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Sebastián Moyano

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Biografía

Moyano, Sebastián. Sebastián de Belalcázar (o Benalcázar). Belalcázar (Córdoba), c. 1490 – Cartagena (Colombia), 28.IV.1551 sup. Conquistador de Panamá, Nicaragua y Perú, descubrió y conquistó el Reino de Quito y la gobernación de Popayán, en el Nuevo Reino de Granada.

Belalcázar o Benalcázar, que de ambas formas se le ha llamado, nació en una familia de campesinos hacia 1490, pues declaró tener unos cuarenta años en la ciudad de León (Nicaragua) en 1530, y unos cincuenta en Madrid en 1540. Representaba tener más edad, por lo muchos trajines que le dio la vida y su biógrafo Jijón y Caamaño le echó un cuarto de siglo más en el haber. Su apellido fue Moyano y su lugar de nacimiento la población de Benalcázar o la de Belalcázar.

El primero era un pueblo castellano, y por él se inclinó Fernández de Oviedo. El segundo era una gran población de la provincia de Córdoba y se inclinaron por tal cuna el Inca Garcilaso y el cura Juan de Castellanos.

Es difícil elegir entre ambos, pues el conquistador no dijo nada al respecto y era además analfabeto, por lo que firmaban por él sus secretarios, que emplearon ambas formas. En su primera carta firmó como Benalcázar, que es la forma en que se le conoce usualmente en Ecuador. El Inca añadió que tuvo un gemelo y que nació el segundo y de pie, cosas tan singulares que seguramente son ciertas por lo rebuscadas.

Su infancia y juventud son desconocidas. Castellanos asegura que sus padres murieron pronto y tuvo que trabajar desde niño, ayudando a su hermano, quizá el gemelo. El cronista narra que un día de lluvia se le metió un burrro cargado de leña en un atascadero y murió al golpearle para sacarlo, por lo que decidió huir de su casa. Debió deambular por los pueblos y ciudades de Andalucía o Castilla y recaló pronto en Sevilla, donde se enroló para ir a Indias en 1507, según declaró el mismo. Llegó a la isla Española y permaneció en ella seis años, al cabo de los cuales decidió probar fortuna como soldado en Panamá.

Desembarcó en Santa María la Antigua del Darién en 1513, poco antes de que Balboa descubriera la Mar del Sur. Desde luego su nombre no figura en la lista de los compañeros de Vasco Núñez.

Benalcázar se formó como conquistador en Castilla del Oro y especialmente con su gobernador. Debió de participar en las primeras operaciones de descubrimiento y tuvo que asistir a la pugna entre Pedrarias y Balboa, que terminó con la ejecución del último en Acla. Benalcázar fue un incondicional de Pedrarias y participó en las acciones más importantes de la Gobernación, como la que fundó Panamá en 1519 y la gran expedición de Gaspar de Espinosa a la península de Azuero, en la que obtuvo dos cosas importantes; su amistad con dicho capitán y una encomienda de indios en Natá. Allí nacieron sus hijos Francisco y Sebastián, habidos en indias de la región. Allí también debió hacer amistad con Pizarro y con Almagro, como lo demuestra el hecho de que apadrinara al hijo de este último, Diego Almagro el Mozo, como se le conocería.

