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Pedro Ignacio de Castro Barros

Biografía

Castro Barros, Pedro Ignacio de. La Rioja (Argentina), 31.VII.1777 – Santiago de Chile (Chile), 17.IV.1849. Eclesiástico, sacerdote, educador, funcionario, independentista.

Pedro Ignacio de Castro Barros era hijo de Pedro Nolasco Castro y de Francisca Jerónima Barros. Estudió sus primeras letras en Santiago del Estero y en 1790 se trasladó a Córdoba e ingreso en el Colegio Nuestra Señora de Loreto. Más tarde cursó en la universidad de esa ciudad la carrera de Teología hasta obtener en 1800 el grado de doctor, y ese mismo año se ordenó sacerdote. En 1801 comenzó a estudiar Derecho Civil, alcanzando el grado de bachiller. Desde entonces actuó en la universidad, ya al frente de la cátedra de Latinidad, ya como pasante de Leyes.

En 1804, Castro Barros regresó a La Rioja donde se dedicó a la enseñanza y a la predicación. En 1809, un tribunal calificador le concedió por unanimidad de votos la cátedra de Filosofía en la Universidad de Córdoba, y al año siguiente fue nombrado cancelario de esa institución. En 1810 fue designado rector del seminario diocesano, cargo que desempeñó por breve tiempo, pues regresó a La Rioja como cura rector, vicario foráneo y examinador sinodal del obispado.

Su decidida adhesión a la causa independentista le permitió ser elegido en 1814 diputado por La Rioja a la Asamblea Constituyente del año XIII, de cuya mesa directiva fue vicepresidente. En 1816 la misma provincia lo eligió su diputado al Congreso de Tucumán, del que fue presidente después de declarar la independencia el 9 de julio de 1816.

En 1821 está nuevamente en Córdoba, donde el claustro lo eligió rector y cancelario de la universidad, la que regenteó hasta 1828. En ese cargo participa junto a la comunidad universitaria en la introducción de la segunda imprenta y en la creación de escuelas de instrucción primaria bajo el entonces tan apreciado sistema lancasteriano.

En 1831 Castro Barros fue enviado prisionero a Santa Fe, acusado de haber colaborado con el gobierno del general Paz en Córdoba. Más tarde, por orden del gobernador Juan Manuel de Rosas, fue trasladado a su nueva prisión en Buenos Aires. En 1833 se refugió en la Banda Oriental y en 1841 pasóúnica hija, Juana, mientras que en 1599 estuvo ausente de la ocasión más cortesana que vivió la Valencia de fin de siglo, la de las dobles bodas de Felipe III con Margarita de Austria y de su hermana, Isabel Clara Eugenia, con Alberto, archiduque de Austria, que fueron celebradas con gran aparato de fiestas promovidas por el nuevo valido, el marqués de Denia (futuro duque de Lerma), otro de los grandes títulos valencianos. En los fastos participaron los Nocturnos y cuantos ingenios había en activo en la ciudad, además de Lope, que acudió con su prestigio ya consolidado de primer poeta dramático de España. Guillén debía de estar en Valencia, pues años más tarde evocó las fiestas en su comedia La verdad averiguada y casamiento engañoso, y debió de entablar entonces la que sería una intensa y prolongada amistad con Lope, pero las numerosas y circunstanciadas relaciones que se hicieron de aquellas fiestas no mencionan su participación, y su ausencia es como uno más de esos signos de indicio que anuncian tiempos desafectos.

