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Ordoño IV

Biografía

Ordoño IV. El Malo, el Jorobado, Al-jabit (inmoral, depravado). ?, 926 – 962. Rey de León.

El príncipe Ordoño nació del matrimonio de Alfonso IV, apodado el Monje, rey de León, y su esposa Ónega de Navarra. No se puede afirmar si tuvo más hermanos o hermanas, aunque sí asegurar que su filiación queda demostrada de forma taxativa, aunque algunos autores, en su momento, valoraran la posibilidad de una genealogía diferente. Estimaban que podría tratarse igualmente de un miembro de la estirpe regia, pero no de un vástago de Alfonso IV sino de uno de los hijos de Alfonso Froilaz, hijo a su vez de Fruela II de León, unos príncipes que fueron cegados después de la guerra civil que terminó con el predominio, en estos territorios cristianos, de los descendientes de Ordoño II y relegó a una posición secundaria a los de Fruela II. En cualquier caso, como se indica, su precisa genealogía le sitúa a partir de Alfonso IV fuera de toda duda.

A los ojos de la mayoría de los cronistas, su corto período de reinado pasó a ser definido como una simple usurpación, pues el carácter de legitimidad dinástica recaía no en su persona sino en Sancho I. Sin embargo, no hay que olvidar que los monarcas leoneses del siglo x a menudo consiguieron estabilizarse en el poder después de una guerra civil o un enfrentamiento familiar, por lo que su legalidad no era diferente, desde una perspectiva actual, a la que pudiera alegar Sancho o el mismo Ramiro II. Si el primero había conseguido el Trono apartando del mismo a su propio sobrino, Vermudo Ordóñez, hijo de Ordoño III, el segundo lo había obtenido por la renuncia momentánea de Alfonso IV, que, repuesto de una crisis personal debida a la pérdida de su esposa, reclamó a Ramiro que le fuera devuelvo el Trono en el 931 y, a consecuencia de ello, fue cegado y confinado en el Monasterio de Ruiforco de Torío (León). Por lo tanto, no es oportuno mantener asociado al nombre de este príncipe, Ordoño IV, el apelativo de antirrey o de usurpador, ya que sus derechos sucesorios no difieren de los de aquél que coetáneamente los ostentaba. La cuestión de su estirpe queda definitivamente cerrada, a favor de su lazo con Alfonso IV, a través de un diploma del 958, otorgado por Ordoño IV, en el que calificaba al conde Osorio Gutiérrez de “tio nostro”, un parentesco imposible de mantener si se opta por considerarlo vástago del príncipe Alfonso Froilaz. Debió de nacer hacia el año 926, después del matrimonio de sus padres, celebrado en el 925.

Las fuentes, tanto musulmanas como cristianas, ofrecen una crítica muy dura de este personaje: vil, perverso, odioso a Dios y los hombres. Unos epítetos que permiten claramente comprender el mote que los cordobeses le impusieron: Al-Jabit, un término que indica una depravación moral. A la muerte de su madre, Ónega Sánchez, su padre prefirió abdicar, una circunstancia que le apartó de la Corte y relegó sus derechos, especialmente cuando, después de intentar recuperar el Trono, Alfonso IV fue cegado y confinado al Monasterio de Ruiforco de Torío (León). A partir del año 935 su nombre comenzó a aparecer en los escatocolos documentales de aquellos diplomas vinculados a la estirpe regia y a la familia de san Rosendo, a la que se encontraba vinculada su abuela paterna la gallega Elvira Menéndez, unos hechos que permiten considerar que parte de su infancia y juventud transcurrió en Galicia.

