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Muhammad III

Biografía

Muḥammad III: Abū ‘Abd Allāh Muḥammad b. Muḥammad (II) b. Muḥammad (I) b. Yūsuf b. Muḥammad b. Aḥmad b. Muḥammad b. Jamẓs b. Naḥr b. Qays al-Jazraŷẓ al-Anṣārẓ, al-Majlū. Granada, 3.VIII.655 H./15.VIII.1257 C. – 3.X.713 H./21.I.1314 C. Emir de al-Andalus (1302-1309), tercer sultán de la dinastía de los Nazaríes de Granada. Precedido por Muḥammad II y sucedido por Naṣr.

Nació el miércoles 3 de Šabān de 655/15 de agosto de 1257, el mismo año en que su abuelo, el sultán Muḥammad I (1232-1273), designó a su padre y antecesor Muḥammad II (1273-1302) como heredero del trono.

tuvo que esperar hasta los cuarenta y cuatro años de edad para ser proclamado emir tras la muerte de su padre acaecida el 8 de Šabān de 701/8 de abril de 1302. A los dos días se celebró la ceremonia de entronización.

En cuanto a su denominación, el sobrenombre de al-Majlū, “el destronado” o “depuesto”, se le aplicó posteriormente por haber sido apartado del poder por su propio hermano —hermanastro: solo compartían el padre—, de manera que su reinado solo se prolongó siete años y fue mucho más breve que los de sus predecesores.

durante la vida de su padre, se fue iniciando en la política e intervino en los asuntos de Gobierno bajo su dirección, por lo que a su muerte continuó su línea de actuación y siguió criterios similares.

No tuvo buena salud pues padecía una enfermedad crónica en los ojos —su padre también sufrió una afección oftalmológica— ocasionada por las frecuentes vigilias y la lectura nocturna con grandes cirios. A causa de esta ceguera solía permanecer retirado y ausente en sus aposentos, lo que sin duda contribuyó al gran poder y total control del Gobierno que acabó alcanzando su visir Ibn al-Ḥakẓm de Ronda, al que había ascendido a ministro en ḏū l-qada de 703/junio-julio de 1304, tras haber sido antes secretario (de él y de su padre Muḥammad II).

Era muy aficionado a la poesía y compuso diversas casidas, de las que se han conservado algunos fragmentos; además, premiaba espléndidamente los poemas de calidad y obsequiaba a los poetas. Hombre culto, conocía todos los lenguajes técnicos así como la verdadera valía de los sabios que, junto a nobles, arráeces y cortesanos, invitaba a su mesa. Era aficionado a las anécdotas y, al igual que su padre, escribía bellos tawqẒc-es (resolución de las instancias oficiales que la gente presentaba al soberano) y poseía una hermosa letra. Además, hizo gala de buen sentido del humor hasta el punto de reírse de sí mismo, como hizo en la solemne ceremonia de su ascenso al trono, cuando un poeta le recitó en su honor una poesía que empezaba: “Ante quién se despliegan hoy los estandartes, y bajo la bandera de quién marchan lo soldados?”, a lo que replicó el sultán: “Ante este cebollino que ves delante de ti”.

Ello no le impidió tener un carácter enérgico e inflexible hasta la crueldad, del que dio muestras nada más iniciar su gobierno, cuando actuó contra un grupo de siervos (mam~lẒk) de su padre de los que tenía una mala opinión. Los trató con mano dura y les impuso una pena muy rigurosa: ordenó encarcelarlos en una mazmorra, guardó la llave él mismo y prohibió bajo pena de muerte que se les alimentara. Ni los gritos y lamentos de hambre, ni la muerte de uno de ellos cuyo cadáver comieron sus compañeros lo ablandaron e, incluso, un guardia que se compadeció y les echó un poco de pan fue decapitado junto al borde del aljibe-mazmorra para que la sangre cayera sobre los presos.

 

también al comienzo de su gobierno tuvo que enfrentarse a otro conflicto en el proceso de asentamiento de su poder, pues en 703/1303-1304 se sublevó su pariente el arráez Abū l-Ḥaŷŷ~ŷ b. Naṣr, que era gobernador de Guadix, ciudad de carácter real que a lo largo de su historia nazarí y ya desde el levantamiento de los Banū AŠqẒlūla en el siglo XIII estuvo gobernada por arráeces parientes del sultán, usurpadores del trono, aspirantes a él o destronados, peculiar circunstancia de la que se hacen eco incluso autores orientales del siglo XIV. Con la misma rapidez y contundencia que mostró en el caso de los siervos de su padre, el recién nombrado emir sofocó el levantamiento y tras vencer al rebelde ordenó que fuera acochinado. Además, mandó que el verdugo fuera uno de los hijos de su tío paterno, probablemente buscando un efecto ejemplarizante.

