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Ahmad b. Yusuf b. Hud al-Musta'in

Biografía

Aḥmad b. Yūsuf b. Hūd, Sayf Ad-Dawla, Al-Musta‛īn. ?, s. XI – Zaragoza, 1110. Cuarto soberano de la dinastía taifa hūdí de Zaragoza.

Aḥmad b. Yūsuf b. Hūd fue el cuarto soberano de la dinastía hūdí que gobernó la taifa de Zaragoza tras los tuŷībíes. Ejerció el poder durante los veinticinco años que transcurren entre 1085 y 1110, un período de gran relevancia por la importancia de los sucesos que tuvieron lugar, en los que la taifa de Zaragoza desempeñó un protagonismo especial, al ser una de las más importantes de al-Andalus. Por otra parte, la taifa de Zaragoza, por su propia posición geográfica, se hallaba más expuesta a las presiones de los reinos cristianos, tanto de los propios aragoneses como de los castellano-leoneses, ya que, desde comienzos del siglo X, León había manifestado claras tendencias expansivas hacia el Este.

Aḥmad sucedió a su padre, que gobernó bajo el título de al-Mu’tamin durante un período breve de tiempo, entre 1081-85. Ello hizo que accediese al poder siendo muy joven, lo que explica la longevidad de su gobierno, tomando el apodo de al-Musta‛īn, el mismo que había llevado el primer soberano de la dinastía. Fue el último gran soberano de la dinastía hūdí y el último, también, que gobernó sobre Zaragoza, la capital de sus dominios, que a partir de su muerte caerían en manos de los almorávides y, pocos años después, en 1118, en las de los cristianos. Su actuación estuvo determinada por un contexto dominado por la actuación castellana, en el lado cristiano, y la llegada de los almorávides, en el musulmán, así como por las difíciles relaciones con la vecina taifa de Valencia. La situación interna era también difícil, debido a que su tío al-Mundir mantenía el control de la parte oriental de los dominios hūdíes, incluyendo Lérida, Tortosa y Denia, que actuaban de forma independiente.

El comienzo de su gobierno fue bastante significativo respecto a las circunstancias a las que hubo de enfrentarse. El mismo año de su acceso al trono, Alfonso VI había logrado ganar Toledo y su objetivo inmediato sería Valencia, ciudad que había prometido al destronado soberano toledano al-Qādir a cambio de rendirle su reino. Pero, al mismo tiempo, Valencia había sido, desde la época de al-Muqtadir, el objetivo de los soberanos hūdíes, logrando en 1076 la sumisión de Abū Bakr al-Manṣūr b. Abī ‛Āmir. Años más tarde, en 477/1084-1085, los lazos entre ambas taifas se estrecharon con el matrimonio de al-Musta‛īn con la hija del régulo valenciano. A su muerte fue sucedido por su hijo ‛Utmān pero entonces se formaron dos bandos, uno partidario de al-Musta‛īn y otro del toledano al-Qādir. Tras la conquista de Toledo, Alfonso VI ayudó al toledano a hacerse con el dominio de Valencia, ya que el soberano amirí había muerto poco antes, con un contingente encabezado por Álvar Fáñez. A su vez, Alfonso VI se dirigió contra Zaragoza, comenzando el inicio de un asedio que debió comenzar a principios de 1086. Pese a que al-Musta‛īn le ofreció renovar el pago de las parias que sus antecesores habían pagado en época de Fernando I y Sancho II, el rey castellano no cesó en su empeño hasta que la llegada del emir almorávide Ibn Tāšufīn lo acabó obligando a levantar el asedio de la capital aragonesa en agosto de 1086.

Tras este episodio, al-Musta‛īn intentó apoderarse de Valencia, pero sin éxito. La ciudad había sido sitiada por su tío al-Mundir, de manera que al-Qādir solicitó el auxilio de Alfonso VI y de al-Musta‛īn a comienzos de 1087. De esta forma, el soberano aragonés y el Cid se dirigieron hacia la capital valenciana, pero pronto al-Qādir maniobró y se puso al servicio del castellano, con lo que las ambiciones de al-Musta‛īn quedaron frustradas.

A la presión castellana sobre los dominios de al-Musta‛īn se añadió pronto la aragonesa, protagonizada por Pedro I, primero durante el gobierno de su padre, Sancho Ramírez, logrando la importante conquista de Barbastro, rendida mediante capitulación, pese a la ayuda enviada por el soberano de Zaragoza. A continuación concentró su objetivo en Huesca, en cuyo cerco encontró la muerte el rey Sancho Ramírez el 4 de julio de dicho año. Dos años más tarde, el 12 de mayo de 1096, Pedro I lograba hacerse con el dominio de la ciudad con la ayuda de contingentes franceses, pese a que destacamentos castellanos acudieron en socorro de los musulmanes. Ello representó un fuerte revés para al-Musta‛īn, ya que sus dominios quedaban considerablemente mermados y, además, su capital mucho más expuesta a la amenaza expansiva del reino aragonés. De hecho, el propio Alfonso VI se dirigió de nuevo a Zaragoza en 1097 con la probable intención de ayudar a al-Musta‛īn a recuperar Huesca, pero la nueva llegada del emir almorávide a la Península lo obligó a desistir de sus planes. En su lugar, el propio Pedro I llevó a cabo la primera tentativa aragonesa por apoderarse de Zaragoza, llegando incluso el Papa Pascual II a proclamar la cruzada, a la que acudieron numerosos contingentes francos que comenzaron a congregarse a partir del año 1101. No obstante, la ciudad aún tardaría varios años en pasar a manos cristianas.

