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Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo

Biografía

Salas Barbadillo, Alonso Jerónimo de. Madrid, 29.VII.1581 – 10.VII.1635. Novelista.

Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, el mayor de seis hermanos, nació en Madrid el 29 de julio de 1581, en el seno de una familia de buena posición. Su padre, Diego de Salas Barbadillo, tal vez licenciado en Derecho Civil y Canónico, era “solicitador de los negocios de Nueva España”, lo que debía producirle razonables ingresos, a juzgar por su estable posición socio-económica, en la que no faltaban ciertas ínfulas de rancia nobleza, que su hijo heredó. Su madre, María de Porras, tampoco era una simple “hija de vecino”, pues aportó al matrimonio en dote varias “casas en la Morería Vieja”, donde habitó la familia durante algunos años y, seguramente, nació este autor, hasta que fueron vendidas en 7000 reales, una cantidad nada despreciable para la época. El primogénito estaba orgulloso de su origen geográfico cristiano viejo e hidalgo, en cualquier caso, como dice en su obra póstuma Coronas del Parnaso (1635): “Bajaron mis mayores, como los demás nobles, a redimir a España de la tiranía de los moros, de aquellas montañas [...]; y habiendo dado junto a la reina de las ciudades (la gran Burgos) nombre con su apellido a dos pueblos”.

La vida de Salas, por tanto, hubo de transcurrir sin sobresaltos ni penalidades socioeconómicas hasta la muerte de su padre, acaecida en 1603. Estudió sus primeras letras en Madrid, e ingresó después en la Universidad de Alcalá de Henares para estudiar Filosofía en 1598, aunque abandonó los estudios dos años más tarde, a causa del traslado de la Corte a Valladolid en 1601, cuyos pasos debía seguir su progenitor. A su muerte, Alonso Jerónimo se hizo cargo de sus “negocios de la Nueva España”, aunque sin mucha convicción y por poco tiempo, a causa de sus deseos de vivir y de sus tempranas y profundas aficiones literarias, que le impidieron cualquier otra dedicación, lo que le acarreó, andando el tiempo, numerosos problemas económicos. Así lo confiesa en Coronas del Parnaso, donde le dice a Apolo que, ante su llamada artística, no tuvo más remedio que acudir y obedecerle, “y aunque se me han seguido continuos trabajos y molestias [...], nunca pude arrepentirme de tan gloriosa elección”.

Sus actividades literarias le llevaron pronto a establecer relaciones con los poetas de la Corte, por lo que escribió algún poema preliminar de elogio a obras como el Viaje entretenido (1603) de Agustín de Rojas, y El peregrino en su patria (1604) de Lope de Vega. Debía de tener ya adquirido un cierto prestigio, pues Espinosa le incluyó en su Flores de poetas ilustres (1605), la antología selectiva más importante y decisiva de esos años, la que se codea con los más grandes de la poesía española, lo que implica un reconocimiento indudable de su buen hacer poético.

Llevaba, por lo que se sabe, una vida agradable y placentera, poco dada a los negocios, más bien aventurera y disipada, harto alegre y traviesa, además de literaria, que mezclaba las divertidas sátiras contra maridos cornudos con lances de capa y espada. Se sabe, por ejemplo, que a causa de unos libelos contra la cornamenta de tres alguaciles, fue condenado a pagar 50 ducados y a cuatro años de destierro, finalmente reducidos a dos. Sin embargo, apenas llegó a iniciar su destierro, pues se limitó a pasar el invierno en la casa de unos amigos de Alcalá de Henares, para regresar en primavera a la Corte, aprovechando el perdón de Viernes Santo. En el proceso, por cierto, se revela que Salas Barbadillo, a pesar de sus ínfulas, carecía de título nobiliario. Se conoce, asimismo, el lance de capa y espada más sonado de todos, que fue el siguiente: el 21 de enero de 1609 se peleaba en la calle con Diego de Persia, uno de los nobles persas supervivientes de la embajada que el Emperador había enviado a Europa con objeto de lograr alianzas en contra del común enemigo de todos, el Sultán de Turquía. La embajada, maltrecha después de haber atravesado Europa, llegó a Valladolid en agosto de 1601. Los pocos que quedaban vivos fueron convirtiéndose al cristianismo, y este Diego de Persia era uno de ellos. La pendencia no había sido otra cosa que una riña entre amigos, suscitada por algún asunto de faldas, sin que hubiera sucedido nada grave, pues tanto las heridas del persa en la cara, como las de Salas en la cabeza no revestían importancia alguna por ser meramente superficiales. No obstante, como los miembros de la embajada estaban protegidos por el Rey, que les había concedido una pensión vitalicia, la justicia intervino, se interesó por el asunto, investigó y, finalmente, Salas Barbadillo fue condenado, posiblemente, a salir de nuevo desterrado a finales de 1611, lo que le llevó a Burgos, Aragón y Cataluña, antes de volver a Madrid en 1613.