La frontera norte de Panamá se abrió de pronto gracias a los descubrimientos de Gil González Dávila en Nicaragua y Benalcázar figuró en la expedición que Pedrarias envió a Nicaragua con el capitán Francisco Hernández de Córdoba (1523) para asegurar dicho territorio. Recorrió parte de Centroamérica y participó en las fundaciones de León y Granada, así como en el descubrimiento del río Desaguadero. Hernández de Córdoba le escogió para que informara a Pedrarias de lo descubierto y fundado. Luego volvió a Nicaragua. Se radicó en León, donde asistió a la ejecución de Hernández de Córdoba (1526), acusado de haberse levantado contra Pedrarias. En 1527 fue enviado a Honduras en compañía del regidor Albítez para que exigieran al conquistador Hernando de Saavedra la devolución del puerto de Trujillo. Los comisionados no hallaron a Saavedra, sino a Diego López de Salcedo, nombrado gobernador de Honduras por la Audiencia de Santo Domingo, que mandó detenerles y enviarles a la isla. Fueron juzgados, pero Benalcázar tuvo la suerte de que uno de los jueces fuera su antiguo amigo el licenciado Gaspar de Espinosa, que le puso en libertad. Zarpó de Santo Domingo en diciembre de 1527 y llegó a León en mayo siguiente, donde encontró al viejo Pedrarias, que con sus ochenta y siete años a las espaldas, que había logrado ser nombrado gobernador de Nicaragua. Benalcázar permaneció en Nicaragua algo más de siete años. Tuvo una encomienda y desempeñó el cargo de regidor de León. Allí nacieron sus hijos Lázaro, Catalina, María y, posiblemente, Magdalena. Allí también trasladó a sus hijos Sebastián y Francisco, nacidos en Natá. En 1530 fue propuesto para alcalde, e intervino en amortiguar algunos tumultos contra el viejo gobernador. El 6 de marzo de 1531 murió Pedrarias Dávila con sus noventa y un años. Benalcázar aspiraba a sucederle como gobernador interino de Nicaragua, pero fue nombrado Francisco de Castañeda, alcalde mayor León. Desilusionado, decidió abandonar Centroamérica y dirigirse al Perú, atendiendo a la llamada que acababa de hacerle su amigo Francisco Pizarro. Vendió todas sus pertenencias, compró dos bergantines y reclutó a setenta hombres, caballos y pertrechos. Partió de Nicaragua en mayo de 1532 y llegó a Puerto Viejo, donde se unió a la hueste de Pizarro, quien le confió el mando de la Caballería, junto con su hermano Hernando y con Hernando de Soto. Fue así uno de los grandes conquistadores del Perú. Llegó a Cajarmarca con el ejército español el viernes 15 de noviembre de 1532, donde les esperaba el Inca Atau Hualpa con sus tropas. Al día siguiente tuvo lugar la famosa batalla relámpago, en la que el Inca quedó prisionero y el imperio incaico amenazado de muerte. Atahualpa ofreció un gran rescate por su persona, que se repartieron los españoles el 16 de junio. Sebastián de Benalcázar obtuvo un buen pellizco del mismo; 407 marcos, 2 castellanos de plata y 9.909 pesos. Exactamente lo mismo que recibió el artillero Pedro de Candía. Sólo le superaron los botines dados a los Pizarro (Francisco, Hernando y Juan) y a Hernando de Soto. Posteriormente se le dieron otros 1.250 marcos del tesoro recogido en Cuzco. Benalcázar fue uno de los hombres más ricos de América y tenía una posición envidiable en Perú, donde contaba con la confianza de los fundadores Pizarro y Almagro. Sólo le restaba disfrutar cómodamente de lo que había conseguido con tanto esfuerzo, pero se había transformado en un impenitente conquistador y perseguidor de mitos afamados.

Había oído comentar que en Quito, al norte del Perú, había unos indios muy ricos en oro y plata y escribió a su amigo el piloto Juan de Ladrillero, pidiéndole que enrolase hombres en Nicaragua a su costa, para iniciar esta nueva conquista. Debía enviarlos a San Miguel, ya que Pizarro le mandó a dicho lugar para asegurar el puente con Panamá, único lugar del que podrían llegar refuerzos al Perú.

En San Miguel empezaron las discordias de Benalcázar con Francisco Pizarro por la intromisión de su amigo el licenciado Gaspar de Espinosa, que hacía de intermediario con la Corte desde Panamá. Benalcázar era analfabeto y Espinosa lo movió a su antojo para conseguir su ambición de gobernar un territorio muy rico en oro al norte del Perú, que fue cambiando de lugar con el paso de los años (era realmente Antioquia, pero fue perseguido en muchos sitios). A influencia de Espinosa se debió sin duda la carta escrita por Benalcázar al Emperador el 11 de noviembre de 1533 en la que le comunicaba que Francisco Pizarro le había mandado ir a San Miguel para contener el pueblo y la provincia hasta que viniera la tropa solicitada a Nicaragua, y que estaba informado de que el gobernador de Guatemala Pedro de Alvarado pensaba ir a aquella tierra alegando que no estaba conquistada, ya que Pizarro la había sobrepasado al ir al Perú. Benalcázar se autotituló en la carta teniente de gobernador de Pizarro, cosa que no era cierta. Permaneció tres meses más en la plaza y durante ellos recibió los refuerzos que había pedido a Nicaragua con el piloto Juan Fernández. Finalmente dio un golpe de mano que recuerda mucho el de Cortés en Villarrica. Según el informe del maestre de navío Bartolomé García escrito en Panamá, “le hicieron (a Benalcázar) un requerimiento para que fuese a Quito, e el dijo que no lo había de hacer; e entraron en cabildos de vecinos, e que le dijeron que si no quería ir, que ponían otro capital; e como vido que lo querían hacer que dijo, pues como ha de ir otro, yo quiero ir”.

Benalcázar recogió casi todos los efectivos militares que había en San Miguel (si hubiera llegado Alvarado habría caído fácilmente) y se dirigió hacia el norte, en dirección a Quito a mediados o finales de febrero de 1534. El capitán español sabía que el gran ejército incaico se había retirado a dicha provincia y estaba prácticamente intacto bajo sus grandes generales Rumiñahui y Quizquiz. La conquista de Quito era así la conclusión de la conquista del Perú, pues era el refugio del gran ejército del Tahuantinsuyo. De aquí que se deba ver con algún detalle, pese a ser un tema que se prefiera eludir por su complejidad. Desde luego fue la más trascendente de sus conquistas y dio origen al Reino de Quito. Benalcázar la emprendió con unos doscientos hombres de los que unos cincuenta iban a pie. Se dirigió hacia Tomebamba (Cuenca), donde se le unieron los aliados Cañaris, que fueron decisivos.

