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Fernando de Castilla

Biografía

Castilla, Fernando de. El de la Cerda. Burgos, 23.X.1255 – Ciudad Real, 20.VII.1275. Infante de Castilla, hijo primogénito de Alfonso X y de Violante (hija de Jaime I de Aragón).

La primera mención de importancia sobre el infante Fernando —al margen de su aparición protocolaria en los privilegios reales, donde figura ostentando determinados oficios cortesanos, como el de mayordomo del Rey— corresponde al 12 de mayo de 1266, cuando designó como procuradores suyos al franciscano fray Juan Martínez, obispo electo de Cádiz, y a Enrique el Toscano para contraer en su nombre matrimonio por palabras de presente con Blanca, hija del rey Luis IX de Francia. Tenía entonces el infante poco más de diez años. Apenas se tienen noticias sobre su infancia. Parece, sin embargo, que su crianza tuvo algo que ver con Diego de Corral, un hidalgo vallisoletano a quien Fernando III había encomendado la resolución de varios pleitos de términos. Su hijo, y homónimo, Diego de Corral fue hombre de confianza del infante Fernando de la Cerda. Este valimiento debió venirle probablemente de su relación con Mencía López de Haro, viuda de Álvar Pérez de Castro y del rey Sancho II de Portugal, señora de Paredes de Nava. Ella fue probablemente madrina de bautizo del infante Fernando. Al final de su vida, le prohijó, legándole todas sus propiedades, entre ellas el infantado de León y Paredes de Nava. Es probable también que, durante su infancia, don Fernando mantuviese una estrecha relación con Jofré de Loaysa, el ayo aragonés de su madre la reina Violante.

En 1266, Alfonso X concertó con Luis IX de Francia el matrimonio del infante Fernando con la princesa Blanca. Las capitulaciones matrimoniales se firmaron el 26 de septiembre de 1266, en Saint Germain-en-Laye. Dado el grado de parentesco existente entre los futuros cónyuges, Luis IX consiguió la oportuna dispensa del papa Clemente IV, quien la otorgó no en una, sino en tres ocasiones: el 10 de enero de 1267, el 9 de agosto de 1268 y el 9 de octubre de este mismo año, esta última para poder contraer matrimonio antes de la edad legal de los catorce años.

El enlace tuvo lugar por palabras de presente en Toledo, el 13 de julio, en el curso de una solemne ceremonia. El infante Fernando aceptó a la princesa Blanca de Francia por esposa y ésta, representada por maestre Guillermo de Chatelleraut, que actuaba por poderes en su nombre, aceptaba a Fernando por esposo y marido. El 23 de julio, el infante Fernando autorizaba a Fernán García, arcediano de Niebla, y al caballero García Jofré para que en su nombre recibiesen a doña Blanca y la trajesen al reino. El 27 de noviembre llegaba doña Blanca a Burgos, y el día 30 tuvo lugar la ceremonia religiosa de la bendición nupcial. Tenía entonces Fernando de la Cerda catorce años recién cumplidos y Blanca de Francia, tres años más que el novio. La Crónica de Alfonso X refiere los festejos de la boda y los agasajos del Rey a sus invitados, destacando que el infante fue armado caballero por su padre el Rey y que, a continuación, armó él mismo caballeros a otros muchos personajes y nobles, entre ellos a sus hermanos los infantes Juan y Pedro, y a Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya.

No se recata el cronista de contar, en cierto tono de reproche, los muchos gastos que supusieron estas bodas y los muchos regalos hechos por el Rey a sus invitados.

