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Félix de Azara y Perera

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Biografía

Azara y Perera, Félix de. Barbuñales (Huesca), 18.V.1742 – 17.X.1821. Ingeniero militar, naturalista.

Nació Félix en tierras del Alto Aragón, hijo de Alejandro de Azara y María de Perera. Siete hermanos compusieron la descendencia del matrimonio y todos alcanzaron buen acomodo: Eustaquio ejerció de obispo en Ibiza y Barcelona, y José Nicolás lo hizo como embajador de España en Roma y París; Mateo desempeñó el cargo de oidor de la Real Audiencia de Barcelona, mientras Lorenzo fue chantre del cabildo catedralicio oscense; casó Mariana con José Bardají y su hijo será secretario de las Cortes de Cádiz, ministro, repetidas ocasiones, y presidente de Gobierno durante la regencia de la reina María Cristina; Félix optó por la carrera militar, alcanzando el grado de brigadier, y para Francisco Antonio quedó el empleo de corregidor de Huesca.

En Barbuñales cumplimentó sus primeros estudios trasladándose a Huesca para realizar su formación universitaria, donde cursó Filosofía y Derecho entre los años 1757 y 1761. Decidido por la carrera militar, solicita plaza en el Colegio de Artillería de Segovia, siendo denegada su petición por superar el límite de edad establecido en los dieciocho años. Tras este intento fallido, en 1764 ingresa como cadete en el Regimiento de Infantería de Galicia pasando, un año más tarde, a la militar Academia de Matemáticas de Barcelona, entonces dirigida por el ingeniero Pedro de Lucuze. Cubrió este periplo académico con un buen aprovechamiento teórico y mediocre en el terreno práctico y el dibujo, según consta en su expediente, siendo nombrado alférez e ingeniero delineador de los ejércitos nacionales, plazas y fronteras, en 1767.

Destinado a Barcelona y San Fernando de Figueras, se ocupó de los trabajos de construcción y fortificación acometidos en ambas poblaciones. Participó luego en las mejoras hidráulicas realizadas en los ríos Jarama y Henares, y en la reconstrucción de la fortaleza de Mallorca. El año 1774 es designado maestro de los estudios de ingeniería de Barcelona y en 1775 forma parte de la milicia que el ejército español desplegó en Argel. Desembarcó con el primer contingente de fuerzas, su misión consistía en dirigir la construcción de parapetos y trincheras. Durante la campaña fue herido gravemente, salvando la vida gracias a la fortuita intervención de un marino que le extrajo el proyectil cuando se le daba por muerto. Por su participación en la contienda mereció el grado de teniente, ascendiendo a capitán en febrero de 1776. Tras el intervalo bélico la ingeniería vuelve a ser su tarea principal.

En Gerona se ocupa de la reordenación del cauce del arroyo Galligans, del levantamiento y reconstrucción de la muralla y torreón, y de la obra de recalzo de la ciudad. Y tuvo tiempo de participar en la creación de la Real Sociedad Económica Aragonesa de los Amigos del País, institución de la que fue miembro fundador.

En septiembre de 1780 es nombrado teniente coronel de Ingenieros con destino en Guipúzcoa, y había sido designado miembro de la comisión de límites que, ejecutando los acuerdos del tratado de San Ildefonso, ratificado en 1778 por la paz de El Pardo, debía finalizar el litigio que España y Portugal mantenían sobre las fronteras de sus dominios ultramarinos.