Entre tanto, en 1612 había muerto su hermano más querido, Diego, a quien escribió un sentido poema incluido en La sabia Flora malsabidilla, donde Claudia dice que “estas endechas escribió Alonso de Salas en la muerte de su hermano, el Licenciado Diego Jerónimo de Salas”. Ese mismo año se publicaba en Zaragoza su primera y más célebre novela, La hija de Celestina, a costa de su amigo Francisco de Segura. Por entonces, la familia empezaba a tener dificultades económicas, y su madre se vio obligada a hipotecar primero, en 1610, y a vender después, en 1613, sus casas de la Morería Vieja, donde había vivido el novelista. Figura, por otra parte, entre los fundadores de la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento, o del Oratorio del Olivar (1608), que tanto monta, al lado de Cervantes, Lope, Calderón, Espinel y Quevedo. Puede que sufriera incluso un destierro más, en 1613, por motivos poco claros, quizá relacionado con la oposición familiar a su hipotético amor por una doncella “en sangre ilustre” a la que denomina Belisa. De hecho, “por comisión de los señores del Supremo Consejo de Aragón”, firmó la cuarta y última aprobación de Las Novelas Ejemplares de Cervantes, a 31 de julio de 1613.

Salas empezó, pues, a tener dificultades económicas que le llevaron a la búsqueda de un mecenas, tras los pasos del duque de Sessa, en concreto, que le condujeron quizá hacia Andalucía, como demuestra el conocimiento directo de Sevilla que plasman obras como El gallardo Escarramán, aunque no haya constancia documental de tal viaje. Hasta 1617 o 1618, en cualquier caso, no parece haber encontrado solución alguna en el mecenazgo, pues la penuria se mantendrá. No obstante, escribió mucho, escribió incansablemente, y a finales de 1613 sometió a la censura nada menos que cinco obras: La ingeniosa Elena, El caballero puntual, El sagaz Estacio, Corrección de vicios y Romancero Universal; aunque tendrían que esperar en algún caso hasta 1620, y en otros hasta 1618 o 1615, para publicarlas, porque su creador no tenía ni los bienes necesarios para costear la impresión de todas ni un protector que se los proporcionase. Ya en 1614, el Viaje del Parnaso de Cervantes hace un claro elogio de sus escritos: “Éste sí que podrás tener en precio,/ que es Alonso de Salas Barbadillo,/ a quien me inclino y sin medida aprecio”. La pobreza aneja al ejercicio de la poesía, conforme al tópico, no le desanimó, y siguió adelante, impulsado por su acendrada vocación de escritor: en 1620, por fin, logró su cénit, su mejor momento, publicando cinco obras variadas y de enorme interés: El sagaz Estacio, El subtil Cordobés Pedro de Urdemalas, Casa del placer honesto, El caballero perfecto y La escuela de Celestina. A partir de esta fecha, y hasta la de su muerte, Barbadillo será el novelista más calificado de la literatura española. Cervantes había muerto en 1616.

Pero no mejoró, por ello, su fortuna, porque la literatura no era un buen medio de vida en España y porque sus obras tuvieron escaso éxito y apenas sí se reeditaron una o dos veces en el mejor de los casos. El breve período de su esplendor duró poco tiempo, apenas desde 1618 hasta 1623; y no se debió a la calidad indudable de sus escritos, como hubiera sido esperable, sino a la protección de Juan Andrés Hurtado de Mendoza (a consecuencia de haber sido ayo de su hijo) y de otros nobles, en concreto, Spínola y Fiesco. Sin embargo, después de ese corto período en el que había dado a la imprenta la mayor parte de sus obras (doce en total), a la sombra del patronazgo de algún aristócrata, el novelista perdió el favor, se aisló, apenas sí publicó, no escribió, y subsistió gracias a un mal remunerado trabajo de ujier de saleta, al servicio de la Reina, viviendo con su hermana Magdalena —nunca se casó, a pesar de las menciones de Belisa y Laura, sus desconocidas amadas— en la madrileña calle de Toledo hasta el día de su muerte, acaecida el 10 de julio de 1635.