Fue el final de la etapa valenciana de Guillén. En febrero de 1604 se reunieron las Cortes del reino, y Guillén, que fue convocado por el brazo militar, no acudió. Probablemente se encontraba ya en Nápoles, al servicio de un nuevo señor, el conde de Benavente, que había sido virrey de Valencia y que desde abril de 1603 lo era de Nápoles, en calidad de “Entretenido por su Magestad cerca de la persona del Virrey”, esto es, como uno de los muchos —una cuarentena— capitanes de lanzas y caballos al servicio directo del virrey. En junio de 1607 el virrey le nombró, además, gobernador de la fortaleza de Scigliano, lo que le otorgaba el derecho a un segundo salario, y le renovó en el cargo dos años más, en junio de 1608 y de 1609. En agosto de este último año la flota de Nápoles recibió órdenes de dirigirse primero a Mallorca y después a Valencia para proceder al embarque masivo de los moriscos recién expulsados y a su posterior traslado a los puertos del Norte de África. Guillén se embarcó en una de las dieciocho galeras encargadas de esta misión, bajo el mando del marqués de Santa Cruz, su almirante, y del lugarteniente general, Diego Pimentel, hijo del conde de Benavente. La misión estaba completada en noviembre de 1610, pero Guillén no se reincorporó a Nápoles con la flota, sino que pidió y obtuvo autorización para permanecer un año en Valencia, estancia que se prolongó a dos años y medio, probablemente por causa de una aguda y duradera enfermedad (¿neumonía?), tal como parece testimoniar el certificado médico de abril de 1613 firmado por el doctor Melchor de Villena, catedrático de la Universidad de Valencia, en que se hacía constar que Guillén “tuvo pocos años ha una grande enfermedad de hechar sangre del pecho [...] en grande cantidad, que le tuvo en peligro grande de su vida, y después acá ha tenido otros accidentes y tiene al presente una destilación al pecho por la qual se purga todos los años [...] Para todo lo qual le es muy contraria la mar”. No se sabe si una vez restablecido volvió a Nápoles, aunque O. H. Green (1933), quien localizó buena parte de los documentos relativos a la etapa napolitana, supone que volvió y permaneció allí hasta el verano de 1616. Desde junio de 1611 se le había sustituido como gobernador de Scigliano y desde 1613 había un nuevo virrey en Nápoles, el conde de Lemos, quien si bien prohibió a sus oficiales el cobro de dos sueldos condonó las deudas de Guillén (que había pedido prestado sobre su salario, especialmente durante su convalecencia en Valencia, cuando no estaba contemplado que lo cobrara). Lemos fundó en Nápoles la famosa Accademia degli Oziosi, con la que revitalizó la vida áulica de la ciudad, pero Guillén de Castro no participó en sus actividades, cosa verdaderamente sorprendente —si estaba allí— dada su aficción a las academias.

En 1616 puede darse por acabado ese difícil tránsito que fue la etapa napolitana, que transcurrió entre deudas y trabajos y que debió dejarle el lastre de una temible enfermedad y de una experiencia tan poco grata como la del forzado tráfico de los moriscos hacia su destierro definitivo.

Los años que transcurren entre 1616 y 1619 (o tal vez entre 1611 y 1619) parecen un intento de reacomodarse a Valencia y de retomar los sueños de su juventud.

En 1616, un Guillén que ya se acerca a los cincuenta años crea la Academia de los Montañeses del Parnaso, de la que es elegido presidente, con el afán —casi inmediatamente extinguido— de reverdecer los días felices de la Academia de los Nocturnos, cuya añoranza tal vez ha reavivado la experiencia ajena de los Oziosi. Dos años después hace imprimir en Valencia la Primera Parte de su teatro, doce comedias (El perfecto cauallero; El Conde Alarcos; La humildad soberuia; Don Quixote de la Mancha; Las Mocedades del Cid, primera; Segunda de las hazañas del Cid; El Desengaño dichoso; El Conde Dirlos; Los Mal Casados de Valencia; El nacimiento de Montesinos; El Curioso impertinente; La de Progne y Filomena) escritas tanto en la primera etapa valenciana de su obra (¿1593?- 1604), como en la posterior entre Nápoles y Valencia(¿1604?-1618), pero esta recopilación casi general de su obra dramática parece haber sido decidida con la vista puesta en una nueva etapa de su vida, ahora en la Corte, pues es en ella —y no en Valencia— donde piensa vender su edición, para lo que solicita la licencia correspondiente, que el Rey otorga.

Como tantos otros dramaturgos, como Lope, Ruiz de Alarcón, Vélez de Guevara, Pérez de Montalbán...

Guillén aspira ahora a competir como poeta dramático en el mercado teatral y a rentabilizar sus éxitos en la escena por medio del mecenazgo de la gran nobleza y, si es posible, con la obtención de cargos en la Corte.

El 8 de enero de 1619 ya está instalado en Madrid.

