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María Francisca de Sales Portocarrero y Zúñiga

Biografía

Portocarrero y Zúñiga, María Francisca de Sales. Condesa de Montijo (VI). Madrid, 10.VI.1754 – Logroño (La Rioja), 15.IV.1808. Noble ilustrada, Grande de España, miembro activo de la Sociedad Económica de Amigos del País.

Hija de Cristóbal Antonio Portocarrero, marqués de Valderrábano, y de María Josefa de Zúñiga, hija de los condes de Miranda del Castañar. Quedó huérfana de padre a los tres años y, como única descendiente de la ilustre casa de los Portocarrero, cuando contaba nueve años de edad heredó el título de condesa de Montijo de su abuelo, que había sobrevivido al padre de María Francisca. Era dos veces condesa, tres veces marquesa, dos veces Grande de España de 1.ª Clase y ostentaba además otros varios títulos, que la hacían una de las mujeres más ricas de su época. Su madre, al poco de quedar viuda, se recluyó, primero, en el Convento de las Maravillas y, luego, en el de las Baronesas, donde profesó en 1762, por lo que en su infancia, María Francisca estuvo bajo los cuidados y la tutela de su abuelo, el V conde de Montijo, y de un tío-abuelo, el cardenal de Toledo, Luis Fernández de Córdoba, conde de Teba.

Por disposición testamentaria de su padre, su educación fue confiada a las religiosas de la Visitación, o Salesas, de Madrid, establecimiento encargado de la educación de las jóvenes nobles, que había sido favorecido por la reina Bárbara de Braganza. La educación que recibían las jóvenes de la aristocracia consistía en una enseñanza primaria, completada con estudios de Humanidades para las más dotadas, entre las que se encontraba María Francisca. Existe un testimonio por el que se sabe que las monjas se hallaban impresionadas por la precoz madurez mental que revelaba a los diez años. La condesa de Montijo dominaba las lenguas clásicas y, también, el francés.

A los catorce años, abandonó las Salesas al ser pedida en matrimonio por Felipe Palafox y Croy de Abré, segundón de los marqueses de Ariza, familia de noble linaje, casándose el 8 de noviembre de 1768, a la edad de catorce años, cuando el novio tenía veintinueve.

El matrimonio tuvo ocho hijos, de los que sobrevivieron seis, dos varones y cuatro hembras. El primogénito, Eugenio Eulalio, conde de Teba y futuro VII conde de Montijo, quien, en 1808, tendría un importante papel en el motín de Aranjuez, el conocido “tío Pedro”, miembro del partido fernandino, enemigo de Godoy y autor de un memorial que se consideró subversivo para la Monarquía, titulado Discurso sobre la autoridad de los Ricos-hombres. El hijo más pequeño, Cipriano, fue el padre de la emperatriz Eugenia de Montijo. Las hijas, Ramona, Gabriela, Tomasa y Benita, serían, por casamiento, condesa de Contamina, marquesa de Lazán, marquesa de Villafranca y condesa de Villamonte, respectivamente.

La condesa de Montijo enviudó de Felipe Palafox en 1791, cuando ella tenía treinta y seis años, y en 1795 celebró un segundo matrimonio secreto, por ser desigual, con Estanislao de Lugo, amigo de la familia, de origen hidalgo pero muy inferior al de ella, que fue director de los Reales Estudios de Madrid, hombre de personalidad profundamente religiosa adepto a corrientes de influencia jansenista, y que acompañaría a la condesa en su destierro y hasta el final de su vida.

Cuando contaba diecinueve años, María Francisca, debido a su dominio perfecto del francés, fue animada por el obispo José Climent, de tendencia ilustrada, a que tradujera la obra del sacerdote francés Nicolás Letourneux Instrucciones sobre el sacramento del matrimonio.

Aunque María Francisca se resistió inicialmente, la traducción fue, al fin, publicada en Barcelona el año 1774, con un prólogo elogioso del obispo Climent.

Esta obra, con la que se inició en edad temprana sus trabajos literarios, se publicó ocultando el nombre del traductor y tuvo varias ediciones.