Tras un descanso, los españoles reanudaron la marcha (20 de abril de 1534) hacia el tambo de Chanchan, del que pasaron al de Tiojacas, donde tuvieron que enfrentarse al ejército de Rumiñahui, que les había preparado una encerrona; treinta mil indios frente a un llano, lleno de hoyos para que los caballos se rompieran las patas. Al llegar la noche se presentó un indio que se ofreció a guiarles por un camino secreto hasta la retaguardia del ejército inca. Fueron a dar a Guamote. Las tropas incas huyeron despavoridas y Benalcázar se apoderó de la intendencia de Rumiñahui que era cuarenta mil llamas, ciento sesenta mil raciones de comida y cinco mil mujeres. Se hizo luego el viaje a Riobamba, lleno de peligros. La vanguardia tuvo que luchar contra los diez mil guerreros del general Zocozopagua y la retaguardia era hostilizada por Rumiñahui. Frecuentemente los caminos estaban llenos de hoyos. Los españoles desfilaron asombrados por el callejón de los volcanes. Habían dejado atrás el Chimborazo y a su derecha veían el Cotopaxi, que entró en erupción al cabo de unos días. Les impresionaba la luminosidad, el aire limpio y transparente y el silencio profundo que devolvía todos los ecos.

Al sur de la laguna de Colta estuvieron a punto de caer en otra trampa (un campo lleno de agujeros para inutilizar los caballos), pero fueron alertados por los cañaris. Tuvieron que dar un rodeo para llegar a Riobamba, donde les esperaban las tropas de Rumiñahui, Quizquiz y Zocozopagua. Tras un combate victorioso entraron en la ciudad el 3 de mayo. Los españoles prosiguieron luego por Ambato y Cutuchi, a dos leguas de Latacunga. Después alcanzaron Mulaló y la cuesta de Uyumbicho, a 20 kilómetros de Quito. Rumiñahui hizo aquí un último esfuerzo por detener a los españoles, concentrando sus mejores escuadrones de flecheros y honderos, pero fueron puestos en fuga por los caballos. Benalcázar entró en Quito el 24 de mayo de 1534. Era una ciudad en ruinas, pues Rumiñahui la había incendiado, matado a numerosas mujeres, quemado los aposentos reales y se había llevado el oro, cuatro mil mujeres y once de los hijos de Atahualpa. Benalcázar asentó su real en la ciudad, pero aquella noche los caciques de Chillo y Latacunga hicieron una contraofensiva atacando a los españoles encerrados en la ciudad. Incendiaron los techos de paja de las casas y mataron a varios castellanos.

Los españoles no se atrevieron a utilizar los caballos por la oscuridad y combatieron a pie. Al empezar a amanecer subieron a las cabalgaduras y derrotaron fácilmente a los naturales. Fue una batalla decisiva, pues al día siguiente llegaron al real siete caciques a pedir la paz, mientras que el ejército inca huía hacia los Quijos. Benalcázar dispuso entonces una serie de correrías hacia el norte, para localizar los últimos focos de resistencia y para tratar de averiguar dónde se había ocultado el tesoro de Atahualpa. Llegó a Quinche, donde sólo había mujeres y niños, pues los hombres se habían ido con Rumiñahui. Burlado e indignado, hizo una de las acciones más crueles de toda su vida, como fue mandar matar a los niños y a las mujeres en represalia. Pasó luego a Cayambe y Caranqui, donde saquearon un pequeño templo al sol.

Benalcázar seguía preguntando por el tesoro de Atahualpa.

Pensaba seguir hacia el norte, siguiendo las indicaciones de Espinosa, pero le detuvo un emisario enviado desde Riobamba por Diego de Almagro, pidiéndole reunirse con él en Quito para hacer frente a Diego de Alvarado, que había venido a conquistar el reino desde Guatemala. Volvió grupas y se dirigió al sur. En Quito se unió con la fuerza de Almagro, unos ciento cuarenta infantes y treinta jinetes, que venían desde Jauja (Perú). Juntos, se dirigieron al encuentro de Alvarado, que había partido efectivamente de Guatemala en enero de 1534 con cuatrocientos cincuenta hombres, doscientos setenta caballos, indios y negros. Desembarcó en Caraque (provincia de Puerto Viejo) y subió por el valle del Guayas hasta alcanzar la cordillera andina en una travesía durísima, que le costó ciento cincuenta hombres. Coronó los Andes por la cabecera del río Chimbo y fue a caer a la parte occidental de Ambato. Tras reorganizar su tropa en Quizapincha, continuó hacia el norte, pero sus hombres descubrieron huellas de caballos, lo que le produjo una gran desilusión, pues comprendió que se le habían anticipado otros castellanos. En Moche encontró una vanguardia del ejército conjunto de Benalcázar y Almagro, que iba a su encuentro. Alvarado pidió paso franco y Almagro respondió exigiéndole las cédulas reales que le autorizaban para andar por aquellos parajes, donde ellos, los peruleros, habían fundado ya la ciudad de Santiago de Quito en Riobamba, el 15 de agosto, temiendo la necesidad de argumentar derechos de ocupación.

