo demuestran no sólo el mimetismo de Isabel con su marido —siempre en primera línea negociando o resistiendo un cerco— sino sus seis hijos en común. Buena parte de ellos siguieron una brillante trayectoria: Fernando, para seguir la vocación eclesiástica, hubo de obtener dispensa y pedir perdón por las rebeliones de su padre, perdón que le fue concedido por Benedicto XIII. Martín, al servicio del Carlos VII, o Enrique, siguieron con su vida militar mientras que una hija, Constanza de Noreña, casó con el duque de Braganza. El apellido portugués Noronha, presente en una de las islas del Atlántico, llevó hasta América el testimonio del conde rebelde y de su sueño perdido.

 

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Dolores Carmen Morales Muñiz