Apenas celebrada la boda, se iniciaron las primeras actuaciones públicas del infante Fernando en quien Alfonso X comenzó a delegar competencias de gobierno en el reino de León, donde se le ve actuando a lo largo del año 1270. Estas responsabilidades aumentaron en 1271, coincidiendo con el viaje del Rey al reino de Murcia, donde permaneció desde febrero de este año hasta junio de 1272. No se sabe casi nada del infante en 1272. Don Fernando debió asistir a las Cortes de Burgos de septiembre-octubre de ese año en las que Alfonso X trató de llegar a un acuerdo con un sector importante de la nobleza que impidiera su salida del reino para exiliarse en Granada. Tampoco se conoce con detalle el itinerario y los hechos del infante durante el año 1273; sólo consta por sendos diplomas su presencia en Toledo el 12 de febrero y en Sevilla el 12 de noviembre. Por fortuna, la Crónica de Alfonso X permite llenar este hueco importante en la biografía política del infante gracias a la inserción en la misma de una larga carta en la que el Rey, al tiempo que le aconseja en la actitud que debe tener en su trato con los nobles y le muestra la razón de la sublevación de un sector importante de los mismos, le aconseja y le reconviene por su comportamiento en la defensa de la frontera de Granada oganno, es decir, en 1273. Aunque no está fechada, la carta debió escribirse en la primera mitad de 1273, momento en que el Rey estaba negociando con los nobles exiliados en Granada la solución del conflicto que les enfrentaba.

Tras las Cortes de Burgos, en las que no pudo llegarse a un acuerdo con los nobles, y la salida de éstos a Granada, el infante Fernando estuvo en Sevilla, controlando la situación de la frontera y atento a las negociaciones con los nobles exiliados en Granada.

En la carta de Alfonso X se alude de forma muy clara a su falta de iniciativa para llevar a cabo alguna acción contra Granada que forzase al emir Muhammad I a desistir de su apoyo a los nobles exiliados. El Rey le reprocha también haber realizado, fiándose de informaciones que a la postre resultaron falsas, una fallida expedición contra Algeciras.

Durante las difíciles y tensas negociaciones con los nobles, don Fernando actuó, a las órdenes de su madre la reina Violante, como mediador. Estuvo presente en el “ayuntamiento” o reunión convocada por el rey en Almagro, en 1273. Desde allí marchó a Córdoba para seguir de cerca la marcha de las conversaciones.

Avanzadas éstas, el Rey dio al infante plenos poderes para firmar un acuerdo. Y, en efecto, en un momento muy tenso de las negociaciones, tomó la decisión de enviar a Granada al maestre de Calatrava con instrucciones de llegar a un acuerdo satisfactorio con los nobles. El acuerdo no fue del agrado del Rey, ya que parece que el maestre se extralimitó en sus atribuciones, cosa que el Rey reprochó al infante en la carta antes aludida. El acuerdo con los nobles y la paz con Granada se firmaron en los últimos meses de 1273 en Sevilla, actuando el infante como representante del Monarca.

Resuelta, mal que bien, la revuelta nobiliaria, Alfonso X comenzó a preparar con entusiasmo su viaje al Imperio donde iba a entrevistarse con el papa Gregorio X para tratar de ser reconocido por éste como emperador. En marzo de 1274, Alfonso X convocó Cortes en Burgos para recabar fondos para la ida al Imperio. En ellas, comunicó a los reunidos su decisión de nombrar regente al infante Fernando por el tiempo que durase su ausencia del reino. Entre junio y julio tuvo lugar una nueva reunión de Cortes en Zamora, a la que asistió el infante, quien por entonces actuaba ya como regente.

Por estos mismos días, se producía en Pamplona el fallecimiento del rey navarro Enrique I, dejando como heredera a su hija Juana, que entonces tenía poco más de dos años. Se planteaba un problema sucesorio que podía alterar el delicado equilibrio peninsular.

Jaime I reclamaba derechos sobre Navarra, lo mismo que Castilla. Para Alfonso X implicarse personalmente en el asunto hubiera significado tener que renunciar al viaje al Imperio. Por ello renunció a sus derechos a favor de su hijo y heredero Fernando, cosa que éste se apresuró a comunicar a su abuelo Jaime I.

La respuesta del rey aragonés debería haberlo hecho desistir de cualquier intento de intervenir en los asuntos navarros. Sin embargo, cuando la carta llegó a manos del infante, éste había ya iniciado una campaña por la zona de La Rioja, que a punto estuvo de derivar en un conflicto serio con Aragón. En efecto, el 1 de septiembre don Fernando estaba sitiando Viana, como se comprueba por un diploma dado en dicho lugar. Las escaramuzas debieron prolongarse hasta enero del año siguiente. Tras haber ocupado Mendavia, el infante abandonó La Rioja, poniendo fin a las hostilidades.