A comienzos del 958 numerosos nobles, especialmente los gallegos, a los que se sumó el conde de Castilla y el obispo de León, consideraban que Sancho I debía ser expulsado del solio y reemplazado en el mismo por el joven Ordoño Alfonso. A comienzos de marzo, en la Catedral de Compostela, el príncipe hijo de Alfonso IV fue coronado, en presencia de sus principales apoyos, los ya referidos magnates adversos a la causa de Sancho. Se trataba de una rebelión en toda regla a la que pronto se sumaron los descontentos leoneses que, después de “una habilidosa conjuración del ejército”, según el cronista Sampiro, consiguieron que Sancho I abandonase la capital y buscara refugio en Navarra. Esta oposición al Monarca no suponía, sin embargo, una favorable acogida de la causa de Ordoño, pues la ciudad y el Castro del Rey (Puente Castro, León) se negaron a ofrecer su lealtad al nuevo Soberano. El asedio fue prolongado y durísimo y sólo la llegada del conde alavés Froila Vela, que llegó al frente de tropas musulmanas a comienzos del verano del 958, permitió un cierto respiro. Demasiado breve, pues en el mes de agosto la capital y el Castro del Rey, defendido este último por los cordobeses, cayeron en poder de Ordoño IV. Unos acontecimientos que aparecen recogidos en un diploma que relata aquellos sucesos que concluyeron con la entrada en León del nuevo Soberano, el 3 de agosto: “Ingressum regis in Legione domni Ordonii serenísimo principi prolis Adefonsi, et fuit ingressio regis in urbe regia postquam fugavit illos mauros qui venerant cum Froila Vigilan ad regiam pennam, videlicet IIIª feria post kalendas agusti”.

Los primeros actos de gobierno de Ordoño se centraron en premiar con donaciones a sus partidarios más significados, como su pariente, el conde Osorio Gutiérrez, el obispo de Compostela Sisnando y otros. En un diploma leonés que lleva por fecha el 11 de noviembre del 958 aparece el príncipe junto a su esposa, Urraca, hija del conde Fernando González, mujer repudiada por Ordoño III, y cuyo enlace sin duda fue parte del pago de la Corona a los favores prestados por el magnate castellano en la rebelión que le catapultó hasta el Trono. Pero mientras Ordoño trataba de agradecer a sus partidarios su apoyo, el desposeído Sancho I, ahora en Córdoba, negociaba con el Califa un acuerdo que le permitiera regresar a comienzos de marzo del 959. Su presencia en Zamora, al frente de un ejército, fue argumento suficiente para que Ordoño prefiriera abandonar León antes que plantar cara a su adversario y por eso buscó refugio seguro en Asturias junto a su esposa y sus dos hijos. Como “rey en Oviedo” aparece en algunos diplomas y en el célebre colofón de la Biblia visigótico-mozárabe del 960 de San Isidoro de León.

A comienzos del 961 se encontró forzado a huir de nuevo, solicitando la protección de su suegro, el castellano Fernando González. Pero éste cayó prisionero de los navarros viéndose obligado, para conseguir su liberación, a aceptar un pacto oneroso que, entre otras condiciones, incluía las siguientes: su boda con la infanta Urraca García de Navarra, la de su hija Urraca Fernández con el heredero de Pamplona y el inmediato destierro de Ordoño IV. Sin familia, sólo, abandonado, el Monarca fue entregado al general Gªlib, que, desde la Marca Media, ordenó la comitiva que acompañaría al Soberano leonés hasta Córdoba. El cronista Ibn ayyān relata este viaje y la posterior recepción del príncipe en Medina al-ZaÊara por el Califa. Parece que Al-akam no escatimó en aparato para impresionar al cristiano y sus compañeros, ni Ordoño a la hora de suplicar una ayuda para recuperar lo que consideraba su derecho: el Trono.