Una de las más destacadas y ensalzadas actuaciones de Muḥammad III en el interior del Estado fue la construcción de la mezquita mayor (al-masŷid al-acẓam) de la Alhambra, en la que invirtió los impuestos cobrados a unos territorios cristianos a cambio de salvar sus cosechas de la aceifa que había preparado para arrasarlas en un ataque a la frontera. Sabemos de la riqueza y elegancia de la edificación solo por el testimonio de las fuentes árabes pues la mezquita no se ha conservado (tras la conquista cristiana fue sustituida por la actual iglesia de Santa María de la Alhambra). Además de amueblarla, la embelleció con magníficas columnas, valiosos capiteles y ricas lámparas y garantizó su mantenimiento perpetuo mediante la institución como habiz en su favor de las rentas del baño que había enfrente de ella. también se le atribuyen otras construcciones en la Alhambra, como el palacio del Partal.

Su actuación en política exterior inicialmente continuó en la línea de su padre y siguió efectuando campañas militares contra Castilla. Así, al principio de su reinado, envió el ejército al mando del Šayj al-guz~t, el jefe o “maestre” de los combatientes de la fe norteafricanos, a realizar una algara en la frontera de Jaén. Conquistaron diversos castillos en las proximidades de Bedmar (al-Manẓar), localidad que también asediaron y tomaron hacia finales de abril de 1302, una quincena después de la investidura del nuevo emir. En Bedmar cautivaron a todos sus habitantes, entre los que se encontraba la señora del lugar, una ilustre dama cristiana llamada María Jiménez, esposa de Sancho Sánchez de Bedmar, y a sus dos hijos, que regentaban el castillo, uno de los principales de la frontera en aquellos momentos, como destacan las fuentes cristianas. Los cautivos fueron presentados, como se solía hacer con los prisioneros, en la corte granadina; la dama cristiana, que iba en una magnífica cabalgadura, con ricas vestimentas y una gran belleza, despertó la admiración de los granadinos, hasta el punto de que, decían, se la reservó para sí el Rey del Magrib.

En esta situación de guerra con Castilla, mantenía las buenas relaciones con Aragón, por lo que Jaime II, que temía un acercamiento excesivo de granadinos y castellanos, propuso al nuevo emir andalusí una tregua que ratificara la que había firmado su padre en 1302 dos meses antes de morir. Sin embargo, Muḥammad III alargó las negociaciones pues tenía noticias de que Castilla y Aragón estaban en conversaciones para poner fin a la guerra, lo que, en caso de haberse producido, habría obligado a un replanteamiento de la política exterior nazarí con Castilla. Finalmente, aceptó el tratado que proponían los aragoneses y el 7 de febrero de 1303 firmó una tregua de un año con Jaime II.

Por lo que atañe a las relaciones con los Benimerines, también fueron objeto de las primeras actuaciones de su gobierno. Envió una embajada al sultán Abū Yacqūb (1286-1307), por entonces dedicado al asedio de tremecén, y le proporcionó un contingente de arqueros y soldados expertos para colaborar en el sitio de la capital cabd al-w~dí, adonde llegaron en 702/1302-1303 los embajadores nazaríes, el todavía secretario Ibn al-ḤakẒm y el visir Abū l-Sulð~n al-d~nẒ.

Con respecto a Castilla, que en 1303 ya estaba superando sus luchas internas, Muḥammad III estimó llegado el momento de firmar un tratado de paz este año. Aunque ello suponía no sacar el máximo partido a la situación militar favorable en la que se encontraba, heredada de su padre, obtuvo, en cambio, además de una paz de tres años, una importante ventaja para al-Andalus: el reconocimiento de las zonas mutuamente conquistadas, por lo que los Nazaríes mantenían plazas como Quesada, Bedmar, Alcaudete, Castillo de Locubín y Arenas. En el lado negativo estaba el vasallaje y la obligación de pagar un tributo anual a Fernando IV el Emplazado.

