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Enrique José O'Donnell y Anhetan

Biografía

O’ Donnell y Anhetan, Enrique José. Conde de La Bisbal (I). San Sebastián (Guipúzcoa), 21.V.1776 – Montpellier (Francia), 17.V.1834. General y político.

Quinto hijo varón de los ocho habidos en el matrimonio de José O’Donnell y María de Anhetan, y hermano, por tanto, de Alejandro y Carlos Manuel.

A los once años de edad, ingresó por gracia real en el mismo Regimiento de Irlanda que mandaba su padre, como cadete menor de edad, pasando a convertirse en cadete efectivo al año siguiente. Subteniente a los dieciséis años, pasó poco después con dicho empleo a la Compañía de Granaderos del Regimiento en el que serviría durante los primeros siete años de su vida militar en los empleos de teniente (21 de enero de 1794) y primer teniente (11 de agosto de 1794).

Su primer hecho de armas tuvo lugar durante el asedio marroquí a Ceuta de 1790. Al año siguiente fue uno de los oficiales que efectuó la victoriosa salida del 31 de octubre que contribuyó decisivamente al levantamiento del nuevo sitio contra dicha plaza.

Participó en la Guerra de la Convención desde el mes de julio de 1794, tomando parte en diversas acciones en la campaña de Cataluña, en el ataque del 13 de agosto y en el combate y retirada de los días 17 y 20 de noviembre. Fue cogido prisionero en la capitulación de la fortaleza de San Fernando de Figueras, en cuya defensa murió de resultas de una herida en una pierna su hermano mayor Leopoldo, capitán de Infantería, y por la que fue sometido a Consejo de Guerra su otro hermano, Carlos.

Una vez liberado, se reintegró a su unidad (26 de mayo de 1795) y siguió combatiendo en la contraofensiva victoriosa del general José de Urrutia en la Cerdaña, interviniendo en el ataque a Puigcerdá y en la toma de Belver (27 de junio de 1795). Ascendido a capitán (18 de octubre de 1795), fue destinado al Regimiento de Infantería de Cazadores Voluntarios de la Corona, cuerpo en el que militaba su hermano mayor José, formado con jefes, oficiales y soldados elegidos entre los mejores, con la finalidad de que fuese una unidad capaz de llevar a cabo las más complejas acciones y así intentar la elevación de la decaída moral del resto de las tropas.

En 1800 contrajo matrimonio con la gerundense María Ignacia Burgués Caramany, de cuya unión nacerían sus hijos Leopoldo y Mariana, para cuya ocasión obtuvo una licencia de cuatro meses, la primera en trece años de servicio.

Nombrado maestro de cadetes (1 de abril de 1801), tuvo que dejar esta función para asistir a la campaña de Portugal, conocida como “Guerra de las Naranjas”, en la que llevó a cabo el reconocimiento de Elvas, participando en la toma de Arronches en el Alto Alentejo, correspondiéndole la persecución del enemigo al mando de una guerrilla. Su coronel, Joaquín Blake informaría: “Este jefe tiene muy apreciables calidades”.

De regreso en España, pasó destinado al Regimiento de Ultonia, del que fue nombrado sargento mayor (14 de enero de 1807) y posteriormente coronel.

Ostentando este mando y destinado en Gerona durante la Guerra de la Independencia, tuvo lugar el Segundo Sitio de esta ciudad por parte del general Saint-Cyr (junio de 1809) en el que le cupo un lugar muy destacado a las órdenes de Álvarez de Castro en los primeros meses, organizando a los vecinos en ocho compañías a las que dio el nombre de “Cruzada”, mientras que ancianos, mujeres y niños se encargaban de la logística y la sanidad integrados en la Compañía de Santa Bárbara.

Unido a las fuerzas del general Blake y mandando, ya como brigadier, una vanguardia de dos mil hombres y doscientas acémilas, pudo abastecer la ciudad burlando el bloqueo francés, pero al cerrarse de nuevo la brecha y temiendo que el aumento de la guarnición agotase de nuevo los víveres de la plaza, decidió llevar a cabo una peligrosa salida, lo que consiguió de noche y con gran sigilo (14 de octubre de 1809), y tras derrotar a varios destacamentos franceses se unió al grueso de las tropas españolas en Vic, hecho que causó tanta admiración que se creó una medalla especial de distinción para sus protagonistas con la inscripción: “Al valor y audacia – Gratitud de la patria”. Enrique O’Donnell fue ascendido a mariscal de campo, consiguiendo así dos ascensos casi inmediatos en el generalato. Poco después y a instancias de los propios catalanes que apreciaban en él su iniciativa y su actividad infatigable, se produjo su promoción a teniente general en abril del año siguiente y su consecuente nombramiento como capitán general de Cataluña. Encargado del mando del Ejército del Principado, quiso arrojar a los franceses de Vic, para lo que concentró en Manresa toda la fuerza disponible y avanzó por Moyá con ocho mil infantes y mil caballos. Empeñado el combate con fuerzas superiores del general Joseph Souham, tuvo que retirarse al carecer de artillería, con todo orden gracias al valor desplegado por el Regimiento de Infantería de Almansa (20 de febrero de 1810), quedando igualados ambos bandos en bajas, entre las que se encontró el general francés. A principios del mes de abril de ese año, el mariscal Suchet, tras haber penetrado en Cataluña desde Aragón y tomado Fraga y Montsó, asedió Lérida, acudiendo O’Donnell en su socorro con dos divisiones.