Salas murió en soledad acompañada, pobre y aislado, soltero y sordo, pero con el reconocimiento de sus contemporáneos. Así, sin ni siquiera poder escuchar los elogios que le hacían a causa de la sordera, y sin patrón que lo amparara, lo recordó Lope de Vega en El laurel de Apolo, como: “un hombre/ que ha puesto con su nombre/ temor a las estrellas,/ a quien quitaron ellas/ que no pudiese oír sus alabanzas:/ tales son de los tiempos las mudanzas;/ porque si las oyera,/ no fuera humilde cuando más lo fuera./ ¡Oh, fortuna, de ingenios breve llama!/ Pues no le dais mecenas, dadle fama”.

Salas fue un escritor de poco éxito. La mayor parte de sus obras sólo tuvieron una o dos ediciones en el siglo xvii. No fue, pues, un autor popular, no ya comparado con Castillo Solórzano o María de Zayas, sino ni siquiera con un novelista de menor porte como Juan Pérez de Montalbán, cuyos Sucesos y prodigios de amor en ocho novelas ejemplares (1624) registraron quince reediciones en el siglo que los vio nacer. Sin embargo, con toda certeza, se puede afirmar que fue el mejor novelista español de su época, el más innovador, el que ensayó mayor cantidad de nuevas fórmulas narrativas con inteligencia y audacia, el que más renovó el panorama manido de la llamada novela cortesana, mezclándola con la picaresca, fundiéndola en diversas mixturas con reuniones académicas, convirtiéndola en espléndidas novelas dialogadas de estructura dramática... Quizá por ello, por su carácter experimentador y original, no caló en un lectorado poco dado a aventuras novedosas y habituado a gustar siempre de lo mismo. En cualquier caso, él no se arredró, y prosiguió su tarea literaria con verdadero ahínco, en contra de las circunstancias adversas, hasta que, hacia 1625, dejó prácticamente de escribir y casi de publicar, a pesar de que todavía vivió diez años más.

Amigo de Lope de Vega, no dejó por ello de reprocharle en alguna ocasión su condición de alcahuete, más que de secretario, del duque de Sessa (“bien dices que el alcahuete/ es secretario de amor” Rimas castellanas, 1618), ni dejó de admirar con pasión a quienes habían sido los dos rivales más declarados de Lope, esto es, a Cervantes y a Góngora. Su caballero puntual (1614), sin ir más lejos, se cartea expresamente con don Quijote de La Mancha, y en La peregrinación sabia (1635) aparecen dos perros que son plenamente quijotescos. Aunque sus mentores literarios más destacados fueran Quevedo y La Celestina. Era un hombre íntegro y un escritor equilibrado, que procuró no tener y no tuvo enemigos literarios, en un momento de guerras célebres y jugosas entre los escritores.

Formó parte de esa Corte de Felipe III irrepetible para nuestras letras, en la que mientras Cervantes daba a luz las dos partes del Quijote, entre 1605 y 1615, que inauguraban la novela moderna, Góngora escribía la Oda a la toma de Larache en 1610 y difundía en Madrid los manuscritos de las Soledades —la Soledad primera, para ser más precisos— y el Polifemo en 1613-1614, que abrían el camino de la nueva poesía los mismos años de impresión de las Novelas ejemplares y el Viaje del Parnaso. Lope de Vega, de la misma edad que el poeta cordobés, consolidaba definitivamente el nuevo teatro al escribir el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo en 1609. Mateo Alemán y Quevedo renovaban la prosa —y el segundo también de la poesía—, pese a ser el primero de la misma edad que Cervantes y el segundo treinta y tres años más pequeño que ambos, lo que no impidió al joven madrileño escribir el Buscón hacia 1604, esto es, cuando el sevillano daba a luz la segunda parte de su Guzmán de Alfarache. Y ahí, junto a ellos, en ese momento irrepetible, de la misma edad que el autor de Los Sueños, estaba el joven Salas Barbadillo, que adelantándose un año al modelo de todas las novelas cortas del siglo xvii, a Las Ejemplares de Cervantes, publicaba una novelita memorable, La hija de Celestina, interesantísimo ensayo narrativo, completamente original, en el que fundía los géneros picaresco y cortesano con suma inteligencia, aunque desde la perspectiva de la novela picaresca.

