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José Martínez Ruiz

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Biografía

Martínez Ruiz, José. Azorín. Monóvar (Alicante), 8.VI.1873 – Madrid, 2.III.1967. Escritor.

De familia acomodada —su padre era abogado y ocupó importantes cargos políticos—, la influencia del carácter de su madre —conocida terrateniente de Petrel— es decisiva en su infancia. El orden, la pulcritud, la meticulosidad, la capacidad de observación de su madre y el detallismo en los menesteres domésticos cotidianos incidieron en Azorín decisivamente y todas estas cualidades maternas quedaron reflejadas en el hijo, que enseguida destacó entre sus muchos hermanos —fueron nueve—, como un niño solitario, retraído, ensimismado, melancólico, amigo del campo y lector asiduo de la vieja biblioteca familiar.

Los primeros años de la vida de Azorín transcurrieron, en régimen de severo internado, en el colegio de escolapios de Yecla (Murcia), donde estudió bachillerato y apuntó ya su vocación literaria irrefrenable.

Él mismo cuenta —en Las confesiones de un pequeño filósofo, 1904— que siendo muy pequeño estrenó en un corral de su casa campesina una obrita de teatro, que fue representada por compañeros de la escuela.

Desde entonces, el espíritu de Azorín osciló, como una balanza sentimental, entre su ciudad nativa —tan ligada a la presencia de su madre— y su ciudad adoptiva, donde pasaba los largos inviernos estudiando.

Ambas ciudades moldearon su psicología y, si Levante le dio la claridad y la limpieza, Castilla puso en su alma el peso de la gravedad y de la meditación, la idea honda, mística de la brevedad de la vida y ese sentido superior que emana de las cosas, una ternura especial por lo pequeño, lo pobre, lo olvidado, lo resignado y sufriente: el raro amor por las existencias mínimas, opacas, monótonas. Desde sus primeros pasos, en tres ciudades levantinas: Monóvar, Yecla y Petrel, fraguó su sensibilidad; el ambiente respirado en ellas hubo de marcarlo para siempre. Sus propensiones artísticas hundieron sus raíces primigenias en el pueblo donde nació; en el que estudió —cuna de su padre— y en el que, en ocasiones, residía —cuna de su madre—. Monóvar nunca fue olvidada (allí quería reposar cuando muriera); Yecla era un estigma; Petrel siempre era rememorado.

Esta densidad atmosférica impulsó sus preferencias, sus lecturas, su inclinación a lo infinito. El medio que le conformó originó sus tendencias creadoras en el ámbito de su sensibilidad y de su instinto. Fue el escritor de lo concreto y del misterio: atisbaba en las cosas un sentido trascendente sobre la realidad.

En 1888, recién cumplidos los quince años, inició sus estudios de Derecho en la Universidad de Valencia, que continuó en Madrid, sin terminarlos. Su padre le obligó imperativamente a ser abogado. Hay una carta desde Granada —30 de mayo de 1892—, adonde trasladó su expediente académico en busca de mejor fortuna para las asignaturas, en la que le decía: “Es cuestión de dignidad personal el que yo vaya a ésa con cinco asignaturas aprobadas, que demuestren que he trabajado; y así lo pienso hacer aunque me cueste el sacrificio, que lo es para mí, de echar a un lado mis aficiones literarias”.

El 4 de febrero de 1893 pronunció una conferencia en el Ateneo Literario de Valencia, “La crítica literaria en España”, primer trabajo de Azorín en la edición de sus Obras completas. En años consecutivos, escribió Moratín, Buscapiés, Anarquistas literarios, Notas sociales y Literatura. Son sus famosísimos folletos iniciales, firmados con seudónimos, Cándido, Ahrrimán, inencontrables y de raro valor bibliográfico.

Hasta aquí, Azorín era un joven escritor de provincia, muy vinculado a su hogar, en el que pasaba los meses de descanso estival, preferentemente en la finca familiar de El Collado de Salinas. En esta casa solariega, el joven Azorín —a la manera de su maestro Montaigne— se construyó en el piso superior, desde el cual divisaba la vega y los sembrados, con un telón de finas montañas al fondo, su cuarto de estudio, repleto de libros y revistas, donde afanosamente consumió su primera juventud, lejos del jolgorio y del amor, junto a los viejos tratados de los místicos —Arbiol, Nuremberg, santa Teresa, san Juan de la Cruz, fray Juan de los Ángeles—.

El ascetismo de su vida, la austeridad, la renunciación, la soledad, la apetencia de silencio le vienen de estos días lentos, en el campo, donde a solas con su fuerte individualismo leía sin cansancio y abrió su adolescencia a los estadios superiores de la cultura.

