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José Almirante y Torroella

Biografía

Almirante y Torroella, José. Valladolid, 16.VII.1823 – Madrid, 23.VIII.1894. General de Ingenieros, tratadista y polígrafo militar del siglo xix.

Su padre, Ramón Almirante González, nacido en 1783, de familia de hidalgos cántabros, terratenientes modestos, con algún sacerdote y ningún militar, era bachiller en teología por la universidad pontificia de Segovia en 1806, y la invasión francesa le movió a la milicia. Al alistarse, la Junta de Defensa de Toro “por su ilustración, le condecoró con la clase de teniente, y viendo sus circunstancias le ascendió a capitán”, con mando en el II Batallón. Herido grave y preso en julio de 1810, en la brecha de Ciudad Rodrigo, se fugó del convoy. Terminó la guerra de teniente coronel.

Fue “purificado” pese a su lealtad, y en 1821 casó con Manuela Torroella. Fueron a Valladolid, donde nació José, se trasladaron a Logroño en mayo de 1824 y fue baja en el ejército en septiembre de 1826, con cuarenta y tres años, al parecer por un disgusto con un coronel.

José fue educado con gran austeridad y severidad por su padre, “religioso hasta las disciplinas en común en la madrileña bóveda de San Ginés”. Pero en casa de amigos paternos, “leyó apasionadamente libros avanzados de los que se imbuyó y fueron base del volterianismo de sus escritos” en contraste con su religiosa educación familiar y escolar. Aunque nacido en Valladolid, vivió hasta 1829 en Logroño, ciudad donde su padre fue teniente coronel del regimiento de Almansa n.º 17. Al cumplir los ocho años era en el mismo cuerpo “cadete de menor edad, sin derecho a antigüedad”.

Sentó plaza de cadete de cuerpo en el regimiento de infantería de Almansa y en 1835 ingresó en el Real Colegio General Militar de Segovia, donde, con catorce años, actuó en su defensa contra las tropas del carlista general Zariátegui. Terminó los cursos en 1837 sin la edad mínima para ser oficial y aprovechó el tiempo ingresando, para cinco años más, en la Academia de Ingenieros de Guadalajara, donde completó, con base técnica, la humanística que recibió de niño. Teniendo diecinueve años salió con el grado de teniente y destinado al Depósito Topográfico, que entonces empezaba a ejecutar en España los trabajos geográficos y catastrales iniciadores de lo que sería luego un instituto civil.

A los veintiún años, en 1844, era ya capitán. Acompañó al general Zarco del Valle en una comisión por Europa de 1847 a 1849, ampliando sus conocimientos de idiomas, especialmente el alemán. Comandante en 1852, durante su corta instancia en el Ministerio de la Guerra fue secretario de la Comisión Revisora de Ordenanzas. En 1852 marchó voluntario a Filipinas, donde fue comandante de Ingenieros de Cavite. Allí ascendió a teniente coronel en 1857 y el año siguiente hubo de regresar enfermo a la Península, tras un nuevo viaje al extranjero.

Ascendió a coronel en 1867 y, destinado en las subinspecciones de su cuerpo en ambas castillas, en 1879 se le concedió permiso para concluir la redacción de su Diccionario Militar, y desde 1871 fue secretario del cuarto militar de don Amadeo I hasta su abdicación en 1873, siendo uno de los pocos que le sirvieron lealmente y le acompañaron hasta la frontera.

Brigadier en 1874, proyectó las defensas de Santander, ciudad que se consideraba amenazada por el Ejército del Norte; ya en 1879, se le encargó la revisión de los documentos históricos de Pirala y, concluida, redactar un Reglamento de Régimen y Disciplina, sustituyese a los tres primeros tomos de las Ordenanzas de Carlos III, siendo a la vez miembro de comisiones de reformas militares. Mariscal de campo en 1882 y general de división, fue jefe de la Comandancia de Ingenieros de Cuba hasta finales de 1884.

Cuando murió en Madrid, el 28 de agosto de 1894, su gran erudición le había consagrado como el primer tratadista militar español.