La conclusión de este tratado tuvo efectos inmediatos en las otras potencias aliadas hasta ese momento. El sultán de los Benimerines, Abū Yacqūb, se irritó tanto, según Ibn Jaldūn, que a finales [30 de dū l-ḥiŷŷa] de 703/mediados [3 de agosto] de 1304 envió de regreso a Granada a los arqueros y soldados nazaríes que habían estado a su servicio durante doce meses. Si embargo, parece que lo que realmente sucedió fue que las tropas granadinas y ceutíes se rebelaron contra el sultán e intentaron abrir a los Zayy~níes las puertas de al-Manṣūra, la ciudad levantada por el meriní para sitiar tremecén. Abū Yacqūb decapitó a cien arqueros como represalia.

En cuanto a Aragón, Jaime II vio una clara amenaza en el pacto entre Castilla y al-Andalus y empezó a temer una ofensiva nazarí. La respuesta aragonesa, además del enfriamiento de relaciones con Granada, fue un acercamiento a los Meriníes y a Castilla, con la que finalmente firmó la paz mediante el tratado de torrellas de 1304 por el que ambos reinos cristianos se repartían Murcia; además, Fernando IV impuso a Aragón y Portugal que Muḥammad III se incluyera en este tratado de paz y alianza por las parias que pagaba, muy importantes para la deficitaria hacienda castellana.

Una vez conseguida la estabilidad en la Península mediante los tratados de paz con Castilla y Aragón, Muḥammad III dirigió la política exterior nazarí hacia el norte de África. Las circunstancias le permitieron invertir la situación de habitual intervención benimerín en al-Andalus y entonces fueron los Nazaríes quienes cruzaron el Estrecho para anexionarse plazas en la ribera opuesta, dentro del ámbito meriní. Y además, plazas de la importancia de Ceuta, donde los Banū l-cAzafẒ habían ido escapando de la autoridad meriní desde 1294 hasta independizarse completamente en 1304 con la connivencia de los Nazaríes y Zayy~níes. Ante ello, el sultán meriní solicitó a Jaime II de Aragón en julio de 1304 ayuda naval generosamente pagada para intentar recuperar la importante y estratégica ciudad.

En esta situación, el emir andalusí ordenó ese mismo año, 1304, al arráez Abū SacẒd Faraŷ b. Ism~cẒl, gobernador de Málaga además de su cuñado (casado con F~ðima, hermana de Muḥammad III) y tío segundo (primo hermano de su padre Muḥammad II), que fuera captando apoyos dentro de Ceuta e instigando a la población para que se sublevara contra los cAzafíes. Una vez conseguida la complicidad del comandante de la guarnición ceutí, preparó una flota de ciento veinte navíos y el miércoles 27 de Šaww~l de 705/11 de mayo de 1306 desembarcó en la ciudad y la tomó. A continuación, el emir nazarí trasladó a los Banū l-cAzafẒ a Granada a principios de muḥarram de 706/mediados de julio de 1306 y envió a Ceuta cUtm~n b. AbẒ l-cUlà/cAl~'.

Este personaje era una de las principales figuras políticas a caballo entre Granada y Fez. En Granada, fue Šayj al-guz~t(jefe de los combatientes de la fe norteafricanos) de Muḥammad III y de tres de los emires sucesores. Con respecto a Fez, era un influyente príncipe meriní disidente que tuvo en jaque al Gobierno benimerín. El objetivo del emir nazarí era apoyar a este candidato al trono de Fez para debilitar y desestabilizar al Gobierno benimerín. Para ello, una vez establecido en Ceuta, cUðm~n, con el respaldo nazarí, se proclamó sultán y empezó a conquistar la zona montañosa del norte del país.

Con ello, el emir andalusí conseguía paralizar la reacción de los Benimerines de Fez ante la conquista nazarí de una plaza que era fundamental en el Estrecho de Gibraltar. Así, aunque la reacción inicialmente se produjo pues el sultán benimerín envió a su hijo al frente de un gran ejército para sitiar la ciudad ceutí, no logró su objetivo y Muḥammad III pudo proclamarse señor de Ceuta en 1307. Alcanzaba así su propósito de tener una posición dominante en el Estrecho pues controlaba ambas orillas: tenía Algeciras en la Península y la ciudad ceutí en África. Además, realizaba un objetivo que ya su abuelo y fundador de la dinastía, Muḥammad I, había intentado sin conseguirlo en 1262, cuando un ataque naval a Ceuta fracasó estrepitosamente.