Este sentido campesino impregnó su obra literaria, en la cual siempre hay un momento de evocación —de evocación tibia pero dolorida— de los momentos más dichosos de su niñez y como una apertura dulce y sensitiva a la naturaleza —las nubes, los árboles, las montañas, el agua que cae mansamente de una fuente, el concierto de las aves, el paisaje tantas veces contemplado desde una ventana—. “La fragancia del vaso”, que define en su libro Castilla, de 1912.

Azorín llegó a Madrid el día 25 de noviembre de 1896 y pasó del bienestar y la seguridad de su hogar a la vida incierta, llena de obstáculos y privaciones de la Corte, en la hora de la conquista de las redacciones de los periódicos. Comenzó a colaborar en El País, El Progreso, Revista Nueva, Arte Joven, Alma Española, y entabló poco a poco amistad con los que, corriendo el tiempo, formarían la llamada Generación del 98: Pío Baroja, Benavente, Maeztu, los hermanos Machado, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez... Jóvenes como él, que más o menos inconscientemente se lanzaban a la creación de una nueva estética literaria, opuesta a los cánones posrománticos aún vigentes: todos querían una España mejor, más abierta a las inquietudes europeas y propugnaban un arte más científico, observador y realista; contra la hipocresía y la hipérbole ensayaban la sinceridad y la precisión.

El mismo año de su llegada, Azorín dio a la imprenta un folleto tremendo que levantó un gran revuelo en las tertulias madrileñas: Charivari, crítica discordante, en la que fustigaba los vicios de la bohemia, los autores consagrados y la falta de cultura de los periodistas.

Siguieron a este tomito, otros donde comenzó a hacer literatura de creación, pequeños cuentos, como los titulados Bohemia (1897) y Soledades (1898).

1900 —el nuevo siglo— representó para el escritor un marcado punto de inflexión en su estética: se desdibujaron sus preocupaciones e ideas anarquizantes y se entregó a la reconstrucción histórica y literaria de España, en las que aparecen ya esbozos de trascendencia y de misticismo, bajo un estilo más depurado, conciso y sugerente. El alma castellana (1900) anunciaba en embrión al futuro Azorín de las letras españolas, seudónimo que oscurecería para siempre su nombre a partir de sus colaboraciones fijas en el diario España.

En 1902 publicó su primera novela importante, La voluntad, cuyas incidencias continuaron en la publicada un año después, Antonio Azorín, como personaje literario, trasunto autobiográfico de su autor y que supuso la ruptura con la novela tradicional. En estas dos primeras novelas convergen autobiografismo, introspección, reportaje, crítica y ráfagas de aliento poético en las que diseña el paso del tiempo, la resurrección del pasado y la pintura del paisaje y de la naturaleza.

Tres hechos importantes dieron a Azorín en el año 1905 la tan ansiada consagración y celebridad. Sus colaboraciones en El Imparcial, que dirigía Ortega Munilla, donde publicó por capítulos La Ruta de Don Quijote, y en ABC, donde aparecieron las Crónicas del Viaje Regio y la aceptación y difusión de su bellísimo libro Los Pueblos, ensayos sobre la vida provinciana.

Éste fue el momento crucial en la vida y en la literatura de Azorín, en el que evolucionó desde un sentido revolucionario y disconforme, de teórico anarquista de las ideas, a un claro conservadurismo histórico, manteniendo siempre la lucha entre el ideal ético y estético, a lo largo de sus obras, y propugnando siempre la moral, la justicia, la bondad contra la ignominia, la pobreza y el desamor. En un artículo aparecido en el diario ABC, el 8 de abril de 1910, titulado “Proceso psicológico”, explica suficientemente el cambio operado en su espíritu. A partir de esta fecha, España se convierte en el epicentro de su creación artística y todas sus páginas exhalan idealidad inefable, amor al pasado con proyección al futuro, afán de progreso moral y de elevación de la cultura nacional; una sed inagotable de justicia, de compresión y de amor.

Corresponde a este período de su vida la intensa actividad política de Azorín. Varias veces fue diputado a Cortes: lo fue por Purchena (Almería), Puenteareas (Pontevedra) y por Sorbas (Almería). El cargo de subsecretario de Instrucción Pública lo ostentó, primeramente, con los ministros Felipe Rodés y Luis Silvela, y, más tarde, con César Silió. Contrajo matrimonio sin descendencia con Julia Guinda de Urzanqui, dama de la sociedad aragonesa, en Madrid, en la iglesia de San José, el 30 de abril de 1908. Su viaje de novios lo realizó a Burdeos, en busca de las huellas de Montaigne.