Escribió mucho y bien, casi siempre en Madrid, y desde Madrid, centro medular de su vida y de su obra. Defensor de la aristocracia de sangre y de espíritu, social y literaria, buscaba un caballero perfecto cultivado y sensible, condescendiente y generoso con sus inferiores, que no existía. Por eso la mayor parte de sus personajes más celebrados son todo lo contrario: amantes rufianescos, pícaros, prostitutas, pícaras damas, alcahuetas, borrachos, caballeros imperfectos llenos de vicios y virtudes, como don Sancho Villafañe, violador de algunas doncellas, que abandona a su esposa la noche de bodas para seguir a una mujer de la que se había enamorado, que resultaba ser la pícara Elena, etc. Personajes, en fin, contradictorios, nada arquetípicos, fruto de la sociedad falaz en que les había tocado vivir. Y es que existe en el conjunto de su obra una tensión permanente entre anhelo del ideal y realidad degradada.

Incansable innovador literario, además de abrir el camino a la novela cortesana dentro de la picaresca, como se ha dicho, y ensayar toda suerte de mixturas picaresco-cortesanas en muy distintas obras, inauguró la novela de marco académico en España, con su Casa de placer honesto (1620), que fundan cuatro ricos estudiantes andaluces en Madrid, tras abandonar sus estudios, y a cuyas sesiones no pueden asistir los casados, ni los que tienen amantes, ni los que gustan de toros o asisten a bodas, ni los muy ricos ni los muy pobres, ni los que no sepan música, poesía o bellas artes. Así, después de tres cenáculos, se insertan nueve romances, cinco silvas, seis novelas cortas y cuatro piezas dramáticas. El nuevo esquema de Barbadillo tuvo mucho éxito, y siguieron sus pasos obras como Huerta de Valencia, de Castillo Solórzano, y el Para todos, de Juan Pérez de Montalbán, la que tuvo más reediciones de todas ellas.

También fue el primero, a la zaga de La Celestina, en dar cauce a lo que se podría llamar hoy novela dialogada y él calificó a veces como “comedia en prosa”, aunque quizá el mejor marbete fuera el de la Dorotea, de Lope de Vega, la cumbre de este género, que se autodenomina “acción en prosa”, y es doce años posterior a todas las obras de Barbadillo, que fueron las cuatro siguientes: El sagaz Estacio (1620), La escuela de Celestina (1620), La sabia Flora malsabidilla (1621) y El cortesano descortés (1621), todas ellas puro diálogo lleno de acotaciones escénicas, pese a lo cual no están concebidas para la representación, sino para la lectura.

No se debe cerrar esta breve presentación sin mencionar al menos Don Diego de Noche (1623), novela satírica de un extraño personaje que únicamente sale de noche e incluye un interesante “epistolario jocoso”, que se continuó cuatro años más tarde en La estafeta del Dios Momo.

Salas Barbadillo, en fin, fue una personalidad literaria poderosa que no se contentó nunca con los géneros narrativos que le precedieron, y buscó afanosamente nuevas hibridaciones y formas inéditas del relato, que ensayó con notable saber literario, sin éxito y con algunos altibajos, que no ocultan su valor ni su importancia incuestionable para la historia de la novela española.

