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Pedro IV de Aragón

Biografía

Pedro IV de Aragón. El Ceremonioso, el del puñalet. Balaguer (Lérida), 5.IX.1319 – Barcelona, 5.I.1387. Rey de Aragón (1336-1387), rey de Valencia (Pedro II), conde de Barcelona (Pedro III).

Hijo segundo de los condes de Urgell, el infante Alfonso (después Alfonso IV el Benigno) y Teresa de Entenza; ésta heredó por vía femenina el importante condado de Urgell y el vizcondado de Áger. Nada hacía prever que aquel niño sietemesino y enfermizo, nacido el 5 de septiembre de 1319, pudiese algún día ser Rey. Pero la renuncia de su tío, Jaime, primogénito de Jaime II, el 22 de diciembre de aquel mismo año, convirtió a su padre, el conde de Urgell, en heredero al Trono. Después, la muerte, al cabo de un año de nacer, de su hermano primogénito, el infante Alfonso, convirtió a Pedro en el heredero de la Corona, y como tal jurado como sucesor de su padre.

La muerte de su madre en 1327 y el nuevo casamiento de su padre dos años después con Leonor de Castilla, la infanta castellana que había rechazado su hermano diez años antes, cambiaron totalmente la vida del heredero al Trono. En pocos años Leonor consiguió un importantísimo y estratégico patrimonio para sus dos hijos habidos con el Rey, logrando que el mayor, el infante Fernando, fuese nombrado marqués de Tortosa, convirtiéndose en el señor más importante de todos los reinos. Esta política de su madrastra y la debilidad de carácter demostrada por su padre hicieron que Pedro tuviera odio hacia Leonor de Castilla; especialmente cuando fracasó el intento de suprimirle junto con su hermano el conde de Urgell. Los dos infantes se hubieron de refugiar en Zaragoza, en donde fueron protegidos por diversos nobles aragoneses, entre los que destacan el arzobispo Pedro López de Luna y Jiménez de Urrea, creciendo y siendo educado entre aragoneses, mientras su madrastra estaba generalmente en Valencia o Barcelona.

Pero, temerosos de las intrigas de la Reina, el grupo de fieles de los dos infantes, entre los que destacaba Ot (Odón) de Montcada, su padrino, y Vidal de Vilanova, comendador de Montalbán, los llevaron al alto Aragón en las montañas de Jaca, en espera de que menguara la enemistad de la Reina. Esta enemistad, que en ocasiones llegó a ser odio, produjo en el joven heredero de la Corona una hostilidad a todo lo que venía de Castilla. Por eso, tomando como excusa los tratos iniciados para contraer matrimonio con la hija del rey de Navarra, Felipe III Evreux, quiso mostrarse beligerante en la guerra que este monarca sostenía con Castilla, enviando quinientos hombres a caballo, mandados por Miguel de Gurrea, en ayuda de los navarros contra los invasores castellanos, pero fueron fácilmente derrotados y hechos prisioneros. Era el preludio de las largas guerras que tendría después, siendo ya rey, con Castilla.

Esta humillación influyó en su intento de detener a la Reina, que regresaba a Castilla con sus dos hijos, cuando su padre ya estaba muy enfermo. Definitivamente había ganado la partida a su madrastra, que huía por miedo a su vengativo hijastro. La muerte de Alfonso IV el Benigno, abandonado por su esposa, en Barcelona en enero de 1336, dejó a los distintos reinos en una difícil situación, ya que tres poderosos partidos se disputaban el poder: por un lado el de los fieles al príncipe heredero Pedro, por otro el de los fieles a la reina viuda Leonor de Castilla, de momento huida a su tierra natal, y un tercero en discordia era el liderado por dos hermanos del rey difunto, los infantes Ramón Berenguer y Pedro. Para el nuevo rey Pedro IV el Ceremonioso, que acababa de cumplir los diecisiete años, se iniciaba un duro período, que su instinto político y de supervivencia acabaría por resolver.