En la biografía de Almirante es inevitable tener en cuenta algunos rasgos de su personalidad. Redondo le define como un introvertido que se autonalizaba con la misma minuciosidad que examinaba los hechos históricos. Era célebre por sus exabruptos, temible por sus salidas de tono en la conversación y de trato difícil dado su mal genio.

Díez-Alegría añade que su sinceridad, su poca salud y, sobre todo, las envidias que suscitaba su inmensa cultura y su sentido del humor, le causaban algunas dificultades, diciendo él mismo que “la manera imparcial, desapasionada, ecléctica, zumbona, con que tratamos ajenas cuestiones de fórmula y procedencia, que tan espinoso hace el amor propio, no suele reportar simpatía, gratitud, ni aún justicia”. Analítico por naturaleza y crítico por vocación, se negó rotundamente a asumir el papel de reformador y se mantuvo ajeno a los problemas candentes de la época. Como militar e ingeniero fue siempre estimado por su indudable competencia y su estricta limitación a los deberes militares. Díez-Alegría añade: “Su vida militar y personal se caracterizó por una simplicidad sorprendente, viviendo como vivió, tiempos de cambio propicios para escalar o sobresalir sin grandes esfuerzos.

Él lo sabía, y aunque le trajo inconvenientes en el tramo final de su carrera, la conciencia de su propio valer no le abandonó nunca”.

No recibió recompensas ni honores como escritor y tratadista, pero tuvo la satisfacción de que se le encargara a él solo la redacción de los reglamentos militares más necesarios en su tiempo. El Reglamento para el servicio de guarnición y el Reglamento de Disciplina no fueron aprobados por la Junta Superior Consultiva de Guerra y Marina. El Reglamento para el servicio militar de campaña era, como los otros, una parte de la revisión de las Ordenanzas, encargada directamente por el ministro de la Guerra, marqués de Torrelavega, que el brigadier Almirante concluyó en algo más de seis meses y, en 1881, el nuevo ministro, general Martínez Campos, presentó a las Cortes para que se aprobase por ley, erróneamente, pues bastaba un real decreto.

El Senado aprobó el proyecto de ley, pero en el Congreso se le recibió con inicial oposición, que el general Salamanca enconó llevándolo a un debate tormentoso, donde pasó de sistemático oponente al Gobierno, a los ataques personales a Almirante, esgrimiendo todos los argumentos de bajo vuelo que suelen emplearse contra los oficiales motejados de intelectuales, indignado de que, desdeñando a otros tratadistas muy respetables, se hubiese encargado de redactar nada menos que el Reglamento de Campaña a un solo individuo, que precisamente no tenía experiencia guerrera y —lo que era más amargo para Almirante— acusándole de haber utilizado en su provecho el proyecto de Ordenanzas de 1853, de cuya junta revisora había tomado parte. Al general Salamanca, opuesto, en principio, a cualquier proyecto del Gobierno, le hería la sátira con que Almirante atacaba los tópicos en todos sus escritos, especialmente en la voz “Ordenancista” de su Diccionario Militar, dirigida a los “retrógrados atrabiliarios”. En consecuencia, Salamanca amenazó con presentar 273 enmiendas al proyecto.

Aunque Salamanca cesó en su acusación y suavizó su inicial mordacidad, produjo profunda amargura en el ánimo de Almirante. El reglamento fue aprobado y nunca derogado, cayó en desuso al terminar la Guerra del 14. Mayor decepción de Almirante, próximo a pasar a la reserva, fue la de no ascender a teniente general en una vacante inesperada que cubrió el general Esponda, al no considerarse sus méritos de escritor militar, pues no tenía otros.

