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Miguel Cabanellas Ferrer

Biografía

Cabanellas Ferrer, Miguel. Cartagena (Murcia), 1.I.1872 – Málaga, 14.V.1938. Militar y político.

Nace en el seno de una familia de honda tradición castrense y con fuerte raigambre en Cartagena. Hijo del capitán de Infantería de Marina Virgilio Cabanellas Tapia y de Clara Ferrer Rittwagen, su bisabuelo, Miguel Cabanellas, fue un médico distinguido por su filantrópica labor en las epidemias de fiebre amarilla que asolaron la urbe mediterránea a principios del siglo XIX. Su abuelo, conocido marino, llegó a ser alcalde de la ciudad.

Educado en los valores de rigor que le impone su padre, el 28 de agosto de 1889 debe ingresar —al igual que su hermano Virgilio— en la Academia General Militar de Toledo, pasando el 1 de agosto de 1891 a la de Caballería de Valladolid. El 9 de marzo de 1893 obtiene el despacho de segundo teniente por promoción y es enviado al regimiento de Cazadores de Villarrobledo, de guarnición en Córdoba. El 24 de mayo de 1894 contrae matrimonio y pocos días después parte destinado a Cuba. Apenas se demora su bautismo de fuego, siendo condecorado por los combates de San Serapio (23 de agosto de 1895) y Tumba del Tesorero (1 de diciembre de 1896). A mediados de este año, enfermo de vómito negro, es repatriado a España. Se incorpora a la Escuela Superior de Guerra, donde continúa sus estudios, y el 3 de octubre de 1897 es titulado capitán por los anteriores hechos de armas.

Tras ocupar plaza en diversos acantonamientos de la Península marcha a Melilla el 8 de mayo de 1909, donde se forja la casta de los militares africanistas, lo que resulta decisivo en su trayectoria profesional. Sobresale en las escaramuzas del Barranco del Lobo, por lo que el 27 de julio de aquel año es ascendido a comandante.

En 1910 propone la creación de un grupo de escuadrones voluntarios del Rif con el fin de formar huestes indígenas instruidas y disciplinadas, surgiendo así la primera medalla y el primer tabor de regulares de Caballería. Desde entonces, su carrera es meteórica. Por su participación en la acción de los Llanos de Garet, que pone fin a las correrías del cabecilla Mohamed el Mizzian (o a Mizzian), consigue el grado de teniente coronel (7 de octubre de 1913); el 20 de octubre es nombrado jefe inspector de la Mehalla Xerifiana; el 29 de junio de 1916 logra el rango de coronel por sus incursiones en el valle del Termis; el 1 de agosto de 1917 se le confía la dirección del regimiento de Cazadores de Victoria, destacado en Ceuta; el 15 de julio de 1918, el de Húsares de la Princesa, y el 29 de octubre es requerido como vocal de la Junta de Municionamiento y de Material de Transportes de las Fuerzas en Campaña.

El 31 de diciembre de 1919, promovido a general de brigada, es trasladado a Madrid, quedando al frente de la de Húsares y asumiendo el cargo de gobernador militar de Alcalá de Henares, que le es anexo. El 26 de julio de 1921 regresa a Melilla, donde vive de cerca el desastre de Annual. Su visión no puede ser más crítica: “El efectivo de los batallones era escaso; predominaban los reclutas en algunos de ellos con escasa instrucción y sin ningún entrenamiento.

Las ametralladoras eran del sistema Colt, inútiles para campaña, y por no tener contingentes del tercer año de servicio, estas unidades no eran aptas para su empleo”. Interviene en las operaciones de reconquista, toma del Zoco de El Arba y avance sobre Zeluán y Monte Arruit. El terrible espectáculo que contempla provoca su firme reacción contra las Juntas Militares de Defensa —instrumento de presión que terminará abriendo una profunda sima en el seno del Ejército—: “Acabamos de ocupar Zeluán, donde hemos enterrado quinientos cadáveres de oficiales y soldados. El no tener el país unos millares de soldados organizados los hizo sucumbir. Ante estos cuadros de horror, no puedo menos de enviar a ustedes mi más dura censura. Creo a ustedes los primeros responsables, al ocuparse sólo de cominerías, desprestigiar al mando y alcanzar en los presupuestos aumentos de plantilla, sin preocuparse del material que aún no tenemos, ni de aumentar la eficacia de las unidades. Han vivido ustedes gracias a la cobardía de ciertas clases, que jamás compartí. Que la Historia y los deudos de estos mártires hagan con ustedes la justicia que merecen”. Será sumariado por los términos de esa carta e incluso se intentará relevarlo de su jurisdicción.

Permanece en África hasta el 13 de mayo de 1922, en que con la brigada de Húsares retorna a Alcalá de Henares, volviendo a asumir el Gobierno Militar.

Se niega a secundar el movimiento encabezado por Primo de Rivera, dando como razón “la insolvencia mental de los que lo tramaban”. El 24 de mayo de 1924 es elevado a general de división y el 10 de julio, designado gobernador militar de la isla de Menorca. Desde allí denuncia posibles cohechos del ministro de la Guerra —duque de Tetuán—, accionista de sociedades que mantienen vinculaciones con el Estado. En julio de 1926 se ve envuelto en la llamada cuestión artillera. Cesado de inmediato, por Real Orden de 4 de noviembre, queda en situación de primera reserva.