Mujer de personalidad activa, llevaba las cuentas de su casa y haciendas, no exento todo ello de pleitos.

Poseía, además, un gran “don de gentes” e inquietud intelectual, que la llevó a ser la anfitriona de uno de los “salones” ilustrados de mayor influencia de su tiempo, interesado de manera especial por problemas religiosos y de la política regalista, del cual fueron contertulios, entre otros, Jovellanos, Meléndez Valdés, Estanislao de Lugo, el obispo ilustrado Tavira o el también obispo, y cuñado de la condesa, Antonio Palafox. Por el salón de los Montijo de la calle del Duque de Alba de Madrid acudían personajes literarios como los hermanos Iriarte, Moratín o Forner, políticos y militares como Campomanes, Cabarrús, Urquijo, Mazarredo, O’Reilly o Gravina, artistas como Bayeu, Vicente López o Goya, historiadores como Vargas Ponce o Llaguno, y médicos y científicos como Luzuriaga o Gutiérrez Bueno. Con muchos de ellos, la condesa ejerció el mecenazgo. Se tiene constancia de que los libreros franceses Thévin y Copin eran proveedores de la casa de los Montijo.

Las inquietudes de la condesa, pese a tener una pluma incisiva y narrar con soltura, no se dirigieron fundamentalmente a la escritura, sino, de manera especial, a actividades altruistas y patrióticas, dentro de lo que constituyó el programa ilustrado de reformas.

Cuando en 1787 —no sin problemas y discusiones en las que intervinieron personajes como Campomanes, Jovellanos o Cabarrús— se creó una Junta de Damas adscrita a la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Madrid, con lo que por primera vez en la historia de España las mujeres fueron admitidas a asociarse para participar en la política reformadora, la condesa de Montijo se apuntó inmediatamente, formando parte del núcleo primitivo de catorce señoras que integraron la citada Junta. Fue investida del cargo de secretaria, desempeñándolo sin interrupción durante los siguientes dieciocho años.

Como secretaria de la Junta de Damas de la Matritense se convirtió en el motor de la actividad de la misma, junto a las dos señoras que se turnaron en la Presidencia, la famosa ilustrada condesa de Benavente y la condesa de Trullás. Fue en esta actividad en donde la condesa de Montijo reveló sus mejores dotes y sus cualidades de mujer ilustrada y benefactora de los más necesitados, su personalidad altruista y carácter enérgico para superar las dificultades. Con gran capacidad de trabajo, conocedora de idiomas y con facilidad de redacción, hacían de ella una secretaria perfecta de la Junta, lo que atestigua el que, según consta en las actas de las sesiones de esa asociación, la Junta se felicitase año tras año del acierto de haberla escogido como secretaria.

Las tareas realizadas en ese puesto fueron numerosas y de diverso calado. Era ella quien presentaba todos los expedientes, instancias y memoriales. Redactaba la relación anual de las tareas de la Junta, que leía después en la solemne distribución de premios.

Se encargaba de la correspondencia con los ministerios, en solicitar entrevistas con diferentes personajes políticos, pronunciaba elogios fúnebres y —lo que es de destacar— elaboró toda una serie de proyectos, reglamentos y representaciones.

Una de las primeras tareas encomendadas a la Junta de Damas por la Sociedad Económica Matritense fue la de dirigir la educación en las cuatro Escuelas Patrióticas gratuitas para niñas pobres que, en 1776, había creado en Madrid, además de supervisar las diversas manufacturas en que se empleaban las alumnas.

Cuando en 1787 la Junta se hizo cargo de ellas, las cuatro que existían estaban repartidas por los barrios de San Ginés, San Sebastián, San Andrés y San Martín.

La condesa de Montijo fue curadora de la escuela de San Andrés, y era ella quien organizaba los exámenes, daba instrucciones a los maestros, arreglaba contratos y controlaba las cuentas.