En la llanura de Margalef (20 de abril de 1810) se produjo un encuentro con las tropas del general Jean Isidore Harispe, que pusieron en fuga a una de las dos divisiones españolas. Aunque Enrique O’Donnell pudo reunir a parte de los fugitivos en la otra y replegarse hacia Tarragona, la derrota fue determinante del posterior abandono de la importante posición estratégica de Hostalrich y de la pérdida de Lérida (14 de mayo de 1810).

Convencido de la necesidad de profesionalizar y disciplinar su ejército, y poco partidario de la actuación de somatenes y migueletes poco integrados, tomó diversas medidas en este sentido y reprimió la deserción, llevando a cabo una campaña informativa al país por medio de numerosos bandos, a los que sería muy aficionado toda su vida. Decidido a no perder la iniciativa, a principios de septiembre empezó una nueva operación sobre la retaguardia francesa desde su base en Tarragona, infiltrando unas tropas y transportando otras por mar. Avanzando a marchas forzadas y haciendo montar a los soldados de infantería a grupas de los jinetes, después de arbitrar los medios para poder retirarse con el auxilio de buques de guerra españoles e ingleses, cayó de sorpresa sobre el pueblo gerundense de La Bisbal, capital del Bajo Ampurdán, tomando prisioneros las avanzadillas de coraceros y un cuerpo de ciento treinta hombres que iba a reforzarlas, obligando al general Schwartz a refugiarse en el castillo de la localidad.

Deseando O’Donnell inspeccionar personalmente las posibilidades de asalto, fue herido de gravedad en una pierna, pero las tropas alemanas de Anhalt al servicio de los franceses acabaron capitulando (13 de septiembre de 1810). Mientras tanto, el brigadier Honorato de Fleyres y el teniente coronel Tadeo Aldea, enviados contra San Feliú de Guixols y Palamós respectivamente, ocupaban ambas poblaciones y capturaban sus guarniciones. Como resultado de la operación se hicieron mil doscientos prisioneros, con el propio general Schwartz y sesenta jefes y oficiales, y se tomaron diecisiete piezas de artillería. La expedición a La Bisbal fue considerada por las Cortes como una de las de mayor mérito de la guerra, por lo que se concedió al general el condado de La Bisbal (25 de octubre de 1810) y a todos los que en ella tomaron parte otra condecoración diseñada por su propio jefe: la Cruz de Distinción de Abisbal, San Feliú y Palamós. Para reponerse de su herida que le dejaría cojo para el resto de su vida, se retiró a Mallorca, circunstancia que fue aprovechada por el jefe interino del Ejército de Cataluña entre febrero y junio de 1811, marqués de Campoverde, para desatar una campaña de descrédito contra su persona basada en algunas acusaciones de malversación que resultaron infundadas. La gran popularidad de que gozaba fue causa de que, al formarse la Regencia Constitucional o Tercera Regencia (23 de enero de 1812) con el fin concreto de dar un impulso definitivo a la guerra, fuese llamado a formar parte de la misma junto con Juan María Villavicencio, el duque del Infantado, Ignacio Rodríguez de Rivas y Joaquín de Mosquera y Figueroa.

Como miembro del Consejo de Regencia, popularmente conocido con el Quintillo, suscribió la Constitución de Cádiz (19 de marzo de 1812), pero la derrota de su hermano José en Castalla (Alicante) al mando del llamado Ejército de Murcia (21 de julio de 1812) frente a las tropas del barón Jean François Delort en circunstancias en que se podía esperar un éxito, fue causa de que solicitara voluntariamente la dimisión, siendo sustituido por Juan Pérez Villamil (25 de septiembre de 1812).

