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Santa Catalina Tomás

Biografía

Tomás Gallard, Catalina. Santa Catalina Tomás. Valldemossa, Mallorca (Islas Baleares), 1.V.1531 – Palma de Mallorca (Islas Baleares), 5.IV.1574. Canonesa regular lateranense de San Agustín, mística, iluminada.

Era la sexta de los siete hijos de Jaime Tomás Creus y de Marquesina Gallard. Su familia era humilde, dedicada a la labranza en Valldemossa. Nació en una casa de la calle Rectoría, convertida desde octubre de 1793 en un oratorio dedicado a ella. Le fue impuesto el nombre de Catalina por su abuela materna y por la gran devoción familiar a santa Catalina de Alejandría. A los tres años murió su padre y entonces su madre, para hacer frente a la manutención de sus hijos, se vio obligada a repartirlos entre los familiares más próximos. Por ello Catalina creció al cuidado de sus abuelos paternos que vivían muy cerca de la Cartuja. Su infancia estuvo muy marcada por la religiosidad mariana que había arraigado fuertemente en la isla gracias a la predicación, hacía un siglo, de san Vicente Ferrer y que a ella le inculcó su abuela. Alrededor de los siete años murió su madre. A los diez años, con gran pena y a causa de la elevada edad de su abuela, fue acogida por unos tíos que eran dueños de la finca de Son Gallard y vivían con una holgada posición económica. Durante ocho años vivió en la finca, un bello paraje situado entre Valldemossa y Deiá, ayudando a los labriegos en las tareas del campo y atendiendo el rebaño. Así, como pequeña payesa, la representa su iconografía y la recuerdan los cantos populares. Pero la espiritualidad de la joven chocaba con el carácter de sus tíos preocupados únicamente por la explotación de sus tierras y el aumento de su fortuna. Acostumbrada desde niña a refugiarse en las iglesias próximas a su hogar, la distancia a que estaban de Son Gallard hizo que sintiese a la naturaleza como el gran templo que acogía sus numerosos recogimientos. A menudo levantaba altares en el tronco seco de los árboles e improvisaba cuentas con semillas u hojas de olivo para rezar el rosario mientras apacentaba las ovejas.

Con el paso del tiempo cada vez sentía más clara su vocación religiosa, su deseo de retirarse a un convento y pasar su vida en continua alabanza al Señor. Pero las expectativas matrimoniales de su familia sobre su futuro chocaban con su ideal. Fue un período de grandes tribulaciones para Catalina, que en ese ambiente hostil veía inviable su vocación religiosa y sufría por ello, pero encontró ayuda en los hechos extraordinarios que desde niña jalonaban su camino, tal y como canta la copla popular: “Tenías en Son Gallard penas de noche y de día y bajaba a consolarte tu dulce Madre María”. Además era confortada con la aparición de algunos santos como san Bruno, santa Catalina de Alejandría o san Antonio Abad, de quien en este tiempo tuvo una visión asegurándola que pasaría muchas tribulaciones pero al fin sería monja. Con la tranquilidad que esta alocución imprimió a su alma hizo frente a todas las contradicciones que intentaron desviarla de su camino, a las duras críticas familiares que la acusaban de pretender entrar en un convento para vivir cómodamente y no tener que trabajar para ganarse el sustento diario. Era un tiempo marcado por grandes penurias y hambre en la isla, por lo que ella sabía que era muy difícil poder ingresar en un convento sin dote. Pero un día llamó a su puerta un ermitaño con fama de santo que fue el instrumento para la consecución de su sueño: fray Antonio Castañeda. Era un capitán del Ejército de Carlos V que formaba parte de la expedición que el Emperador lideraba contra la piratería turca que asediaba sus costas y que fue recogido en la isla tras un grave naufragio que casi acaba con su vida. En tal peligro prometió que si se salvaba trocaría su vida militar por la de penitente y cumplió su promesa ordenándose sacerdote y convirtiéndose en ermitaño. Era muy valorado por todas las gentes de Mallorca que admiraban su entrega y su tesón. Tras escuchar los anhelos y angustias de la joven Catalina, le aseguró que su vocación era real y que le ayudaría a cumplirla. Convenció a su familia para que depusieran su humillante actitud y no interfiriesen en el camino que había elegido. La llevó a Palma de Mallorca, a casa de la familia Zaforteza Tagamanent, para que se ocupasen de ella mientras él buscaba algún benefactor que aportase la dote necesaria para que fuese admitida en un convento, ya que los tiempos eran difíciles y apenas tenían para sobrevivir las monjas. Pero en un tiempo marcado por el continuo temor a las incursiones turcas, sus intentos fueron infructuosos, ya que el virrey, los nobles y la gente adinerada aportaban cuanto podían para contribuir a la liberación de los prisioneros en manos de los turcos. Por ello fray Antonio Castañeda tuvo que intentar que Catalina fuese admitida por méritos propios y sin dote. Uno tras otro los principales conventos de Palma le negaron la entrada y así se lo comunicó a la atribulada joven que esperaba la respuesta sentada en una piedra de la plaza del Mercado. Pero mientras Catalina encajaba el duro golpe que cerraba la puerta a sus sueños y esperanzas, regresó el sacerdote para comunicarle que las tres comunidades de monjas consultadas, repentina y providencialmente, habían cambiado de parecer, y los tres conventos la admitían sin demora. Podía elegir el que quisiera. En atención al primero que se lo ofreció, decidió vivir su vocación en el Monasterio de Santa Magdalena como canonesa regular lateranense de San Agustín, donde ingresó el 13 de noviembre de 1552. Una gran pena se unió a su gozo, ya que un mes y medio antes de cruzar la puerta del convento, la querida abuela que en su infancia había abierto el surco de su profunda espiritualidad, había muerto degollada a manos de los turcos en un feroz ataque a Valldemossa.