Se encontraba en San Sebastián cuando se le requiere urgentemente en Lisboa para embarcar rumbo al Brasil a desempeñar la misión: “Partí a la mañana siguiente al romper el día, habiendo tenido la suerte de llegar pronto y por tierra a mi destino. El embajador me dijo únicamente que iba a partir con el capitán de navío don José Varela y Ulloa y otros dos oficiales de Marina; que estábamos todos encargados de una misma comisión, que el virrey de Buenos Aires nos comunicaría en detalle, y que debíamos marchar inmediatamente a esta ciudad de la América meridional en un buque portugués, porque estábamos en guerra con Inglaterra” (F. Azara, Viajes por la América meridional, Madrid, Espasa, 1969, pág. 43). La embarcación alcanzó Río de Janeiro el mes de marzo de 1781 y el teniente coronel se había convertido en capitán de fragata incorporándose a la Armada, cuerpo al que pertenecían el resto de los comisarios. Su periplo americano duró casi dos décadas, no autorizándose su regreso a España hasta 1801 a pesar de su reiterada petición de traslado. En julio de 1794 escribía al primer ministro Antonio Valdés: “Habiendo esperado doce años a los portugueses, y pasado la mejor parte de mi vida en este país, el más remoto y trabajoso, es ya tiempo de pedir mi relevo. Porque no es posible que mis días sean suficientes a ver concluida mi comisión, ni que los comunes achaques de la edad puedan sobrellevar los trabajos de este destino equivalente a un triste destierro” (expediente personal, Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán). Pero el gobernante fue condescendiente con el retraso portugués e implacable con el destierro del oficial de Marina, que aún deberá esperar siete años para celebrar su retorno.

Durante su dilatada estancia en territorio americano Azara participó en la delimitación geográfica de la región del Brasil, en el reconocimiento de la costa septentrional, en la determinación de los límites del río Paraná, y dirigió la expedición que, partiendo de Buenos Aires, recorrió la extensa región de las Pampas para adelantar las fronteras hacia el Sur. El resultado de su exploración es una ingente labor cartográfica —destacando el mapa del distrito de la ciudad de Corrientes, el de las provincias de Misiones y Paraguay, y el curso del río Paraguay—, valiosos informes que son tratados sobre geografía política y humana, y un compendio de historia natural americana bajo la forma de Apuntamientos sobre los pájaros y los cuadrúpedos del río de La Plata y del Paraguay, con los que alcanzó fama y fortuna en Europa como naturalista.

Cuando Azara regresa a la Península su hermano Nicolás desempeña el cargo de embajador en París, donde se traslada al encuentro fraternal. Su estancia llamó la atención de Napoleón Bonaparte, perspicaz a la hora de comprender la importancia del testimonio de Azara para ejecutar sus planes intervencionistas frente a Portugal, aliada de Inglaterra contra Francia.

Napoleón pensaba invadir el sur de Brasil enviando un cuerpo expedicionario a través del río de la Plata; pretendió a conocer la situación de primera mano enviando un comisario a entrevistar al oficial español, que supo salir airoso de complicado trance. Junto al componente político de su periplo francés, el parisino Museo de Historia Natural emerge como un remanso científico donde encontrará la acogida y el reconocimiento del prestigioso paleontólogo Georges Cuvier.

En octubre de 1802 fue ascendido a brigadier, regresando a España dos años más tarde para formar parte de la Junta de Fortificaciones y Defensa de ambas Indias. Sufrió la invasión napoleónica, cuyas tropas registraron y saquearon sus posesiones en Barbuñales, retirándose después de la guerra. El 17 de octubre de 1821 fallecía Félix de Azara en su pueblo natal; desde entonces sus restos mortales reposan en la catedral de Huesca.

Dentro del panorama científico conformado en España alrededor de la historia natural durante la segunda mitad del siglo XVIII, la figura de Azara tiene un valor excepcional tanto por la singularidad de su investigación como por la difusión europea de su obra. Sin error se puede considerar su caso como extraordinario, calificativo aplicable desde su diletante etapa inicial hasta su consolidación como uno de los naturalistas con mayor repercusión internacional de la Ilustración española. Su actividad zoológica fue un hecho fortuito, propiciado por la ociosidad derivada de su cometido como comisario de límites ante la ausencia del bando portugués. Desocupado, Azara emprende el estudio de los animales que le rodean buscando una distracción provechosa.

Filosóficamente hablando, su inquietud cognoscitiva define el pensamiento ilustrado, en la práctica refleja un estado de ansiedad canalizado por un hombre culto hacia el conocimiento. El resultado de esta inacción política fue un tesoro intelectual sobre la naturaleza americana.

Por su condición de principiante, su investigación sobre la fauna americana tiene una predominante directriz descriptiva, constituyendo un cúmulo de información donde pronto nace la necesidad de aplicar un método clasificatorio necesario para ordenar la ingente cantidad de especies que pueblan el continente.

