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Francisco de Garay

Biografía

Garay, Francisco de. Garay (Vizcaya), 1475 – Ciudad de México (México), 28-29.XII.1523. Conquistador y gobernador de Jamaica.

En 1493 pasó a Indias como compañero del primer almirante, en calidad de escribano. En La Española, donde se estableció, adquirió una considerable fortuna.

Una india a su servicio encontró una enorme pepita de oro que pesaba unos once kilos. Fue el indicio del hallazgo de las Minas Nuevas que él y su íntimo amigo, el aragonés Miguel Díez de Aux, explotaron inteligentemente. Garay alcanzó gran popularidad en la isla, llegando a poseer buenas propiedades —fue el primer español en construirse una casa de piedra— y un considerable número de indios.

Diego Colón lo nombró alguacil mayor de Santo Domingo. Y en 1511 capituló con él la conquista de la isla de Guadalupe, empresa en la que fracasó por el rechazo de los caribes.

Hacia 1513 regresó a España, como procurador de La Española. En la metrópoli contrajo matrimonio con una cuñada de Cristóbal Colón, Ana Muñiz de Perestrelo. En 1514 firmó con Fernando el Católico unas capitulaciones que le convertían en el primer representante real directo en el gobierno jamaicano, en sustitución de Juan de Esquivel. Garay se integraba en la línea de los capitanes gobernadores enviados por el Rey en oposición a Diego Colón, que, a petición del Monarca, le nombró su teniente gobernador en Jamaica.

Además de la designación como gobernador, la capitulación contenía ciertas condiciones para explotar a medias algunas haciendas que el Rey poseía en Jamaica y se le subrayaba que debía poner el mayor interés en aprovisionar a Castilla del oro. En definitiva, Francisco de Garay pasaba así a ser un instrumento factor de los designios económicos y políticos del rey Fernando al marchar con una completa autoridad en estos aspectos.

Garay desembarcó en Jamaica el 15 de mayo de 1515. Se encontró con la oposición de los pobladores que lo veían como un intruso, un servidor de la política fernandina, contrario a Diego Colón, del que eran partidarios. Pero, poco a poco, con habilidad fue trocando a su favor aquel ambiente desfavorable. Consolidó su autoridad, más aún, cuando solicitó y le fue concedida por la Corona autorización para el repartimiento de indios, al igual que la alcaldía de la fortaleza —Yáquimo— que había edificado. Durante su mandato la isla progresó y se enriqueció.

Mártir de Anglería lo calificó como el mejor de los gobernadores de aquellas tierras. La población indígena, incorporada en los repartimentos, coadyuvaba en las tareas de poblamiento y constituía la base principal de la explotación agrícola-ganadera, cuyo desarrollo permitía exportaciones a Cuba y Tierra Firme. Tuvo también una preocupación social. Parte de la población era obligada a casarse y a construir casas de piedra con subvenciones especiales autorizadas por la Corona. Sevilla la Nueva, Melilla y Oristán, estas dos últimas fundadas por Garay, se definen como ciudades. Pero el gobernador jamaicano poco podía hacer por invertir la tendencia a la despoblación, que seguía el mismo curso de las islas antillanas. Él mismo se sentirá arrastrado hacia las tierras de promisión continentales que eran las causantes de la fuerte disminución de la población blanca isleña.

Francisco de Garay, como tantos otros, se sintió atraído por el continente y quiso emular a los grandes descubridores y conquistadores. Estaba convencido de que podía jugar un importante papel en la empresa continental y no le faltaban medios para hacerlo, todo lo contrario. Pero la suerte le fue esquiva y aunque, sin proponérselo, prestó una considerable ayuda a Hernán Cortés. Los intereses de ambos se cruzaron constantemente en la región del Pánuco, una de las más difíciles y complejas de someter.

En 1519 Garay organizó su primera expedición al continente al mando de Alonso Álvarez de Pineda, compuesta por cuatro navíos, en los que embarcaron unos doscientos setenta hombres, con la intención de hacer un reconocimiento del arco septentrional de la costa del golfo, al objeto de buscar un paso entre los dos océanos. En la singladura, de ocho a nueve meses de duración, tocaron en La Florida, reconocieron el litoral del seno mexicano, consiguieron algún oro en las inmediaciones del río Pánuco y arribaron a Veracruz, donde estaban recién llegadas las huestes de Cortés. Éste, que se encontraba en camino de Veracruz a Cempoala —Cempoallan—, regresó rápidamente a Veracruz al recibir aviso de Juan de Escalante, jefe del destacamento veracruzano, de la presencia de la flotilla. De sus tripulantes desembarcaron algunos, de los que tres fueron capturados por Escalante. Uno de los apresados, el escribano Guillén de Loa, comunicó que habían sido enviados por Garay con el fin de presentar a Cortés unos documentos que le exigían compartir entre México y él. El conquistador azteca, ya en Veracruz, conseguiría con argucias incorporar a su ejército otros expedicionarios, aunque no al grueso de la tropa, toda vez que Álvarez de Pineda, que conocía a Cortés y sus tretas desde Santo Domingo, se negó a desembarcar.