Las conversaciones de los tres conquistadores se celebraron en una casucha próxima a Riombamba y fueron largas. Alvarado cedió finalmente, evitando una guerra entre españoles. Aceptó finalmente vender todo (barcos, esclavos, caballos, armas, etc.) por sólo 100.000 pesos y regresar a Guatemala. La escritura se firmó el 26 de agosto de 1534. El arreglo legalizó además la situación de Benalcázar, que quedó nombrado teniente de gobernador de Francisco Pizarro en Quito y con la misión de pacificarlo y poblarlo.

Esto disipó las nubes de rebeldía sobre su persona por haber abandonado San Miguel sin permiso de su gobernador.

Alvarado regresó a Perú y Benalcázar continuó con la conquista de Quito que había interrumpido.

Mandó despoblar Santiago de Quito, que sólo le había servido para tener una posición de fuerza frente al invasor Alvarado, ordenó quemar vivo al cacique de Chambo y se dirigió hacia Píllaro, donde estaba el ejército inca de Rumiñahui. El general inca logró evadirle, así como también el general Zocozopagua.

Quizquiz fue asesinado por sus capitanes, desbandándose las tropas. En Muliambato, camino de Quito, supo que estaba escondido Rumiñahui y envió al capitán Luis de Daza para capturarle. Fue apresado junto a una laguna al sur de Píntag y asesinado, aunque se ignoran los pormenores. Finalmente el capitán Ampudia capturó a Zocozopagua, que fue quemado vivo en Quito. Fue el fin de la resistencia indígena.

Benalcázar regresó a Quito el 6 de diciembre de 1534 y procedió a formalizar el asentamiento capitalino.

Destruyó las casas de los indios, fijó su perímetro urbano, repartió los solares a los conquistadores y eligió su Cabildo. Para contar con un puerto de apoyo mandó fundarlo al capitán Pedro de Puelles y por la región donde había desembarcado Alvarado.

Éste bajó a la costa y encontró allí al capitán Francisco de Pacheco, a quien Almagro había enviado desde el Perú con el mismo propósito. En las proximidades de lo que luego sería Guayaquil se fundó Puerto Viejo o Villanueva, el 12 de marzo de 1535. Benalcázar recibió en Quito nuevos informes sobre los mitos de El Dorado (un indio que se bañaba en una laguna de oro) y el País de la Canela (un territorio donde se cultivaba de forma natural), y decidió buscarlos. Mandó en vanguardia hacia el norte a sus capitanes Pedro de Añasco y Juan de Ampudia y se dirigió al sur para reclutar hombres y pertrechos con destino a la gran expedición. En octubre estaba en San Miguel, desde donde pidió a su amigo Gaspar de Espinosa que recabara autorización real para ello. Espinosa escribió a la Reina el 6 de noviembre siguiente desde Panamá, pormenorizando los preparativos de Benalcázar para ir “en demanda de aquella tierra dorada y conquistar y descubrir todo lo más que pudiere por aquella parte”.

La Reina escribió a Benalcázar el 6 de abril aceptando sus servicios y señalando: “Vos mando y encargo lo continuéis, teniendo por cierto que de vuestros servicios el Emperador y yo tendremos memoria”. Benalcázar escribió también a Pizarro informándole del descubrimiento que proyectaba y consiguió su aprobación y ser nombrado su teniente de gobernador.

Salió a su conquista del norte hacia el 2 o 5 de enero de 1536 con una gran hueste; trescientos soldados y numerosos indios cargueros. Siguió las huellas de sus predecesores Añasco y Ampudia, que le guiaron a donde no quería ir. Buscaba el Dorado Chibcha, que estaba en el altiplano oriental del río Magdalena y fue a encajonarse en el valle del río Cauca. La culpa fue de sus predecesores, que en el nudo de Pasto, donde se reúnen los tres ramales de la cordillera andina, tomaron el valle del Cauca en vez del que iba al Magdalena.