Su primera intervención como secretaria, y que tuvo importante eco, fue con motivo de una consulta que Floridablanca hizo a la Junta en relación con una obra anónima titulada Discurso sobre el lujo y proyecto de un traje nacional, que apareció en 1788, en donde se preconizaba la instauración de un traje nacional para las mujeres con el objetivo de mitigar el despilfarro originado por el lujo. La condesa de Montijo, en nombre de la Junta, escribió unas reflexiones en las que, con ironía y sentido común, criticaba los argumentos presentados en la propuesta, con lo que se frustró el proyecto de monotonía uniformadora en el vestir femenino.

En enero de 1788, pocos meses después de constituirse la Junta de Damas, se estudió la situación de la mujer española en la industria y María Francisca redactó una representación al Rey, remarcando la necesidad de romper las trabas que existían para el empleo de la mano de obra femenina en las industrias y en varios ramos de la artesanía. También, y de manera destacada, la Junta se preocupó de la educación femenina, para lo que se constituyeron dos comisiones en las que se estudiaron durante meses los problemas y soluciones, componiendo la condesa de Montijo una memoria sobre el particular.

Fue ella la que sometió al parecer de sus compañeras un ambicioso proyecto para socorrer a los niños expósitos de Madrid, y presentó un informe sobre las Inclusas del Reino en general y sobre la de Madrid en particular, en el que denunciaba la muerte de más de setenta y seis mil niños en treinta años, debido a las insalubres condiciones y mala administración de los hospicios. Aunque la polémica y lucha duró varios años, al fin se dictaron varias normas que mejoraron sensiblemente aquella situación. Por cédula de 23 de enero de 1794, Carlos IV declaraba legitimados a todos los expósitos de ambos sexos. En 1796, se aprobó un nuevo reglamento relativo a todas las Inclusas del Reino, colocándolas bajo la vigilancia de los prelados.

Después de varias representaciones elevadas al Trono, una Real Orden de 1796 concedió a la Junta de Damas plenos poderes para realizar una encuesta, para lo cual cuatro señoras, entre ellas la condesa de Montijo, se dedicaron a una cuidadosa y larga investigación en los archivos y en las estancias de la Real Inclusa de Madrid. La condesa dirigió al Rey un informe tan poco elogioso sobre la situación, que por otra Real Orden de 1799 se otorgó a la Junta no sólo el cuidado de velar por la salud de los expósitos y el gobierno interior de la Inclusa, sino también el control sobre sus caudales. La condesa de Montijo fue designada, junto a la condesa de Sonora, celadora de la Inclusa, cargo que desempeñaron durante seis años. Al año de gobierno, la condesa presentó un balance en el que constaba que se había reducido a menos de la mitad la mortalidad de los incluseros.

Además de su actividad en la Junta de Damas, María Francisca Portocarrero también desarrolló, aparte de la distribución generosa de limosnas, otras actividades de beneficencia como la que llevó a cabo, junto con otras mujeres, en la Asociación para las Presas, una obra filantrópica para mitigar las penosas condiciones en que vivían las mujeres presas en las tres cárceles de Madrid: la Cárcel de Corte, la Cárcel de la Villa y, de forma particular, en la Galera, donde estaban recluidas ladronas, prostitutas, alcahuetas o infanticidas.

La Asociación tenía dos finalidades principales: asistir material y moralmente a las presas y fomentar el trabajo entre ellas, en utilidad de la nación. La condesa de Montijo ocupó el puesto de secretaria de la Asociación, de tal modo que durante tres años se encargó de dos secretarías, la de la Junta de Damas de la Matritense y la de la Asociación para las Presas. Luego pasó como enfermera a la Cárcel de Corte. La Asociación, para la que la condesa trabajó durante diecisiete años, emprendió una verdadera reforma de las cárceles de mujeres, con ideas muy modernas para la época.

Durante un tiempo, hubo una corriente de simpatía entre la condesa y Godoy, quien influyó para que le concediesen la Orden de María Luisa, pero posteriormente sucedieron una serie de acontecimientos, entre otros, algunos derivados de la actividad profernandina y anti-Godoy de su hijo mayor el conde de Teba, que abocaron a una relación difícil y conflictiva. Surgió una corriente claramente calumniosa que atribuía a la condesa la autoría de una serie de epigramas obscenos que hacían reír a Godoy.