La flotilla singló de regreso hacia el norte, repitiendo su derrotero, ahora en sentido inverso, por el litoral del golfo, y halló la tierra que llamaron Amichel y un caudaloso río que nombraron Espíritu Santo, actual Misisipi. Gracias a este viaje se completó el conocimiento de todo el golfo, desde Yucatán hasta la Florida. Salvo el éxito descubridor, plasmado en el primer mapa que existe de esta costa, el periplo no aportó nada positivo en este inicial contacto con la gobernación cortesiana. El mapa fue enviado en 1520 a la Corte por Francisco de Garay, al objeto de explicar el litoral navegado por su expedición. En él se plasman el seno mexicano, desde lo descubierto por Ponce de León en Florida, hasta la región ístmica de América Central.

El inquieto gobernador jamaicano no se dio por vencido y en 1520 remitió una nueva flota para fundar una colonia en Pánuco, su tierra de promisión.

La flota, encabezaba por Álvarez de Pineda, la componían tres barcos, ciento cincuenta hombres, siete caballos, algunas armas, cañones y material para la construcción de una fortaleza. La colonia comenzó a levantarse, pero los desmanes cometidos por los españoles ocasionaron el ataque de los indios que los derrotaron y obligaron a reembarcar. Uno de los navíos se hundió, muriendo Álvarez de Pineda y muchos de los expedicionarios. Los supervivientes, unos sesenta, capitaneados por Diego de Camargo, pusieron rumbo a Veracruz y desde allí se dirigieron a Tepeaca para unirse a las huestes de Cortés que, expulsadas de México, preparaban su asalto final.

Garay insistió, y envió otros dos barcos en auxilio de Álvarez de Pineda, bajo el mando de Miguel Díaz Aux, que relevaría a Pineda, y de Francisco Ramírez el Viejo. En Pánuco, Díaz Aux no halló la menor huella de la armada de Garay. Arribó a Veracruz, y desde allí marchó a Tepeaca, donde él, sus cincuenta soldados y siete caballos tuvieron una calurosa bienvenida de Cortés. Algo muy semejante ocurrió con el contingente embarcado en el navío de Ramírez el Viejo —cuarenta soldados, diez caballos, numerosas ballestas y otras armas—, que en su integridad se incorporaron al ejército de Cortés. Sin proponérselo, Francisco de Garay prestaba una ayuda inestimable a su rival suministrándole soldados y pertrechos. A Bernal Díaz no se le escapó el hecho y comentó “y el Francisco de Garay no hacía sino echar un virote sobre otro en socorro de su armada, y en todo le socorría la buena fortuna a Cortés, y a nosotros era de gran ayuda”.

El gobernador jamaicano, a pesar de los fracasos cosechados, no cejará en su empeño de establecerse en Pánuco. En 1521 obtuvo una real cédula que le autorizaba a colonizar la provincia de Amichel, que abarcaba desde la actual Panzacola hasta cerca de lo que hoy es Tampico. En la misma se indicaba que Cristóbal de Tapia delimitaría su territorio con el de Cortés. La cédula era un ejemplo más de la ignorancia geográfica sobre la realidad americana. No se sabía ni cuáles eran las tierras de Cortés, ni las dadas a Garay, que venían a interferirse. Se desconocía que el Pánuco estuviese tan cerca de México, tampoco se conocía que ya Cortés había tomado posesión de aquella zona.

En junio de 1523, ya tenía organizada una armada bien equipada en la que él mismo iba como capitán general, sin duda pensaría que el fracaso de las anteriores expediciones se debía a la falta de habilidad de sus jefes. La componían nueve naos y tres bergantines, unos ochocientos cincuenta españoles —145 jinetes, 300 arqueros, 200 arcabuceros y 200 hombres armados de espadas—, algunos indios jamaicanos y artillería.

Como jefe de las naves iba Juan de Grijalba.

El 25 de julio de 1523, Garay arribó al río de las Palmas, sin duda, el Soto de la Mariana, donde fundó una colonia a la que nombró Garayana. Luego se dirigió, tierra adentro, hacia Pánuco. Fue un viaje largo, agotador, de terribles sufrimientos, realizado en lo más inclemente del verano, sin caminos, por zonas selváticas con grandes ríos y ciénagas, abrumados por todas las plagas, sin comida y con soldados poco avezados a la incomodidad. Pedro Mártir, al relatar el viaje, citó un fragmento de carta, posiblemente escrita por el propio Garay, en que resumía los padecimientos de este viaje: “Hemos llegado a la tierra de la miseria, en la que no existe orden alguno, sino un trabajo constante y calamidades de todo género, donde nos trataron cruelmente el hambre, el calor, los mosquitos malignos, fétidas chinches, crueles murciélagos, saetas, bejucos que se nos enroscan, lodazales voraces y lagunas cenagosas”.