Cuenta para ello con la venta de los novecientos ejemplares de su edición (con la que pretende pagar los dos mil seiscientos reales que pidió prestados para imprimirla, y otros casi setecientos derivados de su instalación en la Corte, y también prestados) y con una ayuda tal vez inesperada pero sustanciosa, los mil reales que le darán por la venta de un esclavo negro que le había regalado su nuevo protector, Juan Téllez de Girón, marqués de Peñafiel, primogénito del tercer Grande a cuyo servicio estuvo Guillén, el duque de Osuna.

Los años veinte son de una intensa actividad literaria: Guillén se abre camino en Madrid, participa en Justas Poéticas (en honor de Isidro labrador, de san Ignacio de Loyola, de san Francisco Javier...), entre certamen y certamen escribe y hace representar sus comedias, sobre todo por la compañía de Antonio de Prado, reimprime la Primera Parte en Valencia y en casa de Felipe Mey (1621) y la dedica a Marcela de Vega Carpio, la hija de Lope, quien lo elogia efusivamente en diversas composiciones de certamen, en la dedicatoria de Las almenas de Toro (1620), o en La Filomena (1621). Es sin duda el momento de más intensa relación entre Guillén y el Fénix, y también de más estrecha alianza en aquella lucha casi nunca limpia por la protección y el mecenazgo de los grandes, que enfrentó a poetas y dramaturgos. Es también el momento de mayor reconocimiento de su éxito como poeta dramático, tal como atestiguan los elogios de Cervantes, Gracián, Pérez de Montalbán, Rojas Villandrando, Fabio Franchi... además de los de Lope.

Las mocedades del Cid se convierten en una referencia inexcusable del teatro histórico del momento, y la actriz Ángela Dido debe su nombre artístico al éxito y al prestigio de la comedia Dido y Eneas, cuyo papel de Dido representó. En 1625 editó la Segunda Parte de sus comedias (Engañarse engañando; El mejor esposo San José; Los enemigos hermanos; Cuánto se estima el honor; El Narciso en su opinión; La verdad averiguada y engañoso casamiento; La justicia en la piedad; Pretender con pobreza; La fuerza de la costumbre; El vicio en los extremos; La fuerza de la sangre; Dido y Eneas), esta vez por medio del impresor Miguel Sorolla, aunque también en Valencia, y la dedicó a su sobrina Ana María de Figuerola y Castro, la hija de su muy querida y malcasada hermana, Magdalena de Castro. Las obras que escriba y haga representar posteriormente a esta fecha no serán recogidas ya en volumen, permanecerán diseminadas en diferentes ediciones y manuscritos hasta su recopilación en las Obras de Don Guillén de Castro y Bellvis que preparó Eduardo Juliá (1925-1927).

Durante la década de los veinte parecen cumplirse —no sin regateos— algunas de sus previsiones. Se ha hecho un sitio en el mercado teatral y en el prestigio literario de la Corte, y sus espaldas están hasta un cierto punto cubiertas por uno de los más poderosos señores del país, Osuna el Grande. Como durante toda su vida —y la de la mayor parte de esa masa de hidalgos y caballeros desheredados que pululan por las ciudades españolas— el asentamiento social no va acompañado de liquidez económica, y las deudas le salpican más o menos intermitentemente, en especial en la primera mitad de la década. También le salpica un asunto oscuro, pues es denunciado secretamente como instigador de un asesinato por encargo, que tendría que cometer un delincuente llamado Juan Jerónimo Montañés en la persona de un caballerizo del Nuncio. El rey Felipe IV ordenó que se hicieran averiguaciones “con mucho recato; porque en caso que no hubiere fundamento no se note con la voz que podía resultar la persona de don Guillén”. El Consejo de Aragón desestimó la denuncia, censuró al Nuncio y remitió el delincuente a Menorca, dando el asunto por zanjado sin que repercutiese sobre la biografía del poeta.