María Francisca Portocarrero fue acusada de propagar el jansenismo, bajo el eco de Port Royal. Aparte de sus relaciones con Climent, obispo de Barcelona, y de su correspondencia con los franceses el abate Clément de Bizou y Gregoire, obispo de Blois, que formaba parte de los clérigos llamados “juramentados” tras la Revolución Francesa, parece ser que colaboró en la revista Nouvelles Ecclésiastiques, órgano de los jansenistas franceses. El grupo que componían la condesa, los obispos Tavira y Palafox, el oratoriano Montoya o Estanislao de Lugo, el esposo secreto de María Francisca, defendían una suerte de “neojansenismo” —en calificación de la historiadora Paula de Demerson—, que sin caer en el rigorismo moral de la corriente francesa, sí que abogaban por una vivencia de la fe religiosa más intimista y menos externa, y expurgada de rituales y supersticiones. El canónigo de Madrid, Baltasar Calvo, y el dominico fray Antonio Guerrero, en 1790, aludieron veladamente a la condesa desde el púlpito, afirmando que en la capital de España existía un conciliábulo de jansenistas protegido por una dama de la nobleza.

Tras varios años de vigilancia, y de molestias por parte de la Inquisición, hacia el grupo, se dictó una orden de destierro para la condesa de Montijo, que acató, retirándose a sus tierras el 9 de septiembre de 1805, primero en Extremadura, donde residió largos meses durante 1805 y 1806 con Estanislao de Lugo y su servidumbre en el palacio de Montijo, y, finalmente, en Logroño, en “sus estados” pertenecientes al condado de Baños. A raíz de los acontecimientos de marzo de 1808, con el motín de Aranjuez, la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII, se levantó el destierro de la condesa de Montijo, entre otros. Pero, María Francisca Portocarrero, ejemplo de la elite femenina ilustrada de su tiempo, no llegó a volver a Madrid, al caer gravemente enferma, muriendo en la ciudad de Logroño el 15 de abril de 1808, a la edad de cincuenta y cuatro años.

Sus restos mortales fueron enterrados en la Colegiata de Santa María la Redonda. Al enterarse de su muerte, su amigo Jovellanos, escribió en su Diario: “Murió la incomparable condesa de Montijo, la mejor mujer que conocí en España, [...] la amiga de veinte años, siempre activa y constante en sus oficios [...]”.

Hay un cuadro, atribuido a Goya, de la condesa de Montijo bordando y rodeada de sus cuatro hijas. Existe otro cuadro, que la retrata cuando era educada en el Real Monasterio de la Visitación (Salesas) de Madrid, en 1765, atribuido a Andrés de la Calleja.

 

Obras de ~: N. Letourneux, Instrucciones cristianas sobre el sacramento del matrimonio y sobre las ceremonias con que la Iglesia le administra, trad. de ~, Barcelona, Bernardo Pla imp., 1774 [sin nombre del traductor]; Diversos informes, representaciones y memorias redactados por la condesa de Montijo por encargo de la Junta de Damas de la Real Sociedad Matritense de Amigos del País (RSMAP), acerca del Discurso sobre el luxo y proyecto de un traje nacional [anónimo, firmado “M.O.”, dirigido a Floridablanca, el 15 de febrero de 1788], sobre la situación de la mujer española en la industria, sobre la educación femenina, sobre las Inclusas del reino en general y sobre la Inclusa de Madrid en particular, así como la redacción de la relaciones anuales de las tareas de la Junta, reglamentos o elogios fúnebres (inéds.) (RSMAP, Junta de Damas, libros A/56-5 y otros).

 

Bibl.: J. Ezquerra del Bayo y L. Pérez Bueno, Retratos de mujeres españolas del siglo xix, Madrid, Junta de Iconografía Nacional-Imprenta de Julio Cosano, 1924, págs. 26-27; P. de Demerson, María Francisca de Sales Portocarrero. Condesa de Montijo. Una figura de la Ilustración, Madrid, Editora Nacional, 1975; La Condesa de Montijo, una mujer al servicio de las Luces, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1976.

 

Alejandro Diz

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