El 25 de enero de 1553 le impusieron el velo blanco de novicia y realizó funciones de tornera, cocinera y enfermera. El 24 de agosto de 1555, festividad de San Bartolomé, recibió el velo negro de monja profesa. Los hechos extraordinarios y las gracias sobrenaturales que jalonaron su infancia y juventud se multiplicaron al amparo de su vida de clausura, aunque ella intentó disimularlos. Pero a menudo tenía prolongados arrobamientos y éxtasis que no podían pasar desapercibidos y que, a pesar del temor imperante por la constante persecución de la Inquisición a alumbrados y visionarios, nunca preocuparon a las monjas ni a sus confesores, seguros de que eran fruto de su íntima conexión con Dios. A pesar de su vida de rigurosa clausura ejerció una gran influencia en la vida social y eclesial de la isla, ya que era consejera tanto de importantes personajes como de las gentes más humildes que buscaban su aliento. Su fama de santidad, el eco de sus milagros y el poder de sus profecías pronto traspasaron los muros del Convento y toda Mallorca confiaba sus ruegos a la intercesión de sor Catalina. Para el obispo, Diego de Arnedo, fue trascendental su ayuda y sabio consejo en la difícil tarea de sacar a la diócesis de la desidia en que vivía e introducir las normas dadas en el recién clausurado Concilio de Trento.

Sor Catalina experimentó profundos éxtasis, sobre todo en las fechas cercanas a la fiesta de su tocaya, santa Catalina de Alejandría, de quien era especialmente devota. En la Semana Santa de 1571 experimentó el éxtasis de mayor duración documentado en la historia —veintiún días—, y al salir de él, cuentan las crónicas que dijo: “Tres años, Señor, aún tengo que vivir tres años”. Efectivamente murió tres años después de aquel extraño despertar. En otra ocasión una monja le pidió un remedio para su linda voz, ya que tenía que cantar en los maitines de Navidad el famoso canto mallorquín de la Sibila, y estaba afónica. Sor Catalina fue encontrada arrebatada con un pan de azúcar o de ángeles en la mano que dijo que le había dado santa Catalina de Alejandría para remedio de la voz. En el último año de su vida, cuando entraba en éxtasis, narran las crónicas que un exótico pájaro se posaba en sus manos y cantaba suavemente. La fama de estos sucesos también marcó su iconografía que, frecuentemente, la representa con un pan de azúcar en una mano y un pájaro en la otra. En la Cuaresma de 1574, cuando se cumplían los tres años de su profecía, de nuevo en torno a la fiesta de santa Catalina de Alejandría, tuvo varios arrobamientos que preconizaron su muerte sucedida el 5 de abril de 1574, festividad de san Vicente Ferrer, cuya predicación había sido simiente de la que ella fue bendito fruto. Sus cuarenta y tres años de vida y su fama de santidad en Mallorca fueron paralelos a la vida santa Teresa de Jesús y a la fama que ésta tuvo en Castilla.

