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Antonio María Bucareli y Ursúa

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Biografía

Bucareli y Ursúa, Antonio María. Sevilla, 24.I.1717 – Ciudad de México, 9.IV.1779. Virrey de Nueva España.

A fines del siglo XIV era magistrado supremo de Florencia Nicolás Bucareli, casado con Constanza Toscanelli. Jacobo, hijo de este matrimonio, fue primer gonfaloniero, y su hijo Cenobio ostentó el mismo cargo. Un nieto de Cenobio Bucareli se estableció en Sevilla a comienzos de siglo XVI y fundó la rama andaluza de la familia. Estuvo casado con Gema o Jerónima Federighi, cuyo padre era también florentino. Luis Bucareli Federighi, hijo de este matrimonio, casó con María de Villacís, española de pura cepa, y fue caballero de la Orden de Santiago, en la que ingresó en el año 1630. Sucesivos enlaces matrimoniales fueron entroncando a los Bucareli con la nobleza sevillana; Francisco Antonio Bucareli casó con Constanza de Henestrosa y Ribera y recibió de Carlos II el título de marqués de Vallehermoso por Real Cédula de 15 de noviembre de 1679. Su hijo Luis se unió a María de Ursúa y Lasso de la Vega, cuarta condesa de Gerena, y fueron padres de cuatro mujeres y once varones; uno de éstos, Antonio María, era el futuro virrey de Nueva España. Cuando sólo contaba cinco años de edad (1722) ingresó en la Orden Militar de San Juan de Malta, en la que profesaría más tarde. A los quince años inició la carrera de las armas como cadete; diez meses después alcanzó por méritos el empleo de alférez en el Regimiento de Caballería de Granada y estuvo destinado en la compañía de Pedro Ponce hasta el 20 de agosto de 1733, cuando pasó a la que mandaba Antonio Belluga, como portaestandarte.

