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Margarita de Saboya

Biografía

Saboya, Margarita de. Duquesa de Mantua (V). Turín (Italia), 28.IV.1589 – Miranda de Ebro (Burgos), 25.VI.1655. Virreina de Portugal.

Cuarta hija del duque Carlos Manuel de Saboya y de la infanta española Catalina Micaela, hija de Felipe II. El 10 de marzo de 1608 contrajo matrimonio con Francisco IV Gonzaga, duque de Mantua, en una famosa ceremonia en la que también celebró sus esponsales Isabel de Saboya, hermana de Margarita, con Alfonso de Este, duque de Módena. Por entonces, el estado mantuano lo constituían el ducado de Mantua, propiamente dicho, y el marquesado de Monferrato, separado por el Milanesado español. Ambos territorios pertenecían al Sacro Imperio Romano Germánico como feudos.

La actividad política de Margarita se estrenó al enviudar de Francisco IV en 1612, el mismo año en que perdió a dos de los tres hijos que había tenido con él.

Dado que en el ducado de Mantua regía la ley sálica, la única hija que había sobrevivido, María, quedó incapacitada para heredar la soberanía mantuana, que pasó a Vincenzo, hermano del duque fallecido. Las tensiones con Saboya, cuyo duque, Carlos Manuel, aspiraba a posesionarse del Monferrato, así como las presiones internas de grupos partidarios de una política menos hispanófila, cuando no pro-francesa, obligaron a Margarita a regresar a Turín en 1613, mientras se pensaba en la futura boda de María, que permaneció en Mantua. A espaldas de Madrid (que buscaba casar a Vincenzo con su sobrina María) y del Emperador, Vincenzo autorizó el matrimonio de María con el hijo del candidato mejor situado para heredar Mantua: Carlos Gonzaga, duque de Nevers, cabeza de la rama francesa de la familia. Nada estaba resuelto —ni las apetencias saboyanas sobre el Monferrato, ni las reticencias españolas al respecto, ni la posesión mantuana del de Nevers— cuando murió Vincenzo el 26 de diciembre de 1627 y estalló la gran crisis que desaguaría en la conocida como guerra de Mantua (1627-1631).

La ubicación estratégica del ducado y su relevancia para la Monarquía hispánica llevaron de inmediato a Felipe IV, primo de Margarita, a mover la guerra contra el duque de Nevers, respaldado por Luis XIII de Francia, el cual aspiraba a convertir a Mantua en satélite de París. Bajo el pretexto de que sólo al Emperador correspondía designar heredero legítimo, las tropas españolas del Milanesado junto con las saboyanas acordaron posesionarse temporalmente de Mantua y Monferrato. Pero mientras el gobernador de Milán, Gonzalo Fernández de Córdoba, esperaba la autorización de Viena y Madrid para intervenir, las fuerzas de Nevers se afianzaron. Por si no bastara, el Emperador, casado con una Gonzaga y reacio a arriesgar la paz con Francia, negó su autorización a intervenir, pese a lo cual Felipe IV y el conde duque de Olivares optaron por ocupar Monferrato y sitiar Casale, sin éxito.

La entrada de tropas francesas en calidad de aliadas del duque de Nevers prolongó el conflicto hasta la paz de Cherasco, materializada en sendos tratados firmados en abril y junio de 1631 y que supusieron el triunfo de Nevers.

La nueva situación permitió a Margarita en ese mismo año regresar a Mantua al lado de su hija María, ahora viuda pero madre de un heredero varón.

Todo apunta a que con la ayuda y connivencia del cardenal-infante Fernando de Austria, hermano de Felipe IV y, a la sazón, en Milán, Margarita logró convencer a su hija para forzar un cambio de política que implicara hacer girar a Mantua de nuevo hacia la órbita hispana. Así, María decidió en julio de 1633 considerar nulos los decretos firmados por su suegro durante su minoridad, ataque evidente a la legitimidad de la sucesión del duque de Nevers. Ante la amenaza de Francia de volver a intervenir, Madrid decidió sacar a Margarita del ducado de Mantua, aunque ella se negó a volver a Turín por la humillación que supondría regresar allí exiliada por segunda vez. Como Madrid tampoco aceptó acogerla en Milán, por la notoriedad que ello implicaría, se optó por Pavía, también en la Lombardía española. Fue estando allí —y, según parece, sin haber dejado de mantener contacto con su hija en Mantua— cuando, en marzo de 1634, se desveló una conspiración cuyo fin consistía en el asesinato del duque de Nevers. Puesto que Margarita fue acusada de ser el alma de estos planes, Felipe IV decidió que para salvar la paz de Italia era preciso alejar a su prima de allí, ya que ni en Saboya ni en el Milanesado —por no decir en Mantua— parecía recomendable su presencia.