También de estas fechas arranca la leyenda de un Azorín ataviado con extraños adminículos. Parte de sus páginas de Las confesiones y de Los pueblos —y aún antes, de sus primeras novelas autobiográficas—, en las que imagina ser “un pequeño filósofo”: “Lector: Yo soy un pequeño filósofo; yo tengo una cajita de plata llena de fino y oloroso tabaco, un sombrero de copa y un paraguas de seda roja con recia armadura”.

La fama de Azorín queda desde entonces unida para siempre al monóculo, la melena, la cajita de plata y el paraguas rojo. Todos estos adminículos que atribuía a sus personajes fueron entendidos y considerados por los críticos como objetos realmente existentes, aunque él mismo, en aquel año de 1905, declarase: “Ya no puedo más. Ya no quiero ser el hombre célebre. Ya siento sobre mis hombros una pesadumbre superior a mis fuerzas. La semblanza del maestro Cavia y el retrato de Sancha han venido a perturbar mi sosegada existencia. Yo no tengo monóculo; yo no tengo melena; yo no tengo paraguas rojo; yo no tengo tabaquera de plata. Bellas desconocidas, discretas admiradoras mías: todo esto es una leyenda”.

La biografía de Azorín, en cuanto a hechos destacados que historiar, se contrae a menudos sucesos en los cuales su personalidad imprime silencio, desdén o ironía. Su vida es su obra, porque representa en la literatura española uno de los ejemplos más vivos y luminosos de ardiente vocación. Visión serena de España, pero también visión enamorada de España. “He dedicado toda mi vida a España. No he pintado en toda mi vida más que asuntos españoles. Y para pintar a España necesitaba conocer sus hombres, sus paisajes, sus ciudades, su literatura y su historia. No sé si habré llegado a conocer todo esto. Si digo que en amor a todo esto no me ha sobrepujado nadie”.

Así nacen sus bellos libros Los Pueblos, La Ruta de Don Quijote, España, Castilla, Un pueblecito, El paisaje de España visto por los españoles, Una hora de España, que fue su discurso de ingreso en la Real Academia Española, en sesión celebrada el 26 de octubre de 1924, La cabeza de Castilla, Sintiendo a España, Pensando en España, Valencia, Madrid.

Azorín incorpora a los clásicos a la línea de la más vibrante actualidad periodística. Les da nueva vida, les revitaliza en una construcción artística anti-arqueológica.

Son definitivos sus acercamientos a Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, santa Teresa, fray Luis de Granada, Antonio de Guevara. Para rememorarlos, se coloca en la situación vivida por ellos: dibuja el ambiente de época, penetra en su psicología, intuye sus deseos y frustraciones. Así, aparecen Los clásicos redivivos, Al margen de los clásicos, Clásicos cernidos, Los dos luises, Con Cervantes, Con permiso de los cervantistas y El oasis de los clásicos.

En casi todas las novelas y cuentos de Azorín no hay trama argumental, no hay propiamente acción. No hay peripecia, hazaña ni aventura. Nunca pasa nada heroico ni gigante. Todo es mínimo, apagado, silencioso, suave. Evoluciona desde un tipo de novela pormenorizada y exhaustiva, donde se anotan con precisión los detalles de la realidad y los matices del alma, a un tipo de novela elíptica y esencial, que menosprecia lo superfluo e insinúa más que dice. Sigue la línea de Racine, desarrollada por los hermanos Goncourt, y proclama: “Toda la invención consiste en hacer alguna cosa de nada. La verdadera aportación de los tiempos modernos al género novelesco es la novela donde no pasa nada”.

Desde Diario de un enfermo —novela de primera juventud— y La voluntad y Antonio Azorín, consideradas por la crítica como meritorias y representativas, a Don Juan, Doña Inés, María Fontán, Salvadora de Olbena y La isla sin aurora, puede seguirse el camino de Azorín novelista, analizando la década de 1926 a 1936, donde ensaya —dentro de las corrientes imperantes— otro tipo de novelar: Félix Vargas o El caballero inactual, Superrealismo y Pueblo, ésta subtitulada “novela de los que trabajan y sufren”, donde los mejores cuadros cubistas de la narración alcanzan un lenguaje sobresaliente de abreviatura.

Igualmente ha publicado Azorín muchísimos cuentos, bellísimos cuentos donde no existe casi la fabulación y todo se resuelve en un aroma de melancolía, tristeza o resignado acatamiento al destino. Los cuentos de Azorín se caracterizan por esta delicadeza, por su inmensa poesía, por la incorporación, en ocasiones, del elemento mágico, que les presta un candor e ingenuidad muy notables. Muchos de ellos se han recogido en el volumen: Cavilar y contar y Blanco en azul.