A pesar de todas estas dificultades y la deserción de un buen número de sus hombres, Garay pudo llegar con su ejército a las proximidades de Santiesteban.

Entró en negociaciones con el teniente dejado por Cortés en aquella villa, Pedro Vallejo, quien, actuando a la manera de su jefe, tranquilizó a Garay, dividió a su ejército, alojándolo en varios lugares y escribió a Hernán Cortés contándole lo ocurrido. Éste estaba dispuesto a enfrentarse a Garay, pese a estar con un brazo roto a consecuencia de una caída de caballo.

Era el momento —13 de septiembre de 1523— en que recibió la Real Cédula que le nombraba gobernador y capitán general. También venía otra cédula real en la que ordenaba a Garay que se abstuviera de establecerse en Pánuco ni en ningún territorio de la Nueva España que estuviese ya ocupado por Cortés, sino que fuera hacia Espíritu Santo o, mejor aún, más allá. Con más detalles refirió el hecho el propio Cortés: “Vino un mensajero de Santiesteban del Puerto, que yo poblé en el río de Pánuco, por el cual los alcaldes de ella me hacían saber cómo el adelantado Francisco de Garay había llegado al dicho río [...], que se intitulaba gobernador de aquella tierra y que así se lo hacía decir a los naturales de aquella tierra [...] y que les decía que los vengaría de los daños que en la guerra pasada de mí habían recibido y que fuesen con él para echar de allí aquellos españoles [...], y otras muchas cosas de escándalo y que los naturales estaban algo alborotados [...] Sabida por mí esta nueva, aunque estaba manco de un brazo de una caída de un caballo, y en la cama, me determiné de ir allá a verme con él, para excusar aquel alboroto [...], llegó un mensajero de la Villa de la Vera Cruz, casi medianoche y me trajo cartas de un navío [...] y con ellas una cédula [...] y por ella mandaba al dicho adelantado Francisco de Garay que no se entrometiese en el dicho río ni en ninguna cosa que yo tuviese poblado, porque vuestra majestad era servido que yo lo tuviese en su real nombre; por lo cual cien mil veces los reales pies de vuestra cesárea majestad beso. Con la venida de esta cédula cesó mi camino, que no fue poco provechoso a mi salud, porque había sesenta días que no dormía y estaba con mucho trabajo”.

Cuando Garay se enteró de la orden “la obedeció y dijo que estaba presto de cumplirla. Y en cumplimiento de ella, que se quería recoger a sus navíos con su gentes para ir a poblar otra tierra”. No tenía otra salida, tanto más cuanto que su ejército disminuía con deserciones y muertes, pero no era posible una partida inmediata, ya que parte de sus barcos se habían perdido o habían sido apresados por los hombres de Cortés, entre ellos el capitaneado por Grijalba, y Alvarado tomado sus cañones. Ante estas circunstancias, decidió marchar a México a entrevistarse con Hernán Cortés, que lo recibió cordialmente. La avenencia entre ambos se subrayó con el futuro matrimonio entre el hijo mayor de Garay y Catalina Pizarro, hija ilegítima del conquistador azteca.

Garay coincidió en la capital azteca con otro de los derrotados por Cortés, Pánfilo de Narváez. Bernal Díaz nos refiere el singular encuentro, en el que Narváez al tratar de justificar sus derrotas, expresa: “[...] hágole saber que otro más venturoso en el mundo no ha habido que Cortés; y tiene tales capitanes y soldados, que se podían nombrar tan en ventura, y en el vencer como Julio César, y en el trabajar y ser en las batallas más que Aníbal”. Garay intercedió ante el de Medellín a favor de Narváez, que lo dejó marchar a Cuba, dándole 2.000 pesos para el viaje.

En México, su nueva residencia, le llegó la muerte a Garay, posiblemente de neumonía. Según Cortés, al recibir las noticias del “gran desbarato” de sus hombres por los indios, entre los que murió otro hijo suyo, y la pérdida de todo lo que había traído “que del grande pesar que hubo adoleció y de esta enfermedad falleció de esta presente vida en espacio y término de tres días”.