El destino elegido para Margarita fue Portugal. Después de atravesar Elvás y Évora, llegó a Lisboa el 23 de diciembre de 1634 en calidad de virreina. Nada de extraño tuvo aquella decisión: si, por un lado, era práctica habitual en las monarquías de la época situar a miembros de la dinastía reinante, incluidas las mujeres, en puestos de gobierno capaces de suscitar y conservar la lealtad de los vasallos (máxime si faltaban los varones: la muerte en 1632 del infante Carlos, hermano de Felipe IV, impidió enviarlo a Lisboa, como se había decidido), por otro existía el precedente de haber intentado nombrar virrey de Portugal a otro príncipe italiano y, además, pariente de los Austrias. En efecto, en la primavera de 1633 Olivares había tentado con la dignidad virreinal lusa —y 6000 escudos anuales anejo al reconocimiento de príncipe de sangre real— a Francisco de Este, duque de Módena, hijo de Isabel de Saboya, hermana de Margarita, la conflictiva prima de Felipe IV. Francisco, pues, era sobrino de Margarita y, en cualquier caso, se le consideró lo suficientemente tocado por la sangre de los Austrias como para situarlo en Lisboa, donde en principio sólo podía ocupar el cargo de virrey un natural del Reino o un miembro de la Familia Real. El interés de Madrid por nombrar a un extranjero para el puesto tenía su origen en los problemas de gobernabilidad existentes en Portugal a causa de las camarillas y facciones que luchaban por acaparar el poder ante la ausencia del Monarca. Lo conflictivo, por tanto, del gobierno de Portugal aconsejaba introducir una cabeza ajena a estos partidos con el fin de neutralizarlos e instaurar una autoridad real a la medida de la majestad de los Austrias.

Eran los años del reformismo olivarista del que Portugal no escapó, y para cuya ejecución se precisaba de un agente adecuado. Al fracasar la oferta realizada al duque de Módena —Francisco de Este ambicionaba cargos en Italia, como el virreinato de Nápoles o la gobernación de Milán, más cerca de sus dominios—, Felipe IV pensó en situar a Margarita en Lisboa para, de este modo, calmar la situación en Italia y, a la vez, iniciar una nueva etapa en su política portuguesa asistido por una de sus parientes más curtidas en los asuntos del poder, muy consciente (tal vez demasiado) de la elevada condición de su sangre y cuya casa, la de Saboya, podía esgrimir vínculos con los reyes portugueses desde el siglo xvi. Nadie olvidaba que su abuelo paterno, el duque Manuel Filiberto, casado con Margarita de Francia, había sido uno de los candidatos al Trono luso tras la extinción de la dinastía de Avís en 1580.

Margarita se instaló en Lisboa con órdenes precisas de obedecer las decisiones que se tomaran en Madrid.

Por supuesto, su condición de mujer no pasó desapercibida para quienes buscaban en ello un motivo más de resistencia camuflada de chanza. Algunos versos anónimos celebraron con ironía su llegada, como los que rimaban así: “Reino enfermo podrá ser/ que agora tengas salud/ porque tiene gran virtud/ de enfermera una mujer./ Pero si has de perecer/ con tu muerte, no en vano,/ te envía el Conde cristiano/ mujero para llorarte/ si no es para hilarte/ la mortaja con su mano”.