Nombrado para el mando del Ejército de Reserva de Andalucía, ocupó Sevilla tras la retirada francesa, de la que hizo su cuartel general a principios de 1813. Estas fuerzas cruzarían toda la Península hasta los Pirineos, llegando a penetrar en Francia en campaña victoriosa con algunos altibajos, por lo que recibirían también una medalla de distinción con el lema “Pancorbo- Pirineos-Nivelle”. La toma de los fuertes llamados de Santa María y de Santa Engracia, en el desfiladero burgalés de Pancorbo (30 de junio de 1813), que dirigió, redujo las posiciones francesas a las plazas de San Sebastián y Pamplona, tomando setecientos prisioneros. Efectuada la conjunción de su ejército de diecisiete mil quinientos hombres en tres divisiones (dos de Infantería y una de Caballería) con las fuerzas de Wellington, se encargó del sitio de Pamplona en una primera fase (14-26 de julio de 1813) en relevo de las fuerzas británicas de Rowland Hill, anulando los intentos de salida franceses y siendo sustituido después por el conde de España, ya que él tuvo que acompañar a Wellington en su campaña francesa. Después de la batalla del Nivelle (10 de noviembre de 1813), entregó el mando del Ejército de Reserva de Andalucía al duque de Ahumada.

Al regresar Fernando VII a España, O’Donnell acató su gobierno autoritario y fue nombrado capitán general de Andalucía (2 de septiembre de 1814), puesto en el que permaneció hasta 1820, acumulando empleos y honores en Sevilla y luego en Cádiz: presidente de la Audiencia Territorial, gobernador militar y político, comandante de sus Milicias Urbanas, intendente de Rentas, presidente del Ayuntamiento, Gran Cruz de San Fernando y de la Flor de Lis, maestrante de Sevilla, etc. Desde su llegada a Cádiz se dedicó a imponer la más austera moralidad pública, mientras iniciaba sus vínculos con la Masonería. Fue en su nuevo mandato cuando comenzó a manifestar los primeros síntomas de la ambigüedad política que caracterizaría su segunda etapa vital.

Los contactos con los liberales de este doceañista y su probable afiliación a la Masonería le hicieron sospechoso de haber colaborado con la Conspiración del Triángulo de 1816, pero no se le pudo probar nada, y ante el retroceso de las armas reales en América se aceleraron los preparativos de la “Grande Expedición”, el cuerpo de ejército destinado a sofocar la sublevación estaba acampado en diversas localidades de Andalucía y con base en Cádiz, y se le puso al frente del mismo.

Varios oficiales liberales, encabezados por Quiroga, López Baños y San Miguel, O’Daly y Arco Agüero, decidieron aprovechar el temor que infundía a la tropa el tener que embarcarse para América para proclamar la Constitución de 1812. O’Donnell, a quien algunos de los conspiradores habían sondeado, no pareció en principio oponerse, exigiendo encabezar la sublevación y que ésta se atrasase. Mientras tanto, preparó el contragolpe de acuerdo con su segundo, Pedro Sarsfield, seleccionando los cuerpos leales y coordinando las acciones represivas y, aprovechando la celebración de una revista general de las tropas expedicionarias en el campamento militar del Palmar (El Puerto de Santa María), en la que los conjurados esperaban que fuese a ser proclamada la Constitución, ordenó que fueran desarmados los regimientos comprometidos en la conjura, encarcelando a los mandos (8 de julio de 1819). El conde de La Bisbal fue premiado en un primer momento con la máxima de las condecoraciones, la Gran Cruz de Carlos III, pero en las primeras averiguaciones se puso de manifiesto la extraña actitud de actuar por sí mismo sin informar al Gobierno y fue sustituido por el conde de Calderón y destinado, de cuartel, a Cataluña primero y luego a Valladolid. La mayor parte de la trama conspiradora pudo, sin embargo, rehacerse y continuar pronto sus planes, pronunciándose Rafael del Riego en Las Cabezas de San Juan cinco meses después (1 de enero de 1820). Cuando este movimiento parecía abocado al fracaso, en La Coruña se proclamó la Constitución (21 de febrero de 1820), ejemplo que fue seguido por Barcelona y Pamplona.

Desde principios de marzo, Fernando VII había enviado al conde de La Bisbal a sofocar la revolución, al parecer a instancias del propio interesado, atendiendo más a su indiscutida pericia militar que a su dudosa lealtad. Al llegar a Ocaña, persiguiendo a Riego, encontró O’Donnell al menor de sus hermanos, Alejandro, de conocida afiliación liberal, al frente del Regimiento Imperial Alejandro, y proclamó allí la Constitución de 1812 (4 de marzo de 1820). Muchos autores piensan que la generalización de la sublevación y la influencia de su hermano debieron de pesar más en él que su escasa fe absolutista, y que ésta fue la causa de su pase al campo de los sublevados, pero no parece posible que semejante pirueta se pudiese llevar a cabo sin que hubiese mediado un complot y sin que contase con la anuencia de buena parte de la oficialidad, por mucho prestigio que gozase entre sus soldados. Llegado a Santa Cruz de Mudela, donde estableció el cuartel general, redactó un manifiesto en su condición de comandante general de la División de Tropas Nacionales de La Mancha y del Reino de Jaén dos días antes de que el Rey, sin apoyos, emitiese el suyo por el que se daba paso al Trienio Liberal (8 de marzo de 1820).