Es posible que, como manifestación de soberanía y control sobre su nueva plaza, Muḥammad III acuñara moneda en ella, pues se ha conservado una pieza nazarí de 1/4 de dirhem con ceca ceutí, si bien hay que contemplar la posibilidad de que, al no llevar el nombre del emir que ordenó batirla, también pudiera atribuirse a su sucesor Naṣr (1309-1314) —que mantuvo la plaza los cuatro primeros meses de su emirato— o, más probablemente, a Muḥammad V, que conquistó y poseyó Ceuta entre 1384 y 1387 y además acuñó dinares allí. de lo que sí tenemos certeza absoluta es de que fue designado un administrador de las rentas fiscales para la ciudad de Ceuta y de que el poderoso primer ministro Ibn al-ḤakẒm se trasladó a ella para estabilizar la situación tras su conquista.

Sin embargo y a pesar de su primer intento fallido, los Meriníes no podían dejar la valiosa ciudad portuaria norteafricana en manos nazaríes. Aparte de su trascendencia geo-estratégica y económica, ello equivalía a instalar en su territorio una base de operaciones para cualquier disidente aspirante al trono de Fez. Por tanto, lanzaron repetidos ataques contra el rebelde cUtm~n que acabaron obteniendo varios éxitos. Ello forzó a Muḥammad III a proponer la paz al sultán Abū l-RabẒc (1308-1310), que aceptó aunque exigió la condición de que el emir granadino sustituyera a cUtm~n en Ceuta. Así, la guerra cesó en agosto de 1308 sin que los Nazaríes hubieran perdido este importante enclave.

No obstante, este statu quo no podía ser duradero pues la importancia estratégica de Ceuta era demasiado grande como para que las otras potencias interesadas en el Estrecho, Castilla y Aragón, además de los Benimerines, permitieran la permanencia de la misma bajo poder nazarí. Por ello, pocos meses después, se constituyó una triple alianza que reunió a los reinos cristianos de Aragón y Castilla junto al emirato de Fez contra al-Andalus. En noviembre de 1308, el Rey aragonés ofreció un pacto al sultán meriní que se firmó el 26 de muḥarram de 709/6 de julio de 1309 mediante el cual aportaba su ayuda naval para atacar Ceuta a cambio de todas las riquezas de la ciudad y privilegios comerciales para los súbditos aragoneses.

Mientras tanto, había logrado convencer a Fernando IV para que el 19 de diciembre de 1308 firmara un acuerdo en Alcalá de Henares mediante el cual los dos reinos proyectaban conquistar y repartirse todo al-Andalus nazarí. Según el pacto, el día de San Juan, 24 de junio de 1309, Aragón atacaría Almería y se apropiaría de su territorio una vez conquistado, mientras que Castilla haría lo mismo con Algeciras y Gibraltar. Además, una vez finalizada la guerra completamente, Fernando IV se anexionaría el resto del territorio andalusí, todo ello con los beneficios religiosos y económicos de cruzada que para la campaña obtuvieron del Papa.

La coordinación de las tres potencias creaba una situación de extrema gravedad para la dinastía nazarí, cuyos dirigentes percibían con total claridad la inminencia de la catástrofe: mientras los aragoneses preparaban su armada, los castellanos ya empezaban a hostigar las fronteras nazaríes.

La inquietud en la corte crecía y, sumada al descontento por el omnímodo poder y control del Gobierno que ejercía el primer ministro Ibn al-ḤakẒm —llegó incluso a rodearse de poetas que le dedicaban casidas, como si fuera el emir—, desembocó en una conspiración que aprovechó la grave enfermedad de la vista que padecía el emir y le había producido una ceguera muy avanzada como excusa para apartarlo del poder. En la conspiración intervinieron un grupo de notables del estado de acuerdo con Naṣr, el hermano (hermanastro: tenían diferente madre) del emir y mucho más joven (30 años: 21 frente a 51). Fue fraguada por cAtẒq Ibn al-Mawl, cuya influyente familia estaba emparentada con los mismísimos emires y que estaba llamado a ser nombrado visir, pero había sido desplazado en el último momento por una treta de Ibn al-ḤakẒm que hizo cambiar de opinión a Muḥammad III y nombrar a este último.