En mayo de 1619, cuando todavía no llevaba un año en Madrid y era también reciente la protección de Juan Téllez de Girón, éste le cedió el usufructo del donadío de Casablanca, en el “estado” que los duques de Osuna tenían en El Arahal (al este de Sevilla), de 1.165 fanegadas de tierra, “por la mucha voluntad y obligaciones que le tenía”. Confirmó el duque Pedro la donación hecha por su hijo “por los muchos y buenos servicios que don Guillén de Castro nos ha hecho al Marqués de Peñafiel, mi hijo, y a mí, y por los queespero que nos hará, y para que mejor pueda sustentarse conforme a la calidad de su persona”. Fue este un regalo de cierta importancia, capaz de complementar con decoro las rentas de un caballero, pues debía proporcionar entre 8.000 y 11.000 reales de renta anual (las rentas de la caballería urbana oscilaban entre los 22.000 y los 110.000 reales año, según cálculos de Bennassar). No obstante, o a Guillén le iban bien las cosas por entonces o a su hermana Magdalena le iban muy mal, puesto que el poeta no tardó ni siquiera un año desde la firma del compromiso con el duque (25 de enero de 1620) en ceder a su vez el usufructo del donadío a Magdalena (5 de octubre de 1620). El bibliógrafo Ximeno (1747-1749) cuenta que también protegió a Guillén el conde duque de Olivares, quien “como por fuerza le hizo pedir una pensión”. No se ha podido documentar dicha pensión, aunque sí que Guillén dispuso de una —¿la misma?— de 300 ducados, que percibía anualmente de las rentas del arzobispado de Tarragona, y a la que perdió el derecho con su boda.

La protección del duque y de su primogénito se extendió a más, pues patrocinaron la boda de un Guillén ya maduro (cincuenta y siete años) con Ángela María Salgado, de veinticuatro años (según H. Mérimée), doncella de la duquesa. El duque estableció para la nueva pareja una dote de 16.000 ducados (176.000 reales), más que probablemente computados en términos de patrimonio, que incluían —según Mérimée— la cesión vitalicia del cortijo de Casablanca, ahora compartido por los cónyuges, y una renta de 300 ducados (3.300 reales) anuales para Guillén, quien a su vez negoció con su suegro, en los años siguientes, la liquidación de la herencia que su esposa había recibido de su madre en 1615, y que se vio finalmente reducida a cuatrocientos ducados. La boda se celebró en la Colegiata de Osuna el día 28 de junio de 1626, actuando los duques de padrinos. Resulta de difícil valoración lo que supuso esta boda en términos de bienestar económico. Mérimée, el único estudioso que se atrevió a hacerlo, pensó que “los beneficios fueron más bien mediocres”, pero lo cierto es que los últimos años de la vida de Guillén parecen haber transcurrido dentro del reconocimiento literario y social, como muestran las instrucciones del rey Felipe IV, ya citadas, o los documentos preparatorios de la boda en que el duque hace constar que Guillén “ha continuado en mi casa e servicio todo el tiempo pasado hasta hoy, que está en él en mi casa, siéndome su persona muy importante”, y dentro de un cierto desahogo económico, que parecen atestiguar ciertos indicios, tales como la muy importante cantidad pagada por la mudanza del ajuar desde Osuna a Madrid (mil cuatrocientos ducados), el regalo a su mujer de ciertas joyas o la mediación en el compromiso nupcial entre la hermana de su esposa, Isabel Salgado, y Fruela Boyl, señor de Massamagrell e hijo de su ya difunto amigo, el Nocturno Carlos Boyl.

