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Felipe Ducazcal y Lasheras

Biografía

Ducazcal y Lasheras, Felipe. Madrid, 9.VII.1845 – 16.X.1891. Impresor, empresario de teatro, diputado.

Primogénito de los cuatro hijos de Andrea Lasheras y Lafuente y de José María Ducazcal, dueño de una imprenta en la plaza de Isabel II de Madrid. Felipe Ducazcal aprendió el oficio de cajista cuando salía de clase en la imprenta de su padre, donde se intiraban la infinidad de periódicos afines a las ideas liberales que proliferaron en la España de la época. Frente a la imprenta se ubicaba la botica de Quintín Charlione, en cuya trastienda se reunían, debatían y conspiraban distintos personajes de pensamiento liberal revolucionario, de cuyas ideas se fue impregnando Ducazcal.

Vagier, el empresario del Teatro Real, liberal asiduo de la tertulia de la botica le ofreció su primer trabajo: jefe de la claque del Teatro Real, aunque en su cometido también llevaba implícito repartir el clandestino Boletín Revolucionario, por el que fue prendido y luego soltado por menor de edad.

Continuó con el oficio de impresor, heredado de su padre, estableciendo su imprenta en la calle del Bonetillo, desde la cual colaboró con los movimientos revolucionarios, utilizando como tapadera la confección de sobres, logrando incluso deslizar un ejemplar del Boletín Revolucionario en el bolsillo del traje de la reina Isabel II, a través de una modistilla. La década de 1860 es una época de revueltas, sublevaciones y pronunciamientos con la intención de derrocar el régimen monárquico de Isabel II, detrás de los cuales en muchos de ellos se hallaba Juan Prim, lo que repercute en la economía del país y afianza aún más la inestabilidad de la etapa moderada de la Unión Liberal, sobre todo cuando en 1867 muere O’Donnell.

En 1868, Prim encabezó nuevamente el Proceso Revolucionario, elegido de un Comité Revolucionario, siendo Ducazcal quien imprimió las proclamas que dirigió el Comité Revolucionario a la nación para conseguir su adhesión. Inquieto conspirador, Ducazcal es prendido un par de veces más, hasta que a Madrid llegan las noticias de la victoria revolucionaria de Serrano en la Batalla del Puente de Alcolea y la Corte y la propia reina Isabel II huyen al exilio en Francia, dándose inicio al Sexenio Revolucionario. En las ciudades surgen las Juntas Revolucionarias, formadas por progresistas y demócratas, apoyadas por las clases medias y populares, con un programa político más radical que el que proponía en un principio el Comité Revolucionario. Son tan radicales que se crea una milicia paralela, que arma a las masas rurales. Ducazcal es entonces nombrado jefe de estas fuerzas populares en Madrid en las que se alistan algo más de 6.000 hombres. Pero con la llegada del Sexenio llegan también las primeras desavenencias entre aquellos que habían alcanzado al poder, moderados y progresistas; mientras Ducazcal comienza su andadura en la Secretaría del Gobierno Civil de Madrid. Fue entonces cuando el gobernador Moreno Benítez le encarga la regencia de la imprenta del Hospicio con un sueldo de 3.000 pesetas anuales y le impulsa al matrimonio con Cristina García Burgos, de familia de origen navarro como él, lo que tiene lugar el 30 septiembre de 1869.

Un año más tarde, el 10 de diciembre de 1870, se bate por su amigo y jefe político el general Prim en el barranco del Abroñigal, donde actualmente se halla Ventas, con José Paúl y Angulo, que acaudillaba a los liberales extremistas y se había convertido en el principal enemigo de Prim a través de su periódico El combate. Paúl y Angulo le disparó una bala que se alojó gravemente en su cerebro, pero no le mató, algo que sí logró diecisiete días después asesinando a Prim, lo que dio pie a la creación de “La partida de la porra” por Ducazacal, una especie de grupos parapoliciales encargados de venganzas y refriegas callejeras sobre los adversarios políticos.

Fiel seguidor de los postulados de Prim, la instauración de la Amadeo de Saboya, el 16 de noviembre de 1870, tuvo en Ducazcal uno de sus más claros defensores, mientras como jefe de “la partida de la porra” perseguía a todos los contrarios a la nueva dinastía, sin distinguir entre alfonsinos, carlistas o republicanos.

Abortó la conocida como Rebelión de las mantillas, una serie de manifestaciones pacíficas que tuvieron lugar a finales de marzo de 1871 protagonizadas por las damas de la nobleza española, que ataviadas con peineta y mantillas españolas se paseaban en carruaje por el Paseo del Prado, pretendiendo demostrar su españolismo en contraste a la condición de extranjeros de los nuevos reyes, luciendo además lazo azul, el color de la Casa de Borbón. Ducazcal las ridiculizó, organizando una manifestación paralela con prostitutas igualmente vestidas, que fue el regocijo de la capital y aumentó la popularidad de Ducazcal que ya empezaba a tener.

El 11 de junio de 1871 fue bautizado en la parroquia de San Ginés su único hijo, que puso por nombre Ricardo. Éste, luego se casaría con la actriz Consuelo Badillo, que le daría tres nietos: Cristina, Felipe y Ricardo. Por aquel entonces presidió en el Café de Fornos la tertulia “La Farmacia”, cuyo nombre evocaba aquella de su adolescencia.