Es un hecho derivado de la práctica, cuando el número de observaciones es tal que la continua revisión de notas y descripciones se convierte en una tarea dilatada y tediosa a la hora de identificar los especímenes.

Desorden que le induce a interpretar la naturaleza aplicando el concepto sistemático linneano y no como la individualidad definida por Buffon (el individuo es la única realidad natural). Junto al inventario sus textos también componen la imagen de una naturaleza dinámica donde hombres, animales y plantas conviven en armónica relación, reflexionando sobre su morfología y costumbres para descubrir las leyes que regulan la actividad de estos seres vivos. Azara acuña así un modelo de naturaleza de corte aristotélico, un mundo inocente cuyos habitantes ejercen libremente su actividad sin la participación del hombre civilizado. Con esta perspectiva, próxima al ideario russoniano del buen salvaje, el Nuevo Mundo es un paraíso gravemente amenazado por una civilización que avanza inexorable en su colonización para satisfacer la creciente demanda de bienes y servicios.

“Los naturalistas que vengan después todo lo hallarán lleno de arrugas y verrugas, desfigurado y pervertido por la mano del hombre”, advierte Azara en el manuscrito de sus Apuntaciones para la historia natural de las aves de la provincia del Paraguay. Su testimonio da ejemplo de la tendencia ecologista incipiente en ciertos naturalistas del siglo XVIII, subrayando la creciente degradación del medioambiente consecuencia del desarrollo social.

Durante la centuria del ochocientos el origen de la Tierra y de sus habitantes fue un tema debatido con intensidad bajo la atenta vigilancia eclesiástica. El resultado de la heterogénea mezcla de religión y ciencia fue una primera etapa secular caracterizada por la impronta teológica implícita en los objetos naturales, que a los ojos humanos evidenciaban la existencia y grandiosidad de Dios. Sin embargo, la segunda mitad del siglo se caracterizará por su irreligiosidad, circunstancia aprovechada por algunos naturalistas para suavizar el yugo de la fe. En este contexto Azara aborda el problema de la génesis terrestre siguiendo una inequívoca posición creacionista. En su ideario la divinidad queda relegada a un remoto pasado siendo sustituida por el mito de una naturaleza que obra en el presente a su imagen y semejanza. Inmerso en este rompecabezas teológico establecerá una época remota, correspondiente a la creación del globo, a la que pertenecen las rocas que forman el suelo, el aire de la atmósfera, el agua que surca los ríos y mares, las plantas y animales, mimbres utilizados por la naturaleza para conformar un universo armónico, perfecto, acorde con la pauta impuesta por el Creador. Sin embargo, mientras que la materia inanimada se forma sin interrupción, la fauna debe ser creada en etapas sucesivas necesarias para que los depredadores no provoquen la desaparición de las especies que les sirven de alimento. Racionalmente, pues, era imposible aceptar el dogma teológico sobre la creación simultánea de una pareja representativa de cada especie, que conducía a la desaparición de gran parte de la población animal sino de introducir algún mecanismo regulador del fenómeno creacionista. Por este motivo Azara se ve obligado a formular un modelo cronológico, “creaciones sucesivas”, que permita la consolidación cuantitativa de los diferentes eslabones de la cadena alimenticia antes de que aparezcan los depredadores y los exterminen ante su escaso número. Un retraso temporal en la génesis será suficiente para dimensionar la multiplicación de las especies hasta alcanzar un número de individuos suficiente para soportar la presión del ecosistema.