Para los asuntos más inmediatos, Margarita debía dejarse aconsejar por el equipo de colaboradores que Olivares (el “Conde cristiano” de los citados versos) había dispuesto en Lisboa, la mayoría de los cuales giraba en torno al secretario Miguel de Vasconcelos. La virreina fue advertida, dado su desconocimiento de la arena política portuguesa, de aquellos personajes que, cabezas de facción o simples agentes de familias o instituciones nativas, harían lo imposible por no perder la influencia que se habían acostumbrado a ejercer y no perder terreno ni privilegios. En otras palabras, a no abandonar su posición de imprescindibles mediadores entre la Corona y el Reino. Llamados “populares”, “repúblicos” o también “parcialidad infecta”, se les acusaba de aparentar la defensa de las salvaguardias legítimas del Portugal incorporado en 1580 cuando lo que en realidad vendrían a defender sería su interés particular, incluso a costa del mismo pueblo por el que aseguraban velar. Estos núcleos de oposición —pues eran varios— coincidían en rechazar las reformas olivaristas, en especial las tendentes a erosionar la exención fiscal de la Iglesia y la nobleza, pero como luego se demostró —a partir de la secesión de 1640— no todos los contrarios al régimen de Olivares y al autoritarismo de Felipe IV se revelaron partidarios de la separación de la Monarquía hispánica.

Los años del gobierno de Margarita representaron el capítulo más conflictivo del Portugal de los Austrias.

Hasta el golpe de estado del 1 de diciembre de 1640, cuando un sector nobiliario —apoyado por una Iglesia y un pueblo llano en general exasperados por la crecida tributaria y unas expectativas frustradas— aclamó al duque de Bragança como Juan IV de Portugal, la gestión de la virreina no hizo sino debilitarse a la vista de todos. Desde Madrid, mientras, se insistía en aplicar una presión fiscal creciente destinada, se aseguraba, a financiar la defensa de Portugal y de su imperio de los ataques holandeses e ingleses. La Iglesia tuvo que hacer frente a una campaña organizada desde el Gobierno para desamortizar las capillas, fundaciones establecidas por laicos cuyas rentas iban destinadas a sus titulares y oficiantes y, en su mayoría, establecidas contraviniendo la legislación del reino. En enero de 1636 se logró la autorización del Papa para gravar al clero con el real de agua, un impuesto sobre los alimentos básicos hasta la fecha prácticamente reservado al estado llano. Éste, especialmente agobiado por una coyuntura de recesión económica y malas cosechas, protagonizó una cadena de motines antifiscales que culminó en el estallido general del Alentejo y el Algarbe entre el verano de 1637 y el invierno de 1638. La relativa pasividad de la nobleza local y la poco discutida connivencia del clero, en general, y de los jesuitas, en particular, alertaron a Madrid de que el ciclo político de Margarita debía concluir para dar paso a otro, si cabe, más autoritario, como expresó la llamada a consultas de lo más granado del Reino que Felipe IV llevó a cabo nada más acabar con la revuelta.

De aquellas reuniones intimidatorias en Madrid se pasó a la disolución del Consejo de Portugal y a su sustitución por dos juntas, una en la Corte y otra en Lisboa, dominadas ambas por la facción olivarista.

El relevo de la virreina parece que se decidió entre la primavera y el verano de 1638 con la idea de ejecutarlo en la primavera de 1639. Paradójicamente, no se efectuó por la misma razón que había conducido a Margarita a Portugal: la inoportunidad de su persona en Italia. En tanto se resolvía dónde debía residir, en Madrid se pensó en el príncipe Casimiro de Polonia, hermano del rey Ladislao VII, como posible sustituto de Margarita. Una vez más, se buscaba jugar la baza de una figura independiente que, aunque en esta ocasión carecía de vínculos de sangre con los Austrias, podría aportar su condición masculina y la conexión del abundante cereal del Báltico con un Portugal crónicamente desabastecido de grano y, por ende, entregado a la revuelta popular. No debe olvidarse que desde la década de 1620 hubo sectores mercantiles interesados en conectar Dantzig con Lisboa en una maniobra dirigida a liberarse polacos y lusos de la dependencia de la Marina mercante bátava o, al menos, a reducirla. Con todo, cuando la marea contra Felipe IV desembocó finalmente en la rebelión de 1640, Margarita seguía en Lisboa.

Esta vez su carácter decidido tampoco sirvió para detener los acontecimientos. El asalto al palacio de la Ribeira en la mañana del 1 de diciembre de 1640 a cargo de un grupo de nobles bragancistas conjurados la sorprendió despachando papeles. De los varios relatos que han llegado hasta hoy tendría verosimilitud el gesto atribuido a Margarita de tratar de dirigirse al pueblo desde una ventana del palacio para prometer su intercesión ante Felipe IV y así perdonar el crimen del secretario Vasconcelos, cuya defenestración para ser entregado a la ira popular había sido el primer acto de los protagonistas del golpe nada más irrumpir en el edificio. Todo indica que la virreina, habituada durante cinco años a recibir noticias de tumultos de carácter mayoritariamente antifiscal, hizo una primera y lógica lectura de aquellos hechos como si hubiera acontecido uno más encaminado a terminar con la gestión del detestado servidor de Olivares.