En los apuntes que Almirante iba anotando para el prólogo de la Historia Militar, que dejó inédita a su muerte en 1895, se anticipaba bastantes años a Unamuno diciendo que el propósito constante de todos sus escritos era “militarizar al paisano y paisanizar al militar” —Unamuno, más agresivo, diría “civilizar al militar”— porque se proponía “ensanchar en el militar el horizonte del estudio e invitar, estimular, al paisano a que penetre, hasta cierto punto, en la cosa militar”, explicando que tal intento, que hubiera sido extemporáneo, imposible, en los pequeños ejércitos europeos del siglo xviii, era entonces recomendable y factible. Y añade algo insólito entonces e implantado en los siguientes años sesenta: “Los principales escritores extranjeros lo aceptan, y algunos demuestran la conveniencia de crear en la Universidad un curso de Historia militar”.

En otro párrafo previsto para ese prólogo daba por hecho indudable que, en su tiempo, “la inteligencia se apartaba del estado militar. Los griegos y romanos eran hombres de guerra y de Estado —Solón, Temístocles, Pericles, Tucídides, Jenofonte— mientras que hoy ya, por la división del trabajo, no puede existir el tipo de Vinci, Miguel Ángel o Durero”.

Comentaba él mismo, en sus notas, que un crítico —“aunque no muy benévolo por cierto”— le había acusado de escribir deprisa, “como con miedo de que le faltase tiempo”, y encontraba exacta la observación, considerando: “Sobreviene la vejez con morosidad, su ineptitud para el trabajo, y generalmente la declinación es más rápida y prematura cuanto más se abusó en la edad temprana de la fuerza, al parecer inagotable”.

Las opiniones coinciden en que Almirante es uno de nuestros primeros escritores militares, junto a Villamartín —los dos más citados— habiendo hecho gala de su extensísima y profunda cultura general y militar, mostrada en sus obras con un estilo literario correcto, sencillo, amenísimo y muchas veces castizo de la mejor ley, que le hacía abordar sin prejuicios y con el mayor desenfado las cuestiones más comprometidas.

Su clasificación es difícil si se pretende hacerle monográfico, fácil si se considera su variada atención. Por eso los críticos, según sus preferencias, le llaman pensador, tratadista, historiador, lexicólogo, bibliógrafo, o polígrafo enciclopédico. Posiblemente, la muy amplia variedad del último término, con el que le califica Díez-Alegría, sea en su generalización el que mejor le cuadre. Francisco Barado, otro clásico militar, dijo de Almirante: “Podrá diferirse del autor en el modo de apreciar ciertas cuestiones, pero nadie ha de negarle sus condiciones de pensador profundo, de crítico independiente y de escritor ingenioso”.

Para el teniente general Díez-Alegría, Almirante fue el más erudito, el más profundo, el de más alto valor literario entre los ocho autores militares que examinaba al ingresar en la Real Academia —incluidos Villamartín, Barado, Banús, Gómez de Arteche y Muñiz y Terrones— coincidiendo su apreciación con el informe de la Academia de la Historia, la del insigne tratadista Francisco Barado, y la del prologuista de su antología de 1943, quien dice: “Los libros de Almirante apenas envejecen y son actuales casi todas sus apreciaciones, obras maestras por su fondo y por su forma, que honran la literatura militar”. Fernando Redondo, en su lectura crítica de 1982, como oficial de generaciones de posguerra, coincide con los viejos militares, al sintetizar: “Despojando a Almirante de sus fobias, e incluso con ellas, no deja de ser uno de los colosos de nuestra literatura militar. Erudito, inteligente y razonador, con unos conocimientos muy superiores a los de otros generales de su tiempo, nos ha dejado el testimonio vivo de cómo el estudio y la meditación pueden sustituir a la experiencia directa.

Y por lo que se refiere a su estilo, basta con leerle, para admirar su excepcional manejo del lenguaje, hasta cuando fustiga y hiere con su implacable pluma”.

Con su espíritu sociológico quiso Busquets definir la filiación filosófica de Almirante, partiendo de sus notas para el prólogo de la Historia Militar, inédita e incompleta a su muerte. Atrevida y expuesta operación, la de encasillar a un liberal librepensador, juzgando por su ideología y su espíritu artístico —el literato es artista de la pluma— que hace pensar en el orteguiano “yo y mi circunstancia”, idea tópico dicha en dos palabras. Almirante tenía la circunstancia del progresismo en boga, pero inserto en una acusadísima personalidad mal avenida con cuadrículas; su “yo” era su eje ideológico y vital, y “la circunstancia”, era paisaje donde bebía si tenía sed.