En aquel tiempo se inicia en la masonería y no vacila en enfrentarse a la dictadura, uniéndose en 1929 a la conspiración fraguada por Sánchez Guerra. A finales de diciembre de 1930 da su nombre en la Asociación de Ciudadanía Militar, nutrida por generales de filiación republicana: López Ochoa, Queipo de Llano y Riquelme. Fracasada la sublevación de Jaca y Cuatro Vientos, Lerroux le pide organizar a los “bravísimos jefes y oficiales adictos a la causa de la República y los conduzca a la victoria”. El plan previsto consiste en que los destacamentos permanezcan acuartelados y nieguen su apoyo al régimen que cae.

En las tensas horas que preludian la llegada de la República, el gobierno provisional le exhorta a que el comandante Vidal emplace su batería artillera en Las Vistillas, apuntando al Palacio Real y a la Capitanía General, apremiando la salida del Rey y forzando la capitulación de la autoridad castrense. También en la noche del 14 de abril se acerca hasta Palacio y hace saber a la Familia Real, por medio de la marquesa del Mérito, que no corre peligro alguno y que han sido tomadas las providencias necesarias para evitar cualquier incidente.

Rehabilitado el 15 de abril de 1931, se le ofrece la Capitanía General de Andalucía, donde declara el estado de guerra para asegurar el orden republicano y lo hace por segunda vez el 12 de mayo, con motivo del incendio de iglesias y conventos. Por decreto de 3 de junio es solicitado como general jefe superior de las Fuerzas Militares de Marruecos, en tanto Luciano López Ferrer ocupa la Alta Comisaría. La relación dista de ser cordial. Discuten si las intervenciones deben ser civiles o militares. A ello se suma la revelación de ciertas inmoralidades cometidas por López Ferrer, que será sustituido por Moles, mientras a Cabanellas, el 3 de febrero de 1932, se le brinda la Dirección General de la Guardia Civil.

Con todo, despierta recelos y desconfianzas. El 5 de agosto de 1932, Azaña anota en su diario: “El general Cabanellas (M.), me trae noticias urgentísimas de un complot que está urdiéndose para tirarme bombas cuando yo vaya a Santander. Cabanellas se propone descubrirlo [...]. Este celo imprevisto y ardiente de Cabanellas, y la viveza casi pueril con que venía a hacer méritos, me llaman la atención y me divierten un poco. Indudablemente, quiere cubrirse. Han hablado mucho de él y no puede ignorarlo”.

Su estrella declina con la sanjurjada del 10 de agosto de 1932. Se encuentra veraneando en Escombreras, localidad cercana a Cartagena, y una vez en Madrid incumple la orden del ministro de la Gobernación de desarmar a la Guardia Civil de Sevilla. Azaña escribe entonces: “Casares no ve clara la conducta de Cabanellas estos días y se niega a recibirlo. Más o menos claramente, me ha pedido su destitución”. Entre los militares corre el rumor de que se “mantuvo indeciso y entre dos aguas, hasta saber quién triunfaba”. En fin, los interrogatorios de la policía siembran la duda sobre su implicación: “asoman posibles enjuagues de Cabanellas; se habla de Lerroux y sus conferencias con el mismo Cabanellas”. La decisión de su cese está tomada y el 15 de agosto se lo comunica personalmente, aprovechando el momento para suprimir ese empleo, “especie de castillo roquero independiente”. Queda en situación de disponible hasta el 15 de febrero de 1933, en que se le entrega la III Inspección General del Ejército, permutada el 25 de septiembre por la II.

La consideración que merece en las esferas del poder concluye de perfilarse con ocasión de los sucesos de Casas Viejas de enero de 1933. Su testimonio en la comisión parlamentaria creada al afecto contradice la versión oficial. Para Azaña es “un hombre oscuro, tapado”, añadiendo más adelante: “de este Cabanellas corren rumorcillos sospechosos. Él está muy tapado, pero hasta ahora nada incorrecto. Supongo que aún no se habrá consolado de su destitución del cargo de director de la Guardia Civil. Por lo visto, ese cargo, cuando existía, y la destitución consiguiente, llevaban en sí algo de fatídico”.

Es ahora cuando da el salto a la política. En las elecciones a las primeras Cortes ordinarias en noviembre de 1933 se presenta en las listas del Partido Republicano Radical por la provincia de Jaén, publicando un manifiesto en el que afirma: “No soy marxista ni antimarxista; reconozco como justos los anhelos proletarios, como consecuencia de un régimen social injusto, y creo que se encuentra en la fraternidad de todas las clases sociales el punto de coincidencia de las reivindicaciones que persiguen un fin humanitario. No hago renuncia a ninguna de las conquistas alcanzadas por la República por régimen de derecho, y deseo que éstas se conduzcan dentro de un cauce natural de respeto por todos”. Elegido diputado, se le confiere la presidencia de la Comisión de Guerra, renunciando a su acta para ser investido inspector general de Carabineros el 19 de mayo de 1934 y luego de la Guardia Civil el 15 de febrero de 1935.