“Hemos escuchado tu discurso y comprendido tu pensamiento —expuso el Califa al conocer las promesas de sometimiento del cristiano—, te colmaremos de júbilo, consolidaremos las bases de tu poder real, te haremos reinar sobre todos los que quieran reconocerte por las bases de tu poder real, te haremos reinar sobre todos los que quieran reconocerte por soberano, enviaremos un tratado en el que fijaremos los límites de tu reino y del de tu primo. Además, impediremos a este último que te inquiete en el territorio que te tendrá que ceder”. Si las palabras que recoge Ibn ayyān respondían al pensamiento del Califa, entonces se debe entender que éste proyectaba la división de los leoneses a través de la confirmación de un nuevo monarca, esto es, la segregación de una parte del reino cuyo último fin no era otro sino debilitar las fuerzas de sus enemigos. Pero los cordobeses prolongaron el período de espera hasta el punto de que, cuando por fin se le presentó el tratado para que lo firmara, las draconianas condiciones que se le imponían fueron todas ellas asumidas por Ordoño, impaciente por regresar. Incluso la que contemplaba una paz permanente con al-Andalus, la promesa de no volver a unirse a la causa de Fernando González, y la obligación de entregar a su propio hijo, García Ordóñez, en rehenes. Mas entonces, en medio de los preparativos que habrían de conducirle de vuelta a la frontera, acompañado en todo momento por el general Gªlib, llegó hasta Córdoba una nueva embajada, en esta ocasión de Sancho I. Expusieron los emisarios del Rey que estaban dispuestos a respetar cualquier trato previo. Logrado este propósito, el Califa ya no volvió a recordar su anterior palabra, ofrecida a Ordoño IV. Logrados sus propósitos, los hombres de Sancho retornaron con la seguridad de un acuerdo y la garantía del olvido de la causa de al-Jabit.

Nada más se sabe de este príncipe, excepto que encontró la muerte en Córdoba en un día incierto del 962, fecha en la que su mujer desposó con el monarca de Navarra. De sus hijos también se ignoran los sucesos de sus vidas. Ni siquiera recogen los mismos cronistas que han ofrecido esta minuciosa semblanza de su visita a Córdoba qué final le aguardó o dónde recibió sepultura. Hay, pues, que cerrar el reinado de esta oscura manera.

Por lo que atañe a su vida familiar, se conoce su matrimonio con Urraca Fernández de Castilla, la repudiada esposa de Ordoño III, y el nacimiento de al menos dos hijos de dicha unión, si no tres. Uno de ellos, llamado García Ordóñez, acompañó a su padre hasta la capital de al-Andalus, perdiéndose su memoria a partir del 962. Los demás vástagos de este matrimonio probablemente continuaron al lado de su madre, Urraca, cuya unión con el heredero de Navarra concertó Fernando González.

 

Bibl.: E. Sáez, “Sobre la filiación de Ordoño IV”, en Cuadernos de Estudios Gallegos, II (1947), págs. 363-375; M. R. García Álvarez, “Ordoño IV, rey de león, un rey impuesto por Castilla”, en Archivos Leoneses, 43 (1967), págs. 203-248; J. Rodríguez Fernández, Sancho I y Ordoño IV, Reyes de León, León, Ediciones Leonesas, 1987; “La monarquía leonesa. De García I a Vermudo III (910-1037)”, en El Reino de León en la Edad Media, III. La monarquía astur-leonesa. De Pelayo a Alfonso VI (718-1109), León, Centro de Estudios e Investigación San Isidoro, 1995, págs. 129-413; M. Torres Sevilla, “Monarcas leoneses de la segunda mitad del siglo X: el declive regio y el poder nobiliario (951-999)”, en Reyes de León, León, Edilesa, 1996, págs. 65-84; “La monarquía asturleonesa”, en Historia de León, vol. II. Edad Media, León, Diario de León-Universidad de León, 1999, págs. 17-39; C. Álvarez Álvarez y M. Torres Sevilla, “El reino de León en el siglo X”, en Codex Biblicus Legionensis. Veinte Estudios, León, Universidad de León-Hullera Vasco-Leonesa, 1999, págs. 15-24; A. Ceballos-Escalera, Reyes de León (2): Ordoño III (951-956), Sancho I (956-966), Ordoño IV (958-959), Ramiro III (966-985), Vermudo II (982-999), Burgos, Editorial La Olmeda, 2000, págs. 111-128.

 

Margarita Torres Sevilla-Quiñones