La coronación celebrada en Zaragoza el domingo de Pascua de Pentecostés de 1336 fue un acto solemne y esplendoroso, donde ya el joven rey demostró su amor por las ceremonias y los símbolos, como muestra de poder.

En 1338, Pedro el Ceremonioso llevó a cabo el proyecto matrimonial que preparaba desde hacía dos años. La escogida fue María de Navarra, hija del rey de Navarra y emparentada con el rey de Francia. María le dio cuatro hijos a su esposo, de los cuales únicamente sobrevivieron dos hijas: Constanza y Juana.

La muerte al poco de nacer de una tercera hija, en 1345, indujo al Monarca a pretender cambiar el secular sistema de transmisión de la Corona a favor de su hija Constanza, al figurarse que ya no podría tener hijos varones. En su Crónica, Pedro el Ceremonioso justifica la decisión que le enfrentó a la nobleza aragonesa y valenciana, pero muy especialmente con su hermano Jaime de Urgell. Para Zurita, esta decisión real se debió a las diferencias familiares con este último, aunque de hecho los conflictos de interés nobiliario arrastrados desde el siglo precedente también habían alcanzado a la primera familia noble de la Corona de Aragón.

En abril de 1347, la Reina tuvo en Valencia un hijo varón, Pedro, que murió a las pocas horas de nacer.

La consternación fue grande en la Corte, y llegó al máximo cuando cinco días después murió la reina María de Navarra a consecuencia del parto.

La complicada situación política no permitió que el Rey permaneciera mucho tiempo viudo, y nada más ser sepultada la Reina, se iniciaron las negociaciones para encontrar una segunda esposa; la elegida fue Leonor, hija del rey Alfonso IV de Portugal, de diecinueve años.

Las bodas se celebraron en Barcelona en noviembre de 1347, en pleno enfrentamiento con los movimientos unionistas, y después de haberse visto obligado el Rey, pocos meses antes en Zaragoza, a ceder a todas las pretensiones de los nobles aragoneses, habiendo quedado prácticamente prisioneros de ellos, obligándole a revocar el nombramiento de heredera a favor de su hija Constanza. Gracias a la habilidad negociadora del vizconde Bernardo II de Cabrera, que había podido permanecer cerca del Soberano, se pudo romper el frente nobiliario y obtener algunas adhesiones para el Rey, que pudo huir de Aragón e instalarse en Barcelona.

En esta inestable situación, el Monarca, con su nueva esposa, sufrió amargas humillaciones en la primavera de 1348 en Valencia, quedando un tiempo a merced del pueblo, tal como cuenta en su propia Crónica. El estallido de la “peste negra” en Valencia y la propagación por los restantes territorios de la Corona ayudaron a solucionar los graves problemas internos.

Pocos meses después, el 21 de julio de 1348, el Rey venció al Ejército de la Unión en Épila, batalla que supuso el fin del fenómeno unionista y en la que resultaron muertos algunos de los principales del Reino. La victoria de Épila fue seguida de una dura represión en todo el Reino de Aragón, así como en el de Valencia, donde el alzamiento había tomado un importante carácter social. El Soberano victorioso entraba en Zaragoza el 7 de agosto, castigando a rebeldes y restituyendo lugares a sus antiguos señores.

Ante el pueblo zaragozano rasgó con un puñal el Privilegio de la Unión, por lo que fue llamado Pedro “el del Puñalet”. Poco después, camino de Jérica, la reina Leonor de Portugal, ya enferma, murió víctima de la peste, antes de llevar un año de casada y sin haber tenido descendencia. Su entierro no tuvo solemnes ceremonias; las únicas preocupaciones del Rey eran alejarse de las áreas infectadas por la peste y liquidar los restos de la rebelión nobiliaria valenciana, cosa que sucedió el 10 de diciembre del mismo año con la victoria de Mislata sobre los unionistas valencianos.