Por aquellos días se hace pública su adhesión a la masonería. Ocurre al hilo de la proposición presentada a las Cortes el 6 de febrero de 1935 por un grupo de diputados derechistas para impedir que ningún miembro de la milicia pueda pertenecer a la misma.

El 15 de marzo, el congresista Dionisio Cano López, defendiendo esta propuesta, lee ante el Parlamento una lista de los principales jefes y oficiales que se relacionan con la entidad secreta. En ella aparece junto con López Ochoa, Gómez Morato, Riquelme, Núñez de Prado, Gómez Caminero, Villa Abrille y Molero.

El 11 de enero de 1936 se le da el mando de la V División Orgánica, con sede en Zaragoza. Poco después, el triunfo del Frente Popular en los comicios de febrero marca el comienzo de las maquinaciones que acabarán con la República. En esos días, sus ideas parecen claras, suscribiendo el proyecto de una dictadura republicana. Es la condición que esgrime para sumarse a la sedición que prepara Mola y en la que se considera esencial su decantación: “es una pieza, importante del mecanismo que se está montando, porque, además de corresponderle organizar una columna de las que deben marchar sobre Madrid, ha de proporcionar armas y municiones”. Su incorporación es, pues, un aporte valioso, además de arrastrar a muchos vacilantes. Hasta última hora, el Gobierno confiará en él, como subraya la entrevista del 16 de julio con el propio Azaña, cerrada con un: “Señor presidente, la V División Orgánica responde íntegramente a mis órdenes”. No tardará en advertirse el equívoco de tales palabras.

Tan espectacular cambio de rumbo no podrá borrar su pasado de notorio masón y republicano. La desaparición de Sanjurjo lo convertía en el general rebelde de mayor graduación y, según las normas militares, debía asumir la jerarquía suprema. Mola tratará de anularlo, adjudicándole el 24 de julio de 1936 la presidencia de una Junta de Defensa Nacional formada por otros cuatro generales —Mola, Ponte, Saliquet y Dávila— y dos coroneles —Montaner y Moreno Calderón—. Intentará oponerse a la elevación de Franco a la Jefatura del Estado, señalando a sus colegas: “Ustedes no saben lo que han hecho, porque no le conocen como yo, que le tuve a mis órdenes en el ejército de África [...]. Si, como quieren, va a dársele en estos momentos España, va a creerse que es suya y no dejará que nadie le sustituya en la guerra ni después de ella, hasta su muerte”. Sus días están contados.

El 1 de octubre de 1936 Franco crea la Junta Técnica del Estado y como primera medida le aparta de toda responsabilidad escogiéndole como inspector general del Ejército, cargo puramente honorífico.

Desempeñaba esta función cuando le sorprendió la muerte en Málaga. El entierro fue presidido por el general Queipo de Llano, en representación del proclamado caudillo, quien no dudará en requisar todos sus documentos.

Estaba en posesión de numerosas condecoraciones: tres Cruces del Mérito Militar de 1.ª clase con distintivo rojo, cuatro de segunda, tres de María Cristina, Medalla de la Campaña de Melilla, Medalla de África, Placa de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, Gran Cruz del Mérito Militar, Gran Cruz de San Hermenegildo y Gran Cruz de la República.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), Hoja matriz de servicios del general de división D. Miguel Cabanellas y Ferrer.

A. Cabanillas, La epopeya del soldado, Madrid, Imprenta Clásica Española, 1922; E. Mola, Obras completas, Valladolid, Santarem, 1940; F. Maíz, Alzamiento en España, Pamplona, Editorial Gómez, 1952; J. M.ª Gil Robles, No fue posible la paz, Barcelona, Ariel, 1968; M. Tuñón de Lara, La España del siglo xx, Barcelona, Laia, 1974; O. Ruiz Manjón, El Partido Republicano Radical, 1908-1936, Madrid, Tebas, 1976; G. Cabanellas, Cuatro generales. 1. Preludio a la Guerra Civil, Barcelona, Editorial Planeta, 1977; M. Azaña, Memorias políticas y de guerra, Barcelona, Crítica, 1978; M. Alpert, La reforma militar de Azaña (1931-1933), Madrid, Siglo XXI, 1982; G. Cardona, El poder militar en la España contemporánea hasta la guerra civil, Madrid, Siglo XXI, 1983; M. Aguilar Olivencia, El Ejército español durante la Segunda República, Madrid, Econorte, 1986; M. Azaña, Diarios, 1932-1933. “Los cuadernos robados”, Barcelona, Editorial Crítica, 1997; C. Arce, Los generales de Franco, Barcelona, Euba, 1998; G. Cardona, Franco y sus generales. La manicura del tigre, Madrid, Tiempos de Hoy, 2001; C. Seco Serrano, La España de Alfonso XIII. El Estado. La Política. Los Movimientos Sociales, Madrid, Espasa Calpe, 2002.

 

Pedro María Egea Bruno