Añasco y Ampudia llegaron así a Sibundoy y desde aquí pasaron al valle de Patía, entre las cordilleras occidental y central, encajonándose en el valle del Cauca. Los capitanes fueron jalonando este proceso con distintos reales. Uno en el valle de Pubén, otro en Cali y otro más en el río Jamundí, donde establecieron la Villa de Ampudia. Aquí fueron alcanzados por Benalcázar, que ordenó explorar ambas orillas del río Cauca y mandó fundar Santiago de Cali el 25 de julio de 1536 y luego Popayán, en el valle de Pubén, el 24 de diciembre del mismo año. Benalcázar decidió entonces regresar a Quito por refuerzos; doscientos soldados y cinco mil indios con los que volvió al norte en febrero de 1538. Reiteró el camino anterior, sin rectificar su error, y llegó a Popayán, donde apaciguó los ánimos alborotados. Luego quiso rectificar la ruta y tuvo que subir las laderas de la cordillera central hasta encontrar un paso por los páramos. Fue a dar así al pasillo intercordillerano entre los sistemas central y oriental. Encontró el nacimiento del Magdalena y lo siguió por su margen izquierda unas 40 u 80 leguas, donde decidió volver a cruzar el río y mandar regresar a sus capitanes para que fundaran Timaná (18 de diciembre de 1538). Finalmente, avanzó hasta los llanos de Neiva, donde sufrió la enorme desilusión de descubrir huellas de caballos. Eran las que habían dejado los soldados de la hueste de Jiménez de Quesada, que venían buscando el mito de El Dorado hacia las cabeceras del río Magdalena y habían emprendido la conquista del territorio Chibcha, al que bautizaron como el Nuevo Reino de Granada.

Poco después apareció otra hueste española mandada por Nicolás de Federmann, que venía buscando también el mito de El Dorado desde los llanos venezolanos.

Los tres venían de lugares muy lejanos (Santa Marta, Quito y Coro) y se enzarzaron en una polémica sobre sus jurisdicciones, pero tuvieron el acierto de resolver sus problemas sin recurrir a las armas. En realidad, los tres jefes habían desobedecido a sus respectivos gobernadores Fernández de Lugo, Pizarro y Spira. Acordaron dejar allí los soldados que lo desearan, y en categoría de conquistadores, y viajar a la Península para alegar sus derechos. El botín obtenido al conquistar a los Chibchas ayudó a limar asperezas; 15.000 a 20.000 pesos para cada uno de los jefes venezolano y quiteño, quienes, además, obtuvieron buenas sumas por vender sus armas y enseres.

Los tres conquistadores emprendieron su viaje por el río Magdalena y siguieron luego desde Cartagena a España, donde obtuvieron menos de lo que pensaban.

Jiménez de Quesada no pudo sacar más que el título de mariscal, pues la gobernación del Nuevo Reino de Granada fue confiada a Alonso Luis de Lugo; Federmann no obtuvo ni eso, pues la gobernación de Venezuela siguió en manos de Spira. Emprendió una serie de pleitos contra los Welzer, que le llevaron incluso a la cárcel. Benalcázar sacó la parte del león, pues el 10 de marzo de 1540 fue nombrado mariscal, capitán general y gobernador de Popayán, una provincia encajada entre la del Río San Juan (al noroeste, en la costa pacífica colombiana), la de Cartagena (al norte) y Quito (al sur). Posteriormente pidió un puerto para su gobernación, ya que toda la costa estaba ocupada por otras, y se le otorgó, pero sin especificar el lugar.

Una merced adicional para Benalcázar fue legitimar a sus hijos Francisco, Sebastián y Catalina.

Benalcázar salió hacia su gobernación desde Sanlúcar de Barrameda el 26 de julio de 1540 con siete navíos y una gran hueste. Reforzó su tropa en Santo Domingo y llegó a Nombre de Dios a finales de 1540, donde supo que Pascual de Andagoya había sido nombrado gobernador del Río San Juan y había partido hacia ella. Presentó una reclamación ante la Audiencia de Panamá, pero no se le hizo caso, por lo que continuó su viaje hasta Buenaventura, Allí supo que Andagoya estaba en Cali, a donde se encaminó para hablar con él. La entrevista le resultó favorable porque el Cabildo caleño se puso de su parte. Fue reconocido como gobernador de Popayán (1541) y Andagoya fue enviado preso a Popayán.

Apareció entonces en escena el visitador Vaca de Castro, que pidió ayuda a Benalcázar para ir a Perú, donde se había asesinado a Francisco Pizarro y se había rebelado Almagro el Mozo. Benalcázar se apresuró a decirle a Vaca que estaba de parte del Rey, pero pidió permiso para entrevistarse con el rebelde, ya que era su ahijado. No se le concedió y tuvo que acompañar al visitador desde Popayán hasta Quito, bajo sospecha de ser otro rebelde encubierto. Logró finalmente que se le eximiera de la obligación en honor a sus años (tenía sólo cincuenta y uno), y volvió a Popayán, donde el 20 de septiembre de 1542 escribió al Rey manifestándole su deseo de emprender la jornada del País de la Canela y de El Dorado. No llegó a salir en su busca, pues estando a punto de concluir dicha carta llegó un mensajero de Gonzalo Pizarro informándole del descalabro de la expedición a la canela y de la jornada emprendida por Orellana con los bergantines que debían ir a la mar del norte. Desilusionado, decidió ocuparse de su gobernación, donde surgían problemas por todos sitios; su subordinado Robledo había huido a España después de conquistar por su cuenta Antioquia, y el gobernador Pedro de Heredia de Cartagena incursionaba por su territorio buscando oro. Benalcázar fundó la ciudad de Arma, hizo una campaña contra los paeces (1542) y regresó a Cali el 15 de julio de 1543.