Azorín fue un renovador del teatro en España, sobre los años de 1925 a 1935, sin éxito de público ni de crítica. Ni la sociedad española estaba preparada para esos experimentos ni los asuntos planteados en escena eran multitudinarios. Como intento es plausible y meritorio; formas dramáticas posteriores del teatro extranjero traspasan el superior esfuerzo azoriniano.

Es una renovación que se centra en la primacía del diálogo —como fundamento del teatro— y en el menosprecio hacia sus aspectos escenográficos: “Nada de decorados; nada de mobiliario. Cuatro paredes desnudas, unas cortinas y basta. La palabra; la palabra lo es todo en el teatro”. Pero tampoco hay pasiones violentas ni acciones impetuosas. El mundo del subconsciente —casi recién descubierto por Freud—; la intimidad; nuestro dolor ante el paso perecedero de la vida, camino de la muerte, encarnan los frágiles personajes, inmóviles y contemplativos sobre el tablado, alucinados, perplejos, inexorables, en su lentitud, hacia la nada o el misterio. La búsqueda del infinito esperado con angustia.

Old Spain, Brandy, mucho brandy, Comedia del arte, Lo invisible —magnífica trilogía— y Cervantes o la casa encantada, son piezas minoritarias, para hombres de sensibilidad extrema. “He hecho teatro que creo que será representado cuando no se representen muchos teatros que ahora son muy aplaudidos.

Y ya va siendo juzgado, no ofuscadamente, sino con serenidad... Mi teatro se representará dentro de doscientos años”. Se adelantó, en su tiempo, a la renovación intentada después por Ibsen, Maeterlinck, Pirandello, Lenormand, Becque y Evreinoff. Hay en su dramaturgia grandes influencias de los místicos españoles.

Durante la Guerra Civil española se exilió voluntariamente a Francia, en compañía de su esposa. Se instaló en París. En esos años de zozobra y temor, escribió Pensando en España, Sintiendo a España y Españoles en París. Colaboraba asiduamente en La Nación, de Buenos Aires. A su regreso, en agosto de 1939, reinició su colaboración en ABC; publicó algunas novelas, El escritor y María Fontán. Se le tildó injustamente de nacionalista y adicto al régimen de la dictadura.

La dictadura, en principio, le prohibió publicar al considerarle oficialmente “un tránsfuga político”.

Se recluyó en el hogar de su domicilio en Madrid, y principió, en obras postreras, a contar su vida, a evocar su pasado literario y las figuras de escritores sobresalientes de aquella Generación del 98, de la cual fue el último superviviente. Valencia, 1941, y Madrid, 1941. Así, aparecen Memorias inmemoriables (1946), en cuyo prólogo advierte “que la realidad de estas Memorias ha desaparecido para mí”.

Casi todas sus obras, excepto algunas estructuradas unitariamente, están compuestas por recopilaciones de artículos de prensa, vehículo normal a que tuvieron acceso los escritores de su época. De ahí que sorprendan los tres títulos últimos de su actividad literaria, enteramente inéditos, según fueron anunciados en su aparición: Agenda, 1959, Posdata, 1959, y Ejercicios de castellano, 1960. Estos pequeños libros, junto a los por él llamados “Papeles de Azorín” —incorporados en Conversaciones con Azorín, de Jorge Campos (1964)—, suponen un retorno al paraíso perdido de su infancia y adolescencia, en su Monóvar natal, e inciden en confesiones y confidencias íntimas que intentan abrir, al final de sus días, su contradictoria personalidad de artista y las bases de una sensibilidad casi patológica.

Murió en Madrid, el 2 de marzo de 1967, a los noventa y cuatro años de edad. Sus restos mortales, con los de su esposa, fueron trasladados al panteón familiar de Monóvar (Alicante), en ceremonia solemne, el 8 de junio de 1990.