Busquet encuentra en aquellas deslavazadas notas que Almirante, como hombre moderno, seguía las teorías sociológico-organicistas de Spencer, Lilienfeld y Schäflle, combinadas con el organicismo-sociológico de Comte, Spencer, Marx, como Villamartín, y por ello atendía más a las colectividades; pueblo, ejército, que a sus cabezas: los reyes, generales, etc. De ahí deduce una actitud religiosa de Almirante, que salta a la vista, comprendiendo lo discutible de “algunas frases”, no achacables a improvisar por escribir deprisa, pues aún sin entenderse su raro esquema: “Para tener fe religiosa no se necesita que todos vistan sotana”, se ve hacia donde va.

Simplificaba demasiado Busquet diciendo: “Almirante no era un hombre descreído, sino quizá sólo anticlerical”, cuando “el clero era en general ignorante, poco espiritual, rico y reaccionario, por lo que los intelectuales solían ser anticlericales”, generalización temeraria y poco científica. También Díez- Alegría exageraba su comprensivo juicio: “En lo religioso, aunque respetuoso, se nos muestra un tanto reticente”.

Aquellas notas prologales de Almirante resaltaban como dogmas el choque entre Iglesia y Estado, entre religión y ciencia, y proponían sustituir la fe religiosa por fe en la libertad. El capricho de redactar su esquela de defunción, es de fondo más que anticlerical: “El General de Ingenieros José Almirante Torroella ha muerto”, sin una mínima alusión —no sólo fórmula— a lo religioso ni a lo divino. Concederíamos que fuese deísta, pero también antirreligioso, más que anticlerical o antieclesiástico, sus grados menores. En las obras muestra un respeto formulario, y aún diplomático, sólo a lo religioso más teológico y profundo.

El primer libro de Almirante fue la Guía del oficial en campaña, publicada en 1868. Se anticipaba en diez años al polémico Reglamento de campaña, concluido por él en 1878 y aprobado en 1881. Pese a la falta de experiencia que se le achacó, como indispensable para tratar del combate y sus derivaciones, tuvo cinco ediciones en poco tiempo, un éxito asombroso entonces.

La escribió en dos meses, y su colofón marca el 14 de septiembre de 1868, cuatro días antes de la revolución que destronó a Isabel II. Respondiendo a su título, es una síntesis de todos los conocimientos necesarios a un jefe u oficial en campaña. Indirectamente trataba también de mostrar a los militares de su tiempo que había algo más que la mecánica de la vida de cuartel y el servicio en guarnición.

Su segunda obra, la más valiosa, universal y aún vigente, fue el Diccionario militar etimológico, histórico, tecnológico, con dos vocabularios, francés y alemán. Impreso en 1869 por cuenta del Estado, no se distribuyó hasta 1874. Su historia muestra las dificultades de un escritor militar de la época, como de tantas otras, aun siendo de la talla de Almirante, pues teniéndola a punto para la imprenta en 1865, sólo cuatro años después, el general Prim, ministro de la Guerra, que desconocía al autor, examinó despacio el expediente y el original de la obra, y apreciando su mérito, mandó que se imprimiera por cuenta del Estado en el Depósito de la Guerra, que con sus escasos medios, pudo concluirlo en cuatro años, razón por la que no se conoció hasta 1874, con pie de imprenta de 1869.