En septiembre de 1544 arribó a Cartagena el visitador Miguel Díaz de Armendáriz encargado de implantar las Leyes Nuevas, en los territorios neogranadinos.

El Cabildo de Popayán y otros suplicaron al Monarca su suspensión y pidieron a Benalcázar que no se inmiscuyera en el asunto, pero el gobernador ordenó sobreseerlas temporalmente. Pese a todo surgieron algunas acusaciones contra su gobierno, que quedaron opacadas ante las noticias de la rebelión de Gonzalo Pizarro. El virrey Núñez Vela penetró en Perú dispuesto a imponer las leyes, pero tuvo que retroceder hasta Quito, desde donde pidió ayuda a Benalcázar, que acababa de recibir unas cartas del rebelde Pizarro instándole a matar al virrey, para bien de todo el Reino. Benalcázar volvió a ser leal a su Rey, pese a estar más cerca de los rebeldes y se unió a las tropas del virrey en Pasto. Siguieron juntos hasta Quito. Gonzalo Pizarro desalojó la capital y se situó en un llano cercano, el de Añaquito, con sus setecientos soldados. Núñez se metió en la trampa con sus trescientos hombres. El 18 de enero de 1545 se dio la famosa batalla, que fue un desastre para los realistas.

Benalcázar, que mandaba el ala izquierda, fue herido por un disparo de arcabuz. Cayó al suelo y empezó a desangrarse. Núñez murió como consecuencia de un hachazo en el morrión. Otros cien soldados leales a la Corona quedaron muertos en el campo. El cuerpo herido de Benalcázar fue reconocido en el campo de batalla y llevado a una posada por los soldados Gómez de Alvarado y Diego de Mora, que le pidieron a Gonzalo Pizarro que le perdonase la vida, lo que hizo.

No sólo le perdonó, sino que le autorizó a volver a su gobernación. Benalcázar estuvo herido dos meses en Quito y regresó a Popayán, aunque bajo sospecha de complicidad con los rebeldes. Una vez en su gobernación, tuvo que hacer frente al problema de Robledo, que había llegado de España con el título de mariscal.

Díaz de Armendáriz había nombrado ilegalmente teniente de gobernador de Popayán para enfrentarlo contra él. Robledo presentó sus credenciales en Arma, Cartago y Anserma, pero sus Cabildos le dijeron que resolviese primero sus problemas con Benalcázar. Este último decidió acabar de una vez con el problema.

Tomó sesenta hombres y se dirigió a la Loma del Pozo, donde se había fortificado Robledo. Le atacó por sorpresa el 3 de octubre de 1546 y le apresó. Al registrar sus papeles se encontraron cartas comprometedoras al visitador, que sirvieron a Benalcázar para ordenar que se le diera garrote vil.

En 1546 desembarcó en Nombre de Dios el Pacificador Pedro de la Gasca, a quien el Rey había ordenado acabar con la gran rebelión de Gonzalo Pizarro.

El comisionado sugirió a Díaz de Armendáriz que se olvidase por el momento del juicio de residencia que debían de hacer a Benalcázar, pues le necesitaba, y le pidió a éste que combatiese a su lado. Benalcázar no lo pensó dos veces y a finales de 1547 partió con una fuerza de trescientos soldados para reunirse con el Pacificador en Quito. En enero de 1548 se unió al ejército realista en Huamanga (Perú), que estaba integrado por cuatrocientos jinetes, quinientos piqueros y setecientos arcabuceros y con capitanes de la talla de Diego Centenero, Pedro de Valdivia y Lorenzo de Aldana. Avistaron al enemigo en el llano de Jaquijahuana, a 20 kilómetros de Cuzco. Eran novecientos hombres armados con seis cañones. El encuentro se produjo el 9 de abril de 1548. Benalcázar tenía cincuenta y ocho años y mandaba el escuadrón de Caballería de ciento cincuenta hombres que debía enfrentarse con la temible Caballería pizarrista. Tras la descarga de artillería vinieron las deserciones y una victoria fácil, como consecuencia de la cual fueron ajusticiados Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal, Guevara y Juan de Acosta. Benalcázar se demoró mucho en regresar a Popayán, donde le esperaba el juicio de residencia que urgía Armendáriz y que Lagasca fue atrasando cuanto pudo. No llegó a Popayán hasta el 13 de julio de 1549, es decir, quince meses después de Jaquijahuana. Poco después escribió al Rey un memorial resaltando sus muchos servicios y su estado económico precario en vísperas de ser residenciado: “Estoy muy viejo y cansado. Indios yo no los tengo, por haberlo mandado V.M. El salario que se me da, no me puede sustentar, por ser los precios de los mantenimientos y cosas necesarias en esta tierra excesivos”.