La rebelión tuvo lugar el día de la ruptura del ayuno, (1 de Šaww~l) de 708/14 de marzo de 1309 y ese mismo día el visir Ibn al-ḤakẒm murió a manos de su enemigo Ibn al-Mawl y Naṣr fue entronizado. Cuando se divulgó la noticia, la plebe se apresuró a subir a la Alhambra para informarse de los acontecimientos al mismo tiempo que se desataba el pillaje en las casas que el visir poseía en el arrabal con enormes riquezas y tesoros que fueron saqueados. también murieron personajes del entorno del visir, como su amigo y protegido el poeta de tremecén Ibn JamẒs, que fue alanceado por cAlẒ ibn Naṣr llamado al-Abkam (el Mudo), un pariente del sultán al que el visir había perjudicado y que no se arredró ante la invocación del Profeta y de dios por Ibn JamẒs, pero el asesino pronto enfermó, enloqueció (decía que Ibn JamẒs lo perseguía, golpeaba y lo estaba matando) y murió antes de un año.

Al final del día, unos alfaquíes fueron llevados a presencia del sultán para que dieran testimonio de su abdicación, testimonio que el propio sultán había solicitado, y fue trasladado al palacio denominado de al-Sayyid o de ŠanẒl (Genil), a las afueras de la capital y que todavía hoy se conserva con el mismo nombre de Alcázar Genil. En dicho lugar -adonde lo siguió un cuervo que hacía tiempo lo perseguía desde su estancia en el palacio del Naŷd, luego en la Alhambra y después en Alcázar Genil, según una curiosa anécdota- permaneció poco tiempo y después fue trasladado a Almuñécar.

Sin embargo, Naṣr cayó gravemente enfermo, casi de muerte, a finales de ŷum~dà II [29] de 710/[23] de noviembre de 1310 y el consejo decidió restaurar a Muḥammad III, que fue traído urgentemente de Almuñécar, transportado en una litera o palanquín dada su enfermedad ocular, y llegó a Granada el primero de raŷab/24 de noviembre. Pero su hermano Naṣr se repuso y al-Majlūc no llegó siquiera a ser entronizado, sino que fue trasladado de la casa en la que se hallaba a la Casa Mayor/Principal (d~r al-Kubrà) de su hermano.

Falleció de forma repentina y violenta, pues fue asesinado por ahogamiento en una alberca de la mencionada Casa Mayor el lunes 3 de Šaww~l de 713/21 de enero de 1314 a los cincuenta y seis años de edad. Fue enterrado en el cementerio de la SabẒka situado en el exterior del recinto de la Alhambra.

Sin duda, fue un asesinato con móviles políticos, aunque no especifican las fuentes, ni árabes ni cristianas, cuál pudo ser la causa concreta y se limitan a indicar que el móvil fue el peligro que suponía la cercanía del destronado. Pero este brutal fratricidio no podía responder solo a una amenaza genérica de que su hermano fuese restaurado, sino que debía existir una razón o circunstancia que hizo peligrosa la cercanía y existencia del emir destronado.

téngase en cuenta que Muḥammad III, en el momento de su asesinato, ya llevaba más de tres años apartado del poder, estaba recluido y casi ciego por su citada enfermedad de la vista. Por tanto, cabe preguntarse qué sucedió para que Naṣr considerase, al cabo del tiempo y repentinamente, que su hermano representaba un peligro y decidiera cometer no un asesinato cualquiera, sino un atroz y despiadado fratricidio. Habría sido lógico que hubiese matado a su hermano tras el fallido intento de restauración, pero no lo hizo así porque hasta ese momento el destronado no había supuesto un peligro cierto para el nuevo emir, pero en esas fechas posteriores su primo Ism~cẒl I (1314-1325) ya había iniciado desde Málaga la campaña para la conquista del trono y el descontento, protestas y deserciones en Granada eran cada vez mayores.

Entre estas agitaciones hubo una que fue el fulminante que detonó la sentencia de muerte de Muḥammad III: la sublevación de los notables (aŠy~j) de Granada, que pedían la destitución de Naṣr y reivindicaban la entronización de su hermano prisionero. La revuelta fracasó y los sublevados huyeron a Málaga. dado que la sublevación se había iniciado en el mes de ramaḏ~n de 713/20 de diciembre-18 de enero de 1314 y la muerte de Muḥammad III el destronado se produjo en esos mismos días, el citado 3 de Šaww~l de 713/21 de enero de 1314, resulta evidente la relación de ambos hechos, tanto si Naṣr tomó la decisión de ejecutar a su hermano para terminar con la revuelta como si lo hizo una vez finalizada esta. En cualquiera de ambos casos, la situación fue tan grave y alarmante que Naṣr decidió acabar con la amenaza de una manera radical aunque tremenda: la ejecución de su hermano, magnicidio que fue el primero pero no sería el último en la dinastía nazarí.

 

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Francisco Vidal Castro