La política internacional de España, dirigida entonces por la reina Isabel de Farnesio, le dio pronto ocasión de recibir el bautismo de fuego; después de firmado el Primer Pacto de Familia en 1733, Felipe V aprovechó la Guerra de Sucesión a la Corona polaca para recobrar antiguas posesiones españolas en Italia. Un cuerpo de ejército al mando del duque de Montemar conquistó el reino de Nápoles y la isla de Sicilia, mientras otro cuerpo de ejército luchaba en Lombardía. En éste militaba Antonio María Bucareli, que en 1735 se halló en el sitio de la Mirándula y en la retirada de Adigio, a las órdenes del marqués de Re. El 1 de abril de 1738 fue nombrado alférez de carabineros y el 24 de abril de 1740 ascendió al grado de teniente, con destino en la compañía del marqués de Davia. Pasó a ser capitán el 30 de diciembre del mismo año, para sustituir a Manuel de Salas. Poco más de tres años sirvió con este grado; el 11 de febrero de 1743 fue ascendido a coronel y agregado al Regimiento de Caballería de Calatrava. En este momento de su carrera se hallaba cuando empezó la campaña que trataba de recuperar el Milanesado, y bajo las órdenes de Jaime de Guzmán Dávalos, marqués de la Mina, estuvo en el condado de Niza y en el paso del Bar, en el ataque de las líneas del Mongran, en la rendición de Villafranca y Montalbán, y en la toma de Orella, así como en la campaña del Piamonte y entrada de las Barricadas. En 11 de abril de 1745 ocupó la vacante de capitán de una compañía que dejó por ascenso Cristóbal de Zayas. Como tal tomó parte en la campaña de Lombardía y se halló en el paso del río Tanaro y en la toma de Lodi, donde a las órdenes del marqués de Villafuerte participó en la conquista de los castillos de Treso y Luzo, cuya guarnición se le encomendó para defender el Adda. Allí se mantuvo hasta recibir la orden de retirada, que realizó con calma y sin pérdida de material. Se distinguió en la dura campaña del año 1746, en la que socorrió a la ciudad de Parma y se halló también en la pérdida de Guastalla, cubrió la retirada en Codoño y, al mando de dos escuadrones sueltos, atacó las líneas enemigas situadas ante Plasencia. Asistió a la batalla de Tidoni formando parte del cuerpo avanzado que mandaba el teniente general Francisco Pignatelli y fue encargado luego de la defensa del campo de Plasencia. Hasta octubre de 1746 fue ayudante del general marqués de la Mina, y se halló en la toma de los castillos de Montalbán, Ventimiglia y Villafranca “portándose siempre a plena satisfacción de sus jefes”. Tan relevantes méritos le valieron, a su vuelta a España, el cargo de inspector general de Regimientos de Caballería y Dragones, cuando frisaba los treinta años. Una vez que llevó a cabo la reorganización de estos cuerpos, el Rey le confió otro encargo no menos importante: poner en estado de defensa las costas de los antiguos reinos de Granada y Murcia, reparando sus fortificaciones para que pudieran rechazar cualquier ataque, comisión de gran responsabilidad que desempeñó “con el pulso y tino que acostumbraba en todos sus encargos”. El 7 de mayo de 1748 fue ascendido a mariscal de logis —encargado del alojamiento de la tropa de Caballería— del ejército mandado por el infante Don Felipe y con este grado y empleo participó en la campaña de Portugal y fue también comisionado para negociar con el conde de Lipe la suspensión de hostilidades. En 1760 fue nombrado mariscal de campo y se le encargó pasar revista general de inspección a todos los regimientos de Caballería y Dragones. En octubre de 1761 fue enviado a El Puerto de Santa María para vigilar el embarque del regimiento de Dragones enviado a Edimburgo y, cumplida esta misión, se le envió a las costas de Granada y Murcia para estudiar el modo de impedir los continuos ataques de moros que las asolaban. Después de dedicar tres meses a cumplir este encargo, cuando regresó a Cartagena encontró una Real Orden que lo llamaba a la Corte por haber sido designado mayor general de Caballería y Dragones e inspector de ambos Cuerpos. Terminada la Guerra de los Siete Años, en la que España combatió contra Portugal, aliada de Inglaterra, Bucareli recibió orden de regresar a la Corte para encargarse de una comisión relacionada con el proyecto de reorganización de Caballería y Dragones, y en abril de 1764 volvió a la costa granadina para terminar el proyecto de fortificación que se le había encargado. Allí permaneció hasta septiembre de 1764. A fines del año siguiente fue nombrado gobernador y capitán general de la isla de Cuba; juró este cargo ante el gobernador de Cádiz el 8 de diciembre de 1765. El 19 de marzo siguiente llegó a La Habana. Empezó entonces una nueva época de su vida: la de gobernante, que duró hasta su muerte. La reciente ocupación de La Habana por los ingleses en 1762 hacía necesario mejorar el estado de sus fortificaciones, a lo que Bucareli dedicó especial atención, aun luchando con la falta de medios económicos. El estado de los fuertes le causó una desagradable sorpresa que manifestó en carta al conde de Aranda el 9 de julio de 1769. El gobernador se ocupó también del adiestramiento de la tropa veterana y de milicias que guarnecían la isla, así como de su armamento y demás material necesario para asegurar su eficacia. “Cuba es la llave maestra del golfo mexicano”, escribe Bucareli a Grimaldi en mayo de 1768. Su escrupulosa administración del real erario le permitió dejar saneada la Hacienda y equipar con rapidez y eficacia la expedición que dirigió Alejandro O’Reilly contra Nueva Orleans en 1769. Atendió de modo especial a la administración de justicia tratando de agilizar los procesos civiles y criminales. Tocó a Bucareli ejecutar la Real Orden de expulsión de la Compañía de Jesús y además recibir a los jesuitas que, procedentes de diversos puntos del continente, hacían escala en La Habana en su viaje hacia Europa. Una carta del gobernador al confesor de Carlos III, Joaquín de Eleta —25 de noviembre de 1767— da a conocer su postura contraria a estos religiosos, a los que califica de “enemigos ocultos”, y manifiesta su total identificación con lo dispuesto por el Rey. Mucho mayor trabajo que la expulsión le dio la tarea de incautación de los bienes muebles, inmuebles, rústicos y urbanos de la Compañía y su arrendamiento o venta. Bucareli se preocupó de fomentar la producción de azúcar, la más importante de la isla, que aumentó notablemente durante su gobierno, lo mismo que la de tabaco, que alcanzó más de un millón de arrobas en aquellos años.