El Diccionario Militar de Almirante es una excelente muestra de su agilidad de ingenio y estilo. Escrito con pasmosa libertad de criterio, a veces apura la etimología en largas disquisiciones filológicas, y otras se las salta todas limpiamente en voces que no le apetecen despreciando, como ocioso, el tratamiento etimológico. Con gran rigor enciclopédico y documental, hace en alguna voz ensayismo de la mejor especie apuntando teorías, crítica y soluciones, para despachar en cuatro palabras otros términos que merecían estudio, pero que a él le resultaban enojosos o de laboriosa explicación. Mas en su conjunto, es una pieza admirable, originalísima, única en su género, y permanente, pues resiste incluso en su léxico, cualquier paso del tiempo. La Real Academia, informó en su tiempo diciendo: “Hay en él minuciosas descripciones, copia de fragmentos de otros autores, crítica razonable y a vueltas de censura, tal vez hasta rayar en lo humorístico, de cosas abusivas, curiosos relatos históricos ordinariamente entrelazados donde la gloria y vicisitudes de las armas patrias, de amena e instructiva lectura, que excita el interés y atenúa la aridez propia de los diccionarios”.

Con ello coinciden los comentaristas actuales; Fernando Redondo, acaso el más moderno, dice del Diccionario: “Verdadera enciclopedia, su lectura no sólo muestra los vastos conocimientos del autor, sino también su peculiar forma de enjuiciar cosas, hechos e instituciones”.

En aquel informe, la Academia de la Lengua, recomendaba como especialmente interesantes y completas la voces “Artillería”, “Disciplina”, “Estado” y “Estrategia”, entre otras, pero sobre todo, la de “Guerra”, que extendiéndose en 122 páginas, estudia su concepto, filosofía e historia, hasta 1866 inclusive, incluyendo entre varias definiciones las de Villamartín, Jomini y Clausewitz, a propósito del que Díez- Alegría —a quien seguimos— encuentra que el juicio de Almirante no es favorable, pues aunque cita varios párrafos de su famoso libro De la Guerra, “demuestra no haber llegado al fondo del pensamiento de tan insigne maestro, al que indirectamente califica de poco inteligente y confuso”. Es muy posible que, como Villamartín, no conociese la obra completa del polaco, sino sólo los primeros extractos y comentarios de ella traducidos en España, aunque por su más larga vida —Almirante murió veintidós años más tarde— y más amplio conocimiento del alemán, debiera de haberla leído, incluso en su idioma original.

Al comparar el concepto de la guerra de Almirante con el de Villamartín, encuentra Busquets que, si bien en el fondo participa de él, admite el diálogo, al considerarla: “una enfermedad del cuerpo social civilizado, curable y pasajera, que gana en inquietud lo que pierde en duración”. Encuentra que, aparentemente, la actitud de Almirante ante la guerra es más comedida que la de Villamartín o la de Proudhon, que es quien influyó mucho en los militares españoles de entonces, siendo, en el fondo tan belicoso como Villamartín, pues basta leer esta frase suya: “La guerra civil es grande escuela. ¿Es más dura, más penosa, más activa, mas sangrienta, más cruel? Pues es mejor guerra”.

Unamuno en 1904 llegaría más lejos, como en todo, al exaltar llamativamente la guerra civil, sin expresas limitaciones, cuando decía: “Bienvenida sea, pues, la guerra civil, en una u otra forma, si con ella nos libertamos, aunque sólo sea por algún tiempo, de esa paz civil armada”.

Pero hay que volver a Almirante, pues, aunque la guerra le atraiga, reconoce que “el militar de hoy, antes que soldado, es ciudadano, y no debe desear la guerra civil, sino prevenirla y evitarla”. Busquets concluye la comparación del concepto “guerra” entre los dos tratadistas españoles, apreciando que su diferencia estriba en que Villamartín habla habiendo concluido ya su obra, a los treinta años, y Almirante murió a los setenta y uno, cuando aún corregía su Historia Militar, donde también hablaba de la guerra, como en su Bibliografía, posterior al Diccionario. Lo cual es un punto de vista demasiado directo, pues la Historia no la terminaba, al saber que no tenía editor, aunque le faltaba poco y la tendría a punto en cuanto lo hubiese, pero el pensamiento de Villamartín es más comedido y profundo, cuando Almirante, pese a su madurez y experiencia, es más espontáneo y apenas corrige su primer impulso.