Durante la época inmediata el conde de La Bisbal tuvo escasa influencia en la vida pública, tratando de hacerse perdonar por el nuevo régimen lo que la prensa recordaba con frecuencia como “traición del Palmar”. En 1822 fue nombrado, sin embargo, inspector general de Infantería y Milicias y al año siguiente, apoyado sorprendentemente por el sector exaltado, fue nombrado capitán general de Castilla la Nueva y jefe del Primer Distrito Militar. A estos mandos vinieron a sumarse el del Ejército de Reserva o 3.º de Operaciones y la Jefatura Política de Madrid (31 de marzo de 1823) cuando ya el Ejército francés del duque de Angulema, al que acompañaban dos de los hermanos de Enrique O’Donnell, Carlos y José, se preparaba para invadir España.

La Bisbal pudo reunir con gran esfuerzo unos diez mil hombres para defender Madrid, una vez que Ballesteros, batido en Logroño, se tuvo que retirar hacia Valencia dejando expedito el camino hacia la capital del Reino. Rebasadas por Oudinot las defensas españolas de Somosierra, O’Donnell se replegó sin combatir hacia Extremadura y Madrid capituló (23 de mayo de 1823), poco antes y para sorpresa de todos había promulgado un bando que había producido un gran desánimo, por el que manifestaba su convencimiento de que la voluntad mayoritaria del país era proclive a una Monarquía absoluta, por lo que la Constitución debía modificarse otorgando al Rey mayores poderes, pero que, pese a todo, él continuaría combatiendo en el bando liberal. Incapaz de detener a los franceses, tanto por la falta de motivación de sus hombres como por su inferioridad numérica, material y táctica, fue derrotado por Bourmont en Talavera y en El Puente del Arzobispo (26 de mayo de 1823).

Restablecido Fernando VII como Rey absoluto, La Bisbal fue preso en Bilbao, pero uno de los generales franceses, el príncipe de Hohenloe, le facilitó su huida a Francia, siendo internado en Limoges. Murió en Montpellier cuando regresaba a España, finalmente amnistiado, al recibir la noticia del fusilamiento de su hijo Leopoldo, cogido prisionero por Zumalacárregui en 1834.

Antonio Alcalá Galiano, opositor político del I conde de La Bisbal, trazó un acertado bosquejo de su extraña personalidad: “Debo decir de su carácter lo que siento. Si el conde de La Bisbal cometió varios y gravísimos actos de falta a la fe jurada y a la obligación contraída, no tenía el carácter propio de un traidor, no obrando con premeditación ni doblez continuada. Era ligero como pocos hombres. Una hora después de haber pensado una cosa pensaba la contraria. Así obraba con sinceridad en sus mudanzas violentas”.

 

Fuentes y bibl.: Archivo Histórico Militar (Segovia), Secc. 1.ª, Letra O, exp. de D. Enrique O’Donnell y Anhetan; Archivo Histórico Nacional (Madrid), Secc. de Estado, Orden de Carlos III, exp. 1847.

P. Sáiz Castellanos, Anotaciones sobre las campañas de Cataluña de 1822 y 23, Veracruz, 1828, pág. 169; M. Ibo Alfaro, Apuntes para la Historia de don Leopoldo ODonnell, Madrid, Imprenta de Don Francisco Martínez Zambrano, 1867, págs. 39-40; A. Carrasco y Sáinz, Icono-biografía del generalato español, Madrid, Imprenta del Cuerpo de Artillería, 1901; F. Moya Jiménez y C. Rey Joly, El Ejército y la Marina en las Cortes de Cádiz, Cádiz, Tipografía Comercial, 1913; A. Alcalá Galiano, Obras escogidas. Recuerdos y memorias, t. I, Madrid, Atlas, 1955; VV. AA., Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, t. XXXIX, Madrid, Espasa Calpe, 1958, págs. 719-721; Servicio Histórico Militar, Blasones Militares, Madrid, Servicio Histórico Militar, 1987, pág. 157; A. Gil Novales (dir.), Diccionario Biográfico del Trienio Liberal, Madrid, Museo Universal, 1991, págs. 476-477; A. de Ceballos-Escalera y Gila, J. L. Isabel Sánchez y L. de Cevallos-Escalera y Gila, La Real y Militar Orden de San Fernando, Madrid, Palafox y Pezuela, 2003, págs. 49-50, 83, 98-99, 163 y 196.

 

Hugo O’Donnell y Duque de Estrada, duque de Tetuán