Designado el 24 de mayo de 1771 para suceder al marqués de Croix como virrey de Nueva España, recibió el nombramiento en La Habana, en junio del mismo año. El Rey justificaba esta elección “por la experiencia que tengo de sus dilatados servicios y acertada conducta con que desempeña el gobierno y capitanía general de la isla de Cuba y plaza de La Habana”. El nombramiento oficial viajó en el mismo correo que una carta autógrafa de O’Reilly que le anticipaba la noticia; ambos documentos llegaron a las manos de Bucareli en junio de 1771. No debía de estar muy satisfecho el nuevo virrey, pues al contestar a su amigo le dice: “Si no es lo que deseaba, es más de lo que podía apetecer”. Y en otro párrafo de la misma carta manifiesta: “No quiero ser eterno virrey, ni quiero en España otra cosa que lo que V. M. sabe”. Ignoramos cuál era esa “otra cosa” que colmaría sus aspiraciones. Recibidos los títulos de virrey y demás cargos anejos a éste, Bucareli entregó su mando en Cuba y procuró trasladarse con la mayor celeridad posible al nuevo destino. El día 23 de agosto de 1771 fondeó en Veracruz la fragata Juno, llevándolo a bordo, pero hubo de esperar un mes a que el marqués de Croix le hiciera entrega del bastón de mando. Este tiempo lo invirtió en reconocer las fortificaciones de San Juan de Ulúa, cuyo estado no le satisfizo.

Aún se hallaba en México el visitador José de Gálvez, que recibió orden de permanecer en Nueva España dos o tres meses para informar al nuevo virrey de todo lo hecho por él. Por fin el 22 de septiembre se encontró con Croix en San Cristóbal Ecatepec y, recibido el mando, Bucareli se dirigió a México y presentó a la Audiencia sus títulos. El 31 de octubre hizo la entrada solemne en la capital y su primera impresión no fue muy favorable al ver la abundancia de pobres que deambulaban por las calles y la gran cantidad de indios desnudos, cosa que para ellos era cómoda, pero que el virrey consideró indicio de miseria. Precisamente uno de sus primeros objetivos fue vestirlos, empeño en el que no tuvo éxito.

En la segunda mitad del siglo XVIII la importancia estratégica de Nueva España se acrecentó, y con ella la necesidad de organizar su defensa, preocupación que reflejaron todos los virreyes de la época porque no se trataba ya de resistir esporádicos ataques de piratas o corsarios, sino de contener los avances de potencias europeas que pretendían arrebatar a España el dominio del Nuevo Mundo. La sublevación de las colonias inglesas de Norteamérica, comenzada en 1764, llegó a su momento cumbre durante el gobierno de Bucareli; España ayudaba a los rebeldes con armas y dinero mientras las Cortes de Madrid y París negociaban su intervención para arrojar a los ingleses de Florida y de todo el golfo de México y destruir sus establecimientos en la costa de los Mosquitos. La tensión fue en aumento pero la guerra no estalló hasta después de la muerte de Bucareli. Apareció ahora en escena una potencia que hasta ese momento no había intervenido en América: la Rusia de Catalina II que aspiraba a ocupar y colonizar Alaska. El viaje de Tschericow en los años 1769 a 1771 alarmó a la Corte española y motivó el envío de una serie de expediciones marítimas por la fachada occidental del continente. Con Portugal, las viejas querellas de límites que arrancaban del Tratado de 1750, llegaron a una fase decisiva; en 1776 una expedición portuguesa atacó la Colonia de Sacramento y la respuesta española fue dirigida por Pedro de Cevallos. Todo esto hizo que se prestara atención preferente a la fortificación del territorio y a la organización del ejército y milicias.

Tres eran los frentes marítimos: las costas del golfo de México, cuyo punto clave era Veracruz, la península de Yucatán y las costas del Pacífico. Había además un frente terrestre, la frontera norte imprecisa en los siglos XVI y XVII, cuando no había por esa parte más que indígenas. En el siglo XVIII fue necesario crear allí una línea de presidios internos para precaver la penetración de los europeos. El castillo de San Juan de Ulúa, situado en una isleta frente a Veracruz, se empezó a construir en el siglo XVI, comenzando por una muralla con dos baluartes en sus extremos: era el llamado “muro de las argollas”, por las que tenía para amarrar los barcos. En tiempos posteriores se hicieron varios intentos de fortificar ese lugar: un plano del año 1766, hecho por Manuel Santisteban, muestra lo que era San Juan de Ulúa cuando llegó a Veracruz el virrey Bucareli, que prestó inmediata atención a este problema, pero la habitual lentitud burocrática hizo que hasta julio de 1775 no fuera aprobado el proyecto que remitió. Las obras comenzaron de modo inmediato, pero sus progresos fueron lentos y los esfuerzos del virrey para acelerarlos resultaron inútiles; Bucareli falleció sin verlo terminado. La ciudad de Veracruz nunca fue cercada de muralla porque se pensaba que sería un importante punto de apoyo para el enemigo si caía en sus manos. En cambio, se proyectó un fuerte en el interior, distante al menos “tres tránsitos de tropa”, eligiendo para su emplazamiento el lugar llamado San Miguel de Perote. La construcción se empezó en octubre de 1770 y se terminó el 31 de diciembre de 1776. Bucareli dio a este fuerte el nombre de San Carlos de Perote.

