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Alonso Antonio de San Martín

Biografía

San M artín, Alonso Antonio de. Madrid, 12.XII.1642 – Cuenca, 21.VII.1705. Abad de Alcalá la Real, obispo de Oviedo y Cuenca.

Era hijo de Felipe IV, que en aquel momento estaba casado con la reina Isabel de Borbón, y de una moza soltera, que prestaba servicio en el Buen Retiro, nominada Tomasa María de Aldana, natural de Illescas (Toledo). No obstante, en la partida de bautismo del neonato, que tuvo lugar en la parroquia de San Sebastián, se le asignan como padres biológicos: Juan de Valdés y María Díaz. Al principio fue protegido del conde-duque de Olivares, Gaspar de Guzmán, a través del banquero de origen portugués Simón Rodríguez. Más tarde debió quedar en la Villa y Corte, asumiendo hacia 1645 uno de los empleados del Alcázar, de nombre Juan de San Martín, la paternidad adoptiva, tal como refiere el padre Flórez, gracias a la cual fue ascendido a caballero de la Orden de Santiago, ayuda de Cámara, aposentador de libro, y teniente de canciller mayor del Consejo de Indias, entre otros títulos.

Durante sus años de juventud estuvo bajo la tutela y vigilancia del obispo de Sigüenza Antonio de Luna Sarmiento, y del sobrino del conde-duque, Luis Méndez de Haro, nuevo valido de Felipe IV. Tuvo residencia como estudiante en Alcalá de Henares, donde fue becario comensal del Mayor de San Ildefonso y en la Complutense cursó al menos Cánones. Entre sus profesores se cuenta al doctor Pedro Gil de Alfaro. Su residencia habitual en la ciudad seguntina y asistencia personal a las aulas universitarias le permitió que en 1675 se graduara, sin prueba alguna, en la Universidad de San Antonio de Portaceli, recibiendo en el mismo acto, por votación unánime del claustro, los grados de bachiller, licenciado y doctor en Derecho Canónico.

Recibió algunas órdenes sagradas en Sigüenza, pero las de diaconado y presbiterado le fueron impartidas por el obispo Zárate, en su capilla del Palacio Episcopal de Cuenca. Fue investido de dos beneficios simples y un tercio de otro en la iglesia colegial de Santa María la Mayor de Antequera (Málaga), que era de patronato real, además de recibir diversas pensiones, una de las cuales se situó en la mitra de Cuenca, con ocasión de la preconización del obispo Francisco de Zárate. Asimismo se le otorgó el arcedianato de Huete, que era dignidad en la Catedral conquense. En 1666 se le nombró abad de Alcalá la Real, en cuyo desempeño se mostró muy vigilante y reformador, con nuevas constituciones para el Cabildo de la colegiata, y reglas de actuación en las ceremonias solemnes a las que asistía el regimiento alcalaíno, al mismo tiempo que mostró gran religiosidad y defensa del culto divino, sin olvidar que por su buen conocimiento de la realidad del territorio abacial solicitó, y obtuvo de la Reina Gobernadora, la protección para los naturales, de escasos recursos, a través de dos medidas muy específicas: la concesión de dos capellanías granadinas, y la adjudicación de la vacante al sostenimiento de las fábricas de sus iglesias.

En 1675 fue nombrado obispo de Oviedo, y después de tramitado el proceso consistorial por el nuncio Galeazzo Marescotti, en el que deponían personas próximas a la Corte, las cuales reconocían que el candidato había nacido en el Buen Retiro y era hijo de la más alta magistratura del Estado, se solicitó de Clemente X la expedición de las bulas, que incluyeron la dispensa de la ilegitimidad. Elevado al episcopado en el consistorio de 16 de diciembre de 1675, fue consagrado obispo en Granada, a mediados del mes de abril del año siguiente, y entró privadamente en Oviedo la noche del 2 de diciembre de este año. El 3 de dicho mes y año realizó en la Catedral asturiana el juramento de guardar los estatutos y constituciones, aunque ya había tomado posesión de la diócesis a través del procurador Toribio de Mier, el 20 de marzo precedente. Tuvo un doble conflicto institucional: el primero con el Cabildo catedralicio, a causa de la visita del primer templo diocesano, la cual concluyó en una ejecutoria ganada por la corporación capitular; el segundo con el gobernador del principado, oidor de la Real Chancillería de Valladolid, Jerónimo Altamirano, al que excomulgó y trató de obligar a una absolución pública, que no se ejecutó, porque una real cédula dispuso que aquella se llevara a efecto en privado. Cumplió con la visita ad limina en 1679, pero lo hizo a través de procurador.