En este punto, al-MustaĪ‛n se encontraba cercado por tres flancos. A las parias que debía pagar a león se añadía la presión aragonesa. Además, a la amenaza cristiana tenía que añadir a partir de estas mismas fechas la de los almorávides, quienes habían logrado ya para entonces el dominio de la mayor parte de los dominios musulmanes de al-Andalus. Dicha amenaza se hizo acuciante a partir del momento en que, muerto el Cid (1099), lograron apoderarse de Valencia (1102), lo que suponía que Zaragoza sería su siguiente e inmediato objetivo. Como señala el cronista Ibn al-Kardabūs, los almorávides dominaban entonces toda la península de al-Andalus, menos Zaragoza, donde al-Musta‛īn contaba con la protección de los cristianos gracias al pago de las parias. Esa situación, unida al hecho de que el soberano hūdí fue uno de los que no acudieron a la convocatoria almorávide previa a la victoria de Sagrajas, lo colocaban en una incómoda posición respecto a los nuevos soberanos de al-Andalus.

Sin duda, al-Musta‛īn era perfectamente consciente de su delicada situación y, por ello, al ser proclamado ‛Alī como sucesor oficial del emir Yūsuf b. Tāšfīn en el verano de 1102, no dudó en enviarle a su propio hijo como representante a Marrakech para mostrarle su sumisión y solicitarle su colaboración para poder mantener el dominio musulmán en Zaragoza frente al empuje de los cristianos. Esta iniciativa y la favorable respuesta del emir almorávide sirvieron para desactivar la actuación del nuevo gobernador de Valencia, ‛Abd Allāh b. Fāṭima, quien ya se había puesto en marcha para dirigirse contra Zaragoza. El regreso del hijo de al-Musta‛īn en septiembre con la carta redactada por el propio emir hizo que el gobernador regresara a Valencia. De nuevo al año siguiente, Ibn Tāšfīn repitió la proclamación oficial, esta vez en Córdoba, lo que permitió a al-Musta‛īn estrechar los lazos con el emir almorávide, volviendo a enviarle a su hijo como emisario, cargado de regalos. Este buen entendimiento inicial con el soberano almorávide se manifestó en el envío de ayuda en 1103 para detener las incursiones de Alfonso VI, que seguía hostigando los dominios de al-Musta‛īn.

En 1110 se produjo la muerte de al-Musta‛īn, que acaeció precisamente luchando frente a los aragoneses. Las conquistas en 1105 de Ejea y Tauste, cercanas a Zaragoza, habían aumentado el riesgo de amenaza directa sobre Zaragoza y, por ello, el soberano hūdí había cambiado su residencia a la fortaleza de Rueda, situada a pocos kilómetros de distancia al sureste de la capital aragonesa, considerándola más segura que la propia Zaragoza. Según el citado Ibn al-Kardabūs, esta fortaleza había sido dispuesta por el propio al-Musta‛īn, excavando en ella un pasadizo subterráneo que llegaba hasta el río Jalón, a través del cual podían enviarse suministros y pertrechos. Allí, dice el cronista, permaneció durante años, ‘inabordable para los politeistas’.

Al-Musta‛īn se había desplazado desde Rueda hasta Zaragoza para que se renovara el juramento de fidelidad a su hijo y sucesor, que había adoptado el sobrenombre de ‛Imād al-Dawla. A continuación se dispuso a emprender una incursión sobre la zona noroeste de la taifa y, al regreso de la misma, los cristianos le salieron al paso siendo muerto en el lugar que Ibn al-Kardabūs designa como Cámara, en el término de Valtierra, unos 17 kilómetros al Norte de Tudela, el 24 de enero de dicho año. No obstante, pese a su muerte, Zaragoza aún siguió en manos musulmanas hasta 1118 y, además, la dinastía hūdí tuvo continuidad en la figura de su hijo y sucesor, ‛Imād al-dawla, si bien la desaparición de al-Musta‛īn frente a los cristianos reforzó las tendencias pro-almorávides dentro de la taifa aragonesa.

 

Bibl.: A. Huici Miranda, “Los Banu Hud de Zaragoza, Alfonso I el Batallador y los almorávides”, Estudios de la Edad Media de la Corona de Aragón, VII (1962), págs. 7-38; A. Turk, “El reino de Zaragoza en el siglo XI”, en Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, XVIII (1974-75), págs. 29-71; A. Ubieto, “¿Un ataque aragonés a Zaragoza en 1089?”, en Estudios de la Edad Media de la Corona de Aragón (1975), págs. 679-688; D. Wasserstein, The Rise and Fall of the Party Kings. Politics and Society in Islamic Spain, 1002-1086, Princeton, University, 1985; M.ª J. Viguera, Aragón musulmán, Zaragoza, Librería General, 1981, págs. 166-175; F. Maíllo Salgado, Ibn al-Kardabūs. Historia de al-Andalus, Madrid, Akal, 1986; A. Turk, “Relación histórica entre el Cid y la dinastía Hūdí”, Simposio sobre el Cid en el Valle del Jalón, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1991, págs. 23-31; M.ª J. Viguera, Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes, Madrid, mapfre, 1992; M.ª J. Viguera (coord.), Los reinos de taifas. Al-Andalus en el siglo XI, Madrid, Espasa Calpe, 1994; F. Clément, Pouvoir et légitimité en Espagne musulmane à l’époque des taifas (Ve-XIe siècle). L’imam fictif, París, L'Harmattan, 1997; J. M.ª Mínguez, Alfonso VI. Poder expansión y reorganización interior, Hondarribia (Guipúzcoa), Nerea, 2000.

 

Alejandro García Sanjuán