El puerto de Acapulco, principio y fin de la comunicación con Filipinas, fue durante más de dos siglos el único lugar fortificado en la costa del Pacífico y sólo tenía un castillo llamado de San Diego, incapaz de defender el puerto ni de proteger las embarcaciones fondeadas en él. Pero nunca fue atacado porque la costa pacífica era muy poco accesible: la inmensidad del océano fue su mejor defensa. Un fuerte terremoto ocurrido el 21 de abril de 1776 dio lugar a que se levantara un nuevo castillo que se llamó de San Carlos. Lo proyectó el ingeniero Miguel de Costanzó y la ejecución comenzó en marzo de 1778; cuando murió Bucareli estaba ya muy avanzada. La marcha de las obras de fortificación en los años de su gobierno acredita su especial atención a este cometido que le correspondía como capitán general; la experiencia adquirida en Granada y Murcia le suministró muchos conocimientos sobre la arquitectura militar de la época, como se trasluce en sus atinadas observaciones y en su acertada valoración de la importancia estratégica de cada fortaleza.

No sufrió Nueva España ningún ataque marítimo en los años del gobierno de Bucareli, pero tuvo que afrontar el grave problema de la frontera norte, donde habitaban belicosas tribus indígenas. En aquel momento el lugar más amenazado era Nueva Vizcaya; una de las primeras medidas del virrey fue sustituir en el mando de las tropas que guarnecían esta zona a Bernardo de Gálvez, cuya juventud no le inspiraba confianza, por Hugo O’Conor, oficial mucho más experimentado. Los enemigos eran indios apaches que usaban lanzas, arcos y flechas y tenían armas de fuego, facilitadas por los franceses de Luisiana. Para combatirlos se crearon los “soldados presidiales”, hombres escogidos que se reclutaban en las provincias internas cuyos habitantes estaban ya acostumbrados a este tipo de lucha. Bucareli hizo trasladar varios presidios para establecer quince a lo largo de una línea de casi setecientas leguas de longitud desde el seno mexicano hasta el golfo de California. Para la ejecución de este plan redactó una instrucción reservada. Se ocupó también de enviar refuerzos de tropas veteranas sacadas de los Regimientos de Dragones de España y México. En los años 1773-1775 O’Conor desarrolló gran actividad y en 1775 estaba ya completa la nueva línea de presidios y se habían realizado varias campañas, quedando pacificadas las provincias internas. Cuando Bucareli se complacía en el buen resultado de sus proyectos, se vio sorprendido por la Real Cédula de 22 de agosto de 1776 que creaba la Comandancia General de las Provincias Internas, y separaba esos territorios de la autoridad del virrey y para ponerlos bajo la comandancia de Teodoro de Croix, sobrino del antecesor de Bucareli en el virreinato. Las relaciones entre ambos fueron siempre tirantes hasta la muerte del virrey, y las provincias internas continuaron siendo un problema para sus sucesores.

Otro asunto de especial interés en estos años fue la presencia extranjera en las costas occidentales del continente norteamericano y el interés de España por fundar nuevos establecimientos en la zona. José de Gálvez había hecho del puerto de San Blas el punto de apoyo de esta expansión y con tal fin estableció allí un departamento marítimo. Los años del gobierno de Bucareli son los de máxima actividad de San Blas, del que salen y entran los barcos que llevan provisiones a San Diego y Monterrey, poblaciones fundadas en 1769 por iniciativa del visitador Gálvez. En mayo de 1773 Bucareli escribió al ministro de Marina e Indias frey Julián de Arriaga estas significativas palabras: “Ningún asunto de los que produce este vastísimo gobierno me ha dado más quehacer que el arreglo del departamento de San Blas y Penínsulas de Californias”.