Pronto, sin embargo, comprendió que no se trataba de exigir un cambio de gobierno sino de imponer un nuevo régimen político que implicaba la deposición de su primo Felipe de Austria como rey de Portugal.

Cuando así lo entendió, consciente de su impotencia, se avino a firmar las órdenes por las que exigió a los soldados de los presidios castellanos de Lisboa que entregaran sus armas a la nueva autoridad.

Hasta junio de 1641 Margarita fue retenida en Lisboa.

Su presencia incomodaba a los bragancistas en la medida en que personificaba la legitimidad del Portugal Habsburgo. Posible imán de los partidarios de organizar un contragolpe austracista, debía ser vigilada y, todavía mejor, enviada a Castilla cuanto antes.

La noticia de la detención en Alemania de Duarte de Bragança, hermano menor del nuevo rey Juan IV, parece que decidió a éste a liberar a la exvirreina con el fin de evitar la posible ejecución de Duarte o tal vez lograr su liberación, a modo de canje tácito. Aunque la decisión de dejar partir a Margarita se tomó en junio, no se llevó a cabo hasta agosto, probablemente por los temores que desencadenó en Lisboa el descubrimiento de una conspiración anti-bragancista de altos vuelos: aristócratas y nobles medianos, el inquisidor general, letrados y banqueros aparecieron implicados, y todo apuntaba a que Margarita sería utilizada para recomponer, siquiera temporalmente, la autoridad filipina en Portugal. Llegó enferma a Badajoz a fines de agosto y desde Madrid se la ordenó dirigirse a Ocaña, próxima a la Corte. La negativa real a dejarla entrar en Madrid obedeció a la necesidad de guardar el decoro regio —Margarita simbolizaba, muy a su pesar, el fracaso tal vez más profundo del reinado del Cuarto Felipe— y, más aún, a una maniobra de Olivares encaminada a protegerse de la información, cierta o interesada, que la exvirreina pudiera facilitar para eximirse de toda responsabilidad de lo sucedido en Lisboa y trasladarla al valido. Quizás para ganarse a Margarita o, más bien, para alejarla de nuevo, Olivares pensó en nombrarla “generalesa” del Ejército que debía formarse para entrar de inmediato en Portugal.

El embajador toscano en Madrid afirmó que Margarita rechazó semejante propuesta mediante un memorial entregado a Felipe IV. Hasta diciembre de 1643 Margarita permaneció en Ocaña, de donde vino a Madrid sin licencia real bajo la excusa de la desatención que sufría en aquella especie de exilio. Todo indica que mantuvo estrechos contactos con la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV y por entonces una de las cabezas del antiolivarismo que, al fin, se impuso al conseguir que el Monarca despidiera al conde-duque en enero de 1643.

Alojada en el Convento de la Encarnación de Madrid —se pretextó que en el Alcázar no había espacios dignos para ella—, Margarita residió en la Corte hasta 1655. Sólo entonces se pensó que su regreso a Italia, que la saboyana había solicitado reiteradas veces, no pondría en riesgo los intereses españoles ni la imagen de la Monarquía a causa del capítulo tan embarazoso que Margarita había representado en Portugal.

Para un retiro digno, se le otorgaron el señorío y rentas de Vigevano, en el Milanesado, hacia donde partió en el verano de aquel año. Al enfermar durante el camino, vino a morir en Miranda de Ebro el 25 de junio de 1655, por lo que su cuerpo permanece aún hoy enterrado en el Monasterio de Las Huelgas Reales de Burgos, sede en su día del panteón de los monarcas de Castilla. Tal vez esto supuso el consuelo esperado para quien, en palabras de su confesor, el jesuita Juan Eusebio Nieremberg, había nacido “para mandar, no para obedecer”, en alusión al carácter adusto e incluso áspero con el que Margarita, quizás de forma inmoderada, acompañó habitualmente su elevado sentido de la herencia familiar.

 

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Rafael Valladares

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