Obras de ~: Patrona de Madrid restituida (Nuestra Señora de Atocha), Madrid, Alonso Martín, 1609 (Madrid, Antonio Marín, 1750); La hija de Celestina, Zaragoza, Viuda de Lucas Sánchez, 1612 [Lérida, Luis Manescal, 1612; Milán, Juan Bautista Bidelo, 1616; Madrid, López Barbadillo, 1907 (Col. Clásica de obras picarescas); Strasbourg, Fritz Holle, 1912 (Biblioteca Románica); A. Valbuena Prat, La novela picaresca española, Madrid, Aguilar, 1943 y reeds.; La hija de Celestina y La ingeniosa Elena, ed., introd. y notas de J. Fradejas Lebrero, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1983; A. Rey Hazas, Picaresca femenina, Barcelona, Plaza y Janés, 1986; F. Sevilla, La novela picaresca española, Madrid, Castalia, 2001]; La ingeniosa Elena, Madrid, Juan de Herrera, 1614 (Madrid, Pedro Alonso de Padilla, 1737; Madrid, Fernando Gutiérrez, 1946; y ed. de J. Fradejas Lebrero, La Hija de Celestina y la ingeniosa Elena, op. cit., 1983); El Caballero puntual, Madrid, Miguel Serrano de Vargas, 1614 [Madrid, Juan de la Cuesta, 1616; ed. de E. Cotarelo y Mori, en Obras de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, vol. 2, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, 1909 (Colección de escritores castellanos, 139)]; Segunda parte del caballero puntual. Los prodigios del amor, Madrid, Francisco Abarca de Angulo, 1619 (ed. de E. Cotarelo y Mori, en Obras de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, op. cit., 1909); Corrección de vicios, Madrid, Juan de la Cuesta, 1615 [ed. de E. Cotarelo y Mori, en Obras de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, vol. 1, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, 1907 (Colección de escritores castellanos, 128)]; Rimas Castellanas, Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1618; El Sagaz Estacio, marido examinado, Madrid, Juan de la Cuesta, 1620 (Madrid, Luis Sánchez, 1621; vers. incompleta junto con La Peregrinación sabia, pról. de E. A. Icaza, Madrid, La Lectura, 1924 (Clasicos castellanos. La Lectura, 57); El caballero perfecto, Madrid, Juan de la Cuesta, 1620 [P. Marshall, Boulder, Colorado, 1949 (University of Colorado Studies)]; El subtil Cordobés, Pedro de Urdemalas, El Gallardo Escarramán, Madrid, Juan de la Cuesta, 1620 (ed. de M. Ch. Andrade, Asheville, University of North Carolina, 1974); La casa del placer honesto, Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1620 [Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1624; introd. y est. de E. B. Place, Boulder, Colorado, 1927 (ed. incompleta); tres novelas en Colección de novelas escogidas compuestas por los mejores ingenios españoles, Madrid, en la Imp. de González, 1788-1791; Los entremeses en Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas: desde fines del siglo xvi a mediados del xviii, ordenada por E. Cotarelo y Mori, Madrid, Bailly Baillière, 1911 (Nueva Biblioteca de autores españoles, 17-18)]; La escuela de Celestina y el hidalgo presumido, Madrid, Andrés de Porras, 1620 [a costa de R. de Uhagón, Madrid, Fortanet, 1902 (15 ejemplares)]; Los triunfos de la Beata Sor Juana de la Cruz, Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1621; El necio bien afortunado, Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1621 (introd. de F. de Uhagón, Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1894); La sabia Flora malsabidilla, Madrid, Luis Sánchez, 1621 (en Obras de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, T. I. Con la vida y obras del autor por E. Cotarelo y Mori, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, 1907); El cortesano descortés, Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1621 (introd. de F. Uhagón, Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1894); Fiestas de la boda de la incasable mal casada, Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1622 (Los entremeses, en E. Cotarelo y Mori, Colección de entremeses [...], op. cit., 1911); Don Diego de Noche, Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1623 [Barcelona, Esteban Liberos, 1624; Madrid, Atlas, 1924 (Col. Cisneros)]; La estafeta del dios Momo, Madrid, Viuda de Luis Sánchez, 1627; El curioso y sabio Alejandro, Madrid, Imprenta del Reino, 1624 [Madrid, Francisco Javier García, 1753; Madrid, 1759; Madrid, 1870 (Biblioteca de Autores Españoles, 33); A. Rodríguez, Nueva York, Las Américas, 1968]; Coronas del Parnaso y Platos de las Musas, Madrid, Imprenta del Reino, 1635; la comedia El Galán tramposo, en Dramáticos contemporáneos a Lope de Vega: colección escogida y ordenada, con un discurso, apuntes biográficos y críticos de los autores, noticias bibliográficas y catálogos, por R. Mesonero Romanos, Madrid, Rivadeneyra, 1858 (Biblioteca de Autores Españoles, 45); la novela La peregrinación sabia, junto con El Sagaz Estacio, marido examinado, pról. de E. A. Icaza, op. cit., 1924; los entremeses y una loa, en E. Cotarelo y Mori, Colección de entremeses [...], op. cit., 1911].

 

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Antonio Rey Hazas