El cardenal mallorquín Antonio Despuig fue el gran promotor del proceso de beatificación de Catalina Tomás.

Fue beatificada el 12 de agosto de 1792 por el papa Pío VI, y proclamada santa el 22 de junio de 1930 por el papa Pío XI. La delegación española presente en la solemne ceremonia vaticana recordó al Papa que era la siguiente mujer española canonizada tras su contemporánea Teresa de Jesús. El legado escrito de santa Catalina Tomás se reduce a dos cartas dirigidas al padre Vicente Mas que dejan traslucir su profunda espiritualidad. A la primera carta pertenece su famosa frase: “Quien desea servir a Dios es menester esté muy contento en todas las cosas”. Y en la segunda puntualiza: “Cualquier cosa, próspera o adversa, os sobrevenga, pensad que todo os viene de la mano del Señor [...] y no toméis nunca las adversidades como si provinieran de personas, tomadlas más bien como prosperidades”.

 

Obras de ~: Cartas (ms. en el Monasterio de Santa Magdalena, Palma de Mallorca).

 

Bibl.: B. Valperga, Vida, muerte y milagros de la bendita virgen Sor Catharina Thomasa natural de Mallorca, Monja Canónica reglar de S. Agustín, en el Monasterio de Santa María Magdalena de la Ciudad de Mallorca. Recopilada de los originales que el Ilustre y muy Reverendo Señor Juan Abrines, Doctor Theólogo, Canonigo e Inquisidor Apostólico del Reyno de Mallorca, Confesor de la dicha virgen, dexó escritos, Mallorca, Casa de Manuel Rodríguez y Juan Piza, 1617; Resumen de la vida de la Beata Catalina Tomás, Canóniga Regular de la Orden de San Agustín. Dedicado al Emmo. y Revdmo. Príncipe el Sr. Cardenal Francisco Javier Zelada Secretario de Estado de N. S., Roma, Imprenta Salomón, 1792; A. Despuig, Vida de la Beata Catalina Thomás, religiosa profesa en el Monasterio de Santa María Magdalena de la ciudad de Palma, capital del Reino de Mallorca, Palma de Mallorca, por José Barberí, imprenta Guasp, 1816; J. Salvá, El Cardenal Despuig, Palma de Mallorca, Imprenta Mossen Alcover, 1964, págs. 141- 151; M.ª L. Massanet Zaforteza, Una flor de Mallorca. Vida de Santa Catalina Thomás, virgen mallorquina, Palma de Mallorca, SS. Corazones, 1967; A. R. Cano Oleo, Catalina Tomás, una mujer intrépida, Palma de Mallorca, Canónigas de San Agustín, 1992; B. Yuste y S. L. Rivas-Caballero, Vida de Santa Catalina Tomás, Madrid, Comunidad de Santa María Magdalena, 2005; G. Carrió i Vives, El carro triunfal, manifestacions populars al´entorn de santa Caterina Tomàs, Palma de Mallorca, Consell de Mallorca, 2006; P. Riutort, Santa Catalina Tomás, la santa payesa, Barcelona, Centre de Pastoral Litúrgica, 2006; B. Yuste y S. L. Rivas-Caballero, “Santa Catalina Tomás”, en Revista Ecclesia, 3314 (2006), págs. 36-37.

 

Belén Yuste y Sonnia L. Rivas-Caballero