Vienen estas consideraciones a cuento de la sorprendente noticia recogida en el dietario de Diego de Vich: “Lunes a 4 [de agosto de 1631] se supo por la estafeta como murió en Madrid, lunes, a 28 de julio, Guillén de Castro y Belvís, edad 62, cómico poeta famoso. Murió tan pobre que le enterraron de limosna en el hospital de la Corona de Aragón”. Algunos eruditos (Ximeno, Mesonero, Said Armesto...) admitieron sin más el testimonio, pero Martí Grajales lo desautorizó a la vista del testamento del poeta, y Eduardo Juliá reforzó sus conclusiones, tratando de dejar las cosas en su justo medio. Lo cierto es que Guillén de Castro otorgó testamento el 26 de julio de 1631, dejando heredera universal —una vez pagadas deudas, mandas y legados— a su esposa, que aceptó la herencia “con beneficio de inventario y no de otra manera”, y que once años después otorgó poderes a favor de su tercer marido, Fabián de Contreras (pues la viuda casó dos veces más —y no mal—, lo que indica que no debía ser tan mal partido) para disponer de todo lo concerniente a la herencia del poeta, como también es cierto que el inventario de bienes que se establece en el testamento no es el de un hombre con patrimonio: no constan propiedades ni derechos sobre propiedad alguna, como no constan tampoco libros, ni cuadros, ni objetos de lujo, ni dinero en efectivo, consta, sí, lo que un caballero podía ponerse encima con decoro, y también el menaje de su casa. Sumado esto a las varias rentas que percibía, entre las cuales no faltaría el cobro por la representación de sus obras teatrales, y a la posición de su mujer, nos permite imaginar sus últimos años como los de tantos otros caballeros sin patrimonio, que vivían al día, en una desahogada mediocridad, no exenta de sobresaltos. En todo caso estos últimos años debieron ser para Guillén de Castro bastante mejores que los que le precedieron en Nápoles o después en Valencia, cuando vivía acosado por las deudas y los anticipos, y definen el horizonte de expectativas de un escritor sin patrimonio propio ni cargos en la Corte, dependiente del mecenazgo señorial y de las ganancias profesionales, en la España del siglo xvii. Más allá de las obras citadas, Guillén escribió e hizo representar otras, como demuestran las noticias sobre las representaciones en La Olivera, en 1624, de El nieto de su padre, y en 1628 de El ayo de su hijo, La tragedia por los celos e Ingratitud por amor, recogidas por Mérimée. De estas obras, dos se conservan en sendos manuscritos de la Biblioteca Nacional. En el de La tragedia por los celos puede leerse: “acabóla don Guillén de Castro en Madrid a 24 de diciembre de 1622 años para Antonio de Prado". El de Ingratitud por amor está firmado por Guillén, aunque no es autógrafo, y la Jornada III se atribuye a Pedro Calderón.

Las obras que Guillén no publicó personalmente han de buscarse en colecciones misceláneas, en “sueltas” o en manuscritos, la mayor parte muy posteriores a la muerte del autor, y con textos harto descuidados.

La atribución de estas obras a Guillén de Castro ha sido objeto de diversas opiniones críticas. En la posición más restrictiva, C. Bruerton (1944) garantiza como auténticas exclusivamente veintisiete obras (las dos de 1608, las veinticuatro de las dos Partes, y La tragedia por los celos), admite tres más como “probablemente de Castro”, sitúa ocho bajo la categoría de “dudosas” y descarta cuatro de las habitualmente atribuidas. En la posición más flexible Eduardo Juliá publicó cuarenta y dos obras en su edición de las Obras (1925-1927) del autor. La última y sistemática revisión de los problemas de atribución se debe a C. Faliu-Lacourt (1989). El balance supone un corpus teatral de unas treinta y cinco comedias, aparte de las cuales vale la pena recordar su contribución a la colectiva Algunas hazañas de D. García Hurtado de Mendoza (obra de nueve ingenios), el Entremés famoso de Cornelio y la Loa famosa de Don Guillén de Castro.

La obra no teatral de Guillén de Castro está recogida en gran medida en los tres tomos manuscritos de las actas de la Academia de los Nocturnos, donde pueden leerse diversos poemas de circunstancias y algunas composiciones en prosa. Una selección del cancionero de los Nocturnos fue publicada por Pedro Salvá (1869), y ampliada por Francisco Martí Grajales (1905-1912) y por Eduardo Juliá (1925-1927). El conjunto de las actas se ha publicado por un equipo de investigadores valencianos, José Luis Canet, Evangelina Rodríguez y Josep Lluís Sirera. Otras composiciones poéticas se hallan diseminadas en las páginas de libros coetáneos, en las actas de las diversas justas poéticas en que participó, y en el Cancionero manuscrito de Matías, duque de Estrada, que se conserva en Nápoles.