El Rey revocó todos los privilegios concedidos a la Unión y castigó a los culpables de la rebelión, especialmente en Valencia, en donde la represión fue muy dura. En su misma Crónica, cuenta el Monarca que hizo fundir la campana que llamaba a consejo, e hizo beber el metal a los jefes más destacados.

En agosto de 1349, Pedro el Ceremonioso se casó por tercera vez, ahora con su prima segunda, Leonor de Sicilia, en Valencia. Hija de Pedro II de Sicilia y Leonor de Carintia, fue una mujer decidida, llamada por sus súbditos catalanes la “reina grossa” en comparación con sus dos predecesoras. Leonor de Sicilia fue una mujer de pasiones, vehemente, capaz de odios eternos y sangrientas venganzas, que coincidía plenamente en estos planteamientos con su esposo, al que substituyó brillantemente en numerosos actos oficiales, llegando a presidir Cortes y a tener su propia cancillería.

Leonor dio al Rey tres hijos varones, dos de los cuales estuvieron destinados a ceñir la Corona de Aragón, y una hija, Leonor, que sería reina de Castilla como esposa de Juan I, y madre de futuros reyes de Castilla y Aragón. A los dieciséis meses de su matrimonio, el 27 de diciembre de 1350, nacía en el palacio de los reyes de Mallorca en Perpiñán, el primer hijo varón que sobreviviría al rey Pedro, el infante Juan. Un mes después su padre le creaba, como título y señorío, el ducado de Gerona, que desde entonces irá siempre adscrito al primogénito y heredero de la Corona de Aragón.

Pedro el Ceremonioso, con la creación del ducado de Gerona, rompió toda la base jurídica de las antiguas entidades nobiliarias catalanas. Hasta entonces el fundamento de los antiguos títulos nobiliarios del principado se basó en la división en condados y vizcondados de la Alta Edad Media. A partir de ahora, ya no fue la Monarquía carolingia la justificación emisora, sino el propio Rey que, actuando como Soberano de todo el conjunto, creó nuevas entidades con finalidad de dotar a miembros de la Familia Real o de reconocer personajes muy allegados.

Esta actuación iniciada por Pedro el Ceremonioso comportó la aceptación del Monarca como verdadero señor superior de Cataluña, incluso planteó con ella una cierta paradoja formal: es el rey de Aragón y conde de Barcelona, pero cuando actuaba como señor de toda Cataluña podía otorgar cualquier tipo de títulos superiores, por encima de la misma categoría condal, como eran los títulos de duque o marqués.

La reina Leonor de Sicilia murió en 1375, después de haber traído a este mundo la tan ansiada por su esposo descendencia masculina, a la vez que introdujo los refinamientos de la Corte palermitana.

Pedro el Ceremonioso heredó de su padre la guerra de Génova, que él cerró momentáneamente el mismo año en que empezó a reinar. En 1338, ante la noticia de que en el norte de África se preparaba un gran Ejército para pasar a la Península en socorro del sultanato de Granada, ayudó a Castilla ante el peligro común. Por el pacto de Madrid de 1339, una flota catalana fue enviada al estrecho bajo el mando de Jofre Gilabert de Cruïlles, quien, al morir en Algeciras, fue substituido por Pedro de Montcada. Esta flota patrulló el estrecho de 1342 a 1344 y supuso una importante ayuda para Alfonso XI de Castilla en la campaña de Algeciras. A pesar de la tregua de diez años solicitada por los granadinos, durante el sitio de Gibraltar en 1349, Pedro el Ceremonioso colaboró con el envío de algunas naves, hasta que desistió de dicho asedio el rey castellano-leonés.