Pidió ser gratificado con el doceavo de Pasto, Madrigal, Arma, Cartago, Antioquia y Caramanta: la cancelación de la deuda de los 5.000 pesos que había tomado de la caja de Quito, licencia para llevar mil negros libres de derechos y la población de Otavalo para uno de sus hijos.

La cédula para el juicio de residencia se firmó el 9 de octubre de 1549. Debía realizarla el licenciado Francisco Briceño, que acababa de ser nombrado oidor de la Audiencia de Santafé. El juez desembarcó en Cartagena en enero de 1550 y no llegó a Popayán hasta el mes de abril. Asumió provisionalmente los poderes de Benalcázar y procedió al juicio. Hubo treinta y cinco capítulos, con los cargos más variados; desde haber dicho palabras de desacato a Su Majestad, hasta haber decapitado injustamente a Robledo, pasando por usar fondos de las cajas reales, etc. Se le condenó a pena de muerte. Apeló al Consejo y Briceño se lo concedió, pues no deseaba ajusticiarle en una ciudad que había fundado.

Benalcázar partió de Popayán a Cali a principios de 1551, acompañado de su amigo Hernando Andigno y su secretario y fiel criado Francisco Lozano.

Pasó por Buenaventura, Panamá y Nombre de Dios, donde tomó un navío para Cartagena. Era abril avanzado y el barco se movió mucho. El 23 se sintió mal y dio poderes a sus albaceas Andigno y el capitán Díaz Hidalgo para que testaran en su nombre. Se repuso luego y desembarcó por su pie en Cartagena. Fue a casa de su amigo Juan de Escalante. El 28 del mismo mes manifestó deseos de hacer otro testamento, pues no se fiaba de los leguleyos y temió que invalidaran el anterior, hecho en la nao. El 28 de abril de 1551 se presentó el escribano Andrés de Ribas, que tomó puntual cuenta de todo.

Dejó su gobierno al yerno Alonso Díez de Fuenmayor, casado con su hija María. En defecto suyo pasaría a su hijo Sebastián, nacido en Panamá. Ordenó pagar 1.400 pesos al escribano Pedro de Olivares, por el pleito de su residencia. Pidió finalmente albaceas para que se cobrara sus deudas pendientes, y ordenó que sus bienes se repartieran en partes iguales entre sus hijos. Posiblemente, ni sabía cuántos, ni quiénes eran. Se conocen seis: Sebastián y Francisco, nacidos en Panamá; y Lázaro, Catalina, María y Magdalena, nacidos en Nicaragua. El testamento acaba así: “No lo firmó porque no sabía escribir, y no lo señaló de una señal acostumbrada porque no pudo”. Debió morir poco después, quizá el mismo 28 de abril de 1551, y fue enterrado en la Catedral, por deferencia del gobernador Pedro de Heredia, su antiguo enemigo, en espera de que sus herederos dispusieran un entierro definitivo en Popayán o en cualquier lugar más apropiado.

Nadie, que se sepa, ha reclamado sus restos con dicho fin, por lo que han continuado en Cartagena.

Tras el fallecimiento de Benalcázar se presentó en la casa de Escalante Alonso de Montalbán, para inventariar los bienes que dejaba el difunto. Lo único valioso de los mismos fueron cinco tejuelos de oro de minas que pesaron 23 pesos; unos 4 kilos de oro, con los que sin duda pensaba vivir el conquistador el resto de sus días, si el Rey le perdonaba la vida. El resto era alguna ropa vieja (tres camisas blancas, un capote colorado, tres chamarras, unas calzas negras y un sombrero pardo), dos sábanas y un colchón de lana, cucharas, una espada y algunos barriles con alimentos (pasas, almendras, fideos, bizcochos, membrillo, etc.). El 3 de mayo se hizo almoneda de los bienes, que compraron diversas personas. El escribano Pedro de Olivares pujó hasta 6 pesos y 7 reales por una “ropeta de terciopelo”; un vecino llamado Alonso Esteban pagó siete reales por la gorra y el sombrero. Otro llamado Juan de Villoria dio 74 pesos y 6 tomines por los dos platos, las dos escudillas, un jarro y una caldereta, todos de plata. Nadie pujó por la espada, que salió a remate en 2 pesos y que ofreció pagar el fiel criado Francisco Lozano. Fue todo lo que valía la espada del conquistador de Quito y Popayán.

Benalcázar fue un hombre típico del pueblo español de su tiempo. Castellanos lo definió como “hombre mediano, pero bien compuesto, y algunas veces de severo gesto”. Ningún cronista ha señalado características físicas peculiares, aunque sí morales, como la de ser buen compañero de sus hombres (Fernández de Oviedo, Gaspar de Espinosa). Fue leal a la Corona, y lo demostró tres veces, siguiendo las órdenes reales incluso cuando iban contra sus intereses personales (caso de Almagro el Mozo y Gonzalo Pizarro), pero no mantuvo esta lealtad con sus jefes, ya que conquistó Quito y Popayán alzado contra Francisco Pizarro.