Las tropelías cometidas por las tropas de Garay originaron la reacción indígena, que en pocos días dieron muerte a más de quinientos de sus hombres. La rebelión de los indios del Pánuco estuvo a punto de dar al traste con la pacificación de la zona. Ello obligó a Cortés a remitir un fuerte contingente al mando de Gonzalo de Sandoval que logró sofocar la revuelta y el restablecimiento de la autoridad de los españoles en Santiesteban del Puerto con la llegada de su alcalde mayor Diego de Ocampo, que expulsó a Cuba a los capitanes de Garay, culpándolos de lo sucedido (Díaz del Castillo especifica que “como el Garay se vino a México, y sus capitanes y soldados, como no tenían cabeza ni quien les mandase, cada uno de los soldados que aquí nombraré [...], se querían hacer capitanes; de los cuales se decían, Juan de Grijalva, Gonzalo de Figueroa”).

Distinta y más pormenorizada es la versión que del fallecimiento de Garay hace Díaz del Castillo, que la achaca a causas naturales, exculpando totalmente de la misma a Hernán Cortés (“Yendo una noche de Navidad del año de 1523, juntamente con Cortés, a maitines, después de vueltos de la iglesia, almorzaron con mucho regocijo, y desde allí a una hora, con el aire que le dio al Garay, que estaba de antes mal dispuesto, le dio dolor de costado con grandes calenturas [...]; y luego dende a cuatro días que le dio el mal, dio el alma a nuestro señor Jesucristo, que la crió; y esto tiene la calidad de la tierra de México, que en tres o cuatro días mueren de aquel mal de dolor de costado [...], y Cortés y otros caballeros se pusieron luto y como algunos maliciosos estaban mal con Cortés, no faltó quien dijo que le había mandado dar rejalgar en el almuerzo, y fue gran maldad de los que tal le levantaron; porque ciertamente de su muerte natural murió, porque así lo juró el doctor Ojeda y el licenciado Pedro López, médicos que le curaron; y murió el Garay fuera de su tierra, en casa ajena y lejos de su mujer e hijo” (Díaz del Castillo, 1988, tomo II, cap. CLXII: 169). Por su parte, Mártir de Anglería no excusa a Cortés de manera tan categórica, todo lo contrario, deja caer la sombra de la sospecha sobre su posible culpabilidad (también, según escriben, pereció el propio Garay, pero no dicen si su muerte ocurrió en casa de Cortés o en otra parte; si víctima de la fiebre o ayudado por la benigna y clemente providencia de Hernando, que así libró aquel hombre de las angustias de los humanos cuidados, para gozar él solo de las dulzuras de su tiránica profesión. Y en otro pasaje insiste: “No faltan [...], quienes sospechen si su muerte sería obra de alguna alma caritativa, deseosa de librar a un hombre víctima de tantas desgracias [...], para que no juzgase vano el refrán de que no caben dos en un trono o de que no hay que fiarse de los copartícipes del reino. Otros dicen que Garay sucumbió de dolor de costado, a que los médicos llaman pleuresía” (Mártir de Anglería, 1965, séptima década, libro V: 615; y octava década, libro II: 666).

Sin duda, la repentina muerte de Garay llevó a los enemigos de Hernán Cortés a acusarle de asesinato, lo que no parece cierto. El propio alguacil de Garay —Cristóbal Pérez— eximió de toda sospecha a Cortés y aseguró que falleció “de dolor de costado que los médicos llaman pleuresía”.

Francisco de Garay es un claro exponente de los hombres que, como él, vivían en Indias en los años en que su geografía se desvelaba. Pudo vivir apaciblemente, pero la quietud no existía y, como muchos otros, se sintió arrastrado a nuevas conquistas. No las logró y “pobre murió quien hubiera podido llevar una vida tranquila y acaso larga, de haberse contentado con el gobierno de la paradisíaca isla de Jamaica, donde su autoridad era grande y gozaba del amor de sus pueblos; pero dejóse arrastrar a la ruina por su carácter en cierto modo contumaz, aun sabiendo de sobra que su vecindad tenía que serle a Cortés sumamente desagradable”.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General de Indias (Sevilla), sec. Mapas y Planos.

M. Toussaint, La conquista de Pánuco, México, El Colegio Nacional, 1948; F. Morales Padrón, Jamaica Española, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1952; M. Fernández de Navarrete, Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo xv, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1954; P. Mártir de Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, México, José Porrúa e Hijos, 1965; H. Cortés, Cartas de Relación, ed. de Mario Hernández, Madrid, Historia 16, 1985; R. S. Weddle, Spanish sea: the gulf of Mexico in nort American discovery, 1500-1685, Texas, College Station, A & M University Press, 1985; B. Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, ed. de M. León-Portilla, Madrid, Historia 16, 1988, t. I, cap. CXXXIV, pág. 498; t. II, cap. CLXII, pág. 169; y t. III, pág. 163; J. L. Martínez, Hernán Cortés, México, UNAM, Fondo de Cultura Económica, 1992; H. Thomas, La conquista de México, Barcelona, Editorial Planeta, 1994.

 

Isabelo Macías Dom ínguez