Mientras esto sucedía en el Sur, Pedro el Ceremonioso fue acumulando agravios y pruebas contra su vasallo y cuñado, el rey Jaime III de Mallorca, con la intención de desposeerlo de dicho Reino. Tales agravios fueron: la incomparecencia del rey de Mallorca en la Corte de Barcelona de 1341, haber acuñado moneda barcelonesa en Perpiñán, la circulación por el Rosellón de moneda francesa. La presentación en 1343 de Jaime III en Barcelona ante su cuñado todavía complicó más las cosas, al acusar al rey Pedro de haber intentado secuestrarle. Jaime III, de regreso a Mallorca, sin su mujer y sus hijos, retenidos por el Ceremonioso, rompió el vasallaje. El mismo año, el rey de Mallorca fue declarado culpable en un proceso y desposeído de sus bienes y estados. En cumplimiento de dicha sentencia Mallorca fue invadida y las tropas de Jaime III derrotadas en Santa Ponsa, teniendo que huir al Rosellón. El archipiélago balear fue sometido rápidamente, mientras que dos campañas, separadas por una tregua, en 1343 y 1344, permitieron a Pedro el Ceremonioso dominar el Rosellón, la Cerdaña y el Conflent, a la vez que Jaime III se rendía en el mes de julio de 1344, poniendo como únicas condiciones que se le respetara la vida, la libertad y el señorío de Montpellier. A pesar de todo, Jaime III no perdió la esperanza de recuperar su Reino privativo por la intercesión del rey de Francia y del Papa, pero todo fue inútil. Sus intentos desesperados en incursiones con partidarios suyos, en 1344 la Cerdaña y, en 1347 en el Conflent, fueron un fracaso; su último intento en 1349 al desembarcar en Mallorca, fue un desastre al ser derrotado y muerto en la batalla de Llucmajor, mientras su hijo Jaime era hecho prisionero. Pedro el Ceremonioso incorporaba a su Corona el Reino de Mallorca-Rosellón sin gran resistencia popular y prometiendo que nunca más se separaría de la Corona.

Mientras, se había producido en Cerdeña la revuelta dirigida por los Doria, señores de Alghero, que atacaron Sassari y derrotaron en Turdo a las tropas catalanas en 1346. Mariano IV, juez de Arborea, favoreció la rebelión bajo mano, mientras que Génova lo hizo abiertamente. Lo que provocó que Pedro el Ceremonioso entrase en 1351 en la guerra que desde 1350 tenían Venecia y Génova, a favor de la primera. La Serenissima República de Venecia defendía frente a Génova sus posiciones en el Imperio Bizantino, mientras que la Corona de Aragón defendía las suyas frente a Génova en el Mediterráneo Occidental, y cuyo epicentro era el control de la isla de Cerdeña. Una flota catalano-véneta se enfrentó a la genovesa en 1352 en el Bósforo, con resultado desastroso para ambos bandos.

En las campañas posteriores, la flota de la Corona de Aragón se limitó a actuar en torno a Cerdeña; en 1353, mandada por Bernardo II de Cabrera, venció a los genoveses en una batalla naval frente a Alghero, ciudad que los Doria acababan de ceder a Génova. Las repercusiones favorables de dicha victoria fueron anuladas por la nueva rebelión del juez de Arborea, Mariano IV, aliado ahora abiertamente con Génova, y que hasta entonces había mantenido una posición incierta o más disimulada. En 1354, una nueva flota catalana, a cuyo frente estaba el propio Rey, se apoderó definitivamente de Alghero, que fue repoblada por catalanes, pasándose a denominar Alguer, mientras que por tierra la lucha continuó contra los rebeldes. En 1355, la reconciliación del juez Mariano de Arborea con Pedro el Ceremonioso, permitió a éste reunir un parlamento en la isla para establecer un sistema de gobierno estable. Precisamente, cuando los genoveses derrotaban frente a las costas de la península de Morea a los venecianos, se firmaba el final de dicha guerra entre ambas repúblicas marineras.

La guerra entre Génova y la Corona de Aragón continuó, aunque sólo con ataques de corso, ya que el inicio de la guerra con Castilla en 1356, obligó a Pedro el Ceremonioso a concentrar todos sus esfuerzos en este nuevo conflicto. El final de la guerra con Génova se dejó en manos de un arbitraje del duque de Montferrato, el cual lo dio en 1362, pero que no fue aceptado por el rey Pedro, ya que se estipulaba la devolución de la ciudad de Alguer a los genoveses, por lo que la guerra continuó con continuos ataques corsarios por ambas partes, hasta una paz acordada en 1378, pero que fue continuamente rota hasta su renovación en 1386.