La voz “Guerra” es la más ampliamente desarrollada por Almirante, hasta el punto de constituir una monografía, ampliable con ideas de sus otras dos obras posteriores citadas. A las otras diez importantes que apreció la Real Academia pueden unirse por su propio mérito, las de “Ejército”, y “Táctica”, incluso la de “Periodismo militar”, donde apunta la polémica de las relaciones políticas de los militares. Todas ellas, como tantas, tratadas con la seriedad correspondiente al tema, pero el autor espera que “han de ser considerados también algunos conceptillos, algunas puntadas que espeluznan a los hombres graves, de esas que respetan la majestad de la Historia...”, como son “Ordenancista, “Ahogar”, “Doctrinario”, “Facultativo”, “Militarismo”, “Imperio del sable”, “Precedencia”, “Tratamiento”, y tantas más.

Su tercer libro fue la Bibliografía militar de España, publicada en 1870, la cual consolidó, si cabe, su fama y su éxito de escritor, ganadas con las anteriores. En cierto modo, puede considerarse como complemento del Diccionario, y al decir de Barado, “acredita un trabajo ímprobo y de sumo aliento”. La curiosa personalidad de Almirante no puede sorprendernos si incluso en la imaginable aridez de una obra bibliográfica demuestra su particular preferencia por el siglo xvi en oposición a su rechazo al xviii. Lo hace bellamente comentando la obra de Sancho de Londoño: “Con la lectura de sus páginas austeras, la imaginación restaura, sin grande esfuerzo, el orgulloso e inimitable tipo del soldado español de aquellos tiempos [...] el voluntario desheredado y aventurero, cuya juventud se marchita por falta de aire en su vieja y claustral España y, desdeñando el oro que otros más cautos van a busca ir a las Indias, sigue al primer atambor que pasa redoblando alegre por la plaza de su pueblo y, en compañía de un alférez galán y embaucador, se lanza a ver mundo, es decir, a verlo temblar bajo su tizona rabitiesa [...]”.

Pero en la misma obra hay un ejemplo opuesto, que nos muestra su animadversión al siglo xviii. Se explaya en ello, al ocuparse de la biografía de Vicente García de la Huerta con atrevido desenfado: “Lo que más mueve al que esto escribe a simpatizar con la independiente y revoltosa personalidad de Huerta, es la sangrienta y descomunal batalla que, en pro de nuestra antigua literatura, riñó contra la turba pedantesca, afrancesada y doctrinaria que capitaneaban Jovellanos, Iriarte, Forner y Moratín [...] Con la Poética de Luzán y ‘las tres unidades’ de Moratín, hay lo bastante para desquijarrar a bostezos a toda una generación, por poco ardor que se sienta en la sangre y tal cual impaciencia en el espíritu”.

La Bibliografía militar contiene al final un índice temático, alfabéticamente ordenado, y dentro de cada materia, los autores que la tratan.

La última obra que editó Almirante por sí mismo fue en 1891: Estudio sobre la guerra franco-germana de 1870. Se trataba de un trabajo publicado inicialmente en el Memorial de Ingenieros del mismo año, con un total de 495 páginas. Almirante lo consideraba “un modesto libro que sólo pretendo ofrecer temas y datos para más profundos estudios y reflexiones”. La obra logró una excelente crítica en las publicaciones españolas, excepto los reparos que le encontró Banús, y lo mismo en el extranjero, sobre todo en Rumanía, mientras que en Francia, aunque se la comentó serenamente, tuvo juicios adversos.