Paralelamente, sus observaciones sobre la diversidad de regiones, distantes y diferentes, habitadas por una misma especie en un mismo continente, y la existencia de una fauna análoga en Europa y América le inducen a aceptar la teoría de su origen polifilético. La idea es que una sola pareja animal no puede ser responsable de la diversidad demográfica alcanzada por sus congéneres, consecuentemente, es necesario aducir la hipótesis de su distribución en múltiples parejas durante la Creación por los diversos parajes que habitan en uno y otro continente. El planteamiento contravenía tanto el designio monofilético del Génesis como la norma científica vigente relativa a la unidad natalicia de los cuadrúpedos, según la cual habrían surgido en la vieja Europa para, posteriormente, colonizar el continente americano gracias a la pretérita existencia de un paso entre los continentes separados ahora por el Atlántico. Pero Azara percibe a través de su detallado inventario que la diferencia entre las poblaciones de ambos continentes no es sólo una cuestión geológica, sino también tipológica, existiendo una fauna autóctona propia y exclusiva del territorio americano. Una comunidad zoológica que en tamaño, fuerza, agilidad, destreza, vigor, belleza, nada tiene que envidiar a la del Viejo Mundo.

El estudio antropológico del Cono Sur es uno de los importantes legados de la obra azariana. Durante el siglo XVIII el hombre indagó su pasado investigando las formas y costumbres de los aborígenes americanos, convirtiéndose la antropología en tema de actualidad.

La materia ocupó a los numerosos exploradores que circularon por el continente recogiendo datos sobre unos habitantes desconocidos alrededor de los cuales se vertían relatos fantasiosos, informaciones que, sin mayor constatación, engrosaban las disertaciones de los crédulos académicos europeos. Por su rigor, las páginas escritas por Azara responden a esta incertidumbre aportando noticias fidedignas sobre numerosas poblaciones aborígenes. Churrúas, yares, minuames, pamapas, aucas, tupys, gusarapos, guanos, aguyitequedichagas, payaguas, guarirucús, vilelas, chumipis y patagones, dan ejemplo del elenco de tribus nativas sobre las que su testimonio es una fuente documental privilegiada. El indio americano aparece en su relato como un elemento consustancial a una naturaleza que le da cobijo y protección, ejercitando una indolente existencia acorde con el entorno. Un estado de perfección que desaparece paulatinamente a medida que dirige sus pasos hacia la civilización.

Para Azara el indígena es un hombre cercano a las formas salvajes con las que convive, un ser en íntima comunión con el resto de animales conformando un grupo humano que todavía mantiene su faz animal.

Un imaginario centauro representativo de la integración del nativo con su hábitat. Idealización que, lejos de significar añoranza o deseo por regresar al seno de la naturaleza, es, simplemente, el elogio de hombres y mujeres que viven alejados del artificio dominante en la sociedad civilizada; fiel reflejo del exultante discurso que domina la meditación azariana sobre la naturaleza americana.

El componente historiográfico más cuestionable de la figura de Azara es su errónea consideración como precursor de la teoría evolutiva formulada por Darwin. El yerro consiste en sacar de contexto su ideario, seleccionar algunas ideas olvidando la condición fijista de procedencia. La realidad es que su ideología tiene una inequívoca dimensión creacionista, posición donde la variabilidad de las especies no representa fenómeno evolutivo alguno. Las modificaciones emergentes en el seno de una determinada especie se interpretan como un mecanismo natural y, como tal, controlado por una naturaleza que impide a los individuos alejarse de la forma primitiva. La perfección azariana reside en el pasado y está representada por la conformación individual otorgada en el momento de la Creación, no es un concepto de y con futuro. Una interpretación de la naturaleza alejada del evolucionismo decimonónico con el que, equivocadamente, se le ha pretendido relacionar. Circunstancia que no desmerece su trabajo, es un hecho que se debe aceptar sin mayores objeciones. Su obra constituye un encomiable estudio descriptivo, y como tal observador de la naturaleza fue valorado y estimados en el siglo XIX, incluso por Charles Darwin. Hecho del que no se puede inducir ninguna conexión ideológica evolucionista.