Si el conflicto casi permanente con Génova fue causado por su intervencionismo en Cerdeña, el enfrentamiento de las facciones existentes en dicha isla marcó una dinámica interna muy peculiar en su inestable equilibrio interior. Mientras, una nueva insurrección de los Doria en 1358, seguida por otra de Mariano de Arborea en 1364, a quien el papa Urbano V quería infeudar la isla en 1360, en caso de que Pedro el Ceremonioso no pagase el tributo debido a la Santa Sede por el feudo de Cerdeña, puso en serio peligro el dominio catalán en la isla. El Rey Ceremonioso tuvo que pagar el tributo al Pontífice para evitar un nuevo peligro, mientras tanto las naves enviadas para dominar la revuelta, mandadas en 1358 por Gilabert de Centelles y en 1368 por Pedro de Luna no tuvieron mucho éxito, a la vez que los partidarios de Mariano de Arborea se apoderaban de toda la isla, menos de Cagliari y de Alguer. También fracasó el intento de enviar al condottiero inglés Walter Benedict con sus tropas en 1371. La compleja y cambiante situación de Cerdeña mejoró algo para la Corona de Aragón cuando se firmó la paz con Génova en 1378, aunque no se pudieron aprovechar las favorables ocasiones proporcionadas por el asesinato del sucesor de Mariano de Arborea, Hugo III de Arborea, por sus propios súbditos en 1383, y por las luchas civiles que siguieron entre los partidarios de Leonor de Arborea y los republicanos. También fracasaron los contactos entre Pedro el Ceremonioso y Brancaleone Doria, esposo de Leonor, por desconfianza del Rey, que le retuvo como rehén. Finalmente, se llegó a un acuerdo con Leonor de Arborea, que entró en vigor en 1388, para poner fin a la tan interminable revuelta.

La causa principal del desmesurado alargamiento del conflicto sardo fue su coincidencia, en parte, con la llamada Guerra de los Dos Pedros, entre Pedro el Ceremonioso y Pedro el Cruel de Castilla (1356-1369). Las principales áreas de enfrentamiento fueron las tierras aragonesas y valencianas. Castilla quiso recuperar la zona de Orihuela, que había pasado a la Corona de Aragón durante el reinado de Jaime II, mientras que Pedro el Ceremonioso, aprovechando el conflicto familiar entre Pedro el Cruel y su hermanastro Enrique de Trastámara, reivindicaba territorios en el Reino de Murcia. La ayuda prestada a éste y el incumplimiento de las compensaciones territoriales que el Trastámara había prometido al Ceremonioso, en caso de ocupar el Trono de Castilla, hicieron que las hostilidades se prolongasen ahora entre el nuevo rey Enrique II y Pedro IV, que se aferró a la ciudad de Molina como último recurso para obtener compensaciones del monarca castellano. Por los Tratados de Almazán de 1374 y de Lérida de 1375, se llegó a un acuerdo definitivo con Castilla. Pedro el Ceremonioso cedió Molina, además de Murcia, que ni tan sólo se mencionaba, a cambio de una indemnización de 180.000 florines y de la integridad territorial de los Reinos de Aragón y Valencia. También se acordó que la infanta Leonor de Aragón se casase con el infante Juan, hijo de Enrique II.

Estas guerras supusieron un grave quebranto para la economía de la Corona de Aragón, por la destrucción de cosechas y de poblaciones, a la vez que obligó al Ceremonioso a enormes dispendios para fortificar muchas de sus ciudades ante el temor de la invasión de Ejércitos castellanos. Si a ello se añaden los gastos en las campañas sardas y contra Génova, los daños comerciales ocasionados por éstas, la serie de calamidades naturales —como la mala cosecha de 1346, la devastadora epidemia de la peste negra a partir de 1348, las mortalidades en 1351, 1362-1363, 1371 y 1381, una plaga de langosta en 1358, sequías y el gran terremoto de 1373—, así como la inflación constante durante la segunda mitad del siglo XIV, se entiende que la Monarquía se encuentre completamente empobrecida, por lo que el Rey insistió en la insuficiencia de las fuentes tradicionales de ingresos, que le obligó a pedir varias ayudas extraordinarias entre 1359 y 1365, a la vez que tendió a crear un verdadero sistema fiscal.