A su muerte, Almirante dejó sin concluir su Historia Militar de España hasta fines del siglo xviii, aunque estaba muy avanzada, si bien los comentaristas coinciden en que el original tenía una parte sólo esbozada y otras eran de muy distinta extensión o calidad, destacando la del siglo xvi, de particular atractivo y estudio para el autor, y dentro de él, el reinado de Felipe II y la actuación en Flandes, mientras que de la Guerra de los Treinta Años sólo quedó un conjunto de datos en apunte. Durante muchos años fue creciendo la leyenda sobre esta obra injustamente inédita, y por ello el cuerpo de Ingenieros decidió editarla en el centenario del nacimiento de Almirante. Entonces se vio que no estaba terminada y se encargó de hacerlo la comisión nombrada para ello, rellenando sus vacíos, que eran pocos, con el máximo respeto a la línea del autor y la mínima mixtificación posible, hasta el punto de publicarse tal como estaban las inconexas notas para el prólogo. Pese a todo, se podía decir que esas notas del prólogo son lo mejor de la obra, que se anticipan a su tiempo al señalar el sentido de la Historia, e incluso muchas previsiones sobre intervención civil en la defensa nacional y, en relación con ello, la necesidad universitaria de conocer la ciencia militar, en especial su historia.

Al principio de este estudio se han anticipado otras notas del prólogo, de carácter ajeno a la metodología, y vale comprobar su complemento en otras páginas de Almirante. Por ejemplo, ya se vio que si en el prólogo hablaba de “paisanizar a los militares”, en el Diccionario dice que al llamar ya “civiles” a los “paisanos” se va civilizando, en línea con la agresiva humorada de Unamuno años después. Sobre sea idea, proponía Almirante estimular al paisano a penetrar en la cosa militar, incluso creando en las Universidades un curso de Historia Militar, algo que en su Bibliografía ya anticipó. Y antes aún, razonó en el Diccionario la cuestión, con fondo mucho más necesario y operante, como una novedad en el concepto “Guerra”: “En la guerra, una gran parte incumbe al elemento militar, casi mayor toca al elemento civil, preponderante, como es natural, en cuestiones legislativas”.

No deja de ser curioso, aun en el historiador más decidido, como era Almirante, su respeto al campo de la historia marítima, pues de Trafalgar tan sólo dice en su Diccionario que “la marina francesa y española no suelen andar muy felices cuando van sueltas, pero en juntándose las dos, positivamente hay un desastre”; y de la batalla de Lissa se limita a decir que no es de su competencia.

Algo más que demócrata ya era, y sacrificaba algunas cosas más que sus “idolillos” y rutinas, aunque él sólo pretendiese eso, sin medir dónde estaban los límites y el sentido real de cada concepto, pues los términos de lo que hoy se llama tópico, retrógrado o inmovilista, suelen ser ambivalentes, cuando no indefinibles.

En ese aspecto ideológico, ya es suficiente que Almirante escriba siempre, al uso, Ciencia y Naturaleza con mayúscula, pero junto a rey con minúscula, lo que es menos normal y más significativo. Pese a ello, y sin atribuirle perjudiciales pretensiones de perfección y rigor absolutos, queda en la primera fila de los tratadistas militares, y entre los tres mejores escritores militares de su siglo, como le sitúa el teniente general Díez-Alegría, siendo académico de la Española, la cual, en su informe sobre el Diccionario militar encontraba en Almirante “las dotes de un estilo didáctico claro y fluido, aunque matemáticamente ajustado y de una dicción castiza, correcta y, por lo regular, armoniosa.

 

Obras de ~: Guía del Oficial en campaña, Madrid, 1868; Diccionario militar, etimológio, histórico y tecnológico, con dos vocabularios, francés y alemán, Madrid, 1869-1873; Bibliografía Militar de España, Madrid, 1876; Bosquejo de Historia Militar de España, hasta fin del siglo xviii, Madrid, 1923; Reglamento para el Servicio de Campaña, Madrid, 1881; Estudio sobre la Guerra franco-germana de 1870, Madrid, 1891; Historia Militar de España, Madrid, 1923; La Fortificación (inéd.).

 

Bibl.: J. de la Llave, Almirante y su obra, Madrid, 1945; J. Busquets Bragulat, El militar de carrera en España, Barcelona, Ariel, 1971 (2.ª ed.); M. Díaz-Alegría, Efímero esplendor, Madrid, Real Academia Española, 1980; F. Redondo Díaz, “José Almirante Torroella”, en Reconquista, 1982.

 

José María Gárate Córdoba