En 1681, al quedar vacante la mitra de Cuenca, por el óbito de Zárate y Terán, y tras la renuncia de los tres primeros candidatos propuestos por la Cámara, fue promovido a la diócesis conquense, de la que tomó posesión a través de su apoderado, Sebastián de Medina, el 18 de febrero de 1682. En la diócesis manchega permaneció hasta su óbito, ocurrido en julio de 1705, corriendo el rumor de haber sido envenenado, y recogiendo la Gaceta del 28 de dicho mes y año la simple noticia de su fallecimiento, sin matización personal que le vinculara a la familia de los Austrias, a diferencia de las actas capitulares asturianas que lo identifican “ex domo austriaca”.

Durante su actividad pastoral en esta diócesis manchega tuvo un objetivo primordial: fomentar el culto a san Julián, por lo cual no dudó en ejecutar cuantas medidas fueran conducentes a la mejor conservación de sus reliquias y a la difusión de la devoción al santo patrono, predecesor suyo en la sede: regaló su vajilla de plata, y con este metal precioso se fabricó la urna que acogió los restos mortales del primer obispo de la diócesis; encargó al jesuita, padre Bartolomé Alcázar, la redacción de una obra con la biografía del santo burgalés; dispuso en el testamento, que redactó en nombre de su hermanastro y colaborador más cercano, Francisco Antonio Portocarrero y Loma, hijo de la misma madre que el prelado, que si no prosperase un mayorazgo a favor del sobrino, hijo de otro hermanastro, pasaran sus bienes a la corporación catedralicia conquense, y fueran destinados al culto de San Julián, lo que permitió que se construyera con ellos un nuevo altar, en el que actualmente se encuentran desde la segunda mitad del siglo xviii, y conocido como el Transparente, diseñado por el arquitecto real Ventura Rodríguez. Cumplió con el deber de visitar la diócesis y efectuó varias visitas ad limina, pero sin desplazarse en ninguna de ellas a la Ciudad Eterna.

Dispuso ser enterrado en la Catedral, cerca del sepulcro del patrono, lo que hizo que en un primer momento sus restos mortales se inhumaran, sin inscripción alguna, delante del lugar que ocupaban los de san Julián, aunque en el traslado de éstos al nuevo altar del Transparente fueron objeto de exhumación y nuevo depósito anónimo cerca de esas reliquias, en el que actualmente se encuentran con la simple indicación de una mitra.

Intervino con un dictamen en el contencioso político acerca de los derechos sucesorios a la Corona hispana, entre austríacos y borbones, inclinándose a favor de los primeros, lo que explicaría su inesperada muerte, a pesar de haber jurado al iniciarse el siglo xviii fidelidad a Felipe V, y mantuvo una relación afectiva muy estrecha con Mariana de Austria, calificándose personalmente como “hechura suya”. Esta actitud contrasta con la escasa valoración personal que mereció a su hermanastro Carlos II, al decir del duque de Maura, quien reconoce su religiosidad.

 

Bibl.: J. A. Álvarez y Baena, Hijos de Madrid, ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes. Diccionario histórico por el orden alfabético de sus nombres, t. I (A-E), Madrid, Benito Cano, 1789, págs. 63-64; E. Flórez, España Sagrada. t. XXXVIIII. Asturias. Historia de la fundación del Principado de Asturias, como Dignidad y Mayorazgo de los Primogenitos de los Reyes de España, y herederos de estos Reynos, ed. de M. Risco, Madrid, Viuda e Hijo de Marín, 1795 (ed. facs., Gijón, 1986, págs. 174- 178); M. M. Trujillo Jurado, Abadía de Alcalá la Real. Su origen, privilegios y erección, Córdoba, Imprenta de Juan García Rodríguez de la Torre, 1803 (ed. facs., Alcalá la Real, Instituto de Historia Eclesiástica y de las Religiones, 1998, págs. 68-69, n.º 20); T. Muñoz y Soliva, Noticias de todos los Ilmos. señores obispos que han regido la diócesis de Cuenca, aumentadas con los sucesos mas notables acaecidos en sus pontificados y con muchas curiosidades referentes a la Santa iglesia catedral y su cabildo y a esta ciudad y su provincia, Cuenca, Imprenta de Francisco Gómez e Hijo, 1860 (ed. facs., Cuenca, 2002, n.º XLIX, págs. 319-328); L. Ballesteros Robles, Diccionario biográfico matritense, Madrid, Ayuntamiento, 1912, pág. 581; M. López, Memorias históricas de Cuenca y su obispado, vol. I, ed. de A. González Palencia, Cuenca, Ayuntamiento, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1949, págs. 253-254, n.º 50; J. L. González Novalín, Las visitas “ad limina” de los obispos de Oviedo (1585- 1901). Una fuente eclesiástica para la historia de Asturias, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1986, págs. 97-104; D. Garrido Espinosa de los Monteros, Historia de la abadía de Alcalá la Real, ed. de F. Toro Ceballos y D. Murcia Rosales, Jaén, Diputación Provincial, 1996, págs. 144-156, n.º XX.

 

Beatriz García Fueyo

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