Las actividades de los rusos en Alaska, comunicadas al Gobierno de Madrid por el embajador español en San Petersburgo, dieron ocasión a las expediciones realizadas en esos años. El hombre designado para mandar la primera fue Juan Pérez, buen piloto de la carrera de Filipinas. El 24 de diciembre de 1774 firmó el virrey la Instrucción que debía seguir en su viaje, saliendo de Monterrey y navegando hacia el norte hasta los 60º de latitud, donde debía abordar la costa y emprender el regreso sin perder de vista la tierra y desembarcar donde pudiera hacerlo sin peligro. Debía realizar tomas de posesión con la solemnidad y el ritual usados desde el siglo XVI. Se le recomendaba evitar el contacto con los establecimientos extranjeros, si los hubiere, y procurar no obstante, conocer bien su situación y medios de defensa. El 24 de enero de 1774 zarpó de San Blas la fragata Santiago, y después de detenerse en Monterrey para dejar los socorros que llevaba a este puerto, el 11 de junio de 1774 empezó el viaje de exploración en el que alcanzó, a la altura de 49º 30’ Norte, la bahía que hoy se llama de Nutka, en la costa occidental de la isla de Vancouver. Aunque no lograra llegar a la meta que fijaba la Instrucción, la expedición fue considerada como un éxito y confirmó que en el sector de costa recorrido no había ningún establecimiento extranjero. Inmediatamente el virrey empezó a preparar el segundo viaje, cuyo mando confió al teniente de navío Bruno Heceta. A éste Bucareli le fijaba como meta la altura de 65º Norte y desde allí debía bajar hacia el Sur explorando la costa. Le prohibía acercarse a ningún establecimiento extranjero y fundar poblaciones, pero le ordenaba realizar actos de toma de posesión siempre que fuera posible y tener relaciones amistosas con los indígenas. Los barcos utilizados en este viaje fueron dos: la fragata Santiago y la goleta Sonora, mandadas la primera por Heceta y la segunda por un marino que pronto se hizo famoso: Juan Francisco de la Bodega y Cuadra, y llevaba como piloto a Francisco Antonio Mourelle, también distinguido en la navegación del Pacífico. Esta expedición alcanzó notables resultados que aquí no cabe detallar: los dos barcos llegaron hasta el paralelo 50, pero a bordo de la fragata se declaró una epidemia de escorbuto y tuvo que regresar. La goleta Sonora prosiguió el viaje y pudo llegar hasta los 57º 58’ de latitud Norte, pero también en ella apareció el escorbuto que la forzó a regresar. Entró en Monterrey el 7 de octubre de 1775.

Bucareli dio cuenta de los resultados obtenidos que estimaba importantes como punto de partida para nuevas expediciones: se había comprobado que no existían establecimientos extranjeros y que el estrecho de Anián, supuesto paso desde el Pacífico a la bahía de Hudson, no existía, lo que tranquilizaba respecto a la amenaza inglesa. Aunque el virrey deseaba continuar sin descanso la exploración de la costa occidental, no pudo enviar la tercera expedición hasta el 11 de febrero de 1779, por falta de barcos idóneos. Entonces se destinaron a la empresa las fragatas Favorita y Princesa. El virrey marcó como objetivo alcanzar los 70º de latitud Norte, mas no llegó a conocer los resultados porque murió antes de que regresaran los expedicionarios.

Bucareli trató de abrir una vía de comunicación terrestre apoyando la propuesta de Juan Bautista de Anza (mayo de 1772) que pretendía ir por tierra a Monterrey desde Sonora. Esta provincia podría abastecer San Diego y Monterrey con facilidad y se abriría así una corriente migratoria que consolidaría estos puertos. El virrey consultó, entre otros, al misionero franciscano fray Junípero Serra, entonces presidente de las misiones de su Orden en la parte de California que se les adjudicó después de la expulsión de los jesuitas. La expedición de Anza salió de Tubac (Sonora) el 8 de enero de 1774 y alcanzó su objetivo. En tiempo de Bucareli se fundó el 17 de septiembre de 1776 la misión de San Francisco, origen del que hoy es el principal puerto norteamericano en el Pacífico. Como todos los virreyes novohispanos, Bucareli quiso resolver el problema de las inundaciones que sufría la capital de Nueva España en tiempo de lluvias. En los años del virreinato del marqués de Croix se había emprendido la obra de hacer en el cerro de Nochistongo un socavón abierto que diera salida a las aguas del río Cuautitlan y de la laguna de Zumpango. Se encargó de dirigir y financiar las obras el Tribunal del Consulado, que se comprometió a terminarlas en cinco años, pero no lo cumplió y solicitó una prórroga, siendo ya virrey Bucareli, que se la concedió después de una detenida visita a las obras. En la mente del virrey bullía un plan muy ambicioso: acometer la obra general del desagüe del valle de México siempre anhelado y nunca realizado. Todo el expediente, acompañado de planos y perfiles, se envió a España en abril de 1775, pero nada se hizo hasta bien entrado el siglo XIX. 