El 2 de abril de 1275 había llegado a Peñafiel, donde iba a permanecer hasta el día 12. Se conoce muy bien la razón de esta estancia en la villa de Peñafiel: la celebración de unas vistas con los obispos del reino, quejosos de la política intervencionista de su padre en los asuntos eclesiásticos. El infante aceptó reunirse con una delegación episcopal presidida por su tío Sancho, arzobispo de Toledo, y accedió a una serie de peticiones presentadas por los obispos del reino. Por entonces debía tener noticia del desembarco en Algeciras de un numeroso contingente de combatientes benimerines, llamados por Muhammad II de Granada. Tras haber reunido a sus tropas, se dispuso a acudir a Andalucía para hacer frente a la amenaza musulmana.

Es seguro que ya por entonces el infante se estaba ocupando en recabar fondos y convocar tropas para hacer frente a la amenaza conjunta de granadinos y benimerines en Andalucía. Tras abandonar Toledo, se estableció en Villa Real (actual Ciudad Real) a la espera de la llegada de nuevos contingentes de ejército.

Unas semanas después fallecía, de forma repentina, cuando se disponía a ponerse al frente de las tropas allí concentradas. Se ha discutido la fecha de la muerte de don Fernando. Antonio Ballesteros, tras haber rechazado la fecha del mes de agosto propuesta por la Crónica, postuló la del 30 de octubre.

Sin embargo, no hay dudas respecto a la fecha del fallecimiento del heredero de Castilla. Los Anales Toledanos III, generalmente muy bien informados, despejan la cuestión cuando afirman que el triste acontecimiento ocurrió el día octavo de las calendas de agosto, es decir, el 20 de julio. Jofré de Loaysa fecha también el acontecimiento en el mes de julio, si bien lo retrasa hasta el día 24.

La muerte del infante Fernando, además de sumir al reino en el desconcierto, remediado por fortuna gracias a la actuación de su hermano el infante Sancho, planteó un problema de difícil solución. Según las Partidas y los acuerdos firmados con Francia, muerto el infante heredero, los derechos sucesorios deberían haber pasado a sus hijos, los llamados “infantes de la Cerda”. Alfonso X compartía esta opinión. No así la mayor parte del reino y, por supuesto, el infante Sancho, hijo segundo del Rey. El conflicto de intereses se resolvió tarde y mal, y no pudo impedir que ésta fuese una de las causas que provocaron el enfrentamiento personal y la guerra civil entre Alfonso X y su hijo Sancho que amargó los últimos años del reinado del Rey Sabio. Más tarde, durante la minoría de Fernando IV (1295-1304), Alfonso de la Cerda trató de hacer valer sus derechos al trono.

 

Bibl.: A. Ballesteros, Alfonso X el Sabio, Barcelona-Murcia, Salvat, 1961 (reimpr. en Barcelona, Ediciones El Albir, 1984, con índices por M. Rodríguez Llopis); Crónica de Alfonso X, ed. de M. González Jiménez, Murcia, Academia Alfonso X el Sabio, 1999; P. Linehan, “Quaedam de quibus dubitans: On preaching the Crusades in Alfonso X’s Castile”, en Historia, Instituciones y Documentos (Sevilla), 27 (2000), págs. 129-154; M. González Jiménez, “El infante don Fernando de la Cerda.

Biografía e itinerario”, en Literatura y Cristiandad: Homenaje al profesor Jesús Montoya Martínez, Granada, Universidad, 2001, págs. 531-555; “El pleito de la sucesión de Alfonso X. 1275- 1304”, en S. Muñoz Machado (ed.), Los grandes procesos de la Historia de España, Barcelona, Crítica, 2002, págs. 33-45; “La Biblia de San Luis en el testamento de Alfonso X el Sabio de Castilla (1284)”, en Biblia de San Luis, Vol. II: Estudios, Barcelona, M. Moleiro Editor, 2004, págs. 39-58; Alfonso X el Sabio, Barcelona, Ariel, 2004.

 

Manuel González Jiménez