Las relaciones entre el Rey y los estamentos reunidos en las Cortes fueron muy a menudo tensas, ya que las Cortes aspiraban a compartir el gobierno, imponiendo incluso la obligación de una periodicidad en las convocatorias, que nunca se respetó. En las Cortes celebradas en Cervera en 1359 se creó la Diputación del General de Cataluña o Generalitat, como un organismo permanente de las Cortes encargado inicialmente de establecer un constante control de las sumas cedidas al Soberano, y que pronto evolucionó hacia una institución representativa de los estamentos del Principado de Cataluña. Este ejemplo fue pronto seguido por los reinos de Aragón y Valencia, en donde aparecieron la Diputación General de Aragón y la Generalidad de Valencia.

Frente al grave conflicto religioso que supuso el Cisma de Occidente en 1378, Pedro el Ceremonioso, que ya tenía bastantes problemas, optó por una indiferencia o neutralidad. También hubo de ocuparse de la situación de Sicilia a la muerte de Federico III, ya que se le presentó la ocasión de reincorporar el reino, como había hecho con el de Mallorca, o hacer valer sus derechos a dicho Trono, como heredero por línea masculina de Federico II de Sicilia. La situación económica y los conflictos mantenidos impidieron la materialización del envío de una escuadra, optándose por el matrimonio de la nieta del Ceremonioso, la reina María de Sicilia, con el hijo del infante Martín (después rey Martín el Humano), Martín el Joven.

En 1379, aceptó la soberanía de los ducados de Atenas y Neopatria, que hasta entonces estaban vinculados al Reino de Sicilia si bien pudo hacer muy poco por socorrerlos, excepción hecha del envío de una pequeña flota al mando de vizconde de Rocabertí.

Los últimos años del reinado de Pedro IV se vieron enturbiados por sus relaciones con Sibila de Fortiá, dama recién enviudada, que a finales de 1375, el mismo año en que murió la reina Leonor de Sicilia, se convirtió en su amante y un año después le dio una hija, Isabel. La nueva situación personal del Rey parece que no disgustó a sus hijos, hasta que cambiaron radicalmente de actitud cuando Sibila consiguió casarse con el Rey en 1377, en el momento que esperaba un segundo hijo. Los favores dispensados por la nueva Reina a sus familiares, así como su falta de categoría social y de lustre cultural le granjeó la enemistad de sus hijastros, especialmente del heredero de la Corona, el infante Juan, duque de Gerona. Este cuarto matrimonio fruto de una pasión de madurez, ya que el Rey tenía cincuenta y seis años, dividió a la Corte entre un grupo aristocratizante en torno al heredero Juan y su esposa Violante de Bar, y otro más popular en torno a Sibila de Fortiá. Cuando en 1386 el Monarca estaba ya gravemente enfermo, Sibila, temerosa de la venganza del futuro Rey, huyó y se encerró en el castillo de San Martín de Sarroca. Asediada, tuvo que rendirse, siendo acusada de lesa majestad por abandonar al Rey enfermo, así como también de robos en Palacio. Estas luchas familiares coincidieron con la llamada guerra del Ampurdán contra el conde Juan I de Ampurias, que se inició en 1384 y acabó ya en el reinado de Juan I en 1388.

Pedro el Ceremonioso llevó una política interna que favoreció a la pequeña nobleza contra los grandes barones, sobre todo después de su casamiento con Sibila de Fortiá, y protegió a los estamentos menestrales de las ciudades, especialmente a los de las grandes como Barcelona y Valencia, que querían tener acceso al gobierno municipal, y que el Rey facilitó mediante una reforma en el sistema electivo de los cargos.