Con el advenimiento de la I República se entrega políticamente a Castelar, pero cuando a éste, en 1873, le toca gobernar queda tan defraudado que, incluso, da aviso a los conspiradores monárquicos de las detenciones que la policía pensaba realizar.

Tras la restauración borbónica, el marqués de Alcañices, que reconocía la popularidad de Ducazcal y había observado su metamorfosis política, lo incorpora a la Milicia de Seguridad Ciudadana, naturalmente Alfonsina, de la que forman parte, entre otros, Romero Robledo, uno de los responsables de su transformación ideológica, o el matador de toros, Frascuelo.

En 1883 acompañó al capitán Mayet en las ascensiones al cielo de Madrid que se realizaron en el Parque del Retiro. Un año después, se creó el Servicio Militar de Aerostación, a partir de la 4.ª Compañía del Batallón de Telégrafos, para el empleo de globos aerostáticos y dirigibles, dedicada al estudio y tareas de observación. Al lado del Retiro, en los terrenos municipales que le ceden y que hoy ocupan el Palacio de Comunicaciones, se le ocurrió levantar un teatro de madera transportable, para las temporadas de verano, al que denominó Teatro Felipe. Desde su inauguración, el 23 de mayo de 1885, fue un éxito rotundo, dando comienzo a una brillante carrera como empresario teatral, pues paulatinamente se fue haciendo cargo de los distintos teatros de Madrid: Español, Apolo, Zarzuela, Comedia, Novedades, Príncipe Alfonso, e incluso de provincias, como el Buen Retiro, de Barcelona, o el Principal, de Zaragoza, así como otros muchos. Cultivó toda clase de espectáculos, desde las acrobacias hasta los fantoches; desde el cante flamenco hasta la zarzuela; las comedias de magia; la declamación melodramática de Valero, Morales y Casañer o las románticas de Mendoza, Calvo y Vico, siendo memorable en ovaciones el estreno el 2 de julio de 1886 de la obra La Gran Vía, de Chueca y Valverde.

También ejerció la política, siendo diputado independiente por Madrid en las primeras elecciones convocadas tras el fallecimiento del rey Alfonso XII, sustituyendo al expresidente del gobierno Nicolás Salmerón y Alonso en la elección parcial escrutada el 12 de agosto de 1888, pudiendo entonces defender los tres intereses principales de su pensamiento político: España, Madrid y los marginados, para lo cual contó, entre sus protegidos, con Pablo Iglesias.

Además de haber vuelto al mundo de los escenarios, también regresó el 29 de octubre de 1890 a sus raíces iniciales con la imprenta, pues fundó El Heraldo de Madrid, periódico de ideología liberal moderada (que se editó hasta 1939). Aunque no era muy diestro con la pluma, fue un periodista intuitivo y valoraba certeramente el interés de cada suceso. Un mes más tarde, se procedió a la disolución de las Cámaras y a la convocatoria de elecciones legislativas. Ducazcal se presentó por segunda vez, concurriendo con el ingeniero Pedro Pastor y Landero, también en la candidatura independiente, pero no alcanzaron a obtener los votos necesarios. Sin embargo, movilizó a la población madrileña recaudando donativos para las catástrofes de Carcagente y Almería de cuantiosas pérdidas humanas y económicas. Madrid también se movilizó masivamente el 16 de octubre de 1891 para despedir a Ducazcal en su muerte, acompañándole mientras era llevado por la carroza de los veteranos de la Milicia Nacional por la calle Alcalá hasta el cementerio de Santa María.

 

Obras de ~: “Memorias de un empresario”, en El Heraldo de Madrid, n.os 1-7 (1890).

 

Fuentes y bibl.: Archivo del Congreso de los Diputados (Madrid), Serie documentación Electoral, 102, n.º 3.

M. M. P. y E. P. y G., ¡¡Ducazcal en el aire!!, Madrid, Nicolás González, 1882; E. Sepúlveda, El Madrid de los recuerdos, Madrid, Imprenta de la Revista de Navegación y Comercio, 1897; B. Pérez Galdós, Episodios Nacionales. XXI. España trágica, Madrid, Hernando, 1909-1929; A. Escobar y Ramírez, Marqués de Valdeiglesias, Sesenta años de periodismo: Memorias, Madrid, Biblioteca Nueva, 1949; T. Borrás, Jacaranda de Madrid, Madrid, Vassallo de Mumbert, 1975; J. del Corral, “El Teatro Felipe, pequeña historia de un barracón famoso”, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños (Madrid), n.º 33 (1993), págs. 447-468; F. Azorín, Felipe Ducazcal, una personalidad apasionante, Madrid, Ayuntamiento de Madrid-Instituto de Estudios Madrileños, 1995 (col. Ciclo de Conferencias: Revolución y Restauración en Madrid (1868- 1902), n.º 18); F. Ruiz Cortés y F. Sánchez Cobos, “Ducazcal, Felipe”, en Diccionario Biográfico de Personajes Históricos del Siglo XIX Español, Madrid, Rubiños-1860, 1998, pág. 157.

 

Iván F. Moreno de Cózar y Landahl, conde de los Andes