El caso Azara ejemplifica el modelo de investigación realizado por los científicos españoles en América durante el siglo XVIII. Una labor de recopilación que él supo diseminar internacionalmente, a diferencia de lo sucedido con la mayoría de sus coetáneos enviados por la Corona española a explorar los territorios de ultramar. En 1801 se publicó en París el primer libro de Félix de Azara, Essais sur l’histoire naturelle des quadrupèdes de la province du Paraguay. Un año después aparece la versión en español titulada Apuntamientos para la historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y río de La Plata; y 1809 es el año de Voyages dans l’Amérique Méridionale, traducida al alemán, italiano e inglés y, finalmente, al español. Este escueto periplo editorial refleja la difusión europea de su obra y la menor atención prestada desde España. Fracaso que el propio Azara pronosticó: “No espero verla estimada en este país, donde el gusto por las ciencias, y sobre todo por la historia natural está absolutamente dado de lado” (carta de Félix de Azara a C. A. Walckenaer, 25 de julio de 1805, reproducida en Viajes por la América meridional, pág 36). Y junto al valor nacional la figura de Azara es un elemento apropiado para reflexionar sobre el estado de la ciencia europea finisecular respecto al ámbito intelectual que Lamarck, y otros, denominaron biología. Cuando el ingeniero oscense acomete la tarea de inventariar las aves y cuadrúpedos del Paraguay tiene un inmediato e inequívoco objetivo identificativo, proceso clasificatorio que denota la necesidad de reformar la taxonomía para nominar las especies en relación a elementos morfológicos rigurosos; y cuando aborda temas como la herencia de caracteres y el origen de las especies muestra los límites de unos científicos ignorantes, motivo por el cual su discurso difícilmente sobrepasa la conjetura.

Es un problema de incapacidad, del que se deriva una pauta pseudo-científica proclive a conjugar la voluntad divina y el método empírico para rellenar las páginas en blanco del libro de la naturaleza.

 

Obras de ~: “Historia natural”, en Mercurio de España, 1800, págs. 85-91; Essais sur l’histoire naturelle des quadrupèdes de la province du Paraguay, París, C. Pougens, 1801, 2 vols.; Apuntamientos para la historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y río de La Plata, Madrid, Viuda de Ibarra, 1802, 2 vols.; Apuntamientos para la historia natural de los pájaros del Paraguay y río de La Plata, Madrid, Viuda de Ibarra, 1802-1805, 3 vols.; “Descripción del árbol que produce la yerba mate y de su beneficio”, en Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, 1806, págs. 324-327 y 329-330; Voyages dans l’Amérique Méridionale, París, Dentu, 1809, 4 vols. (la obra se tradujo al alemán en 1810, al italiano en 1817, al inglés en 1835, y en 1846 aparece la primera versión en español titulada Viajes por la América del sur, Montevideo, 2 vols.); Informes sobre varios proyectos de colonizar el Chaco, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1836 (versión digital en http://cervantesvirtual.com); Diario de la navegación y reconocimiento del río Tebicuari, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1836; Correspondencia oficial e inédita sobre la demarcación de límites entre Paraguay y el Brasil, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1836; Diario de un reconocimiento de las Guardias y Fortificaciones que guarnecen la línea de frontera de Buenos Aires, para ensancharla, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1837; Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata, ed. de A. Azara, Madrid, Imprenta de Sanchiz, 1847, 2 vols.; Memorias sobre el estado rural del río de La Plata en 1801; demarcación de límites entre Brasil y Paraguay a últimos del siglo xviii, e informes sobre varios particulares de la América meridional española, ed. de A. Azara, Madrid, Imprenta de Sanchiz, 1847; Viajes inéditos de Don Félix de Azara desde Santa Fe a la Asunción, al interior del Paraguay, y a los pueblos de Misiones, ed. de D. B. Mitre, Buenos Aires, 1873 (el manuscrito fue publicado por Mitre en Revista del Río de la Plata, 1872-1874); Geografía física y esférica de la provincia del Paraguay y misiones guaraníes, ed. de R. R. Schuller, volumen monográfico de Anales del Museo Nacional de Montevideo, 1904; Viajes por la América meridional, Madrid, Espasa Calpe, 1923; Descripción general del Paraguay, ed. de A. Galera, Madrid, Alianza, 1990; Apuntamientos para la historia natural de los páxaros del Paraguay y del Río de la Plata, ed. de J. Fernández, Madrid, Doce Calles, 1992; Escritos fronterizos, ed. de M. Lucena Giraldo y A. Barruecos Rodríguez, Madrid, ICONA, 1994.

 

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Andrés Galera Gómez