A pesar de todas las crisis, Pedro el Ceremonioso impulsó una gran obra constructora; muestra de ella son las murallas de Valencia, Morella, Montblanc, la construcción de las Atarazanas de Barcelona y de su nuevo recinto amurallado, etc. Su gusto por las ceremonias y la pompa le hicieron construir los sepulcros reales de Poblet, a imitación de los de Francia en Saint Denis, a la vez que organizó con todo detalle el funcionamiento de su Corte, de la Cancillería y del Tribunal Real, por medio de sus famosas Ordinacions.

Protector de las artes y de las letras, se le atribuye la redacción de un Tratado de caballería. Su preocupación por la enseñanza superior le llevó a la fundación del Estudio General de Perpiñán en 1349, una vez que Montpellier ya no estaba dentro de la Corona de Aragón, por haber vendido dicha ciudad al rey de Francia Felipe VI, el último rey soberano de Mallorca, Jaime III. También fundó el Estudio General de Huesca en 1354, con los mismos privilegios que gozaban los de Tolosa, Montpellier y Lérida. Con estas fundaciones, el rey Ceremonioso rompió con el monopolio educativo de nivel superior que tenía la ciudad de Lérida, desde que Jaime II fundó en 1300 su Estudio General. Hizo redactar su famosa Crónica en catalán, a imitación de la de Jaime I y también para justificar sus acciones. Escrita en forma autobiográfica, comprende su vida, excepto sus últimos años, y la de su padre.

Pedro IV el Ceremonioso fue un Rey al que le tocó vivir en tiempos muy azarosos. Se mostró siempre como hombre calculador, cruel y falto de escrúpulos, que llevó dignamente la majestad real y que se empeñó en recuperar los Reinos privativos que formaban la Corona de Aragón, como fueron los casos de Mallorca y Sicilia. Su reinado de cincuenta y un años, solamente superado por el de Jaime I, no es solamente uno de los más largos de la historia de la Corona de Aragón, sino también uno de los más conflictivos y a la vez apasionantes.

 

Bibl.: R. Tasis i Marca, La vida del rei Pere III, Barcelona, Dalmau, 1961; Pere el Cerimoniós i els seu fills, Barcelona, Dalmau, 1962; F. Soldevila, Història de Catalunya, Barcelona, Alpha, 1963; A. Canellas, “El reino de Aragón en el siglo XIV”, en Anuario de Estudios Medievales, Barcelona, VII (1970-1971), págs. 119-152; F. Soldevila (ed.), “Crónica de Pere el Ceremoniós”, en Les quatre grans cròniques, Barcelona, Selecta, 1971; E. Sarasa, Sociedad y conflictos sociales en Aragón. Siglos XIII-XV, Madrid, Siglo XXI de España, 1981; F. C. Casula, Profilo storico della Sardegna catalano-aragonese, Cagliari, Edizione della Torre, 1982; T. Bisson, Història de la Corona d’Aragó a l’Edad mitjana, Barcelona, Crítica, 1988; C. Batlle, “L’expanió Baixmedieval, segles XIII-XV”, en Història de Catalunya, vol. III, Barcelona, Salvat, 1988; G. Meloni, Mediterraneo e Sardegna nel Basso Medioevo, Cagliari, Consiglio Regionale della Sardegna, 1988; VV. AA., “Pere el Cerimoniós i la seva època”, en Anuario de Estudios Medievales, Annex 24 (1989), págs. 209-243; M.ª B. Urban, Cagliari aragonese, Topografia e insediamento, Cagliari, CNR, Istituto sui Rapporti italo-iberici, 2000; S. Claramunt, “La política matrimonial de la casa condal de Barcelona y real de Aragón desde 1213 hasta Fernando el Católico”, en Acta Historica et Archaeologica Mediaevalia, 23-24 (2003), págs. 196-235.

 

Salvador Claramunt Rodríguez