Tampoco comprendió que su subordinado Jorge Robledo intentara alzarse contra él cuando conquistó Antioquia, mandándole ajusticiar por ello. Fue un analfabeto, como lo eran la mayoría de sus hombres, y tuvo que auxiliarse de secretarios para que escribieran sus cartas. Cieza atribuyó a esto parte de sus errores, pues se hizo mal aconsejar. Desde luego carecía de cualidades para ser gobernador de una colonia a mediados del siglo XVI, pues fue siempre un conquistador.

Incluso rehuyó los períodos de gobierno, pues no sabía qué hacer. Fue un hombre muy burdo y no tuvo trato con letrados, ni con hombres educados. Su bajo origen campesino le llevó incluso a rehuir el trato de mujeres españolas, posiblemente por no saber galantearlas.

Prefería a las indias como compañeras, que nada le pedían, y en ellas tuvo sus seis hijos, los dos de Nicaragua, los cuatro de Panamá y posiblemente otros muchos en Quito y Popayán. De aquí que ni siquiera se conozcan tales mujeres. Vistió siempre modestamente, como lo demostró en su testamento.

Tampoco le gustaba el juego y, cuando regresó del Perú a Popayán, vino escandalizado de ver lo mucho que se jugaba allí. Fue, en definitiva, un pueblerino que llegó a ser gran conquistador por estar en el momento indicado en los escenarios cruciales. Naturalmente, sabía sacar partido a la superioridad española en armas y caballos, que le dieron las grandes victorias militares contra los indios. En cuanto a su ambición, parece sobrada, pero también con un sentido moderado.

Varias veces fue rico e invirtió todo lo que tenía en nuevas empresas conquistadoras (en la de Nicaragua, en la de Perú, en la de Quito, en la de Popayán), demostrando que no le horrorizaba la pobreza.

Fue valiente, indudablemente, pues nunca esquivó el combate. Fue además un penitente ensoñador que creyó siempre en los mitos americanos: El Dorado, el País de la Canela, etc. Fue cruel con los indios. Hizo matanzas de indios en Quito; mandó asesinar niños indígenas en Quinche y quemó vivo al cacique Zocozopagua.

Fue un conquistador, en definitiva.

 

Bibl.: G. Delgado Gallego, “Notas para la biografía de don Sebastián de Benalcázar”, en Boletín de la Academia de Ciencias de Córdoba, vol. VI (1930); J. A. Garcés, Colección de documentos inéditos relativos al Adelantado Capitán don Sebastián de Benalcázar, Quito, Talleres Tipográficos Municipales, 1936; J. Jijón y Caamaño, Sebastián de Benalcázar, Quito, Imprenta del Clero, 1936-1949, 3 vols.; E. Otero d’Acosta, “Sobre La fundación de Popayán”, en Boletín de Historia y Antigüedades (Bogotá), XXIV (octubre de 1937); A. Brun, Belalcázar, Pasto, Imprenta del Departamenta de Narinõ, 1939; M. A. Arroyo, “Méritos del Adelantado Belalcázar y su hijo el capitán Don Francisco”, en Boletín de la Academia de Historia del Valle del Cauca (Cali), XXI, 102 (julio de 1955); J. de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias, Bogotá, ABC, 1955; VV. AA., Documentos inéditos para la Historia de Colombia, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1955- 1960, 10 vols.; G. Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1959-1960, 10 vols.; F. Terán, “Andanzas del fundador de Quito en tierras de Nicaragua”, en Boletín del Archivo Histórico Nacional (Quito), 103 (1964); F. U. Zuloaga, Belalcázar Administrador, 1541-1543. Primeros libros de la gobernación de Popayán, Bogotá, Fondo Editorial Suramérica, Talleres Litográficos de Editorial, 1971; I. Garcilaso de la Vega, Historia general del Perú, Barcelona, Ramón Sopena, 1972; D. Ramos Pérez, Benalcázar y la primera Piura, Piura, Universidad, 1972; B. de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1977; F. P. Simón, Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, Bogotá, Biblioteca Banco Popular 1981; Carrión, “Los hijos de Benalcázar”, en Cultura Hispánica (Quito), 14 (1984); P. Cieza de León, Obras completas, Madrid, Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1984; D. Garcés Giraldo, Sebastián de Benalcázar, Cali, Impresora Feriva, 1986; M. Lucena Salmoral, Sebastián de Belalcázar, Madrid, Quórum, 1987; L. A. Ortiz Bilbao, “El Adelantado, Gobernador y Capitán don Sebastián de Benalcázar. Caracas, Tercer Congreso Venezolano de la Historia”, en Boletín de la Academia Nacional de Historia, 71, 151/152 (enero-diciembre de 1988), págs. 19-42.

 

Manuel Lucena Salmoral

 

 

 

Relación con otros personajes del DBE