La situación del erario no era nada boyante; había muchas deudas y atrasos y poca existencia en las cajas reales que incluso habían tomado préstamos de varios comerciantes. Ante tan sombrío panorama, Bucareli estuvo tentado de pedir el relevo, pero su alto concepto del honor le llevó a acometer un programa de austeridad y ahorro de gastos y de mejor recaudación de impuestos, para aumentar los ingresos en más de un millón de pesos en el primer quinquenio de su gobierno, con respecto al de 1766-1770. Así pudo empezar a pagar las deudas de las cajas reales sin crear nuevas contribuciones ni solicitar ningún préstamo. Todo esto le dio argumentos para oponerse a la implantación de la Intendencia en Nueva España. Había vivido de cerca el ensayo realizado en La Habana y nunca fue partidario de esa institución. En 1769 expuso al ministro de Marina e Indias que sería conveniente volver a la organización anterior de la real Hacienda. Como consecuencia de la visita de Gálvez se creó la Intendencia de California, que no subsistió, y la de Sonora y Sinaloa que funcionaba cuando Bucareli fue enviado como virrey a Nueva España. No es extraño que cuando recibió el plan de Gálvez para la implantación del nuevo sistema en el virreinato, su dictamen fuera totalmente opuesto. Tardó más de dos años en remitir su informe, redactado después de consultar a las personas que consideró capaces de emitir un juicio bien fundado, y concluyó que no era conveniente introducirlo en el virreinato porque produciría mayores gastos y menores ingresos. A su parecer, el sistema vigente era inmejorable y así lo probaba el constante aumento de las rentas, la gran labor de la Casa de la Moneda y el cuantioso registro que había sacado de Veracruz la última flota. Da buena idea del prestigio de que gozaba en la Corte el virrey sevillano el hecho de que José de Gálvez, nombrado ministro universal de Indias a la muerte de Arriaga (28 de enero de 1776), no tratara de implantar las intendencias en Nueva España hasta que hubo fallecido Bucareli. Este retraso fue un grave tropiezo para los planes de Gálvez, que quiso comenzar por Nueva España porque conocía bien ese territorio; la oposición de Bucareli le obligó a empezar por el virreinato del Río de la Plata, y dio lugar a que la muerte sorprendiera al ministro antes de que pudiera dar cima a su proyecto.

Cuando Bucareli llegó a Nueva España estaba ya establecido allí el estanco del tabaco y funcionaban las fábricas de cigarros de México, Puebla, Orizaba y Oaxaca. La de México daba trabajo a más de seis mil personas, en su mayor parte mujeres, porque se las consideraba más aptas que los hombres para este trabajo. Bucareli visitó dicha fábrica en diciembre de 1771 y llegó a la conclusión de que no sólo era útil por su rendimiento económico, sino que daba ocupación a mucha gente y contribuía a elevar el nivel de vida de la plebe urbana. Puso todo su empeño en que desaparecieran las cigarrerías particulares, para que el estanco fuese una realidad, y decretó que se abrieran en la capital ciento diez estanquillos para sustituirlas. Con esta medida la renta del tabaco tuvo un fuerte crecimiento.

En tiempo de Bucareli pasó a ser administrada por la Real Hacienda la renta de alcabalas, cuya recaudación estuvo arrendada a particulares y luego se puso en encabezamiento. El proceso fue lento y hasta el 25 de marzo de 1777 no quedó incorporada la contaduría general de alcabalas a la superintendencia y contaduría de la real aduana de México, quedando aún en arrendamiento las alcabalas de Guadalajara. Algo análogo se hizo con la renta del pulque, que en estos años aumentó sus ingresos con la subida del precio de la popular bebida.