 

Obras de ~: La crítica literaria en España, Valencia, Imprenta de F. Vives Mora, 1893; Moratín, Valencia, Imprenta de F. Vives Mora, 1893; Buscapiés (sátiras y críticas), Madrid-Valencia, Librería de Fernando Fé-Imprenta de F. Vives Mora, 1894; Anarquistas Literarios: notas sobre la literatura española, Madrid- Valencia, Librería de Fernando Fé-Imprenta de F. Vives Mora, 1895; Charivari: crítica discordante, Madrid, Imprenta Plaza del Dos de Mayo, 1897; El alma castellana (1600-1800), Madrid, Ricardo Fé, Imprenta-Librería Internacional Fernández Villegas y Cía., 1900 [introd., notas y bibl. de S. Riopérz y Milá, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002 (incluye un capítulo inéd.)]; Diario de un enfermo, Madrid, Tipografía Ricardo Fé, 1901; La voluntad, Barcelona, Imprenta Heinrich y Cía. Editores, 1902; Antonio Azorín: pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor, Madrid, Viuda de Rodríguez Serra [1903]; Las Confesiones de un pequeño filósofo: Novela, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1904; La ruta de Don Quijote, Madrid, Leonardo Williams, 1905; Los pueblos (Ensayos sobre la vida provinciana), Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1905; España: Hombres y paisajes, Madrid, José Blass y Cía., 1909; Castilla, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1912 (semblanza biográfica y vocabulario de S. Riopérez y Milá, epílogo de P. Rocamora, Madrid, Imprenta de Talleres Aldus, 1963); Al margen de los clásicos, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 1915 (introd., notas y bibl. de S. Riopérez y Milá, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005); Un pueblecito: Riofrío de Ávila, Madrid, Fortanet, 1916; El paisaje de España visto por los españoles, Madrid, Ramona Velasco, 1917; Los dos Luises y otros ensayos, Madrid, Rafael Caro Raggio, 1921; Obras Completas, Madrid, Editorial Caro Raggio, 1919-1922, 24 vols.; Una hora de España (Entre 1560 y 1590) (discurso leído ante la Real Academia Española en la recepción pública del Ilmo. Sr. D. ~ el día 26 de octubre de 1924; contestación del Excmo. Sr. D. Gabriel Maura Gamazo, Conde de la Mortera), Madrid, Imprenta Rafael Caro Raggio, 1924; Old Spain: Comedia en tres actos y un prólogo, Madrid, Caro Raggio, 1926; Brandy, mucho brandy: Sainete sentimental, Madrid, Caro Raggio, 1927; Nuevas obras, Madrid, Espasa Calpe, 1928; Comedia del Arte en tres actos, Madrid, Prensa Moderna, 1928; Lo invisible (trilogía), Madrid, Prensa Gráfica, 1928; Veraneo sentimental, Zaragoza, Librería General, 1929 (col. Variorum. Obras pretéritas); Palabras al viento, Zaragoza, Librería General, 1929 (col. Variorum. Obras pretéritas); Tiempos y cosas, Zaragoza, Librería General, 1929 (col. Variorum. Obras pretéritas); Leyendo a los poetas, Zaragoza, Librería General, 1929 (col. Variorum. Obras pretéritas); Superrealismo: prenovela, Madrid, Biblioteca Nueva, 1929; Blanco en azul: cuentos, Madrid, Espasa Calpe, 1929; Pueblo (Novela de los que trabajan y sufren), Madrid, Espasa Calpe, 1930; Españoles en París, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1939; Pensando en España, Madrid, Biblioteca Nueva, 1940; Madrid, Madrid, Biblioteca Nueva, 1941; Sintiendo a España, Barcelona, Tartessos, 1942; Cavilar y contar, Barcelona, Editorial Destino, 1942; El escritor: novela, Madrid, Espasa Calpe, 1942; Obras Selectas, Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 1943; María Fontán (Novela rosa), Madrid, Espasa Calpe, 1944; La farándula, Zaragoza, Librería General, 1945 (col. Variorum. Obras pretéritas); Ante Baroja, Zaragoza, Librería General, 1946 (col. Variorum. Obras pretéritas); Memorias inmemoriales, Madrid, Biblioteca Nueva, 1946; Escena y Sala, Zaragoza, Librería General, 1947 (col. Variorum. Obras pretéritas); Con permiso de los cervantistas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1948; Los clásicos redivivos; Los clásicos futuros, Buenos Aires, Espasa Calpe Argentina, 1950; Obras Completas, introd., notas prelims. y ordenación de A. Cruz Rueda, Madrid, Editorial Aguilar, 1947-1954, 9 vols.; Con Cervantes, Madrid, Espasa Calpe, 1957; Agenda, Madrid, Biblioteca Nueva, 1959; Posdata, Madrid, Biblioteca Nueva, 1959; Ejercicios de castellano, Madrid, Biblioteca Nueva, 1960; Los recuadros (Edición homenaje a los noventa años de Azorín), ed. y pról. de S. Riopérez y Milá, Madrid, Biblioteca Nueva, 1963; Obras Escogidas, coord. por M. A. Lozano Marco, Madrid, Editorial Espasa, 1998, 3 vols.

 

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Santiago Riopérez y Milá