Obras de ~: El amor constante y El caballero bobo, en VV. AA., Doce comedias famosas de quatro poetas naturales de la [...] ciudad de Valencia, Valencia, Aurelio Mey, 1608 (Barcelona, Comellas, 1609; Madrid, Serrano de Vargas, 1614); Primera Parte de las comedias de Don Guillén de Castro natural de la ciudad de Valencia, Valencia, Felipe Mey, 1618 (2.ª ed., Valencia, Felipe Mey, 1621); Parte Segunda de las comedias de Don Guillén de Castro, Valencia, Miguel Sorolla, 1625; Obras de Don Guillén de Castro y Bellvis, ed. de E. Juliá Martínez, Madrid, Real Academia Española, 1925-1927, 3 vols.; Las mocedades del Cid, ed. de S. Arata, Barcelona, Crítica, 1996.

 

Bibl.: P. Salvá, Cancionero de la Academia de los Nocturnos de Valencia, extractado de sus actas originales, Valencia, Imprenta de Ferrer de Orga, 1869; E. Juliá Martínez (ed.), Obras de Don Guillén de Castro y Bellvís, Madrid, Real Academia Española, 1925-1927, 3 vols.; F. Martí Grajales, Ensayo de un diccionario biográfico y bibliográfico de los poetas que florecieron en el Reino de Valencia hasta el año 1700, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1927, págs. 75-101; O. H. Green, “New Documents for the Biography of Guillén de Castro y Bellvís”, en Revue Hispanique, LXXXI (1933), págs. 248-260; J. M.ª Roca Franquesa, “Un dramaturgo de la Edad de Oro: Guillén de Castro. Notas a un sector de su teatro”, en Revista de Filología Española, XXVIII (1944), págs. 378-427; C. Bruerton, “The Chronology of the Comedias of Guillén de Castro”, en Hispanic Review, vol. XII, n.º 2 (abril de 1944), págs. 89-151; L. García Lorenzo (ed.), Guillén de Castro. Don Quijote de la Mancha, Madrid, Anaya, 1971; R. Froldi, Lope de Vega y la formación de la comedia, Madrid, Anaya, 1973; A. Hermenegildo, La tragedia en el Renacimiento español, Barcelona, Planeta, 1973; W. E. Wilson, Guillén de Castro, New York, Twayne Publishers, Inc., 1973; L. García Lorenzo, El teatro de Guillén de Castro, Barcelona, Planeta, 1976; L. García Lorenzo (ed.), Guillén de Castro. Los malcasados de Valencia, Madrid, Castalia, 1976; J. G. Weiger, Hacia la comedia, de los valencianos a Lope, Madrid, Cupsa Editorial, 1978; A. Egido, “Mitos, géneros y estilo: el Cid barroco”, en Boletín de la Real Academia Española, LIX (1979), págs. 499-527; J. Crapotta, Kingship and Tyranny in the Theater of Guillén de Castro, London, Tamesis Books, 1984; M. Delgado, Tyranny and the right of resistance in the theatre of Guillén de Castro, tesis doctoral, Ann Arbor, Michigan, University Microfilms International, 1985; H. Mérimée, El arte dramático en Valencia, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1985, 2 vols.; J. L. Ramos, “Guillén de Castro en la comedia barroca”, en J. Oleza (ed.), Teatro y prácticas escénicas, II: la Comedia, London, Tamesis Books, 1986, págs. 229-248; J. L. Canet, E. Rodríguez y J. Ll. Sirera (eds.), Actas de la Academia de los Nocturnos, [Valencia], Alfons el Magnànim, 1987-2000, 5 vols.; C. Faliu-Lacourt, Un dramaturge espagnol du Siècle d’Or. Guillén de Castro, Université de Toulouse-Le Mirail, 1989; F. Antonucci, “Sobre la autoría de El nieto de su padre”, en Criticón, LI (1991), págs. 7-20; A. García Valdecasas, “La tragedia de final feliz: Guillén de Castro”, en M. García Martín (coord.), Estado actual de losestudios sobre el Siglo de Oro: actas del II Congreso Internacional de Hispanistas del Siglo de Oro, vol. 1, Salamanca, Universidad, 1993, págs. 435-446; G. Diego [“Estudio preliminar”], en G. de Castro et al., Poetas dramáticos españoles, vol. 1, Barcelona, Océano [2000].

 

Joan Oleza i Simó