En el último tercio del siglo XVIII la minería mexicana pasó por unos años de crisis por falta del capital necesario para las explotaciones; se habían agotado ya las vetas más ricas y más fácilmente explotables, y el metal se hallaba cada vez a mayor profundidad, con lo que las galerías se inundaban con frecuencia y los medios técnicos de la época hacían difícil su desecación. La pólvora y el azogue tenían precios altos. Ésta era la situación a la llegada de Bucareli, que comenzó por informarse bien y mandó luego redactar nuevas ordenanzas que establecían la creación de un tribunal de minería semejante a los consulados de comercio; su erección se aprobó por Real Cédula de 1 de julio de 1776 y fue realizada por Bucareli el 4 de mayo de 1777. También se proyectó un Colegio de minería, cuya fundación no se llevó a cabo hasta cuatro años después de la muerte de este virrey.

En su tiempo nace el Monte de Piedad de México por iniciativa de Pedro Romero de Terreros, conde de Regla. Bucareli fue decidido protector de la idea y la apoyó ante el Consejo de Indias. La Real Cédula de 2 de julio de 1774 autorizó la fundación, y la apertura se celebró en febrero del siguiente año con asistencia del virrey. La acogida del pueblo mexicano fue muy favorable y pronto hubo necesidad de ampliar sus locales, pero no faltaron dificultades económicas, que fueron superadas, y el Monte se consolidó en los años posteriores.

También se estableció entonces la Real Lotería de Nueva España, cuyos beneficios se invertirían en obras de beneficencia. La acogida no fue tan buena como se esperaba y hubo que bajar el precio del billete a cuatro pesos. Poco a poco la situación mejoró y, a partir de 1774, hubo sorteos mensuales. En 1779, último año del gobierno de Bucareli, la Lotería obtuvo un beneficio de seiscientos quince mil pesos.

Cuando Bucareli llegó a México existían en la capital varios hospitales, pero todos estaban en malas condiciones sanitarias y económicas. Iba entonces a empezar a funcionar un hospicio de pobres, que fue muy favorecido por la alta sociedad mexicana con sus limosnas y que hubo necesidad de ampliar dos años después. La intervención del virrey en este asunto mereció que el Rey le diera las gracias por lo realizado. Desde la segunda mitad del siglo XVI funcionaba en México el Hospital de San Hipólito Mártir, único que admitía dementes. Su situación era pésima cuando Bucareli lo visitó, recién llegado al virreinato. Por añadidura, un fuerte terremoto ocurrido en junio de 1773 acabó de arruinarlo y se necesitaban cerca de cincuenta mil pesos para su reedificación. El virrey logró que de ella se encargara el Consulado y que también se hiciera cargo de los gastos de manutención de los enfermos, que en enero de 1777 pudieron ocupar ya el nuevo edificio, que según él “no tiene igual con ninguno de los hospitales que visto en Europa”. Desde el siglo XVI había también un hospital de naturales cuyas constituciones y ordenanzas fueron aprobadas por Real Cédula de 27 de octubre de 1776. En los puertos de Veracruz y Acapulco, donde eran frecuentes las epidemias por su insalubridad y por la aglomeración de personas a la llegada de la flota, había hospitales militares.

Por Real Orden de 23 de abril de 1776 se encargó a Bucareli que pusiera en marcha el viejo proyecto de establecer en la costa del seno mexicano un astillero para construir buques de guerra; se eligió para su emplazamiento el río de Alvarado frente al pueblo de Tlacotalpan, pero aunque el virrey remitió a España el expediente, nada se resolvió.

Cumplidos los cinco años de su virreinato en 1776, Bucareli solicitó el relevo que no le fue concedido. Antes de recibir la negativa, ya él había retirado su petición por la amenaza de guerra. En 29 de agosto de 1777 pidió para su casa la dignidad de grande de España, dignidad que no llegó a gozar porque falleció en el Palacio Real de México el 9 de abril de 1779, víctima de una pleuresía. Murió célibe, como correspondía a un caballero profeso de la Orden de San Juan de Malta. De acuerdo con su deseo se le dio sepultura en la colegiata de Guadalupe, en el suelo junto a la puerta de entrada. Fue uno de los doce virreyes de Nueva España que murieron en el ejercicio del cargo. Como premio a “sus fieles e importantes servicios”, el Rey lo dispensó del juicio de residencia.

 

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Lourdes Díaz-Trechuelo López-Spínola, Marquesa de Spínola